Crónica

El mundial fue ficción (IV)

Brasilia era el futuro

/ por Federico Bianchini /

En menos de tres años y medio, miles de brasileños construyeron Brasilia, una enorme ciudad en el desierto. Siguiendo los lineamientos del urbanista y arquitecto Lúcio Costa, vivían en carpas y trabajaban unas 16 horas por día. El nieto de uno de esos obreros acompañó al cronista en un paseo por esta urbe prolija y surreal donde la selección Argentina consiguió el pase para quedar entre los cuatro mejores equipos del mundo.

En esta ficción, hay una ciudad que se supone utópica.

El problema, quizás, es lo que se entiende por utopía.

“Cincuenta años de progreso en sólo cinco”, prometió Juscelino Kubitschek al asumir la presidencia de Brasil en 1955 y concretar la promesa de la campaña: aquella idea de 1789, la mudanza de la capital al interior.

Brasilia intentaría ser Río de Janeiro.

Y meses antes del 2 de octubre de 1956, cuando empezaron las obras, obreros, técnicos, pedreros, mueblistas, sirvientes, operadores de máquinas viajaron a la capital futura. En micro, en auto, como fuera. Más de cincuenta mil personas que pensaban que allí iba a estar el futuro. Más de cincuenta mil personas que al llegar fueron su futuro.

“Procuraba despertar en cada trabajador, por muy humilde que fuese su tarea, un sentimiento de solidaridad en relación a la ciudad que estaba construyendo”, escribió luego el ex presidente Juscelino Kubitschek.

Anónimos. Los apodaban según de dónde habían venido. Mineiro, gaúcho, paraiba, goiano, paulista, capixaba, carioca.

A Quirino Gomes Da Silva deben de haberle dicho cearense.

Trabajaban en sábado, en domingo, en segunda, en tercera, en cuarta, en quinta, en sexta y si hubiera habido séptima también habrían trabajado. Trabajaban 16 horas diarias.

Brasilia, en ese momento, era inverosímil.

Un montón de tierra seca. Sin casas, rojiza y seca, sin agua, polvorienta y seca, sin servicios, quebradiza y seca.

Vivían en campamentos de las compañías constructoras.

Seguramente, muchos allí también morían.

“Lo que yo quería era transformar a todos aquellos candangos en ´constructores de catedrales´. Y, paulatinamente, lo conseguí. La ciudad que se erigía no era mía. No era del Gobierno. Tampoco de Brasil. Era la ciudad del humilde obrero. Se trataba de una capital que él (igual que millones de otros chicoteados por el sol y cubiertos de tierra)
construiría como si fuese para su uso exclusivo”,
escribió Kubitschek.

Y sin embargo.

Quirino Gomes Da Silva fue uno de ellos.

Carpintero de Cariré, provincia de Ceará, negro de ojos azules, en 1958 o 1959 viajó durante más de sesenta horas en “pau de arara”, apiñado en una especie de camioncito pequeño que se solía usar para transportar animales.

Tenía menos de treinta años, doce hijos y al llegar vio una selva descampada: el futuro.

Seguramente se estableció en la favela IAPI, fuera del plano piloto, donde hoy está la ciudad Núcleo Bandeirante.

Brasilia se terminó en 41 meses.

Quirino volvió a Carariré: visitó a su mujer, a sus hijos.

Hasta que en 1968, ellos también pudieron viajar.

Pero el ómnibus se rompió en el camino y, luego, el chofer quiso apurar el viaje. Chocaron. Dos hijas adolescentes de Quirino murieron en el accidente.

Años después, a través de un programa de gobierno que ayudaba a las familias a salir de las favelas, Quirino, su mujer y sus hijos pudieron mudars a otra de las ciudades fuera del plano piloto: Guará.

La historia me la cuenta Ney Hugriot, nieto de Quirino Gomes Da Silva, que a pesar de los veintisiete grados que indica el reloj electrónico ubicado sobre la calle Eixo Monumental, lleva pulóver rojo y gorro de lana.

Ney es de Cuiabá, capital de Mato Grosso, un lugar donde a la sombra hace cuarenta grados selváticos, húmedos y clorofílicos.

