Crónica

Si hoy es martes, esto es Polonia

Eduardo Moga publica su segundo libro de viajes: "El mundo es ancho y diverso" (Baile del Sol 2018).

[Foto de portada: Vista de Leópolis, Ucrania]

/ por Eduardo Moga /

Acaba de ver la luz mi segundo libro de viajes, El mundo es ancho y diverso, publicado por la editorial Baile del Sol (Tenerife). El primero fue La pasión de escribil, que apareció en La Isla de Siltolá en 2014. Aunque hay quien también ha visto crónicas viajeras en mis Corónicas de Ingalaterra, yo las considero, en esencia, diarios. El mundo es ancho y diverso —para cuyo título no me inspiré en el de Ciro Alegría, que, para mi vergüenza, desconocía: El mundo es ancho y ajeno; la cercanía de ambos es completamente fortuita, y demuestra que los caminos de la sensibilidad y de la imaginación pueden confluir, o aproximarse mucho, a pesar de la distancia en el tiempo y el espacio— recoge tres relatos de mis andanzas: “En la isla de la luz”, que escribí cuando, con mi familia, visitamos Lanzarote en 2014 (salvo mi hijo mayor, vivíamos entonces todos en Londres, y fue toda una experiencia desembarcar en las Canarias como si fuésemos unos ingleses más, casi borrachos ya al bajar por la escalerilla); “Escapada a Túnez”, que cuenta la visita que hice al país norteafricano en 2016, invitado por la Unión Europea a un encuentro hispano-magrebí de escritores, y en la que conocí, entre otros, a Chris Stewart, exbatería del grupo Genesis, ahora reconvertido en trasquilador de ovejas (de excepcional eficacia: Chris es uno de esos profesionales capaces de rapar 200 borregos en media hora) y escritor de éxito internacional (autor de la descacharrante saga que empezó con Entre limones), y residente en la Alpujarra granadina, como lo fue también su paisano Gerald Brenan; y “Si hoy es martes, esto es Polonia”, en el que doy cuenta el de mi participación en un ciclo de lecturas de autor por Centroeuropa, que me llevó a Chequia, Eslovaquia, Polonia y Ucrania, también en 2016, y que me permitió hacer una buena amistad con otros poetas españoles, como la vasca Miren Agur Meabe y el catalán Xavier Farré, el mejor traductor del polaco de nuestro país. El nexo de unión, pues, no es otro que el viaje, sin más: esa experiencia anómala pero imprescindible que tiene la virtud, al menos en mi caso, de vivificar la percepción y enriquecer la conciencia, que se ensancha gracias tanto a lo que recibe del exterior como a lo que averigua en el interior.


El mundo es ancho y diverso

[Extracto]

29 julio 2016

Si hoy es martes, esto es Polonia

Hoy va a ser, probablemente, uno de los días más exigentes del viaje. Nos esperan seis horas de coche por carreteras eslovacas y ucranianas, y pasar una frontera difícil, hasta llegar a Leópolis. Como si lo supiera, la mañana amanece encapotada y brumosa, más aún, espectral: la niebla es tan espesa que no se ve más allá de unos pocos metros. Cuando bajo, después de desayunar, para hacer la salida del hotel y reunirme con el chófer que nos ha de conducir hasta el nuevo destino, me encuentro en el ascensor con el poeta polaco, su mujer y su equipaje. Tienen el mismo aspecto divertido de siempre: el de un escorpión africano. Inicio entonces una carrera sorda por llegar primero al coche con el objetivo de ocupar el asiento delantero y echarlo para atrás todo lo posible: no estoy dispuesto a que un poeta tan alto como Torrebruno me lo arrebate. Por suerte, llego en primer lugar al mostrador de facturación, despacho la salida con el recepcionista y me encamino con resolución al coche, mientras ellos todavía negocian el check-out y acarrean con dificultad las maletas, en las que ambos (probablemente, más él) deben de haber metido todo lo que una mente humana pueda llegar a concebir necesario en un viaje. Cuando se meten ellos en el vehículo, me parece reconocer un bufido de incomodidad en el poeta polaco, que, a pesar de sus hechuras, no parece estar conforme con el espacio que le he dejado. Pero él no protesta y yo no me ofrezco a ampliarlo. Luego se le pasará el enfado, porque lo oiré reír, por razones evidentes para él, con la risa del lindo pulgoso.

