Pantalla

Diez años sin Rafael Azcona

"Viaje a una sala de fiestas" (Pepitas ed., 2018) reúne textos dispersos de Rafael Azcona en el décimo aniversario de su muerte.

El 24 de marzo de 2008, un domingo de Resurrección,  fallecía Rafael Azcona a los 81 años víctima de un cáncer de pulmón. Fue guionista de buena parte de las películas más interesantes del cine español en blanco y negro desde que Luis García Berlanga dirigiera en 1961 su primer guión propio, esa obra maestra llamada Plácido

En 1959 adaptó para la gran pantalla, a modo de colaboración, su novela El pisito, punto de partida de una brillante carrera que continuó con la adaptación de otras dos novelas suyas,  El cochecito y El secreto de los hombres azules. Azcona contribuyó a dignificar y dar relevancia a un oficio largamente subestimado mediante su firma en películas de Carlos Saura, como  La prima Angélica o ¡Ay, Carmela!; de Luis García Berlanga, caso de El verdugo La vaquilla; de Fernando Trueba, como El año de las luces (Oso de Oro en el Festival de Berlín), y Belle époque, (Oscar de Hollywood a la Mejor Película Extranjera); o de José Luis García Sánchez, como La corte del faraón, Tranvía a la Malvarrosa y Los muertos no se tocan, nene. La editorial Alfaguara publicó en 2016 una edición recopilatoria de alguna de sus mejores historias en El Estrafalario y Aguilar realizó en 2005 la reedición de Vida del repelente niño Vicente, una serie publicada en su época de colaborador en La Codorniz, reunida por primera vez en 1956 por la editorial Taurus.

Fotograma de “El verdugo” (1963) de Luis García Berlanga

Rafael Azcona ganó el Premio Nacional de Cinematografía en 1982, la Medalla de Oro de las Bellas Artes en 1994 y el Goya de Honor en 1998. Como guionista, ha ganado cinco Goyas: El bosque animado (1988), Ay, Carmela! (1991) Belle Époque (1993), Tirano Banderas (1994) y La lengua de las mariposas (2000).

Viaje a una sala de fiestas y otros escritos dispersos (1952 – 1959), en edición de Santiago Aguilar, reúne buena parte de los escritos de Azcona dispersos hasta el momento en diversos medios de la época, como diarios del Movimiento, revistas femeninas de Acción Católica o lujosas revistas de decoración. En muchos de ellos, están presentes las ideas fundacionales de sus primeros guiones, incluyendo los muchos ideados con Berlanga que se vieron truncados por la censura. Entre 1952 y 1959 Azcona mantuvo un ritmo de publicación semanal febril en el que se gestó el adiós del poeta en favor de un humorista irónico que sería seña de identidad durante años de la revista La Codorniz, marco que le sirvió de rampa de lanzamiento hacia ese humor acre y crítico que marcó sus colaboraciones cinematográficas con Marco Ferreri y Luis G. Berlanga. La sala de fiestas que anuncia el título es efectivamente el destino de un viaje iniciado en los primeros encuadres de novelas como Los muertos no se tocan, nene o anotaciones de escenas y paisajes familiares que conformaron un universo creativo inconfundible y que suponen un buen complemento a la trilogía Todo Azcona en “La Codorniz”, editada también por Pepitas ed.

 

 


 

Fotograma de la película Los muertos no se tocan, nene (2011) de José Luis García Sánchez.

De la falacia de la censura como acicate de la creatividad

/ por Santiago Aguilar /

Quienes defienden el valor que pudo tener la censura durante el franquismo como espolique de la imaginación no tienen más remedio que obviar las bajas colaterales, los cientos de criaturas nonatas o nacidas con malformaciones congénitas, a las que esta práctica perversa dio lugar.

