Gastronomía

Gastronomía: Asturias se pone las botas en el mar

La mar en Asturias: un bocado exquisito.

Esencias de tempestades: la gastronomía del mar en Asturias

En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, expuesto en una de las vitrinas del área consagrada a la prehistoria, hay un arpón asturiano. Procede de la cueva riosellana de Tito Bustillo, famosa por albergar algunas de las mejores pinturas rupestres del Paleolítico francocantábrico. Tallado en hueso, mide 146 milímetros de longitud y pertenece a la cultura magdaleniense, que se extendió por Francia, Suiza, España y Alemania desde hace unos quince mil años hasta hace unos ocho mil: una especie de revolución industrial antediluviana en materia de técnicas de aprovechamiento de recursos. Por yacimientos como el de La Madeleine, en la Dordoña francesa, que dio nombre al período, sabemos que los hombres y mujeres del Paleolítico pasaron a comer más, más variado y mejor gracias a su adquirida capacidad de llevar la industria microlítica a su máxima perfección y a introducir también entre sus quehaceres un trabajo minucioso del hueso, del asta y del marfil. Nuevos artilugios como el arpón de Tito Bustillo permitieron a las sociedades magdalenienses pasar a introducir en sus alacenas rupestres algunos pescados y mariscos que sustraían a ríos y estuarios: salmones sobre todo, pero también gallos y doradas, así como algunos moluscos, y singularmente las lapas y los bígaros. Ocasionalmente, en los yacimientos magdalenienses también han aparecido restos de focas y escualos, con toda seguridad procedentes de animales varados.

Restaurante Güeyumar (Ribadesella)

No muy lejos de Tito Bustillo, no en la villa de Ribadesella pero aún en su concejo, a la vera de la impresionante playa de Vega, se encuentra hoy el restaurante Güeyumar. Abierto en 2007 por el matrimonio formado por Luisa Cajigal y el chef Abel Álvarez, los once años transcurridos le han sido suficientes para convertirse en una de las mecas españolas de los pescados a la brasa gracias a elogios de críticos como José Carlos Capel, de El País. Fue él quien, admirado, calificó a Álvarez como un «brujo de las brasas asturiano» capaz de extraer el máximo partido a doradas, lenguados, meros, salmonetes o reyes, sus pescados fetiche. Así describía el crítico una visita al establecimiento en 2014:

Nuestra experiencia en este asador de playa volvió a ser memorable. Un testimonio del virtuosismo de su patrón en el manejo de las brasas. Probamos unas zamburiñas colocadas sobre rejilla de colador y abiertas bajo campana metálica; después, unos lomos de dorada y luego de mero. Los sabores se iban acentuando. Detrás del salmonete, cuya cola y piel retostadas me parecieron inconmensurables, llegaron sus higaditos a la brasa. Cuando le comentamos que equivalían al mejor fuagrás marino se explayó con entusiasmo: «Los hígados de los pescados se perfuman con el humo. Preparamos de salmonetes, rapes y merluzas. Los de merluza son mis favoritos». Enseguida llegó el calamar de potera, hecho a la brasa, al natural, sin limpiar, que troceamos en la mesa. Yodo puro, con delicado sabor a tinta y una textura de seda. «Están asados poco tiempo lejos de las brasas para que no se contraigan». Terminamos con dos rodajas de rey que compartimos. Si la piel del virrey ponía los ojos en blanco, su carne, blanquísima, que se abría en lascas, era excelente.

Desde enero de 2017, Güeyumar fabrica también unas conservas de sardinas a la brasa que han incrementado aún más su fama: es prácticamente milagroso que las sardinas enlatadas conserven todo el sabor de las brasas sin necesidad de efectuar añadidos químicos. Álvarez precisó varios meses de arduos esfuerzos y pruebas infructuosas para dar con el equilibrio ideal entre sal, tiempo de braseado y la presencia de las espinas comestibles, pero «la gota horada la roca», tal como decían los latinos, y en este caso Güeyumar acabó alumbrando una auténtica delicatessen que causa furor en las tiendas gourmet. Las redondas latas —dieciséis euros de precio— van envueltas en una llamativa funda de papel pensada para emplearse como mantel e ilustrada por varios dibujantes con pequeñas historietas cuyo denominador común es el protagonismo de la sardina (que siempre acaba en la brasa).

Podría escribirse una historia de la humanidad que, adscrita a la escuela microhistórica de Carlo Ginzburg y Emmanuel Le Roy Ladurie, consistente en contar lo grande a partir de lo pequeño, se iniciara con el arpón magdaleniense de Tito Bustillo y concluyese en las sardinas en lata de Güeyumar. Si no de la humanidad, de Asturias al menos, tal como Le Roy Ladurie contó la de la Occitania medieval a partir de una sola de sus aldeas. A esta exigua ribera del Océano Atlántico, el mar lleva alimentándola varios milenios a lo largo de los cuales sus habitantes —es un decir— no han hecho mucho más que discurrir nuevas maneras de arrebatar al dios Neptuno más y más de los tesoros culinarios que custodia. A Asturias cuesta muchísimo imaginársela sin sus montañas, pero cuesta más aún barruntar cómo sería sin sus más de trescientos kilómetros de costa. Se la podría aplanar y, verde, llana y lluviosa como el interior de Irlanda, seguiría conservando lo fundamental de su esencia; pero no se la podría desecar ni enviar a las mesetas interiores de Europa sin marchitarle fatalmente el ser. Ningún perennialismo, ninguna pertinacia, puede acreditar la nación asturiana tan inquebrantable como ser un país que mira al mar, que se adentra en él sin demasiado miedo y que acopia sus frutos con afán.

Siguen siendo dos de esos frutti di mare perseguidos con avidez los bígaros y las lapas. A éstas, acá se las conoce como llámpares, quizás porque su forma cónica remeda la de una tulipa. Se trata de unos pequeños moluscos univalvos de la familia de los gasterópodos cuyo hábitat son los roquedos litorales (pedreos en la lengua vernácula): se adhieren fuertemente a las rocas con unos dientecillos de los que se ha demostrado que son el biomaterial más sólido conocido, superior en dureza incluso al grafeno y al kévlar. Y esa adherencia las salva de casi todas las inclemencias, pero no de la navaja mañosa de los aficionados a estas viandas exiguas y populares que es tradición comer afogaes (esto es, cocidas brevemente con una mínima cantidad de aceite) o bien guisadas en una salsa de cebolla, vino y jamón un poco picante. La meca de la cosa son las parroquias villaviciosinas de Quintes y Quintueles, cerca ya de Gijón, donde comenzó a popularizarlas en los años sesenta el establecimiento Casa Nicasia. También se celebra allá un concurrido Festival de la Llámpara desde finales de los ochenta.

