Creación

Ir a parar

Unos singulares dibujos del artista berciano Amable Arias (1927-1984) ilustran un texto subyugante e inclasificable de autoría anónima.

Ir a parar

/Texto de Isla Thar/
/Dibujos de Amable Arias (v. nota al final)/

 

escenas familiares, como mayo y su cuchilla abriendo las cortezas silenciosas, agobiadas otra vez de savia entrometida. Calladamente padece el manso los disfraces, el sarpullido floral y su reclamo productivo, el trajín alimenticio de las hormigas trepadoras. Abre, estría también el cuerpo perfecto y frágil que cuenta ya hasta doce y no advierte y ríe juega se esconde como a los diez, como a los seis, el ángel cotidiano que sigue jugando y riendo como si nada a la sombra distanciada del padre, del hermano… Violentado, amartillado, el adolescente reducido golpe a golpe sobre el yunque familiar y manso, dulce hierro al fin, curvo y callado metal, y llevadero. Hay reserva en la mirada de todas las criaturas, en las de mayo como en las de octubre, hay abundante desconfianza. Reserva y miedo, capital a largo plazo, para las encías de la vejez. Decepción y miedo, capital de la infancia y de pronto el latigazo sin chasquido de la memoria que no avisa, nunca avisa cuando vuelve a cobrarse lo suyo, a cobrarle al hombre que ni olvida ni aprende: aquel portal y aquella boca, aquellas escaleras, aquella risa. Este húmedo escozor en las cuencas y miradas al cristal como si estuvieras ahí, aquí. Item más, decepción y culpa y miedo en el manantial del primer abuso memorable: aquella curva nocturna y aquel coche, aquella sombra, o aquella casa, aquel pasillo, esta herida de la que aún mana alegre el dolor. Fuentes secretas del daño, revelaos, arrasadlo todo o que al fin bascule mayo y su alba sangriento hasta la otra orilla, hasta esa noche que todo lo acoge y de todo se ocupa, la madre noche que danza sobre mis sueños, negra madre que no descansas nunca, madre que no callas, madre mía, madre

 

pasa dejándose ver despacio, la mañana como una novia tímida y perfumada y a lo mejor también un poco feliz, desfila tras el cristal y la sombra del lápiz oscila con exasperante demora, Lengua, Biología, Matemáticas, Inglés… La eterna mañana, eternas todas las cárceles de la mañana para el muchacho condenado al pupitre como la res al pesebre, interminables el pienso y la paja cotidianos, Geología, Física, Tecnología… Rueda lenta la mañana como el viejísimo disco solar y el nuevo Prometeo repasa y amplía el garabato en el libro o se tatúa la piel con la misma tinta de los complementos y las ecuaciones, factorización de polinomios, past simple and past perfect, yoduro de sodio, crítica social en la novela picaresca y mira al compañero de celda, el gesto cómplice y sabedor y enfrente la espalda, el enigma, las caderas alucinantes de Teresa mientras llueve la explicación adulta, el frío sermón del conocimiento, con sus controles y amenazas, sus suspensos, sus infiernos, mientras afuera como una noria sigue rodando indolente y calmosa la mañana, otra mañana que se va pero muy despacio, tan despacio, como si en el fondo no quisiera, como van las novias camino del altar, tan compadecidas, y deseadas, tan perdidas para siempre

 

ella misma antes o después, desfilando por el pasillo de los terceros, tan seria y orgullosa y lo demás, exhibiendo el cuidadoso trabajo de cada día ante el espejo, tan cerca y tan lejos, caminando entre los que miran y callan como si tuviera —Teresa, Teresa— el poder de bajar a su paso el volumen de las conversaciones, como bajan las miradas y sombra del lápiz, antes o después, complaciente o mecánica o mansa

 

y ella misma como cualquiera en cada ciudad cada noche, en cualquier calle el sobresalto al sentir los pasos, la presentida sombra la esquina el portal, la intuida amenaza: el hombre. Quién no lo ha sentido, quién de nosotras. El paso más vivo, un rápido vistazo para confirmar si es solo uno. «Si es solo uno…» Con uno puedo, me digo se dice, con uno puedo, me repito, con uñas y dientes, y patadas arañazos mordiscos, pero si son dos, si son dos o más… Si son más no hay nada que hacer, me digo se dice nos decimos cualquiera en cualquier ciudad en cualquier calle todas las noches. Los golpes del corazón no dejan oír los pasos, los suyos los tuyos, solo el pájaro aterrorizado que se golpea contra las paredes del pecho cuando ya la sombra los pasos están encima y ya la vista casi por completo nublada a la altura de la esquina el portal donde te alcanza, la vieja historia cada vez como la primera, y luego te rebasa, se desvía o pasa de largo el hombre desconocido, el hombre cualquier hombre siempre temido por ser hombre por lo que hacen los hombres en la noche en la calle, el hombre que pasa, si pasa, no tan rápido como se pasa el miedo, el temblor el llanto helado hasta llegar a casa, si llegas a casa