Rafael Azcona y José Luis Berlanga durante el rodaje de El verdugo (1963)

El caso de Rafael Azcona en sus colaboraciones cinematográficas con Luis G. Berlanga es un ejemplo flagrante de ello. El éxito internacional de El verdugo (1963) supuso el ostracismo para ambos colaboradores, que se vieron obligados a rodar La boutique / Las pirañas (1967) en Argentina y Tamaño natural / Grandeur nature (1974) en Francia, con apenas una escala en Sitges para sacar adelante la nunca bien comprendida ¡Vivan los novios! (1970).

Claro que, mientras tanto, Azcona colaboraba en Italia con Marco Ferreri y Gian Luigi Polidoro y, gracias a su participación en varios guiones de Carlos Saura, entraba a formar parte de la factoría Querejeta. Trabajó además con directores veteranos y con los aguerridos muchachos de la Escuela de Barcelona. Entretanto, el que no salieran adelante las películas que ideaba con Berlanga, no significaba que no les dieran vueltas.

Pero empecemos por el principio. Y el principio tiene lugar cuando Azcona conoce a Mingote y el dibujante lo lleva a la redacción de “La Codorniz”. Entrar a formar parte de la plantilla de la revista de humor más prestigiosa a principios de la década de los cincuenta no garantiza los ingresos para satisfacer pensión, comida y alguna alegría de vez en cuando, así que ambos amigos colocan también sus colaboraciones en otros medios periodísticos bastante más pintorescos.

Uno de ellos es la revista femenina de Acción Católica “Cumbres”, donde Azcona debe adelgazar la ironía casi hasta la consunción y firmar sus colaboraciones como Rafa, una especie de hermano mayor de las chicas a las que van dirigidas sus artículos. Estos textos constituyen apólogos morales y giran en torno a temas de máxima preocupación para las muchachas de buena familia. Por ejemplo, a propósito de las deficiencias de los espectáculos populares, como el cine, con respecto a los de postín, como la ópera. Para ello creará un personaje que solo podría tener un desarrollo completo en “La Codorniz”, debido al estrechísimo margen de maniobra del que dispone en el semanario juvenil femenino. Las dos entregas protagonizadas por la beata Doña Vicenta son apenas un esbozo de ese fenómeno del energumenismo cavernícola que bautizará como Don Herminio en «la revista más audaz para el lector más inteligente» y al que están dedicadas las mejores páginas de los dos primeros volúmenes que la editorial Pepitas ed. ha titulado genéricamente Todo Azcona en «La Codorniz».

Si cuesta imaginarse al joven y famélico Azcona en el ámbito de esta especie de boletín parroquial, no es difícil comprender el cultivo de las colaboraciones anónimas en el papel cuché de la selecta revista de decoración “Arte-Hogar”. Él mismo ha relatado que a cambio de escribir una serie de comentarios a partir de las fotografías realizadas en las casas de la aristocracia española, recibía unas pesetas mensuales y, de paso, tenía derecho a asistir a los opíparos aperitivos que los editores organizaban mensualmente para los colaboradores y la selecta sociedad que les había abierto las puertas de sus hogares. Son colaboraciones circunstanciales que no hemos querido deja fuera de la presente antología, aunque su labor semanal continuada y cuya producción le sirve de armazón es la que mantuvo entre 1954 y 1956 en el vespertino nacional-sindicalista “Pueblo”. Son dos años en los que Azcona escribe un centenar de artículos y dibuja unas trescientas viñetas en las que cultiva lo que dimos en llamar «humor municipal». El paso de un semanario festivo como “La Codorniz” a un diario de corte netamente populista, como lo es “Pueblo”, implica una deriva hacia un cierto modo de realismo de raíz hondamente autóctona que marcará su personalísima voz en la cultura española de la segunda mitad del siglo xx y algo más acá. Estas colaboraciones tocan a su fin cuando el rehabilitado Emilio Romero —que presumía de desayunarse con un ministro crudo cada mañana pero fue el principal valedor del titular de Trabajo, José Solís Ruiz, «la sonrisa del régimen»— vuelva a la dirección del periódico después de un bienio de purga por sus insolencias periodísticas. El delicado balance de las diversas familias que conformaban el franquismo propiciaban estos cambalaches.

