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La reforma de la evaluación del profesorado, el Kintsugi y el camino del zen

Una interesantísima reflexión de Pilar Lozano Mijares sobre nuestras formas de evaluar, fundamentada en la filosofía zen y el Kintsugi japonés, una técnica consistente en restaurar jarrones y cerámicas rotos con un barniz de resina espolvoreado de oro, de tal manera que las grietas, entendidas como parte de la historia del objeto, se muestran en lugar de ocultarse, y de paso embellecen el jarrón.

La reforma de la evaluación del profesorado, el Kintsugi y el camino del zen

/por Pilar Lozano Mijares/

Una persona muy querida me envió un mensaje hace unos días que decía: «Tú eres como un jarrón roto, reparado con Kintsugi». A continuación, me enviaba también el enlace a la Wikipedia con la descripción de qué era eso de Kintsugi (una técnica japonesa para reparar cerámica) y un extracto de esa explicación: «La complejidad de la reparación transforma estéticamente la pieza reparada, dándole así un nuevo valor».

Aun sin leer el contenido del enlace, al ver la foto de la pieza (una muy parecida a la que incluyo en este artículo), el extracto me golpeó, me dejó casi sin respiración, por lo mucho que significaba para mí en esos momentos, en lo personal y en lo profesional.

En lo personal, porque reparar y dar valor a lo transformado, dejando visibles las grietas, se me vinculaba con esta época de deconstrucción y reconstrucción en la que ando, ya desde hace unos meses, y de la que he hablado en otro artículo. En parte vinculo este proceso a la famosa crisis de los cuarenta, pero también a una crisis sistémica, y no solo individual, en la que creo que todos andamos metidos, con mayor o menor grado de conciencia. La escritora Marta Sanz, en una entrevista del 20 de noviembre, decía: «Yo, como ciudadana, quiero visibilizar grietas de MI sistema. Es mi obligación y el punto de partida para ser solidaria con las desigualdades de otras partes del mundo».

Parece que no estoy sola en esto: más bien, percibo una crisis estructural, sistémica, sobre el para qué, el hacia dónde y el desde dónde, crisis que, en mi caso, se ha vinculado estrechamente con todo lo relacionado con los procesos de transformación en educación, igualdad de género e inclusión.

En lo profesional, porque reivindicar la belleza de la grieta, la necesidad de hacerla visible y de valorar su necesidad en función del conjunto de la pieza, se relacionaba estrechamente con la reflexión que me estaba provocando una lectura muy interesante que tenía entre manos sobre la reforma de los procesos de evaluación del profesorado, la renovación de la carrera docente y el llamado MIR educativo un estupendo informe de Álvaro Marchesi y Eva María Pérez, publicado por Fundación SM y titulado Modelo de evaluación para el desarrollo profesional de los docentes.

Me había gustado mucho este informe, pero había algo en él que me rechinaba: al describir las condiciones de la evaluación de los docentes, el texto dice que «la única consecuencia negativa para los que no se evalúan o no alcanzan finalmente la evaluación positiva en alguno de sus niveles es que no obtienen los incentivos establecidos para ese tramo concreto»; y más adelante, se declara la propuesta de que esta evaluación sea «un proceso voluntario» (pp. 25 y 29).

Llevo días preguntándome por qué es importante que no haya consecuencias negativas de una evaluación, y por qué se propone como algo voluntario. En mi cabeza, si el diseño de la evaluación está bien realizado, es eficaz, equilibrado y justo, debería ser obligatorio e implicar consecuencias tanto positivas como negativas. Y no pienso sólo en el sector del profesorado, sino en cualquier sector profesional, porque de lo que se trata con la evaluación es de detectar las grietas, visibilizarlas, intervenir en ellas para darles su lugar en el sistema, y que el nuevo conjunto sea más hermoso.

Es decir, igual que en el Kintsugi, es imprescindible no ocultar las grietas, no esconderlas, porque si no, perdemos la oportunidad de reconstruir el conjunto, el sistema, y darle un nuevo sentido mejor que el anterior. Porque no se trata sólo del individuo, sino del docente como parte de un engranaje mayor, el sistema educativo: asegurar el proceso de evaluación (de deconstrucción y reconstrucción) implica asegurar la calidad del sistema, porque así seremos capaces de detectar las mejores prácticas, impulsarlas y replicarlas, y al mismo tiempo de detectar la mala praxis, corregirla y, en el caso extremo, expulsarla del sistema.

A mí me habría encantado, en los diversos puestos de trabajo que he ido desempeñando estos últimos veinte años, haber disfrutado de un sistema de evaluación que me fuera acompañando, protegiendo y ayudando a crecer, individual y colectivamente; y eso que he tenido y tengo la suerte de estar rodeada de personas que, con una generosidad sin límites, han ido actuando, en la práctica, como evaluadores.

¿Cuál es el miedo que se oculta detrás del miedo a la evaluación? Esta pregunta rondaba mi cabeza, aplicándola al tema de la evaluación del profesorado, pero también con respecto a mi propio proceso personal. ¿Cuáles son los obstáculos más profundos? Y, de repente, me di cuenta de algo sorprendente durante unos días dedicados a aprender la práctica japonesa del zen.

El zen (o mejor, la expresión hacer zazen) consiste en sentarse y no hacer nada. Durante un tiempo, simplemente, te sientas y miras fijamente a un punto, sin mover ni una pestaña, en silencio, y cuentas del 1 al 10, procurando que tu mente se vacíe. Cada vez que pasa un pensamiento, no te detienes en él, lo dejas pasar, como si fueras una montaña a través de la cual pasan las nubes: la montaña no se mueve, no se engancha, no lucha, no coge ni suelta. Simplemente, está, es. Todo el tiempo, con los ojos bien abiertos, instalados en la realidad, sin evadirse ni moverse.

