El marcapáginas

Enseñar a leer

Fortunas y adversidades del decálogo de Yera Moreno y Melani Penna.

Trascendió esta semana la publicación, en la revista de la Federación de Enseñanza del sindicato Comisiones Obreras, de un decálogo con diecinueve puntos orientados al avance hacia una escuela feminista. Sus dos firmantes, la artista y educadora Yera Moreno y la profesora universitaria Melani Penna, lo presentaban ante los lectores con el objetivo de corregir los vicios de una institución, la escuela (se entiende que pública), que ellas perciben «atravesada por el sexismo, al igual que por el racismo, el clasismo y un largo etcétera plagado de ismos». Más allá de la ligereza con la que se realiza esa afirmación —que viene no ya a cuestionar, sino a devaluar directamente el sistema público de enseñanza, tanto en lo que se refiere a su propia concepción como a la labor que en su seno realiza el personal docente—, el escrito arroja un resultado desigual. Algunas propuestas (las que piden una mayor visibilización de las mujeres en los distintos ámbitos de la cultura, también una cierta atención al papel que fueron jugando en las sucesivas etapas de la Historia) no sólo me parecen espléndidas, sino hasta necesarias, por más que se puedan discutir matices. Sobre otras (cambiar nombres de centros educativos, eliminar «códigos de vestimenta», habilitar los cuartos de baño para que sean usados por alumnos de ambos sexos) tengo dudas serias y creo que razonables. Hay una en concreto (la de prohibir el fútbol en los recreos, acompañada de una sugerencia para cambiar las canchas deportivas por pistas de baile) que no sólo me parece una tontería, sino que además juzgo bastante próxima a ese machismo que dicen condenar las autoras del texto.

Con todo, hay dos puntos que me parecen especialmente preocupantes. Uno figura en la primera mitad del decálogo y pide «eliminar libros escritos por autores machistas y misóginos entre las posibles lecturas obligatorias para el alumnado», sin abstenerse de citar tres «ejemplos» de autores que deberían ser suprimidos cuanto antes del currículum: Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. El otro, un poco más abajo, sugiere «prohibir las canciones machistas en la banda musical del centro». Respecto a este último apartado, hace un tiempo apareció en diversos medios una experta en cuestiones de género que arremetía contra Joaquín Sabina por entender que sus canciones incurrían en una suerte de apología deliberada del machismo. Escribí entonces, en otro lugar, un artículo en el que criticaba no que la susodicha experta viera connotaciones misóginas en determinadas letras (por más que sus interpretaciones pudieran cuestionarse), sino que les aplicara a éstas un adjetivo, «peligrosas», que dejaba la puerta abierta a futuras veleidades inquisitoriales. Hubo quien me dijo entonces que exageraba. Ahora que dos expertas en cuestiones educativas, con el supuesto aval de un sindicato, han lanzado este órdago, no creo que anduviera yo muy desacertado. Ya exponía en aquel artículo algunos argumentos que podrían aplicarse a este caso concreto, pero, dado que la cuestión me parece relevante, me gustaría ir por partes:

—En primer lugar, el decálogo de la escuela feminista adolece de un importante error táctico. En un tiempo en el que no deja de hablarse del efecto Streisand, y con ejemplos tan recientes como el secuestro de Fariña o de aquella famosa edición de El Jueves, sin olvidar la condena al rapero Valtònyc o el proceso contra Cassandra Vera por sus tuits chistosos en torno a Carrero Blanco, deberíamos tener claro que basta con prohibir una cosa para hacerla tremendamente atractiva ante los ojos de quienes, de otro modo, jamás habrían reparado en ella. Si esto lo aplicamos a una etapa vital, la adolescencia, que hace de la rebeldía un leit motiv, cuando no su propia razón de ser, prohibir la lectura de determinados autores o la escucha de ciertas canciones (y empleo ese verbo porque es el que se esgrime en el manifiesto) seguramente provoque un resultado diametralmente opuesto al que pretenden las firmantes.

—Podría entender que se condenara la lectura de libros que promueven el machismo (aunque seguiría sin compartirla, porque nada resulta más útil que conocer los argumentos del adversario), pero me cuesta un poco comprender esa recomendación de «eliminar libros escritos por autores machistas y misóginos». No hay en ninguna parte, que yo sepa, un índice de autores machistas y misóginos. Por otro lado, que un autor sea machista y misógino no quiere decir que sus libros lo tengan que ser por fuerza. Si algo enseña la larga historia del arte y de la cultura es que ha habido auténticos canallas que engendraron obras excelentes y también personas estupendas que alumbraron creaciones perfectamente prescindibles. Si hablamos de literatura, o de música, o de artes plásticas, y no de ética, moral y buenas costumbres, yo me quedo con los primeros. Louis-Ferdinand Céline, que vio con buenos ojos el apogeo nazi y fue un furibundo antisemita, escribió Viaje al fin de la noche, que además de una obra maestra es uno de los mayores alegatos contra las guerras que ha dado la literatura universal. Francisco de Quevedo, uno que sí fue un gran misógino, dejó obras irrenunciables para explicar no sólo su propio tiempo, sino también éste que vivimos. Simone de Beauvoir, que tan importante fue para el movimiento feminista, no se caracterizó en vida por su comportamiento ejemplar.

—Se ejemplifica en ese punto, como ya he dicho, con tres autores concretos: Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Respecto al primero, pocas dudas quedan hoy en día de que en muchos aspectos de su vida se comportó como un perfecto miserable, pero tampoco se cuestiona el papel tan relevante que jugó en la renovación de la poesía en español del siglo XX. En lo que atañe a Marías y Reverte, entiendo que las firmantes no han leído sus libros y sí los artículos de prensa que tan de moda se han puesto últimamente. No voy a encargarme yo de defenderlos, que eso bien saben hacerlo ellos solos, aunque la acusación me parezca desproporcionada y la sugerencia (o la orden) constituya una astracanada propia de regímenes felizmente superados, al menos por estas latitudes. No digo que haya que leer forzosamente a ambos autores, sino que no debería haber motivo para no estipular o recomendar su lectura, si así lo decide el departamento correspondiente.

—Por último, una verdad que debería ser de Perogrullo, pero que quizá convenga refrescar viendo cómo está el patio (de recreo): el arte no es matemático, y una misma obra puede decir cosas distintas en función del bagaje que lleven a sus espaldas quienes a ellas se enfrentan. Quizá si los oponentes de Hitler hubieran leído a tiempo el Mein Kampf, otro gallo le habría cantado a la vieja Europa. Tengo para mí que los expertos de la cosa educativa harían un mejor servicio a la causa si, en vez de pasar el lápiz rojo por las páginas de aquellos libros que consideran nocivos según ciertas convicciones o prejuicios que sólo a ellos pertenecen, se dedicaran a reivindicar la importancia de esas Humanidades que han ido quedando hechas unos zorros y que son las que verdaderamente ayudan a que el alumnado (y, por extensión, la ciudadanía toda) refuerce su sentido crítico y se vea capacitado para enfocar la vida con un criterio propio. No se trata de enseñar qué no hay que leer, sino de enseñar a leer. Eso, amigos y amigas, sí que sería revolucionario.


 

 

 

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