He acudido al desplazamiento armado con mis nuevas adquisiciones, The Secret Agent y Viaje a España, pero el paisaje me ofrece muchos puntos de interés. Se suceden los pueblos feos e iguales, con muchas imágenes religiosas por las calles: cruces, hornacinas con vírgenes, imágenes de santos. En el jardín de una casa pasta un rebaño de ovejas. En otra aldea veo dos carros de combate junto a la carretera (aunque esto no es del todo singular: también recuerdo un pueblo portugués con un tanque a la entrada, y en una rotonda en la ciudad de Badajoz hay un caza de combate). En muchos hay gente que pasa empujando carros con leña, o que cruza la calzada con un haz de ramas de abeto a la espalda. Y no es extraño, porque atravesamos abetales espesísimos. Uno de esos municipios se llama Lúčky. Y en otro veo este anuncio: «Absolut Ibiza Party». Se conoce que el frenesí del turismo baleárico de botellón y balconing ya no es solo patrimonio de los ingleses, sino que se ha extendido a los confines más remotos de Europa. Y todo podemos apreciarlo con detalle, porque el conductor, desmintiendo su aspecto vagamente cromañonesco, se revela un estricto cumplidor del código de circulación y, cuando llegamos a una población, reduce inexorablemente la velocidad a 50 km por hora. Ucrania –pienso– queda lejos.

Sin embargo, no es así. No tardamos en llegar a la frontera entre Eslovaquia y Ucrania. Me han hecho augurios espantosos sobre este cruce. El menos  sobrecogedor decía que puede costar varias horas atravesar el paso. Hoy no hay mucha cola, pero los trámites son lentos. Los eslovacos despliegan toda la liturgia administrativa del control policial: con la autoridad que emana de sus enormes gorras de plato, y con la coraza de unos gestos adustos, decantados tras muchos años de suspicaz escrutinio de uno de los seres más peligrosos que existen, el viajero, los agentes se acercan con parsimonia a los coches, hacen abrir los maleteros y echan un vistazo dentro, exigen los pasaportes de los ocupantes, comprueban que las fotos correspondan a quienes se los hayan dado (y a los que llevan gafas de sol, como yo, se las hacen quitar, para examinarlos sin entorpecimientos), vuelven, con igual parsimonia, a sus garitas de control, dejan pasar un tiempo muy largo en las casetas, afanados, es de suponer, en la verificación de nuestras sospechosísimas identidades, vuelven a salir sin que sus movimientos sufran la menor aceleración respecto a los hechos antes, nos devuelven los pasaportes y regresan por fin a sus garitas, desde las que, un tiempo indeterminado después, aunque siempre muy largo, volverán a emerger para iniciar el mismo proceso con otro vehículo. Se comprende que así, aunque seamos ahora mismo pocos coches, las cosas se retrasen. Y, mientras todo esto sucede, o, mejor dicho, no sucede, el poeta polaco y su mujer hablan bajito, como si estuvieran en un museo o no quisieran perturbar la gravedad del momento. La lentitud del trámite, no obstante, me permite satisfacer una necesidad urgente: mear. Me aparto un poco, aunque lo suficiente, de la fila de vehículos y, escondido detrás de un matorral, vacío la vejiga. (Luego celebraré haberlo hecho, porque el conductor no parará hasta Leópolis: serán cuatro horas de coche de un tirón, más las dos que ya llevamos desde Košice; el hombre –y el poeta polaco y su mujer, que tampoco se quejan por ello– deben de tener vejigas de acero). Salgo de la evacuación con las sandalias llenas de barro –la lluvia de anoche ha puesto los arcenes perdidos–, y procuro quitármelo de encima paseando alrededor del puesto. Por fin, la fila avanza y pasamos al lado ucraniano, cuyos funcionarios comparten, y aun superan, la desgana llena de tedio de los eslovacos, pero que presentan también algunas características especiales. Así, mientras estos son meramente policías, los ucranianos parecen más bien soldados, aunque no se sepa a ciencia cierta qué son: algunos visten boina verde y uniforme de camuflaje; otros van completamente de negro (estos son los que dan más miedo); otros más, en fin, de civil, aunque con complementos militares: pistolas y subfusiles. Además, sus instalaciones son mucho más atrabiliarias: las casetas en las que se encuentran los despachos parecen urinarios públicos (de esos que se instalan en las obras para que los albañiles se alivien), las barreras son manuales (y parecen datar de tiempos de Francisco José I) y, en general, el aire de cuanto contiene el lugar recuerda lo más pobretón de los tiempos del comunismo. Sus procedimientos también recuerdan a los soviéticos (o a Francisco José I). Al llegar a su jurisdicción, un guardia de los de boina verde y uniforme de camuflaje le entrega un papelito al conductor, con el que este –y, de nuevo, con nuestros pasaportes– baja del coche y entra en un despacho-urinario, del que en ese momento sale un gordo abismal, acompañado por otro guardia, que abre la puerta trasera de la furgoneta que está aparcada delante de nosotros. El vigilante comprueba su contenido, en el que alcanzo a distinguir varios colchones –mugrientos– y muchas cajas de selected premium bananas, cuya exhibición el gordo monstruoso complementa con la nada embelesadora del principio de sus nalgas. Tras una larga espera, aunque no tan larga como la sufrida en el lado eslovaco, y el despliegue de pachorra de los zánganos ucranianos a nuestro alrededor, nuestro chófer reaparece, nos devuelve los pasaportes y se pone en marcha. A la salida del puesto, le devuelve el papelito que le han dado a la entrada a otro policía o soldado –un trámite, por lo que se ve, importantísimo; si no se cumpliera, no saldríamos de aquí, y a saber por qué diabólicos procedimientos de seguridad habríamos de pasar–, emprende ya el camino que nos llevará a Leópolis.