Me dice que su papá, Manoel Ney Da Silva, llegó a Brasilia a los siete años, pero que no le gusta hablar de esa época. Fue una época fea, de sufrimiento.
¿Para qué recordar?, pensará.

Mientras maneja, se acaricia la barba hirsuta. Hace un tiempo, cuando terminó el verano y paró de llover, Ney tuvo tos y fiebre y problemas para respirar. Tierra rojiza y seca. Y ahora, a todos lados, lleva una botella de agua.

Ney tocaba el bajo en la banda Macaco Bong y militaba en la organización Fora do Eixo. Hoy, Fora Do Eixo es la prioridad y sólo participa en recitales cuando algún amigo lo invita. Ocasionalmente.

Pero maneja Ney por la Avenida Eixo Monumental, recorre verticalmente la cola del pájaro. Porque esta ciudad que se supone utópica tiene forma de avión o de pájaro: diseñada por Óscar Niemeyer y Lúcio Costa, en el centro, donde se ubicarían las patas del tentativo animal, hay una torre de 224 metros. Y si uno sube por el ascensor, a los 75, una terraza desde donde se ve una panorámica que, por supuesto, también es prolija.

A los costados, sobre las alas, los barrios. Espejados, idénticos. Un sector residencial, un sector comercial. Hay farmacia y hospital y negocio cerca: todo se resuelve en el barrio.

Y cuando uno entiende este mapa que no es fácil de entender, ya no se pierde. Porque las alas quedan divididas por la avenida Eixo Rodoviario, de un lado la numeración impar, del otro la numeración par. Y letras por manzana, en un sistema que parece complejo pero termina haciendo fácil encontrar un lugar.

En Brasilia, hasta la ubicación de las nubes parece planificada.

Debajo de ellas, maneja Ney por la avenida Eixo Monumental, avanza hasta llegar al cruce con el Eixo Rodoviario y luego de pasar las alas de este pájaro urbano, la biblioteca. Enfrente, el museo nacional Honestino Guimarães: semiesfera con un anillo que surge y envuelve surreal.

Y allí dentro, la ficción sigue porque en un rincón hay una rampa enorme de cemento blanco y debajo de la rampa enorme alguien puso un almohadón inflable, también enorme, y la primera impresión es que todo ese cemento blanco se apoya en el almohadón y hay, también, un enano blanco de cerámica, contra un rincón, con un bonete, sentado sobre varios libros y una especie de nene diabólico que habla y grita: kaaaa, kaaaaaa, kaaaaa, kaaaaaa, y dice cosas en un portugués veloz que se entiende poco pero igual resulta gracioso y un pequeño muñeco negro de cabeza de cubo y muchas otras cosas que le hacen sentir a uno que, por suerte, hay gente que piensa de una manera muy particular.

Y a unos metros, la catedral de nombre siniestro e intrigante: Nuestra señora aparecida. Rodeada de agua, se entra por un túnel. De planta circular, se sostiene en 16 pilares de forma parabólica. ¿Qué quiere decir que “se sostiene en 16 pilares de forma parabólica”? Este cronista no sabría cómo explicarlo (es lo que decía el cartel en la entrada) y sin embargo puede asegurar que la estructura es fantástica (no en el sentido peyorativo que la Real Academia Española establece: Quimérico, fingido,
que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación; sino en uno mucho más positivo).

A diferencia de otras catedrales que ha visitado, este cronista no percibe una intención de opulencia: el Cristo, los confesionarios y los bancos son de madera; el piso, de mármol. El cemento, el dorado color de oro que en todo el mundo suele caracterizar
al templo de los humildes aquí ha sido reemplazado por luz. Los 16 pilares forman estructuras piramidales cubiertas con vitraux de figuras azules, verdes, blancas, turquesas, traslúcidas, geométricas, abstractas y sugerentes.

Una alfombra roja y tres ángeles grises, plúmbeos, a punto de caer.

Maneja Ney por la avenida Eixo Monumental, avanza hasta pasar los ministerios. A un lado y al otro de la avenida. Diez a la izquierda, diez a la derecha. Verdosos, estáticos, hormigonados, idénticos, con excepción del Ministerio de Justicia, con fuentes y agua en movimiento.

Todo, aquí, parece haber sido dispuesto: correcto y prolijo. Hasta las señoras que caminan protegiéndose con un paraguas de este sol invernal, hasta las pequeñas botitas del perro Chow Chow que se pasea orondo delante de su coqueta dueña.

