Toma3

Entrevista a Edgar Borges

“Desearía escribir con la intensidad con que cantaba Freddie Mercury”

/ Por Gabriela Guerra Rey /

Edgar Borges, escritor y periodista nacido en Caracas en 1966 y residente en España, ha publicado varias novelas merecedoras de premios, libros de cuentos, crónicas y Vínculos, un volumen de conversaciones con el cantautor panameño Rubén Blades. Entre sus títulos de ficción destacan las novelas ¿Quién mató a mi madre?  (2008), La contemplación (2010) Premio Internacional de Novela “Albert Camus” y El hombre no mediático que leía a Peter Handke (2012),

Gabriela Guerra Rey, premio Juan Rulfo 2016, conversa con el escritor venezolano, cuya última novela hasta el momento, La niña del salto (Ediciones Carena, 2018), alcanza su segunda edición esta semana.


De tránsito por tierras madrileñas, leer  La niña del salto de Edgar Borges ha sido de las cosas más inquietantes que me han sucedido. De hecho, le confesé que había tenido pesadillas después de las primeras páginas, pero nunca le dije que, además, me ha provocado una reflexión constante sobre el papel de la ficción en el imaginario colectivo, porque el mundo es una gran aldea donde ocurren, más o menos, las mismas realidades perturbadoras.

“La realidad es un acto de fe y la ficción un acto de imaginación”, asegura el escritor venezolano, radicado en España hace más de una década. A veces la imaginación es también un acto de fe, una trinchera, incluso para Borges, que asegura que la literatura no denuncia, rol que le deja al periodismo. La niña del salto es, también, una novela de denuncia, pero cuando se nos olvide por qué luchábamos en 2018, inmersos en el actual movimiento feminista que viven algunos países —solo algunos—, La niña del salto estará aún allí, habrá trascendido a la actualidad mediática. Una novela poderosa que deja impronta en las letras contemporáneas y ubica a Borges entre los referentes de la literatura latinoamericana del presente siglo.

“La ficción es una necesidad de libertad”. Lo es para la niña que, saltando, con la intención de volar, ayuda a escapar a su madre de una cotidianidad adversa. Borges crea un puente entre la realidad y la ficción. Por eso improvisa un pueblo, Santolaya, cuyo nombre existe en el mapa, pero al que deja que cada quien le ponga su auténtica mirada: “La idea de confusión habita en contradicción con la idea de singularidad en la mente de cada uno de los personajes. ¿El mundo que tengo ante mis ojos es el mismo que ven los otros?”.

La niña del salto desanda los sueños, las fantasías, pero recurre también a ese monstruo que, asegura el autor, todos tenemos dentro. Es una novela como la vida, fuerte, directa, demoledora en ocasiones, pero también es un canto de ilusión, artístico y provocador, que quiere tocar la esperanza como forma última para que incluso la rabia, el dolor, se transformen en algo redentor.


Edgar Borges (Caracas, 1966)

Pregunta.-  ¿Cómo y por qué escoger un pueblo real para convertirlo en ficticio?

Respuesta.- En principio tenía armada una historia sin geografía; el motivo era que los personajes padecían de una confusión espacio temporal. De alguna manera necesitaba, como autor, padecer de esa sensación de extravío que hay en la trama. Debía escoger un lugar que no conociera. Para lograrlo investigué sobre pueblos que tuvieran pocos habitantes y un grupo muy reducido de niños. Sabía que Asturias tenía varios con esas características. Consulté con amigos. De esa consulta surgió la idea de Santa Eulalia de Cabranes (Santolaya en asturiano).

Describí el lugar sin conocerlo para sentirme un personaje más de la historia; asumo que la realidad es un punto tan movible como la ficción. La diferencia es que la realidad es un acto de fe y la ficción un acto de imaginación. Quería escribir una trama en la que la realidad estuviera desnuda ante el lector; pretendí mostrar sus costuras en medio de la trama. Me gusta pensar en un lector que al terminar la novela mire a su alrededor y se pregunte quién demonios le ha levantado la realidad de su día a día.

P.- Leí que fuiste allí y hablaste con los lugareños. ¿Se parece Santolaya a como la describes?

R.- Mi viaje a Santolaya fue uno de los actos más extraordinarios que me ha deparado la ficción. El alcalde, enterado de que había escrito la novela sin conocer el lugar, llamó a la editorial para invitarme a presentar el libro en la Casa de la Cultura. Los vecinos me recibieron con un debate de ideas que superó cualquier expectativa. Después del acto me invitaron a recorrer el pueblo para mostrarme los puntos geográficos donde ellos querían creer que ocurrieron los hechos de la novela. Incluso, a una casa sin número le adjudicaron el 17, que identifica el domicilio que Antonia comparte con su marido y la niña del salto.

P.-  Esto me recuerda al protagonista de El ciudadano ilustre, la comedia dramática argentina dirigida por Gastón Duprat y Mariano Cohn. ¿La gente se sentía reflejada en la novela? ¿Por qué crees que existe esa necesidad de identificarse en una obra de ficción? ¿Qué papel juega en ello la imaginación del escritor y cuál la del lector?

