Crítica

Mary Karr y «El club de los mentirosos»

Con un material biográfico de este quilataje, una contrae la deuda kármica de contarlo y Mary Marlene Karr (Groves, Texas, 1955) la saldó a mediados de los noventa, cuando Liar's Club la convirtió en una sensación literaria en los Estados Unidos de los Great White Males. Su éxito comercial contribuyó a poner la memoria literaria en el mapa, pero el compromiso de la autora con la forma no termina ahí.

[Ilustración de portada © Alejandro Basteiro ]

El club de los mentirosos (Periférica & Errata Naturae, 2017), de la estadounidense Mary Karr, se ha convertido en uno de los libros más celebrados de la temporada. Durante un año se mantuvo en la lista de best sellers del New York Times y la autora no paraba de recibir cartas de mujeres que le daban las gracias por atreverse a contar su particular estancia en el infierno. El club de los mentirosos es una celebrada autobiografía que narra episodios aterradores de la vida de Mary Karr, aunque un humor sutilísimo logra en ocasones dar la vuelta a situaciones trágicas.


Giganta sin bragas hiere de muerte a la luna: Mary Karr y El club de los mentirosos.

/ por Alejandro Basteiro /

Llevamos una máscara y al final la cara se amolda.
—M.K.

Érase una niña que bebía borgoña con 7-UP en taza de porcelana. Al dar las doce de cierta Nochevieja, le pegó un tiro a la luna con el revólver de su papá. Érase una vez en Nueva York, delante de la Metropolitan Opera House, que la mamá de esta niña vio un zapato de tacón blanco saliendo de una limusina y detrás del zapato bajó la mismísima Marlene Dietrich. Érase otra vez la niña, años después, conduciendo un camión lleno de cangrejos por la costa del Golfo de México para costearse la universidad y las aspiraciones literarias. Érase una poeta —“Entre genios, el que muere primero gana”— que comprendió que es la ficción la que compite con la realidad y no al revés. Con un material biográfico de este quilataje, una contrae la deuda kármica de contarlo y Mary Marlene Karr (Groves, Texas, 1955) la saldó a mediados de los noventa, cuando Liar’s Club la convirtió en una sensación literaria en los Estados Unidos de los Great White Males. Su éxito comercial contribuyó a poner la memoria literaria en el mapa, pero el compromiso de la autora con la forma no termina ahí.

 

© Alejandro Basteiro

Mary Karr viene reivindicando desde entonces un canon para el género y algunos preceptos éticos para sus practicantes: nada de reconstrucciones, nada de embellecimientos, nada de bullshit. Así se lo enseña a los Ivy Leaguers de su aula de escritura desde hace muchos años, junto con el ejemplo (no siempre a seguir) de autores tan dispares como Vladimir Nabokov, Maya Angelou, Maxine Hong Kingston o Phil Jackson. Sobre la ficcionalización del hecho real dice en su libro The Art of Memoir: “Es como si el tipo de la cafetería te dijera después del almuerzo: ‘Puse una cucharada de mierda de gato en tu sándwich, pero no te has dado cuenta.’ A mi modo de ver, un poco de mierda de gato equivale a un sándwich de mierda de gato, a no ser que sepa dónde está la mierda y me las apañe para rodearla.” Mary Karr no ahorra munición al explicar la importancia que concede a su noción de verdad (necesariamente sin comillas) como llave hacia el esclarecimiento y, con un poco de puntería, la redención personal. Cree que los mejores escritores de memorias son capaces de “confesar abiertamente la naturaleza de su corrupción”, aunque siempre están sometidos a la “tiranía del consenso”, esto es, a la validación de los hechos por parte de familia y demás implicados. Karr tiende a ponerse un poco intransigente y catolicona con todo esto, pero quién soy yo para juzgarla si estuve a punto de perdérmela por culpa de una amalgama de prejuicios. El club de los mentirosos (Periférica & Errata Naturae, 2017, en traducción de Regina López Muñoz) se publica en España después de más de veinte años, at long last, y por una vez y sin que sirva de precedente el libro merece toda la atención que pueda recibir.

El club de los mentirosos abarca un breve periodo de la infancia de la autora en la localidad texana de Leechville (leech quiere decir sanguijuela: del topónimo se pueden extraer algunas conclusiones pertinentes con respecto al lugar). Salvaje y perezosa, Mary crece bajo la áspera cobertura del ala de su padre, jugando sin bragas en la calle, gritando obscenidades a los vecinos que miran mal y soportando la ley del más fuerte impuesta por su hermana mayor Lecia. Luego está Charlie Karr, una madre alcohólica y “con una vena forajida” que lee clásicos griegos y aprecia la pintura de Matisse, y que justifica el viejo agujero de bala que hay en un azulejo de la cocina con un escueto “Se apartó”. Con permiso de un par de penes audaces y de la terrorífica abuela Moore —quien haya leído el Predicador de Ennis y Dillon sabe lo que hay—, Charlie se reivindica enseguida como la verdadera antagonista de la saga. Sin ella, y a pesar del habla profana, el nudismo indoors y las plagas de serpientes acuáticas, la familia Karr habría resultado demasiado bien avenida como para dejar su historia por escrito.