Maneja Ney. El Palacio Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Agua, camalote y arcos románicos de cemento desnudo, expuestos e impúdicos. Maneja Ney y bordea la plaza de los tres poderes: el Senado, que aparece como un gran plato de sopa. La Cámara de Diputados, otro plato ya lavado y puesto a secar. El supremo Tribunal de Justicia. El Palacio del Planalto, donde trabaja la presidenta, con dos granaderos detenidos, pequeños frente a la enormidad.

Maneja Ney en dirección al puente Juscelino Kubitschek, sobre el lago artificial Paranoá. Un lago inventado para humedecer la ciudad: 48 kilómetros cuadrados que en algunos lugares tiene 38 metros de profundidad.

Un puente irreal, 62 metros de altura, cuyo peso cuelga de tres arcos que se cruzan por sobre los autos, emulando el movimiento de una piedra que rebota en el agua.

Maneja Ney porque la única forma de recorrer esta ciudad que se supone utópica es en auto. Y mientras maneja me cuenta que más allá, del otro lado del lago, está la parte más cara de la ciudad.

—Allá, ésa es la mansión de Romario—señala a lo lejos.

Niemeyer aseguraba que había tratado de acabar con la pobreza creando una ciudad homogénea, donde la miseria no tuviera lugar.

Y sin embargo.

Porque en el plano piloto de la ciudad entraban 500 mil personas. Y así, alrededor del plano piloto se fueron construyendo ciudades, prolijas algunas, caóticas la mayoría donde hoy viven unas dos millones más. Las llamadas, satélites.

Maneja Ney y vuelve a pasar por la plaza de los Tres Poderes, donde asoma una enorme escultura de Bruno Di Giorgio, “Los guerreiros”, que junto con el honroso anonimato es lo que les quedó a todos aquellos como Quirino Gomes que por una
curiosa utopía ajena llamada Brasilia se entregaron a destajo.

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¡Meu Deus!

Ni brasileños ni argentinos pueden entender cómo estas dos historias futbolísticas que se suponía iban a cruzarse en la final quedaron separadas. San Pablo es una mezcla de solemnidad y euforia. Un día, todo es bronca verdeamarela, búsqueda de culpables, colectivos quemados; veinticuatro horas después, los argentinos se pasean afónicos por las calles. El cronista llegó al Mundial en octavos y, como el resto, no puede creer que Argentina esté en la final.

I

Toda gran ficción suele tener una historia y otras laterales, núcleos narrativos menores, que hacen avanzar la principal.

Puede haber, también, relatos en paralelo, historias alternadas. Aunque no aparezcan signos o indicios, el lector intuye que en algún momento van a cruzarse. Sucede en Ensayo sobre la ceguera del portugués Saramago, sucede en el relato del Brasil nordestino de Vargas Llosa La guerra del fin del mundo. Están los que todavía esperan también el momento en que las dos historias de Las Palmeras Salvajes, de Faulkner, terminen siendo una.

En esta ficción, el capítulo impar empieza y termina ayer. En el estadio Mineirao de Belo Horizonte. Que es como decir aquí y en muchos otros lados porque en Brasilia, en San Pablo, en Río, en la calle, en los negocios, todos siguen el desenvolvimiento
de esta telenovela recursiva y aleatoria que es el Mundial. En las rodoviarias, los negocios cierran y los portavalijas y los que cortan los tickets y los empleados de la limpieza ven el fútbol mínimo en la pantalla de sus celulares.

El capítulo par acaba de concluir: no lo podemos creer.

Ficción o no, estamos en la final.

Pero no se pueden pensar las dos historias como separadas porque, al menos hasta ayer antes del primer gol alemán, todos hablaban de lo mismo y en cada aeropuerto, al cortar el ticket, en cada micro al recibir el número de asiento o cuando uno
compraba un jugo de abacaxi, el hombre preguntaba si la final iba a ser entre Brasil y Argentina. Y cuando uno decía que, lo cierto, era que para los dos estaba difícil, el otro sonreía y en voz baja: difícil para los dos.