No por ello abandonó el humorista las páginas de “Codal”, el suplemento literario de la revista logroñesa Berceo, en las que venía publicando sus poemas desde principios de 1950.

Cuando Azcona es ya un autor reconocido, ha abandonado “La Codorniz” y se está fraguando su profesionalización como guionista, colabora esporádicamente con otro diario que forma parte de la cadena de prensa del Movimiento, el falangista “Arriba”. Aquí publica, por ejemplo, una versión intermedia de El cochecito, en la que ya está casi cuajado el relato que formaría parte de Pobre, paralítico y muerto, editado por Arión en su colección de humor «La Tortuga».

De estos cinco medios tan disímiles —el diario sindicalista “Pueblo”, el falangista “Arriba”, el suplemento literario “Codal”, la revista de decoración “Arte-Hogar” y la de Acción Católica “Cumbres”— proceden los artículos que componen la presente antología.

«¿Y qué tiene todo esto que ver con la censura?», te preguntas, oh, paciente lector, que has llegado hasta aquí sin saber cómo.

Pues que en estos artículos está el germen de muchas de las películas que escribió con Berlanga y que no llegaron a puerto por culpa de las trabas oficiales.

Iremos desgranando algunas de ellas en las breves introducciones que incluimos al principio de cada apartado, pero vamos a ver aquí la operación de «incremento» —Bernardo Sánchez dixit— que el escritor realiza a partir de la serie de reportajes que dan título al presente volumen: «Viaje a una sala de fiestas».

Se trata de cuatro entregas en las que se da cuenta de un episodio un tanto sórdido. El cronista se embarca con unos amigos en una juerga. El escenario es una boite en la que las chicas se dedican a ese modesto comercio de ilusiones denominado descorche. Para empezar, el cronista evoca el espíritu del viejo Maipú logroñés, sala de fiestas en la que parece que la principal diversión era arrojarles latas de sardinas en aceite a las artistas una vez consumidos los suculentos clupeidos. Luego repasa las múltiples desgracias que acongojan a las chicas «de vida alegre», las que desgranan los intérpretes de variedades musicales que pasan por el escenario, el absurdo coste de las consumiciones y el viaje al final de la noche que supone llevar a la muchacha a su lejanísima casa en taxi después de haber visto defraudadas todas la expectativas, tanto lúdicas como amatorias.

La serie aparece en el suplemento sabatino de “Pueblo” entre el 21 de mayo y el 11 de junio de 1955. En tanto que otros artículos adscritos a la modalidad seriada mantienen su carácter independiente, la secuenciación de este reportaje permite un desarrollo bastante completo, campo de ensayo del novelista en que Azcona pretende ya convertirse.

La anécdota central servirá de motor a una sinopsis de muy principios de los años sesenta titulada Dos chicas de coro, en la que se narra la historia de Alberto y Roque, dos practicantes que acuden a un congreso en Madrid. Se trata de una excusa para hacerse una ruta cabaretera. Alberto, madrileño, se decanta por las suecas, pero ni en Villa Rosa ni en las Cuevas de Luis Candelas sacan nada en claro. Entonces Roque, que es de Burgos, toma el mando y les lleva a última hora al Teatro Eslava. Allí se encuentran a Juanita, una corista simpatiquísima perpetuamente acompañada por su madre. Ambas parecen recién salidas de Los ilusos. En esta novela, publicada originalmente también en la editorial Arión, la madre de Nati advertía repetidamente al poeta Villena aquello de «por lo que más quiera usted, no abuse de la niña, que es mocita».

La idea motriz, cada vez más desgarrada, vuelve a aparecer mediada ya la década en  La trapera. El incidente del coche en el que los amigos deben conducir hasta el extrarradio a las chicas —de nuevo madre e hija, solo que esta vez las dos comparten profesión de soubrettes y el automóvil es un Mini Morris, lo que sirve para datar la acción—, el amor mercenario en la sala de fiestas, la necesidad de apoquinar una cuenta exorbitante que deja las carteras escuálidas, se traslada de un local de diversión a otro.