 

con ocasión de la salida. El evento congrega a unas y otros, las caras viejas, muchas, y las caras nuevas, muchas también. Echarse a la calle como quien echa un caldero de agua sucia, con urgencia y disimulo e idéntico sí pero no, veinte… ¡treinta! años después, tantas caras viejas, tantas caras nuevas, las unas te tienen bien sabido, las otras te ignoran igual de bien, todos practicando la socialgimnasia de gestos y saludos, uno-dos, y cabeceos-sonrisas, tú también, la flexibilidad ya perdida pero no el desacomodo de entonces, idéntico antes o después o antes y después lo de siempre, lo  e t e r n o, la misma incapacidad de disolverse en la sopa común o la misma social membrana, el mismo himen de acero: la deseada y temida, la imposible humanidad. El óvulo ya fecundado y el espermatozoide tardío, recuerda, aquella vieja fábula que te contabas al irte a dormir. El mismo tardoadolescente, en fin, la misma sonrisa implorante y servil, que alguien se apiade, y es probable que la misma camisa también, habría que mirar las fotos, qué cansancio, de verdad, qué hartazgo de uno mismo veinte, treinta años después ahí lo tienen, el mundo habrá dado un millón de vueltas pero él sigue ahí plantado sin moverse mientras suena la misma música que él no oye con la misma ceguera del palo ante el imán la misma torpeza en el baile colectivo la misma vergüenza de ser siempre tú la viruta disonante en el arco magnético, la gota insoluble que flota terca y no se diluye y discretamente se retira, vuelve a su orilla, etcétera

 

la suciedad sobre todo, la indecencia. Puede haber más cosas, suele haberlas, la oscuridad el miedo la prisa, pero siempre cubriéndolo todo como un chocolate esta suciedad, ese saberse indecente. El deseo por descontado, grumoso y apremiante pero disfrazado siempre de otra cosa, algo entrañable, algo adorable, ah, oh, eso que hace caer las resistencias, el rudo y gran deseo disfrazado de bailarina, ejecutando sus minués, sus battement, sus delicados y muy risibles demi-pliés mientras sigue avanzando, avasallando, así en la tierra como en el sueño, otro sueño, la última versión, él avanzando, ella cediendo y oscuridad y miedo y mucha prisa pero todo con gran tacto y cuidado y cuando al fin, por fin, él descansa su muy enorme y atormentado cabezón, su gran cráneo agobiado de poeta tierno y sensible sobre el blando pecho copioso y palpitante, etcétera, todo eso justo en el momento del máximo riesgo y la máxima dificultad, ya se sabe, los delicados segundos en que todo se puede lograr o ir al carajo, justo entonces asoma el otro tras la vitrina del salón, digamos el legítimo, que vuelve al hogar dulce hogar tras la dura jornada de trabajo y lo que menos espera es encontrarse, ya se sabe también, y entonces las caras, las excusas, las muy consabidas preguntas y respuestas como en los exámenes de los repetidores, las repetidas mentiras y el afán de contener de ocultar la enormidad del ultraje que se abre paso por el rostro del cornudo como la grieta por el dique, todo como siempre y siempre sobre todo la suciedad, la indecencia, esa última capa que aporta el carácter, oh, ah, el carácter, el destino y el carácter que a todo le aplica su oscuro barniz, su error sistemático. Y si faltaba alguien, si en la comedia de enredo del sueño faltaba alguien porque tres es un número al que siempre le falta o le sobra algo, alguien que bien podría ser el ojo que mira entre las cortinas, el rijoso, y en cuanto al deseo, frustrado, por supuesto