Y en la calle embarazadas, ancianas, chicos, hombres, mujeres, sobre otra remera o el pulóver, la camiseta de la selección de Brasil, o una vincha, una bufanda, una pulsera, un gorro con los colores verde azul y también amarillo, o una bandera, que expresara la voluntad firme de sumergirse en el relato.

El capítulo impar está por empezar. En su enorme casa de Jardim Das Bandeiras, Murillo Leite Chaves, médico radiólogo de 96 años, mira el partido sentado en un sillón frente al televisor. Hoy no lleva sweater amarelo sino uno azul y un chaleco gris, anteojos negros. Junto a él, de pie, su esposa María Aparecida, 85 años, canta el himno
brasileño con una mano en el corazón.

Fanática del Palmeiras, conoce la edad y la historia de cada jugador.

—Nunca pensé que podría ver algo así —dirá en un rato.

Pero no ahora: el partido acaba de empezar y Brasil parece un equipo sólido. Ataca con ímpetu. Sus defensores todavía no mostraron que no marcan a nadie, que están perdidos bajo la mirada de millones. Los torcedores siguen sentados en sus butacas. De vez en cuando, gritan. Promediando el primer tiempo, muchos se habrán ido a sus casas.

En el estadio habrá entonces un silencio ruidoso. Sonoro y siniestro.

No se habla, todavía, de la peor derrota en cien años. Los relatores no piden aún la cabeza de Felipao, aunque falta poco para que lo critiquen por jugar con tres delanteros y un enganche, por desproteger el medio y arriesgarlo todo.

Aún no culpan a Mick Jagger por mufa: no descubrieron su extensa sonrisa en la tribuna, no lo llaman “pé-frio”.

María Aparecida habla por teléfono.

Su hija Marta, bióloga y corredora inmobiliaria, escucha el relato desde lejos. Sentada en el piso de la sala, mientras todos se absorben en la televisión ella lee un libro: con historias, trata de escapar de esta ficción. El fútbol la pone nerviosa, dirá después. En el partido contra Colombia no paró de llorar.

Y Muller.

María Aparecida niega con la cabeza.

Su hijo Francisco, un hombre enorme de 50 años, ex jugador de la selección brasileña de Waterpolo que vive en Australia y está de visita, prepara unos panes de queijo, caramelos de coco.

Acomoda los platos, las servilletas. Y Klose.

Sentado en su sillón, Murillo no dice nada. Como si supiera. Y Kroos.

Marta sale de la sala. Y de nuevo Kroos.
Francisco ofrece cervezas, se sirve un whisky con hielo.

Y Khedira.

El relator de Rede Bandeirantes grita “Mineirazo”.

Y Schurrle.

“Mineirazo” repetido. Como si estuviese queriéndonos vender el concepto.

Y Schurrle.

Alguien dice en twitter y en portugués que traigan el exoesqueleto: así también juega Neymar.
Otro, (rebuscado: por el modelo Gol) que ni en la fábrica de Volkswagen hacen cuatro goles en seis minutos.

El relator que para mí esta goleada tiene un responsable. Scolari, ¿Quién sino?

—¡Meu Deus! ¡Meu Deus! ¡Meu Deus! —grita María Aparecida, las manos sobre las mejillas ante un nuevo ataque alemán.

Francisco, el vaso de whisky casi vacío, grita el gol de Óscar. Más irónico que alegre.

El gol de la dignidad.

El pitazo final marca la simbólica muerte. El desconcierto.

Y, luego, aquí en esta enorme casa de Jardim Das Bandeiras, en Vila Madalena a unas cuadras, en Cambuci, Cracolandia y en cada barrio paulista, candango, carioca, en cada barrio de Brasil: la noche.

Habrá duelos internos y silenciosos. Habrá fiestas: la vida sigue y las viejas ficciones deben ser reemplazadas por otras nuevas. Pero la ilusión de la copa no falleció de modo natural: la asesinaron. Scolari dice ser el único culpable, pero siempre hay uno que quiere salvar a los demás.

En distintos lugares de la ciudad, bronca. En M´boi Mirin queman veinte colectivos. En otras partes, otros diez.

El ruido del fuego se mezcla con una solemnidad brasileña e inédita.

II

El día siguiente a la derrota, los brasileños amanecen como si en realidad nunca se hubieran convencido de que el Mundial es una ficción.