En lugar de una única localización, La trapera desarrolla su argumento entre el Teatro Eslava, saunas orientales, la sala de fiestas La Riviera, bloques suburbiales de protección oficial y la venta de Manolo Manzanilla. Son otras tantas estaciones de un vía crucis profano y concupiscente que finaliza en un descampado, durante un amanecer lívido, cuando los dos amigos terminan descalabrándose mutuamente por la prioridad a la hora de violar a una pobre adolescente que recoge trapos y cartones. El nivel de exasperación del argumento —a todas luces inaceptable por la censura— es proporcional a la frustración sexual que va generando cada nueva situación.

Fotograma de El pisito (1959) de Marco Ferreri

También fue novela y llegó a la pantalla póstumamente Los muertos no se tocan, nene (2011), cuyo germen está en otro texto breve que el lector encontrará en esta antología: Eso no se toca (cuento bastante triste). Y el episodio de la piscina del Parque Sindical de Las cuatro verdades (1962) y el triste viaje de novios de Un lugar para querernos (1964) y las mil quisicosas de los novios que no pueden casarse porque son incapaces de hacer bueno el dicho de que «el casado casa quiere» que cristalizan en El pisito (1959)… Por cada una de estas películas hay otra que se quedó en el cajón por dictamen oficial: “La ballena”, “Ideas para Cinerama”, “Arturo”, “El viudo o Los viudos”, “Crecimiento demográfico”… Y así, hasta llegar a ¡Viva Rusia!, cuarta película de la saga de los Leguineche que, por imperativos biológicos, habría de comenzar con el entierro del marqués, puesto que Luis Escobar fallece durante la redacción del libreto.

Claro que, a estas alturas, ya no existe la censura y algunos se apresurarán a proclamar que «contra ella» Azcona vivía mejor.


 El pueblo de mi madre

/ Rafael Azcona /

Estación de Logroño, años cuarenta

Me daban las vacaciones, empezaba a apretar el calor, se enteraban mis padres de que me había bañado en el río, y decidían enviarme «al pueblo»; una tarde, cuando Logroño era el lugar más hermoso del mundo, me compraban unas alpargatas de cáñamo y me ponían en manos de Calixto. Calixto, hombre de pocas palabras, fuerte como un toro y propietario del único vehículo a motor existente en el pueblo de mi madre, me instalaba en la cabina de su camión, y sin darse cuenta de lo triste que me ponía aquel viaje hecho en el atardecer, me sacaba de mi ciudad por el Puente de Hierro.

La tristeza resultaba tolerable mientras rodábamos por la carretera de Vitoria, entre el familiar paisaje de regadíos y viñedos, sin separarnos demasiado de las riberas verdes del Ebro; lo peor empezaba en Asa, al tomar aquel camino sin asfalto, empinado y retorcido, que salvaba barrancos, trigos y olivares, atravesaba Lanciego entre dos luces, y nos dejaba en Cripán, junto a la sierra de Toloño, cuando ya había cerrado la noche. Habíamos recorrido menos de veinte kilómetros, y, sin embargo, yo me sentía perdido y solo en el último rincón de la tierra.

La casa de mis tíos era de piedra. Ellos sentían llegar el camión y me esperaban en el portal, sobre el suelo de tierra apisonada. Hasta él llegaba el calor de la cuadra, situada al fondo, y mientras subíamos por las escaleras me preguntaban por la familia. En la cocina, pequeña y encalada, ardía un fuego que nada tenía de alegre. Cerca del cepo —el tronco grueso que entraba en el hogar a medida que se consumía— las trébedes sostenían los pucheros, y pendiente de la chimenea se balanceaba el cubo de hierro, negro y requemado, con la comida de los cerdos. Mis tíos me hacían sitio en la mesa baja, maciza y pequeñísima, y tras una oración, «escudillaban». Se comía por el sistema de cucharada y paso atrás, alejados de la mesa y todos de la misma fuente, más al resplandor de la lumbre que a la luz de la débil bombilla que colgaba del techo. Cuando terminábamos, me daban un candil —en el alto no había instalación eléctrica— y me subían a mi cuarto, una habitación blanca y ocupada casi enteramente por una enorme cama de hierro. Me costaba mucho dormirme en aquellos colchones extraños, uno de hojas de maíz y el otro de borra, y pasaba lo mío oyendo silbar en la ventana el viento oscuro y frío de la sierra; pienso que alguna de aquellas primeras noches no tuve más remedio que llorar.