 

paradigma de funcionalidad y adaptación, de óptimo encaje en el mecanismo del orden, los cuatro repartidos por los sofás, la familia haciendo su sobremesa y digestión frente al televisor donde pasan el consabido telefilme, más el correspondiente minutaje de publicidad, todo fluyendo ordenadamente y conforme a lo previsto, el plasma rociando los cerebros, nutriéndolos como gran madre social, la tele, carne magra del reality, noticiario bien condimentado, tertulia crujiente y para esta hora del sábado y domingo un telefilme dulce y familiar, porque la familia que ve la tele unida permanece unida, al menos hasta que acaba la película tierna y almibarada, entretenida y con su música, su paisaje, sus caballos o perros o delfines o humanas orcas, asesinas pero aquí no, aquí la unión y la fuerza y la conquista de tus sueños, porque si quieres puedes, sólo tienes que soñarlo, y el padre prudente y ejemplar, policía, la madre amorosa y abnegada, escritora o sea sin oficio, la hermana adolescente rebelde y un poquitín ninfómana, justo lo justo, y el protagonista siempre especial, valiente, distinto, todos los ingredientes bien mezclados, los aminoácidos esenciales y la fórmula infalible para enganchar hasta al perro en la alfombra, la plácida familia consumiendo la dosis semanal de buenismo, hipocresía y conformidad, esto es, de  a r t e  y tolerancia al despropósito, todos enganchados al jugoso pezón de la mater, sórdida matrix amantísima, madre televisión que velas por nosotros

 

por qué el pájaro ya no canta, por qué ya no      canta en su jaula, ya no canta en su jaula dorada      por qué se queda parado      y calla      qué calla       el pájaro en su jaula       su jaula dorada

 

fuertes, equilibrados, el deseo de salir y el de quedarse, el de estar solo y el de estar con alguien, la duda y la certeza de equivocarse de cualquier modo, de estar mal en todas partes, descabezada gallina que corre y no encuentra, qué va a encontrar, qué cabeza qué sol para el árbol sin guía, qué raíz. La conformidad siempre en otra parte, la calma, corriendo si te detienes, parada si avanzas, la indefensión aprendida, los aprendizajes no significativos, aquellas viejas lecciones. Viejas, aprendidas no. Hace mucho que pasé por aquí y ya no soy el mismo pero sigo siendo el mismo. Décadas después el mismo rincón e igual de perdido, el mismo deseo de agradar el mismo deseo de explotar, el mismo miedo y desamparo, la misma rabia la misma búsqueda del abrigo seguro, lo mismo lo mismo lo mismo

 

apenas estrenado el día y los pájaros, se sabe, cantan. Cantan los pájaros pero no el águila que vuela bajo, quietas las calles, coronando la discreta cumbre de los tejados. Yo lo he visto, le he visto hacerlo. Sobre los atascados tejados de mayo, de paja, de mugre, a cuyos pies encuentro cada día polluelos caídos, o puede que arrojados al vacío por sus hermanos como aquella vez, y también sobre estos de junio: localizado el nido, el águila se abate, desaparece de mi ángulo de visión pero enseguida se eleva de nuevo con el pequeño gorrión entre las garras, yo le he visto desgajar el bocado mínimo y arrojar el despojo miserable, para volver enseguida a por más. Discreto festín, desayuno fácil, pero no debería decir miserable, no hay porqué usar un término tan humano. Como aquella vez. Yo en la ventana y los pájaros cantan pero qué cantan

 

cuánto pudo perderse el hombre, qué pudo ser del muchacho confiado que veía desplegarse en el futuro la vía recta de una vida virtuosa, con destino, con sentido, qué sabía ese crío de encrucijadas y jardines y senderos que se bifurcan, de pérdidas y desengaños y caídas, qué de las llanuras pantanosas, de negros bosques, de estos riscos absurdos y simas también muy absurdas, cuando todo parecía deslizarse tan suavemente hacia su-plena-realización-natural. Pongamos treinta años después qué fue de aquel muchacho alegre y tranquilo, o solo tranquilo, o tampoco, aquel chaval inteligente y sensible, o al menos sensible, en fin, y digamos también bueno, ya puestos, en qué hombre fue a parar después de tanto leer, de tanto caer y rodar, por qué camino se extravió y cuánto robó, maldijo, golpeó, cuánto se hundió en las aguas podridas del engaño y en las aún peores del autoengaño, cuánto se enredó en las zarzas del miedo y la disipación, cuánto se extravió en el bosque de los cuentos… Y ya que estamos, qué fue de su dios, aquel padre todosapiente y plenipotenciario, ese que tanto amaba a sus hijos, y prometía, qué fue de todo su fantástico poder y amor y conocimiento, si cuatro ratos de lectura bastaron para que se esfumara como el trilero ante la autoridad, dónde estaba ese tal Dios cuando el muchacho se confundió y mientras se perdía más y más y más, qué hacía él mientras el joven se malograba paso a paso, mientras llegaba a ser este hombre, si esto es un hombre, qué es de Él mientras todo se va yendo tan despacio y seguro a