En cuanto a los bígaros, apreciados también en Francia y conocidos allá como bigorneaux o vigneaux, se trata de la versión marítima de los caracoles, y se siguen comiendo hasta el punto de que tal vez los asturianos nos hayamos pasado comiéndolos y acabemos dejando de hacerlo por imperativo legal. En efecto, este marisco infinitesimal que seducía a bolsillos de poco poder adquisitivo por su baratura ha sido prácticamente esquilmado del litoral asturiano. Las ya pocas veces en que reaparece en las sidrerías, volviendo a provocar que las barras de los chigres se llenen de mañosos gourmands que extraen sus cuerpecillos ricos en magnesio de las pequeñas conchas con la ayuda alfiler, es de origen gallego.

Llámpares a la marinera

Con el correr de los siglos, este sencillo bestiario comestible paleolítico, el pueblo astur lo fue acreciendo con otras criaturas marinas que hoy cautivan los paladares de propios y extraños en los restaurantes especializados de las grandes ciudades asturianas y de encantadores pueblos pesqueros como Cudillero o Tazones. Son una exquisitez muy asturiana, por ejemplo, los oricios, nombre lariego de los equinodermos esféricos y recubiertos de espinas móviles, de color oscuro y amoratado, que las costas del castellano conocen como erizos de mar. Habitan estas sobrias bestezuelas los roquedos de la zona intermareal y fondos rocosos de no más de treinta metros de profundidad, al abrigo de los cuales se alimentan de algas y otras plantas marinas. Y de ellas es delicioso y se degusta su coral («corazón», en asturiano), es decir, su interior, de característico color anaranjado y que no otra cosa es que las gónadas del oriciu. Sus más altas cotas de suculencia se dan en consecuencia en marzo, que es el mes de su pleno desarrollo sexual.

Son excelentes los oricios tapiegos (de Tapia) y valdesanos (Valdés, concejo con capital en Luarca), y siguen siéndolo pese a que también en este caso haya que lamentar los estragos naturales que causa la voracidad humana: la costa occidental ha perdido la mitad de la masa explotable de oricios en la última década debido a su sobreexplotación. Pero si hay una capital del oriciu, ésa es la ciudad de Gijón: en ningún otro lugar existe una Cofradía del Oriciu que se encargue de velar por la expansión de su consumo y el cultivo de las tradiciones populares a él asociadas. Se da la circunstancia, y ello favorece esta capitalidad oriciesca, de que los oricios son poco apreciados en las otras comunidades cantábricas de España. De Galicia llegaban en tiempos camiones repletos de estos erizos de mar que allá nadie quería, y que se vendían a paladas y bajo precio en la antigua pescadería municipal. Tampoco son del gusto de los vascos (sorprendente rechazo éste en una región tan amante del buen yantar) y sí algo en Cantabria —donde se los conoce como salbogas— y también en el Mediterráneo español; pero en ningún lugar del mundo se comen con la avidez con que los acometen los gijoneses. Fue justamente en Gijón donde los conoció Julio Camba, maestro de columnistas y de gastrónomos que en su La casa de Lúculo o el arte de comer, de 1929, hizo la mejor descripción que se conoce de los oricios. Los había probado en la casa que el político asturiano Melquíades Álvarez tenía en el barrio residencial de Somió (así como una fabada que lo dejó «a punto de ingresar en el Partido Reformista»); y encandilado, dio en reseñar así su sabor:

El erizo es un extracto de mar, un hálito de borrasca, una esencia de tempestades. Al primero que uno se toma, la boca no se le hace simplemente agua: se le hace agua de mar, con todos los olores y sabores marinos. Y después de tomarse quince o veinte docenas —porque el tomar este marisco no es comer ni beber, sino respirar en pleno océano—, la más fina langosta le sabrá a uno a galápago y las mejores almejas a neumático de automóvil.

 

Oricio

La accesibilidad de los oricios los hace además parte de cierta cultura de la sencillez; de cierto hedonismo austero similar al que concitan las llámpares. En esta era nuestra de estandarizaciones químicas y asepsias plásticas, todavía no han dejado de ser parte del paisaje asturiano gentes que, casi como cazadores-recolectores de la Prehistoria, bajan a los pedreos provistos de un gancho, un caldero, una cucharilla y una botella de vino blanco. Con ese parco instrumental y mucho cuidado, hacen acopio de oricios que después meriendan sentados en alguna roca propicia mientras se solazan contemplando la rugiente eternidad del océano, recordando quizás, si los leyeron, aquellos versos de Manuel Machado: «¡El mar amado, el mar apetecido,/ el mar, el mar, y no pensar en nada!».

Seguramente no haya mejor manera que la antedicha de acceder a esas lámparas mágicas capaces de enclaustrar todos los carismas del océano que, efectivamente, son los oricios. Pero no hace falta arriesgarse a un resbalón fatal adentrándose con pasos inexpertos en los roquedales de Penarronda o La Griega para probarlos. Hay otras maneras y una son restaurantes como la sidrería El Globo, de Gijón, pero otra es el maravilloso y subestimado mundo de las conservas. Como las sardinas del Güeyumar, los oricios también se enlatan sin que su anaranjado coral pierda una sola propiedad organoléptica. Todo se enlata en general en esta región que fue solar, en tiempos, de una potente industria conservera: tanto, que en los cincuenta se consideraba a este rubro el cuarto pilar de la economía asturiana tras el carbón, el hierro y el campo. La primera fábrica de conservas de España fue, de hecho, gijonesa: la fundaron en 1828 Antonio Alvargonzález Zarracina y su hijo Mateo, pioneros nacionales de la utilización alimentaria de la combinación de acero dulce muy fino con estaño que conocemos como hojalata. Sus descendientes Juan, Romualdo y Anacleto Alvargonzález ocuparon distintas fincas de la zona de El Molinón con otra importante factoría llamada La Hormiga, que se servía de una serie de canalizaciones para retener los peces arrastrados por las pleamares que se adueñaban de aquel espacio.