La madre de Mary Karr se dedica a combinar abrigos de leopardo con calzado de serpiente y a machacar lo que queda de sus aspiraciones vitales con el culo de una botella de vodka, amén de otros incidentes específicos que corresponde a cada lector descubrir. Sus exabruptos etílicos son el metrónomo de la vida familiar, motivados por un secreto que la atormenta desde una vida anterior y es causa de arritmias constantes en el corazón de la casa (la juventud de tus padres te parece un episodio inverosímil cuando eres pequeño, una leyenda contada demasiado lejos de la hoguera). Retrato en dos trazos: “Mamá salía muy poco al jardín después de que el señor Sharp le dijo que iba a castigarla Dios por beber cerveza mientras me daba la teta en el porche.” La autora sirve a menudo estos grafismos crudos y sabrosos como tartar, más todavía en contraste con sus ramalazos líricos (“la música se intensifica un poco, como una ola al rizarse”; o esas medusas como cerebros a la deriva del episodio de la playa). La vida en un pueblo de mala muerte la ha dejado “de los nervios” (diagnóstico como reformulación del problema, que dice Maggie Nelson), pero Charlie es una mujer cultivada y tiene gestos con sus hijas que arrojan sobre su figura una extraña forma de absolución: “Me enseñó a pronunciar correctamente (el nombre de Albert Camus) para que en un futuro nadie en ningún cóctel me tomara por una paleta.”

Mary Karr (Texas, 1955)

El padre de Mary Karr es el líder del club de los mentirosos, una cuadrilla de obreros del petróleo devotos de la gastronomía gonzo con sartén de hierro y grasa de bote y de la narrativa de transmisión oral (gonzo también). Para sus hijas representa el contrapunto emocional a la madre: “De vez en cuando oigo hablar de las maldades de papá, y veo que algunos tipos se apartan cuando se acerca a la mesa de billar, pero a mí me trata como si fuera de porcelana.” Alto y seco, lo suficientemente gallardo como para plantarle cara a un oso y con un talento natural para la anécdota —ojo a la historia de los pedos congelados, digna de una antología de Mark Twain—, a Pete Karr le basta con invocar a su pequeña Pokey para hacer origami con el corazón del lector: “Entra, Pokey”; “Sal (del petate), Pokey”; “No llores, Pokey, joder”, etc. Mary es el ojito derecho de su padre y asiste a las reuniones del club con seriedad sacramental, hasta que la adquisición de su primer sujetador deportivo (más tarde que pronto) la condena al ostracismo. Algunos de los momentos más emotivos del libro encuentran a Mary Marlene/Pokey transitando entre el esnobismo autodestructivo de la madre, que la obliga a pensar como una adulta, y la cálida simpleza del padre, que le sirve de salvoconducto para comportarse como la niña que es. La intrépida Lecia, mientras tanto, juzga la disfuncionalidad de su familia con un cinismo cuasiadulto: “Cinta diez, rollo mil: feliz cumpleaños de mierda.” Las prisas de la hermana mayor por superar la infancia dejan a Mary en el papel de única cronista fiable: “Una persona moribunda absorbe gran parte de la atención de los adultos de la familia, pero, creedme, para una niña es como ver secarse un cuadro.”

Encontramos en esta casa un amor genuino, o por lo menos abnegado, pero también fuego, cuchillos, abusos sexuales y enfermedades que funcionan como vectores de sentido y sentimiento entre los protagonistas. De nuevo en The Art of Memoir: “Son los contrastes de tu infancia, la vida que transcurre entre un marrón y otro, lo que transforma los traumas pasados en un alivio patente para el lector.” Alivio que Karr nos traslada con precisión relojera y un oído infalible para el tono en los momentos más delicados. A pesar de las oportunidades malogradas y la sordidez de las vidas que describe, El club de los mentirosos no se posa en el desastre durante mucho tiempo y ofrece línea por línea una lectura gratificante y (con perdón) muy divertida. “Claro que el mundo cría monstruos”, dice cerca del final, “pero la bondad prolifera igual de silvestre.” Dos de las grandes virtudes de Mary Karr son su sentido del humor, con la dosis justa de vinagre, y el sutil juego de manos con que anuda los extremos.

Es posible que nuestros hábitos posmodernos nos hayan dejado un tanto indiferentes a los modos de verdad que tanto le importan a Mary Karr. Ella misma menciona “el mecanismo de sustitución de la realidad mediante el lenguaje”, pero no comparte una opinión que para otros es axioma: un recuerdo puesto por escrito se convierte automágicamente en ficción. En el fondo la memoria es como cualquier sistema de creencias, una mitología más o menos descabellada. Aun así, no creo que las ramificaciones potenciales de este debate comprometan el estatus de El club de los mentirosos como obra literaria. El club es un libro fronterizo y singular, que saca patas y brazos por los barrotes de su género, y la edición española (traducida con solvencia y no pocas soluciones brillantes por López Muñoz) le viene de perlas a un canon contemporáneo que sigue falto de alternativas al modelo clásico de educación sentimental femenina. Junto al nombre de Karr, ya que miramos hacia Norteamérica, quizás nos vayan sonando más (o algo, siquiera) los de Cynthia Ozick, Lorrie Moore, Rachel Kushner o las mencionadas Maxine Hong Kingston y Maggie Nelson. Sus mitos fundacionales (tanto de las autoras como de sus personajes) pueden ser específicos pero nunca indulgentes o triviales. Al fin y al cabo, dice Mary Karr, una de las cosas más importantes en la práctica literaria es atreverse a “entrar en conversación con gigantes”, y esos gigantes ya han hablado bastante de béisbol en los últimos cincuenta años.


El club de los mentirosos
Mary Karr

Periférica & Errata Naturae, 2017
520 páginas; 23,00€

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