 

larga noche de tormenta, o no tan larga, solo este despertar tan temprano, adónde vas tan pronto hombre, decía la abuela, dónde irás tan denochón pobre niño, a la todavía noche tan oscura abuela, y a los duros truenos, al cielo partiéndose como una tabla, la lluvia en el patio como un caldero de agua sucia, agua negra que ya no admite más porquería y azota un suelo también negro, también indiferente. La noche, los truenos, la lluvia ahí fuera o aquí dentro, en mi tu su cabeza, acaso sea yo seas tú sea él sea ella quien se rompe y llueve con tanto gesto y tanto ruido. Por eso mejor eso, nos levantamos, pronto aclarará el día. O tarde, pero lo hará. Tú tírate de la cama, vístete, saca al perro. Adelántate, estrena el día hermoso y mojado (piensa, de acuerdo, en un cuerpo joven: un cuerpo mojado, fragante, aquel cuerpo), y luego ponte un café, come algo y sube como siempre a mi tu su cuarto, coge el libro, también los libros son islas, por supuesto, son trampas y empieza tranquila y ordenadamente el día, como ayer, como mañana, mientras los negros nubarrones se van alejando con su agua negra al otro lado de la ventana mojada, lo mismo que a este

 

también los libros son islas y también en las islas llueve, llueve sobre mojado, sobre las reconocibles siluetas de las islas en el tiempo, al final del telediario, y en los libros escolares, las Baleares a la derecha de la península como queriendo irse, siendo ya en el mapa un poco suyas y de nadie, y más abajo en su no-lugar las Canarias bien guardadas en su biselado cajón, atrapadas como peces en un estanque, como las mantas en el altillo y los libros en sus baldas, siempre fieles y disponibles, una mañana y otra y otra y siempre ahí, fieles o indiferentes como viejos cónyuges imperturbables, deplorándonos, decolorándose lentamente sus lomos, oscureciéndose secretamente su interior y acumulando su tan noble capa de polvo, etcétera, más la araña que tupe su tela entre Duras y Nothomb, ay de mis viejos amores, y también entre Amis y Ballard, ay de mí también, todos bien alineados, todos firmes y hermosos «como un ejército preparado para la batalla», claro que sí, y como si fueran todos un solo cuerpo (piensa otra vez en el cuerpo, venga, en ese mismo o en otro, el que se te antoje… de acuerdo, pues como ese), y sin embargo todos islas todos los cuerpos, amados cuerpos, sufridos, maltratados y pacientes cuerpos que nos deploran, cuerpos que se estropean, cuyo interior se oscurece como los viejos libros, y bajo la superficie, me pierdo, bajo el azul y más abajo y acá de la orilla dibujada y reconocible hay también montañas y valles, alucinantes cumbres sumergidas, simas desconocidas y negrísimas gargantas, desfiladeros por los que pasean peces impasibles o peces angustiosos, peces en todo caso ciegos, peces insomnes, monstruosos peces abisales que comen a otros peces y también cadáveres de peces flotantes o sedimentados, peces y más peces, la vida misma, entre isla e isla, entre cuerpo y cuerpo, entre libro y libro y lluvia y mares y polvo y peces y telas de araña

 

como ese perro viejo, que me ve bajar las escaleras. Pero yo también fui joven, también mi sangre ardió. Yo que me creí elegido, también, reservado para una causa más alta, un futuro mayor… Yo que también contemplé a los viejos como si fueran parte del paisaje, como si siempre hubieran sido así. Pero también ellos fueron jóvenes, por muy increíble que parezca, hoy son cuero seco huesos nada pero también su sangre ardió, todo su cuerpo incendiado y poderoso, y también creyeron y soñaron montañas y luego se frustraron y se estropearon y acabaron como nosotros, yo, tú perro viejo que me ves bajar las escaleras y te levantas con dificultad, viejo Ares, dios de la guerra, con tu artrosis y tu próstata, viejo chucho castrado que vienes a pedirme el desayuno. Ven, amigo, mon frère, mon sembable, toma tu pienso y yo me tomaré el mío, y después vamos a sentarnos juntos a no hacer nada y que la vida pase, allá ella, y nosotros nada, tranquilo, ya nada pero muy dignamente, sestear o mirar el vacío con gravedad, noble estampa de sabiduría y aceptación, sí, ríete tú también, aceptación, qué risa tan amarga, tú en tu sillón yo en el mío, los dos recordando acaso aquel tiempo aquella fuerza aquel deseo, aquellos riscos aquellas jóvenes, tiernas presas que tan dulcemente palpitaban en nuestras fauces