Para principios del siglo XX, Asturias aportaba el treinta y tres por ciento de las conservas cantábricas, y la primera guerra mundial supuso para la industria, como para el carbón, un impulso enorme favorecido por las penurias alimentarias de las naciones en guerra. Funcionaban por entonces ochenta empresas conserveras en toda la región y, de ellas, muchas se asentaban en Avilés (Massó, Bravo, Castro y Cía…) y Gijón (Faustino Forcén, La Covadonga, Ojeda…), pero otras vertebraban la economía y el empleo de pueblos pequeños como Puerto de Vega, San Juan de la Arena o Lastres. Pero en ningún lugar eran tan importantes las conservas como en Candás: fue en esa villa marinera cercana a Gijón tuvieron su sede las icónicas firmas Bernardo Alfageme, Herrero y Albo. Hoy se celebra allá una Feria de la Conserva que va ya por la vigésimo novena edición, aunque no queda ya ninguna empresa del ramo en la villa. Por diversas razones, la industria comenzó en un momento dado a sufrir un declive cuyo punto más bajo fue el año 1994, en que sólo funcionaban cinco empresas en la región. El presidente de las Unión Asturiana de Fabricantes de Conservas, Alfredo Liñero, consideraba entonces que se podía «poner un descanse en paz en el sector conservero asturiano de pescados», aunque actualmente han ido apareciendo unas pocas firmas nuevas de corte local y artesanal. Dos de ellas son las gijonesas Agromar y Costera, que envasan y facturan, entre otras cosas, anchoas, bonito del Norte, chicharru, distintos tipos de algas, ventresca de bonito, pulpo, angulas, vieiras, mejillones o fabes con almejas. También un espléndido caviar de oricios: se llama así a lo que no es otra cosa que la ya citada alma anaranjada comestible del oriciu, que se presta muy bien a servir de argamasa de diversos manjares, como por ejemplo los revueltos de huevos.

Asturias es famosa también por sus mariscos, de los que el gastrónomo Eduardo Méndez Riestra explica en su Diccionario de cocina y gastronomía de Asturias que no se les conoce en la región «rechazo alguno, a diferencia de otras comunidades donde al menos una parte de los géneros que lo integran sufrieron por su apariencia desdén manifiesto en otras épocas». Es cierto: nunca ha sido Asturias tierra prejuiciosa. Ya en 1918 decía el escritor Miguel de Castro Marcos en un libro titulado Asturias, país de amor y tierra de fuego que los asturianos «son abiertos de espíritu cuando un extraño les franquea de su alma»; y es también así para las extrañezas comestibles. Ave que vuela, a la cazuela; a bicho que en el mar o en sus orillas aliente también se le encontrará siempre hueco —preferentemente vivo— en una buena olla llena de agua de mar hirviendo. Los condados, ducados y marquesados de este reino culinario son prácticamente infinitos: langosta, bogavante, cigala, santiaguín, centollu, ñocla, andarica, percebe, navaja, potarru… Las almejas se llaman acá amasueles y están deliciosas con fabes y también con arroz; y otro bocado marino de los dioses son los chipirones, un manjar estival y algo caro (se trata de los calamares en su fase juvenil) que suele prepararse en su tinta o afogaos, es decir, con la cacerola tapada y regada con un poco de aceite de oliva virgen y cebolla. La tinta queda dentro de los chipirones, de tal forma que éstos estofan sin guisar.

Explica Méndez Riestra que «hay pocas dudas de que la forma preferida por los asturianos para preparar los crustáceos es la cocción en agua sin mayor manipulación, lo que no está reñido con algunas excepciones afortunadas»; y cita entre éstas el ilustre gastrónomo la caldereta, la langosta con verdura, el salpicón y el bogavante en sopa fría de Casa Gerardo. La primera de estas salvedades mestizas merece alguna atención. De ella decía el cocinero y cocinólogo Ángel Muro a finales del siglo XIX que, pese a que la paternidad de su versión moderna había de atribuirse al empresario gijonés Calixto Alvargonzález —fijador de un canon recogido en un libro de Ediciones Trea titulado Caldereta y limonada, con estudio preliminar de Miguel Arrieta Gallastegui—, la caldereta era en realidad el mismo «guiso inmemorial que practican en alta mar algunos marineros gijoneses», que «en pote o cazuela echan el pescado fresco entero y en pedazos, añadiendo un poco de aceite de Sevilla, cebolla picada y pimentón; [y] después de cocido lo comen en rancho».

La caldereta es un plato «para un día de campo con alegre brisa del nordeste y un sol de agosto», que decía Alvargonzález, y una suerte de enciclopedia marina comestible. Si los oricios son esencia de tempestades, en este caso podríamos hablar de la tempestad ella misma; de un arca de Noé invertida que en lugar de salvar del diluvio a las criaturas terrestres librara a las marinas de una suerte de Gran Desecamiento. La receta de Casa Fermín, por ejemplo, consta de salmonetes, mero, rape, tiñosu, chopa, dos langostas, un kilo de andaricas y otro de cigalas; y la candasina lleva en todas sus variedades bugre o bogavante. Lo que sí es de rigor desde princupios del siglo XX es tomarla con un característico brebaje llamado limonada, del que el viajero gaditano Dionisio Pérez explicaba así la composición: «en una garrafa rodeada de hielo, botellas de diversos vinos blancos, Jerez, Priorato, Nava del Rey, Champagne, agregándole una tercera parte de agua y un azucarillo por cada botella de vino; se perfuma la mezcla con una cáscara de limón muy finamente pelada y se bebe cuando esté la limonada muy fría o casi helada».

En materia de pescados, los reyes son en Asturias la merluza, el bonito, el rape y la sardina. De la primera (fun fact: un pez caníbal que adquiere hasta un cuarto por ciento de su dieta de la ingesta de hermanas más jóvenes) se suele decir que es el pescado que gusta a aquéllos a quienes no gusta el pescado, «lo que —apunta sagazmente Méndez Riestra— puede ser halagüeño o desdeñoso, según se quiera entender». Y quizás la fuente no sea la más neutral ni la más fiable, pero el escritor praviano Pepe Monteserín asegura que, por más que este pez nade en todos los mares y todas las cazuelas del mundo, en ningún rincón del planeta son tan buenas las merluzas como en Cudillero. Asegura Monteserín que «la diferencia gastronómica es astronómica»; que

hay diferencias abismales entre una de Cudillero, Francia, Mauritania, del Pacífico o de los mares australes. Frescas y todas del pincho, un suponer, mientras la primera conserva un aroma limpio y franco, y se encharca en jugos al ponerla en plancha y en boca, las otras se tornan pastosas y hasta secas, aunque los pícaros las maceren en leche; mientras la primera seduce con los elegantes aromas a mar de Oviedo, otras despiden tufillo a pescaduzo; mientras las pixuetas se lascan con el canto del tenedor como milhojas admirables, las otras permanecen compactas y ensimismadas.