R.- La ficción es una necesidad de libertad que nos convoca a trascender todo límite social y cultural. Aunque no se intelectualice, casi como un acto inconsciente, el individuo observa la realidad como un extraño que se sabe capaz de dar un salto hacia otra posibilidad. De ahí nuestra necesidad de arte, pues la creación artística nos revela lo que hay más allá de la cúpula donde hacemos rutina. Creo que en ese sentido escritor y lector son dos actores que necesitan dar el salto cada uno a su manera.

P.- ¿La verdadera protagonista es Antonia, y la niña del salto un medio para la abstracción de esa cruda realidad? Todo el tiempo estuve pensando mientras leía: ¿por qué Antonia no huye?

R.- Es posible que la niña sea el medio, el puente, el hilo conductor hacia lo que Antonia dejó en el camino. La niña es la pista que busca Antonia para regresar al punto donde se trastocó su idea de vida. Antonia no huye porque ha quedado atrapada en su pensamiento, en su utopía, en su inacción, en lo que pretendió ser.

P.- El personaje de Dicxon es terrorífico, provoca repulsión. Sin embargo, lo he visto, lo conozco de muchas historias ¿De dónde lo sacó Edgar Borges?

R.- Saqué a Dicxon del monstruo que todos llevamos dentro.

P.- ¿Cómo puede un ser humano adaptarse a vivir así? ¿Es común en España, un país en el que se lucha tanto últimamente por la igualdad, por la no violencia hacia las mujeres? ¿refleja la novela la realidad española?

R.- No pensé la novela ajustada a la realidad española, como a la de ningún país. Más allá de citar espacios geográficos de dudosa ubicación, me interesa conectar con la existencia de cualquier ser humano en el mundo. En mi búsqueda literaria un cuerpo, tanto como un lugar, representa una extrañeza para quien lo habita. La sensación de saberse extranjero de toda forma física me interesa como idea literaria.

Ya en el plano social, como individuo comprometido con la defensa de los derechos humanos, considero que España, como buena parte de nuestra cultura hispana, arrastra las cadenas de una historia machista. Pero lo machista hay que entenderlo como un modelo que reproduce conductas para sus intereses. El sistema se alimenta del machismo que hipócritamente cuestiona. Si pretendemos otra lógica, habría que cambiar el modelo.

P.- La literatura femenina suele estar escrita por mujeres. Esta lo es. ¿Es un libro de denuncia? ¿Es Edgar un feminista?

R.- La literatura no denuncia, de eso se encarga el periodismo. Lo que no quiere decir que la literatura no sea una fuerza demoledora de cualquier realidad maltrecha, lo es y mucho. La literatura implosiona todo dogma, toda noción absolutista de la realidad. Soy feminista en el sentido sensible que necesitamos para transformar la sociedad. Considero que sería un error separarnos en mujeres y hombres, eso sería seguir la eterna lógica separatista del poder. Deberíamos educar para que cada individuo reconozca la dualidad femenino-masculina que lleva dentro de sí. Por ejemplo, necesitamos que cada juez masculino tenga el suficiente nivel para pensar como hombre y como mujer. Esta lógica vale también para cada jueza y para todo rol social. No entiendo cuando nos limitamos a creer que solo un sexo puede entender los dilemas de sus similares. El reto debe ser que en un individuo convivan dos formas de inteligencia dispares y contradictorias; solo de esa realidad interior puede surgir el sentido de responsabilidad ante el otro.

La sensibilidad femenina debería determinar cualquier idea de nueva política. La mujer terminará siendo la espada de Damocles del sistema de consumo que la ha utilizado.

P.¿Dónde está el origen de La niña del salto? ¿Con qué mirada quieres que sea leída? ¿A qué recurres a la hora de escribir?

R.- La novela nace de mis constantes observaciones. Camino mucho y en ese andar observo. Antes de escribir escucho música, principalmente rock. Una vez que estoy conectado con un punto distinto a mi realidad, comienzo a escribir. Desearía escribir con el nivel de intensidad que cantaba Freddie Mercury. La literatura tiene que ser elevación para quien escribe y para quien lee. El resultado debe hacer olvidar que estamos ante palabras. Nada de malabarismos discursivos; cuando un libro se abre debemos encontrar historias, narrativas, imágenes.

P.- “Convertir la rabia en dolor y el dolor en belleza”, esta es en mi opinión una de los motores de la novela, pero también de la literatura, del arte…

R.- La belleza es la mirada sublime que nos despierta la vulnerabilidad. Y si no fuese así, el cinismo habría carcomido esa conciencia, ese cuerpo.


Gabriela Guerra Rey, escritora y periodista. Nacida en Cuba y nacionalizada también mexicana, país en el que reside. En 2016 ganó el premio Juan Rulfo con la novela Bahía de Sal.

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