 

parecía elevarme       pero       no       no es elevación       caigo       a plomo sin elegancia       como una moneda en un estanque       y cuando llegue al fondo levantaré una nubecilla de polvo       polvo serás       mas polvo acuático que se expande       y enturbia       y se posa con exasperante demora       y luego       nada       miro los peces de colores       la superficie brillante allá arriba       la superficie irrecuperable       la panza de los cuerpos que nadan       flotan       el cielo el sol       yo que creía elevarme       y caigo       miro todavía veo un poco el cielo el sol flotante       desde aquí       desde mi limo espero veo       veo otros que también caen       y levantan su nube de polvo       y nos vamos cubriendo       unos a otros       compasivos       iba a decir       indiferentes

 

en la ladera, sobre la pendiente curva que parece el vivo costado de un gran animal dormido, el cielo blanco amarillo azul y la tierra cubierta de hierba joven, hierba húmeda caliente, entre correhuelas y malvas y amapolas, él tendido boca arriba, la camisa suelta, una rodilla alzada, el vidrio irisado de sus ojos y al lado, casi sin tocarse, casi sin querer ella formando un estrecho ángulo, tendida también pero sobre el vientre, sobre todo el fabuloso desorden del vestido, ella con su fragancia y su pelo, etcétera, y una brizna de hierba prendida entre los labios y el pecho un velamen que se infla y se desinfla, ella, ella y él presintiendo, adivinando, la respiración los ojos la boca, esa vena palpitando en el cuello, la sangre, la tierra caliente, él, él y ella mirando, callando, los dos como si en su pradera bajo su cielo fueran los únicos seres vivos, los primeros animales vivos y fecundos del planeta, gozando y padeciendo el turbión avasallador de la vida o de la muerte, llámese como más se quiera y en el cielo apelotonándose las nubes, sus panzas blancas sus panzas grises y por fin el primer bramido, el padre cielo y la madre tierra, uno de los dos siente la primera gota

 

la secreta y delirante y deliciosa seguridad de ser mejor que los demás, inconfesable pero capaz de elevarte un palmo sobre el suelo que pisan ellos, ellas, todos los vulgares, los normales, la condescendencia piadosa, la refinada hipocresía con que alabas el mérito de los demás, tan cuestionable, tan mentido, más la escenificación de la propia modestia ante los reconocimientos obligados aunque algo tardíos, siempre tardíos e insuficientes, mundo ciego, mientras crece se llena gota a gota la amarga copa del despecho, el resentimiento que no es copa sino embalse y un día no admitirá más crecidas y lo arrollará todo, la pobre criatura que envejece y se alimenta de decepciones y fantasías incumplidas, ese gran animal insaciable y maloliente, su vasta colección de íntimas heridas purulentas, sus depresiones y lloros y abandonos, sus mal reprimidos gestos de asco, su envidia indisimulable, sus desprecios desde la guarida del maldito, oh, o del discreto, ah, del humilde pero lúcido, venga ya, la facilidad con que todo se va colocando en el lugar que le corresponde y merece, el búho en la rama, la luna en el cielo y en mi corazón, en mi corazón… todo, todo en su sitio como en el viejo romance, mientras te vas haciendo tú también viejo, es decir, te vas haciendo amargo, te vas y te vas haciéndote cada día más pequeño, o en palabras corrientes: un hombre «curtido» (risas1), un hombre «maduro» (risas2), incluso un hombre «sabio» (carcajadas), uno al que sacan a la fuerza de la plaza, un hombre pero que bien toreado, otro doblegado y a rastras, uno más que ocupa al fin su sitio

 

en el lugar del hijo. El padre, mueble auxiliar, actor «versátil», instalado en otro sitio, desempeñando otro papel, otra función, o simplemente puesto donde no estorbe mucho, una planta que se cambia de habitación, que amarillea y deja libre el sitio del hijo      el cuerpo      lo sueños      el sufrimiento secreto y ardiente del hijo, secreto pero perfectamente sabido por el padre que se ve de pronto, es un decir, instalado en otra habitación otro papel, el padre desplazado a otro cuerpo más esto más lo otro pero los mismos sueños los mismos silencios los bien sabidos secretos y el mismo sufrimiento, en fin, vivo y rojo, en el cuerpo ajado la habitación más oscura los sueños consabidos y el sufrimiento, en verdad, ya sin lustre ni heroísmo, el padre desplazado por el hijo, el hijo en su sitio, el padre el sitio, el sitio hurtado por el hijo, el padre el hijo el sitio