Una cata de merluza de Cudillero a la sidra

(Del pinchu: «de anzuelo», es decir, pescada desde embarcación pero mediante un sistema individualizado, a través de una línea con sucesivos anzuelos, no con redes de arrastre. La merluza del pinchu es la de mejor calidad. Más tarde hablaremos de cómo se pesca el pescado en Asturias).

La forma más característicamente asturiana de degustar la merluza es a la sidra, receta cuya invención debe reconocerse al restaurante ovetense Casa Bango: comenzó a servirse allá este plato en los años cincuenta, inspirados sus autores en una receta anterior de lubina a la sidra que había acuñado la marquesa de Parabere en los años treinta. Pero quien lo popularizó verdaderamente fue el antiguo bar-sidrería Nalón, donde la cocinera Esmeralda González tuvo la idea brillante de presentar el pescado en lomos desprovistos de sus incómodas espinas, así como de acomodar las piezas en un lecho de patatas panadera.

En lo que respecta al bonito, pescado apreciado por su sabor intenso y sus pocas espinas, en bruto se presenta algo seco y de sabor monótono, y también agradece en consecuencia un buen chapuzón en sidra; pero de las decenas de modos y maneras de dulcificarlo, ninguna hay tan deliciosa como el rollo. Consiste esta creación genuinamente asturiana en picar muy menuda la ventrisca del bonito, mezclarla con cebolla más menuda aún, unirlo todo con huevo y ligarlo con harina. Con esa masa se forman unos rollos que se doran en aceite de oliva. Dicta asimismo la receta que en una pota aparte se prepare un sofrito con más cebolla y tomate natural y que sobre él se dispongan después los rollos a cocer muy lentamente, alrededor de una hora; que después se saquen y se dejen enfriar y se corten en rodajas y que, finalmente, pasado el sofrito por el pasapurés, se le dé un último hervor en esa salsa a las rodajas.

Rollo de bonito

Al rape se lo conoce en asturiano como pixín y en él palpita otra demostración del carácter desprejuiciado de los asturianos en lo que a manducar respecta: el rape es un pez de aspecto espantoso (también se lo conoce como pezapu, «pez sapo») pero sabor excelso y es también un pez meritocrático; uno de tantos ejemplos que la historia de la gastronomía ofrece de platos que comienzan alimentando nada más que a los pobres de solemnidad y acaban asentando sus reales en las mesas de mantel fino. Al humilde y feo pixín, el ingenio proverbialmente azuzado por el hambre lo hizo parte, a partir de los años treinta y sobre todo durante la posguerra española, de uno de esos trampantojos culinarios con que los hosteleros de los tiempos de Carpanta lograban imprimir un falso relumbrón a sus menús, simulando con éxito platos nobles y caros con ingredientes de andar por casa. Al mismo tiempo que el gastrónomo catalán Ignacio Doménech proponía una famosa cocina de recursos (lo hacía en un libro, La cocina de recursos, reeditado hace algunos años por Trea), fundamentada en invenciones como las chuletas de arroz, los calamares sin calamares o la casi mantequilla, al rape se lo hacía pasar por langosta.

Era así la artimaña: con la carne cocida del rape, de textura muy similar a la del marisco, se componía una especie de grueso cilindro que se impregnaba exteriormente de pimentón y luego se cortaba en rodajas servidas con mayonesa. La receta, conocida en Asturias como pixín alangostáu, aparece ya como falsa langosta en 1930 en el semanario femenino Mujeres Españolas, que lo propone como «un plato con el que podéis dar a vuestros invitados “gato por liebre”; pero seguramente, si se lo decías después, se reirán de vuestro buen humor, pues no creerán lo del gato y asegurarán que han comido liebre. Todo depende de vuestro acierto al confeccionarlo». Y el caso es que, delicioso como era el invento pese a todo, el fin de la hambruna no lo hizo desaparecer, sino que hizo fortuna y con el correr de los años acabó siendo servido a los anteriores reyes de España y al entonces príncipe de Asturias en una cena en Oviedo. Por lo demás, no es alangostarlo la única manera de saborear el rape: en Asturias son también muy populares los fritos de pixín, jugosísimos tacos rebozados y pasados por la sartén que en ningún lugar están tan buenos como en El Rompeolas de Tazones, La Taberna del Zurdo de Oviedo, la sidrería La Llosa de Gijón o la también ovetense Casa Gervasio, donde se sirve igualmente el mejor pixín alangostáu.

 

Pixín o rape alangostado

Mencionábanse asimismo las sardinas —la sardina iberoatlántica—, y algo hay que glosar también a estos pececillos de cuerpo esbelto y color tornasolado, que también gustaban a Julio Camba. Contaba el escritor gallego que sería capaz de fugarse «con los fondos confiados a mi custodia nada más que para irme a un puerto y atracarme de sardinas»; y decía también de las sardinas que «no se trata precisamente de un manjar de “buena compañía” […] No es para tomar en el hogar con la madre virtuosa de nuestros hijos, sino fuera, con la amiga golfa y escandalosa. Las personas que se hayan unido alguna vez en el acto de comer sardinas, ya no podrán respetarse nunca mutuamente». No fue éste durante mucho tiempo, sin embargo, un entusiasmo muy extendido; y hasta sigue sin serlo, ello pese a que, tal como dice la nutricionista Magda Carlas, «no hay muchos alimentos que igualen sus virtudes»: se trata de uno de los pescados azules con más contenido en omega-3 que existen —y por lo tanto más cardiosaludables— y posee más del doble de calcio que la misma cantidad de leche. Así y todo, lo hemos dicho ya: en Asturias no hay tabúes alimentarios que valgan. Son muchas las formas que aquí se practican de echárselas al coleto, pero hay dos recetas que sobresalen en popularidad sobre el resto. La primera es trechar las sardinas: vaciarlas, abrirlas en forma de libro, rellenarlas de un sofrito de hortalizas picadas, rebozarlas y guisarlas en cazuela con vino blanco. La segunda es la versión conocida como a la vixigona, consistente en amontonarlas en capas alternadas con sal en un recipiente alto y asarlas a la lumbre, y que recibió su nombre de cierta mujer picada de vixigues (viruelas) que fue quien les dio fama en el barrio pesquero gijonés de Cimavilla.