Como si no supieran que en toda ficción, salvo algunas reglas externas que los personajes desconocen (tienen que ver con la gramática y la sintaxis y aún así pueden hacerse pedazos), no hay nada que no pueda suceder.

Nada.

Amanecen como si hubieran visto algo que corriendo rápido se escapa de los límites de lo verosímil.

Amanecen irreales, disruptivos.

Y si uno les pregunta, prefieren no hablar. No hay mucho que explicar, dicen y lo miran a uno tratando de descubrir qué hay detrás de la pregunta argentina, si interés genuino o simple burla.

Acusan a Scolari (los jugadores estaban perdidos) y a la corrupción de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF): Así, no hay forma de que ganemos, todo tendría que estar mucho más organizado. Pero no es como el Maracanazo porque en
aquella época no había redes sociales y hoy uno puede descargarse, hacer memes, reírse de esto que a fin de cuentas no es más que fútbol.

Es distinto. En serio. Es distinto. Grave, pero distinto.

Y alguno: que ahora sí podrán volver a la vida, salir y sumergirse en la realidad cruda. Porque no todo es Fan Fest y goles y gritos, también hay hambre, viviendas, salud pública, problemas.

Amanecen. Esa sensación extraña que surge después de pegarnos en un dedo con un martillo; extraña sensación de culpa y reflexión absurda.

¿Podríamos haberlo evitado? Preferiríamos hacerlo.

Amanece San Pablo nublado y oscuro. Hasta el cielo está en shock.

Amanecen y tratan de convencerse.

Convencerse de que la vida no es otra cosa que una sucesión arbitraria de ficciones imprevisibles en la que la selección Argentina puede, aquí en Brasil, salir campeón.

III

El capítulo par terminó hace una hora y las palabras sobran.

Usted, lector, sabe de lo que hablo.

Porque no importa si vio el partido en el Arena Corinthians, en una inhóspita estación de servicio perdida en la ruta tres, en casa con su familia o en esta microficción que la FIFA ha denominado Fan Fest: un lugar donde hay hombres que lo revisan a uno, lo palpan, le sacan las botellas de agua, la comida. Y donde la cerveza y las hamburguesas cuestan lo mismo que en la cancha, aunque no hay entradas y no hay césped y jugadores sino una gran pantalla donde se ve la ficción que, a fin de cuentas,
es lo que se supone que importa.

También hay música y, aquí, uno puede vivir el partido con miles y miles de hinchas porque si llueve, uno se moja y si quiere ir al baño debe soportar la hediondez de la casilla química. Aquí, uno puede sentirse protegido, porque cuando el Partido empieza en cada uno de los cuatro accesos, más de cincuenta policías con cascos y palos impiden la entrada, controlan la salida de estas 25 mil personas (Si viviera, Foucault se haría un festín).

Porque no importa, decía, dónde lo vio.

La ficción es una, lector. La impotencia fue la misma.

Uno no puede hacer nada. No hay cosa que incida en el resultado de un partido entre Argentina y Holanda, nada.

Y sin embargo.

Mover la pierna como si pudiéramos anticipar a Robben, aplaudir, insultar, seguir con precisión ciertas costumbres absurdas: quién se sienta dónde, qué remera llevaba cada uno la vez anterior; y gritar, los puños cerrados, la mirada hacia arriba: Oooooooooh, les hicieeeeron sieeete, les rompieron. Gritar desquiciados delante de una pantalla después de que un hombre de barba haga coincidir, dos veces, la posición de su cuerpo vestido de amarillo y violeta con esa esfera denominada “brazuca” en un sendero atroz llamado de los penales.

Eso, y no otra cosa, es la ficción.

Una ficción de dos historias que terminan por no cruzarse, como las de Las Palmeras de Faulkner: el contrapunto, equilibrar un relato con el otro.

Aquí, también, el equilibrio.

Una historia solemne en Río, San Pablo, Cuiabá; una historia exultante en el obelisco, de a miles cantando hasta enronquecer, en las galerías del Arena Corinthians, donde fuera.

Una ficción hermosa y compleja que hace que este cronista ignoto, hoy, sólo tenga para decir que Argentina es finalista del Mundial (no lo podemos creer).

Que todo lo demás (estas palabras) importa bastante poco.


 

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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