 

«el  delicado placer del aplazamiento» (E. W.). Claro, claro. O un millón de años después: «estar con un chico cuando todavía no te has acostado con él» (M. C.). Los adjetivos oportunos, los adverbios que tan maravillosamente se deslizan en la oración. Seguimos. El aire tan frágil de la primera hora, la tierna humedad preparatoria. Sí, sí, de acuerdo. Pero también el sádico tormento, la purísima humillación de los aplazamientos… Como cuando pasan los minutos, las horas angustiosamente hacia la salida del tren sin saber hasta cuándo, amor mío, oh hasta cuándo. Piensa en aquella vez, my darling, recuerda aquella tarde aquellas obras en mitad de la estrecha calle, al pie de una pensión, precisamente. Habríamos tenido que cruzar sobre las tablas dispuestas por los obreros para salvar la zanja. Poco romántico acaso, o acaso mucho más. Como cruzar un puente colgante sobre el vacío, sobre la boca burbujeante de un volcán. Yo te daría mi mano, tú me seguirías a cualquier parte, etcétera. Hoy me parece que cruzar aquella zanja habría sido tanto tanto tanto, una demostración de tan grande amor como cruzar a nado el Atlántico entero o el negro Leteo en la chalana de Caronte, apuradas las pócimas convenientes. Y estaríamos dulcemente muertos, todo olvidado. Pero tú dijiste «en mi ciudad no», y entramos en el bar de al lado, morimos no

 

viendo acercarse la tormenta desde el umbral, las persianas echadas, las luces apagadas, el jardín también anochecido. Lejanos resplandores sobre los tejados como en cinemascope, como en un filme «crepuscular» [sic] y acercándose minuto a minuto, hasta que nos alcanzan los primeros truenos: muy lentos y largos, como el rugido de una gran bestia cósmica que avisa antes de descargar toda su ira sobre planetas y tejados viejos y jardines ingleses, o de Albacete, como este donde un joven fresno se mece tranquilo en la suave brisa nocturna, sin saber lo que le espera, las sacudidas, la escabechina, el mañanero saldo de ramas partidas, y tú miras al árbol tranquilo que no sabe, perfecto y frágil y joven, o quizá sí sabe, quizá sabe muy bien qué significa la electricidad en el aire, el canto alarmado de los pájaros, la súbita desaparición de las hormigas o lo que sea que sepan los árboles, este árbol bello y joven que miras y miro al cielo que al fin se rompe y el estruendo es tan bárbaro que esperas ver cascotes gigantescos cayendo desde lo alto, toda la bóveda celeste desplomándose en escombros monumentales con los que los pocos muy pocos supervivientes, a penas tú y yo, inauguraríamos una nueva civilización, la nueva era, tú y yo entre los escombros llenando el mundo de nuevos hijos nuevos hombres que se entrematen eso piensas pienso cuando al fin las compuertas se abren y el árbol se desmelena comienza el espectáculo pero no quiero verlo y entro en la casa, la casa, la oscura casa

 

el autor en horas bajas, otra vez, dudando de sí, de todo, padeciendo de lo suyo, again & again. Reconsidera todo lo que ha escrito, ese enorme montón de      él que iba a ser el más grande porque sabía que era el más grande y ahora sabe lo que sabe y quiere dejarlo pero no puede dejarlo y vuelve una vez y otra vez qué va a hacer si no tiene otra cosa, punto. Ahora que al fin está capacitado para entender que escribir solo puede ser una impostura y dejar de escribir otra, es decir, la misma. Suelo y techo de la misma ratonera. A duras penas logra sacarse cada mañana estas líneas que contempla «con gesto contrito», como quien manipula una deposición con un palito en busca de la perla, la supuesta, prometida perla, una mano para el bolígrafo y otra para cubrirse el rostro, él que iba a ser todo eso, él tan disciplinado cumpliendo cada mañana el trámite penoso y pactado, él que al acabar suelta el bolígrafo como si ardiera y salta de la silla, se lanza liberado al resto del día, a cualquier sitio a cualquier cosa con tal de, de no

 

bendito amanecer al revés, benditas mañanas que se oscurecen. Benditos días inesperados, benévolos días grises de verano. Bendito frescor bendita lluvia bendita tormenta que rompe y rasga, bendita negrura y bendito granizo que arruinas las cosechas, sí, sí, acaba con todo y bendito tú también, viento furioso, cómo no vas a estar furioso, bendito vendaval que te desatas y arrastras hojas y plumas y papeles y haces desaparecer también a las dulces muchachas risueñas con sus melenas tan largas y sus bocas luminosas y sus pantalones tan cortos, etcétera, invencibles criaturas que por la tarde volveréis a tomaros de la mano y pasear al sol