Bien, ¿cómo se pescan todos estos pescados? ¿Cómo arriban estos cardúmenes de suculencia a las pescaderías y restaurantes que los hacen accesibles? Pues de muchas formas o, por mejor decir, operando con muchas artes que ofrecen una especie de réplica recia e industriosa de las bellas. Se dividen estas artes en dos grandes conjuntos: las que emplean redes y las que emplean anzuelos. Las primeras pueden servirse de redes fijas, de deriva, de cerco o de arrastre; las segundas, propiamente llamadas aparejos, se sustancian en técnicas como la cacea o curricán, el palangre, el cebo o tanqueo, la nansa y otras artes menores como los angazos, los tarrafinos, las dragas, los rastros y rastrillos, las liñas…, y así hasta no menos de sesenta y dos artes en uso o en desuso, según cálculo de Emilio Barruso.

No es lugar aquí de describirlas todas, pero sí puede serlo de recuperar dos piezas literarias distintas y distantes, la una de principios del siglo XX, la otra del año 2014; la una firmada por una gloria inmortal de las letras castellanas, la otra publicada por este humilde juntaletras en el extinto diario digital Asturias24; la una escrita en San Esteban de Pravia, la otra tras una jornada de pesca en un barco de Lastres; las dos en conjunto proporcionadoras de una buena manera de pasar revista a cuánto permanece y cuánto han cambiado las cosas, en un siglo, en lo que respecta a la pesca y a lo que la rodea en Asturias.

Esto escribía Rubén Darío, que no de otra gloria hablábamos, a caballo del siglo XIX y el XX durante unas vacaciones estivales en San Esteban de Pravia, un puerto pesquero del Occidente de Asturias y un «rincón asturiano, pequeño, solitario, sin más casino que ásperas rocas, ni más automóviles que los cangrejos, ante el caprichoso Cantábrico», en el que veraneó en 1905, 1908 y 1909 y escribió una parte de sus Cantos de vida y esperanza:

Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lanchas de los pescadores. Las filas de remos brillan a la luz áurea, y las embarcaciones del trabajo rudo y arduo toman el aspecto de galeras antiguas en el desfile. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y la suella, la rebosilla y la sardina. Cuando se enciende el poniente es el retorno, a la vela. La mar brava, o el agitado nordeste, impiden a veces la pesca. Y la mala faena se ve en los rostros de los pescadores, cuando se acercan a la costa, en donde hay redes tendidas y mujeres que aguardan.

Viven estos excelentes hombres en pobres habitaciones. Tienen algunos un huertecito que aprovechan para sembrar maíz, patatas y coles. Esto no les deja morir cuando falta el producto del trabajo. Tienen una iglesia chica y triste, en donde los más devotos forasterosretroceden ante el formidable ejército de pulgas que sin duda el rey de las moscas,  o sea Satán mismo, mantiene allí para perjuicio de los católicos veraneantes. Se divierten cada ocho días los buenos pescadores jugando a los bolos y emborrachándose convivialmente con vino de dos perrones la botella. Sabréis que dos perrones son veinte céntimos de peseta.

El carácter de estas gentes curtidas por vientos y mares es pacífico y amable. Jamás he visto ni oído escándalos o riñas. Además, son generosos y altruistas. Unos a otros se ayudan y confortan. Cuando uno está en días de enfermedad o de escasez, los que pueden le prestan el apoyo que les es posible. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz alta, y esto se explica por la cotidiana labor que tienen sobre la mar, en donde están hechos a dominar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas.

Estos mares son duros. El Cantábrico tiene celebridad terrible. Y aun en esta parte que ahora me parece tan poco hostil, pasan, en ciertas épocas, dramas tremendos. «Por allí —me dice un pescador, señalándome el extremo del rompeolas—, por allí murieron el invierno pasado catorce hombres. No se pudo salvar ni uno solo».

Saltemos ahora al siglo XXI.

La cita es en la rampa del puerto de Lastres a eso de las cuatro y veinte de la mañana. Llego con unos minutos de antelación. Lastres duerme; toda Asturias duerme. No me he cruzado un solo coche en los cincuenta kilómetros de Autovía del Cantábrico que separan Gijón de este hermoso pueblo marinero, que alcanzara renombre nacional como escenario de la serie de televisión Doctor Mateo. Colgado de un agreste promontorio («las casas trepan por la ladera, se organizan en calles zigzagueantes y pinas», escribió en los setenta Gonzalo Torrente Ballester), Lastres, Llastres en asturiano, es un mirador privilegiado del oriente asturiano, tanto de su montaña como de su litoral. Al oeste se columbran los cabos de Peñas y Torres y las puntas del Olivo y Rodiles; al este, el imponente farallón de la sierra del Sueve, detrás del cual se asoman los siempre majestuosos Picos de Europa, cubiertos aún de nieve en estos primeros días de mayo. Todo ello es, claro está, invisible a las cuatro de la mañana, tan solo tenuemente iluminado el pueblo por unas pocas farolas de luz anaranjada.

Mi contacto es Enzo Morán, un recio y afable gijonés de veintiocho años que alterna la atención de una pequeña frutería en La Calzada, que abriera hace tres años con su novia, con el oficio de pescador, que desempeña desde que pudo con un afán inédito en su familia: un tatarabuelo suyo, me cuenta, tenía una lanchuca, pero pescar era para él un simple hobby, y ahí se acaba la tradición pesquera de los Morán Rodríguez. Más tarde sabré más detalles de su historia. Empezó hace ocho años, me contará, con un gallego en El Musel, en el Kica, un barco de arrastre de San Pedro de Muros, en La Coruña, que venía a Gijón a xardes —el verdel de los bascos, caballa en castellano y xarda lo mismo en asturiano que en gallego— entre febrero y abril. Un día vio Enzo que tenía muchas cajas, saltó al barco y preguntó al primer tipo que vio cuánto pagaba por trabajar allí. «No sé, yo no soy nadie, soy el contramaestre; espera al armador», le dijo, y cuando llegó el armador, lo puso a cargar cajas: tenían más de mil y les venía bien la ayuda. Le dio cincuenta euros. «Al otro día —relata Enzo— volví y me dio otros cincuenta euros, y al otro otros cincuenta. Cogí trato con él y cada vez que venía me llamaba y me pagaba por cargar cajas, por vigilarlas, por vender el pescado en Gijón… Aquello me gustó y dejé la escuela. Éste es el mejor oficio del mundo», remata orgulloso.