Ya estamos en Ucrania, aunque no sé si celebrarlo. Para empezar, el alfabeto es cirílico. No es que en Chequia, Polonia y Eslovaquia, con sus alfabetos latinos, entendiera gran cosa –de hecho, no entendía apenas nada–, pero, al menos, podía identificar algunas palabras, que me garantizaban una mínima orientación o información. Aquí, todo reconocimiento desaparece y los sitios se convierten en parajes cabalísticos, sumidos en una prosa impenetrable.

Tampoco lo que veo me lleva al éxtasis. Mi primera impresión de Ucrania me la da un bloque elefantiásico de edificios, cuya fealdad intrínseca, de marchamo inequívocamente soviético, se ve subrayada por la corrosión de los materiales, el descantillamiento del hormigón y el despintado de todo. Por si fuera poco, se alza en un solar lleno de maleza y abandono. La imagen es tan deprimente que tengo que apartar la vista. También la carretera por la que circulamos –nosotros y camiones de cuando Catalina la Grande era zarina de todas las Rusias– está despintada, y agrietada, y parcheada. Un cartel indica que Leópolis se encuentra a 245 km., así que no va a ser breve, ni olvidable, la experiencia de andar por ella. Lo más preocupante es que por esta vía pasan auténticos kamikazes del volante. Un 4 x 4, por ejemplo, nos adelanta, de golpe, a nosotros y a tres utilitarios más, y casi se estampa contra otro coche que viene en dirección contraria. Aunque con horror descubro que lo peor viaja con nosotros: tenemos al enemigo en casa. Nuestro conductor, que hasta llegar a la patria había mantenido un comportamiento morigerado y respetuoso con las normas, al cruzar la frontera, poseído por el espíritu patrio, se ha transformado: ahora se ha vuelto un troll, un hulk automovilístico, un endriago de la carretera. Empieza a hablar por el móvil (claro, ya en casa, no ha de pagar roaming) y es capaz de hacerlo durante quince o veinte kilómetros seguidos (y luego, tras una breve pausa, quince o veinte kilómetros más). Sus mejores habilidades las reserva, como era previsible, para los adelantamientos: los hace a varios vehículos a la vez, con línea continua (cuando no está despintada) y sin dejar de hablar por el telefonino (con lo que, en plena maniobra, cuando ha de cambiar de marcha, si no quiere que se le incendie el motor, debe llevar la única mano que tiene en el volante –la otra sujeta con firmeza el móvil– a la palanca de cambios, y durante unos angustiosos segundos, a 140 o 150 kilómetros por hora, con varios vehículos a pocos centímetros de nosotros, y varios más a pocos metros hacia nosotros, circulamos, técnicamente, sin nadie al volante). Es un virtuoso de la temeridad, nuestro conductor. En más de una ocasión, ha de abortar un adelantamiento y abrirse hueco a volantazos entre dos de los coches adelantados para que no nos estampemos contra los que vienen en sentido contrario. Para acabar de tranquilizarnos, mucha gente camina por las cunetas, o ha instalado en ellas puestos de fruta (una niña, bajo un paraguas, atiende uno; en otro, de sandías, se ha juntado un enjambre de policías), o coge agua de fuentes junto a la carretera. Yo hago como que leo, pero en realidad estoy rezando. Y soy ateo.