 

quién eres tú, mi amo. A quién obedezco, quién me atormenta. Quién me obliga a seguir y me impide seguir, quién me hace caer y levantarme y seguir cayendo y levantándome, quién me arroja y me aplasta, quién me llama y no abre, quién me requiere para humillarme, quién me tiende este lazo de pronto bota en mi garganta, quién si no soy yo, quién eres tú, mi caprichoso dueño, si no soy yo, tirano inconstante, hijo natural, el indeseado, bastardo del Tiempo y la Necesidad

 

diría que sí: surqué valles y penetré en bosques, me refresqué en sus arroyos y me deleitó el canto de sus aves; diría que no fue sueño ni fantasía ahora, que un día hubo valles fragantes y arroyos y hermosos pájaros, puedo recordarlo, puedo verlo ahora en este largo laberinto en el que entré sin advertirlo, este gran dédalo sin paredes, purísimo desierto que atravieso desde cuándo y hasta cuándo, o acaso nunca hubo valles ni pájaros solo esta playa a la que no llegué nunca y de la que nunca saldré, esta arena que tan rápido borra mis huellas, ese mar que retrocede un paso por cada paso que doy

 

del desencanto y sus flacas sirenas de pechos lacios, su latoso canto, su soniquete de feria. La canción del abandono que vuelve a sonar para mí, atado a este palo para que aguante, sus bien sabidos estribillos, sus melancólicas circunvoluciones, todo este recorrido por los mismos lugares, otra vez y otra vez y otra vez. Odiseo en la negra nave, surcando este mar nuestro, la bañerita de la desilusión. Ancla o tapón de fríos eslabones, lenta herrumbre que con tanta porfía goteas mostrándome el reverso de mis viejas ansias, retorno de mis conquistas etcétera etcétera etcétera

 

si tú eres así y lo dicen los años los objetos los papeles, si no tienes más remedio que seguir siendo así a pesar de esto a pesar de aquello, si por más que niegues y rabies y te opongas vas a seguir siendo así, si precisamente cuando rabias y niegas confirmas que tú eres así y cada vez más y más y más así, si no tienes remedio, si esto es lo que hay, si esta es tu historia, si

 

este modo de hacerlo, este negarse el pan y la sal, ignorarse —entiéndeme— a toda costa y escribir como si lo hiciera  n  a  d  i  e  como si no estuvieras tú como si no estuviera yo nadie ahí detrás, en la oscura bodega. El escritor y su historia, segregada, velada, negada trescientas veces antes de que cante el gallo, el escritor y su propia historia cubierta por un montón de historias que caen palada tras palada hasta formar este simpático y deliberado montoncito sobre el que un día pondrán una cruz y dos fechas, con eso basta, el mejor resumen de todas las historias, si no fuera porque «los detalles siempre se agradecen» (andá, pelotudo), los detalles de esta historia hecha de vacíos negaciones ocultaciones suplantaciones simulaciones impostaciones para todo lo que hay lo que habría que decir, tanto y todo cuanto hay que callar y no

 

cómo escapar de mí mismo si no es hundiéndome más en mí mismo, cómo salir del laberinto si no es penetrando más profundamente en él

 

salgo y hoy también me encuentro conmigo mismo, charlando conmigo mismo. Más allá estoy yo mismo sacando mi basura, paseando a mi perro. En el bar, yo mismo me pongo una cerveza y me la tomo yo mismo, y vuelvo a mi casa y me cruzo otra vez conmigo mismo, nos saludamos muy amable y superficialmente (ninguno de los dos tenemos ganas de charla, se nota) y cada uno seguimos nuestro inexcusable camino, yo el mío y él también el mío. De nuevo en mi casa, ceno conmigo mismo y más tarde me acuesto conmigo mismo, me leo un poco a mí mismo, hago el amor conmigo mismo, o a lo mejor no, y luego duermo y tengo sueños conmigo mismo en mundos poblados exclusivamente por mí mismo, gobernados, conquistados y destruidos infaltablemente por mí mismo. Y en uno de mis sueños me veo a mí mismo charlando conmigo mismo, y oigo que me digo muy serio: cómo escapar de mí mismo si no es hundiéndome más en mí mismo, a lo que me replico, grave el ademán: cómo salir del laberinto si no es penetrando más profundamente, y lo demás