Mientras espero la llegada de Enzo y sus compañeros, cuyo número desconozco, me entretengo observando el leve mecimiento de las lanchas atracadas en el puerto. La mayor parte de ellas son pequeñas, de recreo; sólo dos barcos más grandes anclados en medio de la nada, el Playa del Astilleru y otro cuyo nombre no alcanzo a leer, me parecen candidatos a ser el que me acoja esa jornada, que, según me ha dicho Enzo por teléfono, comenzará a las cinco de la mañana y terminará a eso de la una y media o dos de la tarde. Me ha dicho, también, que la previsión para esa mañana es que el tiempo sea óptimo: la mar estará, me dice, como una bañera, como un vasu.

Enzo llega por fin a las cinco menos cuarto, en una furgoneta blanca de la cual se bajan ocho hombres de distintas edades. Lo primero que hace Enzo cuando me ve es señalarme a uno de ellos y decirme, lacónico: «El jefe». Y el jefe, a su vez, me extiende la mano y se presenta. Se llama Eduardo Montoto y es un hombre menudo y moreno de unos cuarenta años. Eduardo me resuelve la duda que tenía: su barco es el Playa del Astilleru. Mejor dicho: el Nueva Playa del Astilleru, porque el original lo vendió Eduardo hace dos meses, el tiempo que lleva con el nuevo, a unos santanderinos. Aquel barco tenía, me explican, alrededor de un metro y medio menos de eslora (la distancia de proa a popa) y unos centímetros menos de manga (es decir, de ancho), y se les había hecho pequeño.

Pronto iré conociendo a los otros cinco miembros de la tripulación, todos ellos de edades comprendidas entre los treinta y los cincuenta años: Manolo, Antonio y tres peruanos que llevan varios años en España y se llaman Ángel, Luis y Goyo. También conoceré a Santos, el padre de Eduardo, que, me dicen con sorna, está allí «de turista» porque, recién jubilado, echa de menos la mar. Santos es un marinero de raza, que evidencia sus galones de viejo lobo en sentencias como una que pronuncia mientras hablamos acerca de los destrozos causados en la costa asturiana por los duros temporales del invierno anterior. En Lastres, me dice Santos mientras Manolo conduce el pequeño bote azul que nos lleva de la rampa al barco, apenas hubo; si en Gijón sí los hubo es porque «lo que a la mar se come, la mar lo cobra», en referencia a la polémica ampliación del puerto de El Musel.

Hablo también con Antonio, un hombre robusto y locuaz del cual me fascina el asturiano puro, inmaculado, que habla, y que a mí, simple conocedor del estándar de la Academia y del desmañado amestáu maliayés de mi familia, me cuesta por momentos comprender. Pronto me doy cuenta de que éste, en general, es un bastión inexpugnado de la llingua llariega; un Gaeltacht astur (Gaeltachtaí se llaman, en Irlanda, las dispersas microrregiones donde aún prevalece el gaélico irlandés como lengua principal) en el cual no se pescan muchos peces, sino abondos pexes, y en el que todo posee sabrosos nombres vernáculos: cau, galapán, tresmayu, charangu, azocar

Antonio también me explica qué se pesca. Hoy vamos, me cuenta, a bocartes (los boquerones del sur), que son el oro gris del asunto, porque pueden cotizarse hasta a ocho euros el kilo, y nunca a menos de dos. De todas maneras, me dice, cuando sales no sabes qué pescado te encontrarás. Las melvas rondan los cinco euros el kilo; la xarda, menos de uno. Xarda, melves, chicharros, boga, soboga, sardines… ¡y muiles! Los muiles, que en Gijón conocemos como feos moradores principales del no demasiado limpio río Piles, son el mújol o capitón de otros sitios y tienen sus gourmets, aunque el mercado es reducido y se los suele liberar cuando caen en los aparejos. «Matas lo que tú quieres matar», me explica Antonio. Las sardinas, pone como ejemplo, valen muy poco en invierno, pero mucho por San Juan. Dependiendo de la cotización, puede interesar o no pescarlas; si la cotización es baja, no interesa, y también se las deja ir. «Hoy, con los móviles, sabes rápidamente lo que se pescó en Vigo o en Guetaria. En la rula de Avilés ves a los mayoristas con un teléfono en cada oreja», me cuenta.

El barco suelta amarras y arranca a navegar. Lo hace bamboleándose fuertemente de lado a lado, pero esto, me dicen, es normal: hay una como zona de marejada que hace siempre problemática la salida del puerto llastrín. Me señalan un lugar de la borda y me proponen que, si siento la llamada de la naturaleza, vomite allí, y que no me preocupe: a todos, me dice Antonio, nos ha pasado alguna vez. Al oírlo, palpo la caja de biodraminas que llevo en un bolsillo de mi cortavientos como palpa un amuleto la gente supersticiosa. Santos, por su parte, me sugiere que suba al puente, el compartimento también denominado timonera desde el cual el patrón, en este caso Eduardo, pilota el barco. Pero primero echo un vistazo a las interioridades del barco. Dos estrechas estancias superpuestas la una a la otra albergan, la superior, una pequeña mesa con bancos a los lados, un fregadero y un fogón, que los tripulantes utilizan para hacer café; la inferior, catres superpuestos a modo de literas. Allí se tumban mientras el barco está en ruta y duermen o charlan hasta que el patrón les avisa. Lo hace, me explica Enzo mientras se acuesta en su catre, a través de una luz roja fijada al techo, que se enciende y emite un ruido molestísimo que indica a los marineros que deben subir a cubierta cagando hosties.

Lanzo también un rápido vistazo al cielo nocturno, que, límpido —también él como una bañera, como un vasu— se muestra cuajado de millares de estrellas y un Venus grande y cegador, y atravesado por el grueso trazo blanco de la Vía Láctea, sin mayor competidor lumínico que Lastres y La Isla, convertidos en minúsculas luciérnagas naranjas prendidas de un horizonte negro e incorpóreo, y el faro del propio Lastres, que proclama su existencia lanzando fugaces destellos blancos.