En el paisaje sigue apreciándose lo peor de la herencia soviética: complejos industriales desmoronados y ruinosas residencias obreras, las de aquellos trabajadores que siempre aparecían sonrientes y derrochando felicidad en los carteles de propaganda del régimen y los monumentos del realismo socialista. Pero no tarda en perfilarse otro rasgo más amable de este mismo paisaje: las cúpulas doradas de las iglesias. La frontera marca una linde estricta entre los campanarios apuntados de los templos eslovacos y los acebollados de los ucranianos. Y estos son espléndidos: muchos son de oro, pero también los hay verdes, azules y blancos. En las praderas amplísimas, en las que se suceden los almiares de los campesinos, o en los apretados y enormes bosques de Ucrania, salpicados todos por humildes cabañas, se elevan las cúpulas anchas pero sorprendentemente airosas de las iglesias, y uno tiene la sensación de que la civilización, desbordada acaso por una naturaleza exuberante y terrible, ha plantado ahí sus reales, sus hermosos reales, y da sentido a lo abrumador, a lo incomprensible. En otro momento, vemos a lo lejos, entre brumas, el castillo de Palanok. El conductor, cuya locuacidad por el móvil no se corresponde con la que ha demostrado con nosotros –en todo el viaje nos lleva dicho: ¡Hmmm!, acompañado con un enérgico movimiento de cabeza, para indicarnos que subiéramos al coche en Košice, y un no menos enérgico ¡passport!, en el puesto fronterizo, para que se los diéramos a la policía–, interrumpe la conversación telefónica para señalárnoslo en la distancia y especificar: ¡Castle!, y luego vuelve a sumirse en su cháchara. Palanok, en la cima de una antigua colina volcánica, ha sido una de las principales prisiones del continente: durante todo un siglo, el XIX, sirvió de cárcel, y también, entre 1805 y 1806, de refugio de la corona de San Esteban, símbolo de Hungría y de sus monarcas, para preservarla de la rapiña de Napoleón. En un pueblo mucho más pequeño que el castillo de Palanok –que tiene 130 habitaciones, o más bien celdas–, Skole, nos cruzamos con un monumento tremebundo con dos trompeteros, que no sé si son soldados o ángeles. Es curiosa la forma de vestir de la gente que vemos en las aldeas: mezclan chándales, bañadores, chanclas, camisetas y, en general, ropa desmañada de algún DIA local. Aunque muchos van desnudos de cintura para arriba: el calor aprieta y esta gente debe acusarlo –o agradecerlo, tampoco estoy seguro– mucho.

Llegamos por fin a Leópolis, tras un último tramo por autopista, que se agradece. Llevamos cinco horas y media en el coche, pero aún tenemos que atravesar la ciudad y llegar al hotel. Los adoquines de muchas calles me hacen sufrir: la meada de la frontera eslovaca queda muy lejos, y mi vejiga vuelve a reclamar una expansión. Cuando el chófer aparca frente al hotel George, donde me alojaré estos días, nos mira a los tres y culmina la conversación que ha mantenido con nosotros con un triunfal: ¡Hotel! Y su dedo, majestuoso, apunta a su entrada.


El mundo es ancho y diverso
Eduardo Moga
Baile del Sol, 2018
172 páginas; 12,00€

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