 

también la voz que dice destruye a este escritor, mina sus bases, confúndelo, arruina su confianza, quema su obra o mejor no, mejor muéstrasela dentro de un tiempo para que se avergüence de sí mismo, también esa voz es idéntica a la mía

 

qué larga esta caída del sueño hasta morder el polvo

 

tampoco la piedra que cae sabe su trayectoria, cuántas veces se golpeará y si resistirá entera o se partirá por la mitad o irá perdiendo lascas o estallará en mil pedazos, si al final de la caída la acogerá la blanda hierba o el duro secarral, si brillará en el cauce cristalino y sonoro de los poetas o desaparecerá en el limo del pantano de los también

 

eso, cuéntame tu historia, contador de historias, aunque esta tampoco merezca ser contada y a pesar del tedioso argumento los cabos sueltos los giros inverosímiles, la brumosa galería de secundarios y todo el sinfín de tópicos y vulgaridades además del final previsible, por supuesto, cuéntame tu historia de esperanza y decepción y sueños y fracasos, más todas tus traiciones y mentiras una a una, tus secretos tus miserias, la historia de tu cólera y la de tus debilidades, cuéntame esa historia tan vieja tan sabida y yo haré como que no

 

volver a hundirse en el sueño como quien insiste en llamar a una casa deshabitada, volver y volver y llamar, una noche otra noche volver y llamar a la casa, esa que antes siempre tenía sus puertas abiertas para mí, la que siempre tenía un sueño triste o humillante que ofrecerme, la que también me soñaba, la que me esperaba siempre en casa aunque fuera en brazos de otro, la fiel que se explicaba y disculpaba, y luego el fiel espectro lloroso, llorosa mía, aquella a quien despedí cual soberano implacable, su falta como si no fuera idéntica a la que yo antes, sí, la que se arrodillaba y yo no perdoné, yo no respondí, yo miré para otro lado y hoy vuelvo a la vieja casa el viejo lecho viejo y helado y llamo una noche otra noche pero ni siquiera aúlla el espectro, la casa ahora aí, ya sí deshabitada en medio del negro páramo, la noche antes copiosa y viva, noche llena de lobos y peligros y muchachas entregadas y hoy negro desierto negro del que cada mañana regreso más viejo más solo más cansado

 

abro y es la tristeza, otra vez. La vieja, la pertinaz, la inconsolable. Puedo cerrarle la puerta en las narices y volverme, volver a mis asuntos, dejarla ahí fuera, seguir viviendo como si la olvidara por más que sé que no se irá, se quedará ahí esperando como la perra triste que es, la más fiel y flaca y desamparada. De cuando en cuando rasca la puerta, me recuerda, emite su fino quejido de hembra triste y sola, pero yo sé que debo ser duro con ella y como en una mala novela mascullo, mascullo no, amiga mía, sigue ahí fuera, viejísima amiga, amante desgreñada y loca, loca de mi desamor, loca de mis traiciones, hasta que en un descuido («no existen los descuidos») encuentre la puerta abierta, o si no hasta que me harte y acuda y abra, anda pasa, triste, otra vez tú tan triste, «tan triste como ella», y ponte cómoda, come algo, bueno, tampoco estás tan mal, quítate esa ropa mojada y veamos, siéntate aquí, cuéntame otra vez tu vieja historia de heridas y agravios y carencias y desprecios y luego, aliviada, aliviados ambos, sigue tu camino mi camino nuestro insoslayable camino, hasta la próxima



Nota sobre los dibujos

El Copiador 1.000 Hojas es un álbum de pasta dura que Maru Rizo, recordando las palabras del artista berciano Amable Arias (1927-1984) «tráeme lo que piensas que no vale para pintar ni ser pintado», consiguió en el banco donde lo iban a tirar por obsoleto. Amable quedó encantado con este extraño libro de 32×41 centímetros y 1000 numeradas páginas de papel de arroz semitransparentes. La levedad de sus hojas le daba unas características muy específicas y, aunque Amable dibujó 498 dibujos, los dibujos son mil, pues la huella anterior y adivinación posterior a cada página —derecha e izquierda conjuntamente— hace que todas ellas sean consideradas obra en sí. Casi diríamos que su función, al ir pasando las hojas, es evidenciar el paso del tiempo, pues muestra el pasado (lo dibujado en las páginas anteriores ha dejado una huella visible que cada vez con menor intensidad acaba desapareciendo), el presente (la hoja por donde se muestra abierto el libro), y el futuro (las hojas que Amable dibujó posteriormente y casi las adivinamos en esas transparencias algo ilusorias).

Amable Arias y Maru Rizo.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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