En el puente me encuentro a Eduardo manejando el timón con atención y con el rostro iluminado por el resplandor blancuzco que emiten dos pantallas de ordenador, de una de las cuales adivino fácilmente la función: es un detallado mapa de la costa, moteado de un rosario de redondeles azules de los cuales Eduardo me explica que son marcas de sitios en los cuales suele haber pesca. Me sorprende comprobar que ninguno está muy lejos de la costa, ni muy lejos de Lastres. Contra lo que yo creía, el barco no navega mar adentro, sino que corre paralelo a la costa, patrullándola despacio y sin alejarse mucho. Rara vez el Playa del Astilleru abandona la zona comprendida entre Gijón y Ribadesella: prácticamente nunca navega hacia el occidente y sólo en alguna ocasión hasta Santander, durante la campaña de la xarda. El barco no tiene un área concreta asignada: puede pescar en cualquier lugar de Asturias y hacerlo, también, en otras provincias pidiendo un permiso al Principado, que lo gestiona con la consejería de pesca de la comunidad autónoma en cuestión.

La otra pantalla del puente es un sónar «como el de las películas de guerra, pero para detectar pescado», explica Eduardo. Los bancos de peces se muestran en la pantalla como manchas escurridizas de color entre amarillo y rojo intenso, dependiendo de cuánto pescado lleven. Cuando una de esas manchas aparece, debe llevarse a cabo una rápida maniobra que haga al barco correr paralelo al banco, abrirse y finalmente cerrarle el paso. Para entonces Eduardo ya habrá despertado o avisado a sus hombres mediante la sirena que Enzo me ha señalado, y esos hombres se habrán aprestado, en una veloz y ensayadísima coreografía, a ponerse katiuskas e impermeables y colocarse en sus puestos. Cada tripulante desempeña siempre la misma tarea. Mis apuntes revelan lo galimatiásico del asunto: Enzo cierra la mano, mete unos metros del corchu hasta que llega Ángel, que hasta entonces se ha ocupado de tirar la boya al agua y enrollar el cau y ahora pasa a enganchar anillos, todo ello mientras Luis tira la jareta al agua, larga los anillos, la cierra, se encarga de la grúa; Goyo controla la jareta cuando sale del cartel para que no enganche, después la vira y después mete el plomo en el apareyu; Manolo canta los anillos y enrolla la jareta en el carrete; y Antonio, además de controlar el truel, coge con Ángel en la proa la boya, le da la boya a Ángel y desengancha la jareta y se la da a Luis, y va mirando el agua controlando que no venga mordido el pañu en los anillos, porque si es así el aparejo fisga como un trapo enganchado a un clavo.

De toda esa operación seré testigo unas horas más tarde, cuando el sónar delate, ya de día (un sol redondo y naranja acaba de brotar detrás de las olas) a un banco de parroches enfrente de la playa riosellana de Vega, bajo la atenta mirada del Sueve, del que Manolo me explica que cuando, como hoy, ni una sola nube lo tapa, los pescadores dicen que está descaráu.

Tratemos de resumir someramente el proceso: baste con saber que es la llamada pesca de cerco y que consiste en que, primero, se lance al agua una boya amarilla que emite una luz azul y sirve de referencia para que el barco trace una circunferencia alrededor del banco que se desea atrapar, mientras los marineros arrojan al agua un enorme aparejo (red) que hace de barrera o de pantalla que rodea y corta el paso a los peces. Lo hacen soltando —largando—, a intervalos regulares 30 gruesos y pesados mosquetones, que se cantan (¡Uno…! ¡Dos…! ¡Tres…!») a fin de que Eduardo calcule la trayectoria que ha de seguir el barco: el «¡quince!» le indica que se ha completado media circunferencia, y que es preciso comenzar a retroceder. El veinte, por su parte, lleva adherido un sensor que envía a las pantallas del puente información acerca de la profundidad del mar en ese punto y cuál alcanza, por su parte, el aparejo. Si el fondo es de arena, se deja al aparejo caer; si es pedregoso, que puede enganchar y desgarrar la red, se da comienzo, antes de que lo haga, al paso siguiente: estrechar y cerrar el aparejo por abajo a fin de convertirlo en una especie de media esfera abierta por arriba, con los peces culebreando en su interior. Más tarde, una grúa hidráulica con unas poleas en la punta llamadas triples tira del aparejo hacia arriba hasta convertirlo en una suerte de bolsa (corral, en la jerga del gremio) que envuelve y apretuja el pescado. Y de ese corral, fijado a un costado del barco y abierto con la ayuda del charangu («palu gordu y llargu que sirve pa llevantar y tener pol apareyu», en el DALLA), un truel mecánico —algo así como esos palos con una red al final que se utilizan para cazar mariposas, solo que, claro está, mucho más grande— irá después tomando los peces y trasladándolos a unas cajas —trastes— de color verde pistacho dispuestas en la popa del barco. Eso, si se tiene suerte y todo el pescado es igual: si viene mezclado, hay que ir escogiéndolo a mano. Y si hace sol, Enzo es el encargado de arrojar bloques de hielo sobre las cajas ya llenas con el fin de que el pescado no se seque. Durante todo el proceso, Eduardo hace indicaciones desde el puente. Y durante todo el proceso, también, una nutrida bandada de gaviotas acecha el barco, ávidas de devorar los varios miles de kilos de pescado que el Playa del Astilleru parece servirles en bandeja.

Hay 690 trastes en total que suman entre 10 y 15 toneladas, calcula Enzo recostado en la popa mientras mordisquea uno de esos discos dietéticos de arroz inflado y con el impermeable rojo sazonado de minúsculas escamas del pescado trajinado en la operación que acabamos de describir. Me enseña seguidamente una nueva palabreja: sellar, que significa llenar todos los trastes, lo cual sucede a veces y a veces no. A veces, de hecho, no se llena ni uno. Y más palabrejas: enfilar es hacerle un rápido pespunte provisional a los desgarros sufridos por la red a fin de salir del paso y seguir utilizando el aparejo durante lo que queda de jornada (la operación puede repetirse dos, tres, cuatro, cinco veces); adobar, el cosimiento experto y definitivo del que se encargarán, ya en el puerto, los rederos, que pueden tardar en arreglar el aparejo desde una tarde hasta cuatro días dependiendo del tamaño del desgarrón. «¿Cuánto dura una red?», pregunto entonces a Enzo, que me responde, burlón: «Lo mismo que una muyer: si la cuidas, mucho, si no la cuidas, poco». Después, me sigue contando su trayectoria: estuve —relata— en el Moralba, una lancha pequeña en la que éramos dos, el patrón y yo; luego pasé al Carmín, también del mismo armador pero el doble de grande y éramos tres; allí no estaba agusto y me fui al Mar Abierto, también de Gijón, pero en el Mar Abierto tuvimos una avería y me echaron, y entonces me fui al Ángel María Belén, donde tampoco estuve agusto y de donde me fui de vuelta al Mar Abierto. «Estando en el Mar Abierto, un día me enteré de que Eduardo necesitaba gente, y me fui con él. De eso hace ya tres años», concluye.