Con el amanecer, las cosas eran más fáciles; entraba el sol en mi cuarto, y abajo, en la calle enguijada, se oía cantar a los gallos, pisar a las caballerías, gruñir a los cerdos; pasaban los pastores llamando a las cabras, a los muletos, uno sonando una corneta y el otro un cencerro, y poco después yo mismo, calentadas las tripas con un litro de leche de cabra, entraba en la vida del pueblo, dispuesto a descubrirlo cada verano como si nunca lo hubiera visto hasta entonces.

Era pequeño, edificado con piedra, desnivelado y apasionante. Los vecinos iban y venían, dedicados a acarrear la mies recién segada, que llegaba a las eras a lomos de caballos, asnos y mulos. En los soportales del ayuntamiento siempre había alguien preparando el centeno que servía para atar los haces de trigo o de cebada: primero golpeaban las espigas, negruzcas, para que se soltara el grano, y después peinaban las largas pajas entre los dientes de un horquillo de hierro. En la fuente frontera, las caballerías bebían larga y despaciosamente, mientras sus dueños les silbaban como si fueran pájaros. Detrás del pilón estaba el lavadero, del cual salía un riachuelo azulado, jabonoso, que corría calle abajo arrastrando inmundicias y entreteniendo a unos patos. Contra el muro de la iglesia, el juego de pelota, solitario, tenía menos interés que cualquier otra cosa del pueblo; si me acercaba a él, terminaba por acodarme en la barbacana junto a unos viejos somnolientos, para tratar de distinguir allá abajo la mancha blanca que sobre la tierra ocre y azul era Logroño. Lo evitaba, y prefería buscar nidos en los olmos cercanos, caminar bajo el sol y sobre las piedras hasta los frutales de Carlagüen, pasarme las horas viendo regar los bancales de hortalizas de Carralaisa, o, mejor todavía, subir al monte para esperar encontrar todos los misterios del mundo bajo las copas de los robles, de las encinas, de los avellanos, de las hayas, que cubrían las laderas húmedas y frescas, asomadas a la Rioja Alavesa.

A los pocos días de haber llegado, descubría de repente que el más divertido juego era ayudar a los hombres, y me ponía a jugar al juego del trabajo con toda mi alma: iba sobre un mulo hasta los rastrojos recién pelados, ayudaba a acarrear los haces, gritaba «arre» y «so» caminando detrás de los animales, veía crecer las hacinas en la era, bebía vino levantando hacia el cielo la bota, silbaba al abrevar el ganado, e incluso mascullaba a escondidas alguna palabra gorda, como «órdiga» o «me caso en la pared». Luego empezaba la trilla, y Cripán se hacía mucho más hermoso que Logroño: me gustaba sentirme centro de las espirales inacabables que trazaban los trillos sobre la mies, y ayudaba a dar vuelta a la parva con una horquilla de madera; me sabía alguien importante cuando mis tíos me trataban de igual a igual al echar «el trago de las once», y era sencillamente feliz al atardecer, lanzando al aire la paja y el grano, y viendo como la faena de aventar iba creando sobre la era unos montones dorados, olorosos, dulces, casi carnales.


Viaje a una sala de fiestasy otros escritos dispersos (1952 – 1959)
Rafael Azcona
Edición, prólogo y notas de Santiago Aguilar
Pepitas ed., 2018; 176 páginas; 16.50 €

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