Luego Enzo me cuenta, también, el día que peor lo pasó en la mar: fue en una lancha que había olvidado mencionarme, la Hermanos Pola. «Íbamos —me cuenta— a ocle, y un día de nordeste fuimos a pique enfrente de Xivares, a una milla náutica o milla y algo de tierra. Nos tuvo que coger una lancha de Luanco, el Costa Brava». El ocle es el sargazo que las mareas arrojan a las playas a partir de los temporales de otoño, compuesto de distintas especies de algas, hierbas marinas y maleza y que en tiempos era empleado por los labriegos del litoral como abono alternativo al estiércol cuando éste escaseaba, y también como remedio para algunas dolencias. Hoy su destino principal es la obtención de agar-agar, un espesante de origen oriental diez veces más potente que las gelatinas tradicionales, y aunque tiene notable valor alimentario, de momento la cocina asturiana apenas lo está trabajando, excepción hecha de alguna conservera que factura distintos tipos de algas enlatadas.

¿Cómo se aprende este oficio para el cual no hay carrera, ni módulos, ni cursos de la UNED? Enzo me lo explica sucintamente: «Cuando llegué aquí, nunca había pescado a cerco y no tenía ni idea de nada. Les dije: “Ponedme en el sitio más fácil, lo del bobu”, y me pusieron a tirar el corchu al agua y recogerlo. Después se aprende viendo, pululando por el barco y escuchando “quita, que molestas”, “quita, que molestas”, “quita, que molestas”, hasta que un día dices: “ya no molesto, ahora molestas tú”».

Hay algo de ley natural, de primitivo iusnaturalismo, en todo esto. La asignación de tareas no resulta de una orden del patrón, sino de un libérrimo reparto efectuado tácitamente entre los marineros. Cada uno de ellos desempeña la tarea que más le agrada, aquélla en la que es mejor o en la cual se siente más cómodo y todos cobran lo mismo, en una suerte de comunismo que es curioso, porque en otros sentidos el mundo de la pesca parece un experimento neoliberal. Cuando pregunto a Enzo por los detalles económicos, sueldos y así, de la cosa, descubro que la cosa haría las delicias de un Adam Smith o un Ronald Reagan o una Margaret Thatcher: esto de la pesca es un libremercado gobernado por una caprichosa mano invisible y en el cual, además de poderse conseguir empleo simplemente saltando a un barco, y además de que los precios no sean fijos, tampoco hay salarios mínimos ni máximos. Hay meses en que se gana, me cuenta Enzo, trescientos euros, meses que se gana más de dos mil y meses en que no se gana nada en absoluto, y ello depende de cuánto se pesque y de a cuánto se pague lo que se pesque. «Si no hay producción, no hay sueldo», explica Enzo como proclamando un axioma reaganómico. A veces, dice, pescan cinco días, o menos, en todo un mes, bien por mala suerte o bien por temporales que impiden salir a faenar. Otras, sin embargo, se pesca a manos llenas (se sella): una vez, me cuenta, pescaron once mil kilos de bocartes frente a Lastres y hubo que pedir a otro barco ayuda para cargarlos, porque la grúa del Playa no bastaba para hacerlo. Tales vaivenes de la fortuna son imprescindibles, en todo caso: «Si se pescare tolos días, veníen los de León a pescar y nun había pa nosotros», dice con sorna Antonio.

El pescado, una vez la lancha vuelve a tierra (a veces en Lastres, y a veces en Gijón) al final de cada jornada, es llevado inmediatamente a la rula de Avilés. Si el pescado no sobrepasa los trescientos kilos, los tripulantes del Playa del Astilleru lo llevan a Avilés en su propia furgoneta, dotada de una cámara isotérmica; cuando la cantidad es mayor, contratan una mayor a Transportes Ovidio, que hace el traslado por un porte de unos trescientos euros. En la rula, Enzo expone una caja de muestra y comunica a los mayoristas interesados (algunos de ellos representantes de compradores del Mediterráneo, donde el bocarte del norte es especialmente apreciado) el número de ellas de que dispone. «A veces vendemos todo el pescado de una sentada, a un solo mayorista, y a veces a poquitinos», me cuenta Enzo, que me explica, también, que tienen un puñado de clientes fijos. La rula de Avilés tiene dos turnos: uno por la mañana, entre las 9 y las 11; el otro, por la tarde, a las 5. Si se pesca de noche, se vende por la mañana; si se pesca por la mañana, se vende por la tarde.

El reparto de las ganancias se hace en base a un sistema de quiñones, distinto en cada barco pero que suele consistir en una división de las ganancias en dos partes: una de un sesenta por ciento, que se utilizará para pagar los gastos de la lancha (víveres, gasoil, hielo, portes, reparaciones, etcétera) y otra de un cuarenta por ciento, que se divide a partes iguales entre todos los miembros de la tripulación, incluido el capitán. Eso en condiciones normales: si los gastos son más cuantiosos que los ingresos, toca «chupar el deu».

Mientras me explican esto veo que no muy lejos de donde nos encontramos hay un barco del mismo tamaño y características que el que me acoge. Se trata de El Xarabal, una lancha amiga de Gijón que, me explica Enzo, reparte sus beneficios con el Playa del Astilleru: «Si unos metieron cajas de mierda y otros cajas de pescado bueno, repartimos beneficios y así ganamos todos». También reparten, me explica, el pescado: unos venden en Avilés y otros en Gijón, y así no se satura el mercado.

El barco, acabada la jornada, vuelve a Lastres, que relumbra en un cercano horizonte y ahora no es negro y naranja, sino blanco cal y rojo teja rodeados de un verde feraz, y parece llamarnos como una madre a sus hijos a la hora de comer. Enzo charla animadamente con Goyo: hacen cábalas sobre quién ganará la Liga y si el Sporting echará, por fin, a Sandoval. Yo, mientras tanto, trato de recordar cómo sigue una tonada que comienza: «Soy de la villa de Llastres, de familia pescadora…».

Lastres (Asturias)

 

Historiador de formación y periodista de profesión. Colabora con 'La Voz de Asturias', 'Atlántica XXII' y 'La Soga' y acaba de publicar su primer libro, 'Si cantara el gallo rojo', una biografía social del dirigente comunista Jesús Montes Estrada, 'Churruca'.

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