Me temo que ni una sola vez, de las muchas que he intentado hacer zazen estos días, he durado más de tres segundos sin tener mil pensamientos rondando en mi cabeza, incapaz de sólo observar la realidad. Es algo tan ajeno a todo lo que he aprendido, a todo lo que me conforma… Porque mi educación se relaciona con hacer, con no parar, con diseñar objetivos, planificarlos y cumplirlos, en el mínimo tiempo imprescindible y con el mínimo de recursos necesarios. Lo que he vivido hasta ahora es que lo importante no es el proceso, el presente, sino el futuro: siempre algo que está por llegar, siempre algo que está por construir. Lo importante es rellenar el tiempo de actividad, cuanto más, mejor.

Sí, me di cuenta: el miedo a evaluar tiene todo que ver con el miedo a parar, a detenerse. El miedo a no hacer nada.

Antes de asistir a estas sesiones de introducción al zen, nos recomendaron leer un libro titulado El zen de Hugo Makibi Enomiya-Lassalle, el sacerdote jesuita alemán que introdujo la práctica del zen en Occidente, y que vinculó el cristianismo con el budismo. Al leer esta cita, me puse a reír en voz alta (para disgusto de mis compañeros de biblioteca):

La actitud interna en el zazen no consiste ni en reflexionar sobre algo, ni en dejar en suspenso toda actividad espiritual. Es más bien algo que se encuentra entre esas dos cosas, o mejor dicho algo más profundo que esas dos cosas. Dentro del zen se llama a esta actitud munén musó, es decir: «sin conceptos ni pensamiento», concepto que resulta perfectamente inteligible a un japonés, y que sin embargo es difícil de entender para un europeo, que cree que para todo lo que hace ha de tener un motivo y una finalidad (pág. 18).

Evaluar implica parar, detenerse, y no producir, no hacer. Evaluar también implica, a continuación, visibilizar las grietas y enseñar las debilidades. Evaluar, por último, implica asumir que nuestras grietas son útiles, hermosas y necesarias para que el sistema sea más bello en su conjunto, sea mejor, para que todos podamos avanzar, y esto también implica, a su vez, comprender que nuestra individualidad, nuestro pequeño ego, debe ponerse al servicio del sistema.

Bueno, pues claro, qué difícil aceptar la evaluación en este país en el que hacemos, hacemos y hacemos, con la mejor de las voluntades, pero desde un sitio, a mi entender, equivocado. Porque las consecuencias pueden llegar a ser catastróficas, frustrantes, y con un desgaste descorazonador.

El 21 de noviembre pasado asistí a la presentación, en el Ayuntamiento de Madrid, de un informe muy interesante, impulsado por la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI): Avances hacia la erradicación de la violencia de género en las ciudades iberoamericanas. Durante la presentación, se reiteró varias veces que uno de los grandes problemas para seguir avanzando era la ausencia de información sobre los impactos reales que las diversas campañas desarrolladas en cada ciudad estaban consiguiendo. Es decir, que no tenían realmente un buen sistema de evaluación. Así que, durante el turno abierto al público, pregunté cómo se tomaban las decisiones de las siguientes campañas, si no habían podido evaluar las anteriores y, por tanto, no tenían información objetiva de la que partir; es decir, cómo diseñaban las siguientes acciones. Y una de las ponentes, Celia Mayer (responsable del Área de Gobierno de Políticas de Género y Diversidad), con una sinceridad que me desarmó, dijo: «Por pura intuición». Me gustó la respuesta, por ser honesta y no esconder el problema. Pero también me preocupó, porque hacer sin evaluar antes implica no estar enraizado en la tierra, no tener los ojos puestos en lo real, en el presente y, por tanto, poner huevos en una cesta sin pensarlo mucho antes.

También ayer, durante la presentación de otro informe también muy interesante en Casa de América (Iberomérica inclusiva. Guía para asegurar la inclusión y la equidad en la educación en Iberoamérica, de la Organización de Estados Iberoamericanos y la UNESCO), pregunté si habían parado a analizar en qué medida los libros de texto y demás materiales educativos impulsaban o entorpecían la inclusión, antes de realizar recomendaciones para las prácticas de los docentes en el aula, y la respuesta fue negativa. En este caso, creo que, simplemente, esa línea de trabajo no estaba prevista en el diseño del informe; de hecho, el responsable de la UNESCO se mostró muy interesado en la posibilidad de abrirla. Pero, en el fondo, me llevó a la misma conclusión que la anécdota anterior en el Ayuntamiento de Madrid: a que se propone hacer sin antes evaluar.

Así que me pregunto si alguien debería, sutilmente, regalar una pieza de Kintsugi a las personas que diseñan políticas públicas (en el Ministerio de Educación, el Ayuntamiento de Madrid, la Organización de Estados Iberoamericanos, la UNESCO, da igual la institución que sea), o directamente recomendarles hacer zazen como práctica diaria: parece que, con unos quince minutos al día, los resultados son muy buenos. Yo aún no lo sé, aunque estoy en ello, porque intuyo que, para conseguir ser yo misma Kintsugi, y que mis hermosas grietas, bien visibles, ayuden a que el sistema sea mejor y más bello, mi camino pasa más por Oriente que por Occidente. Así que aquí estamos, en el camino del zen


Pilar Lozano Mijares es licenciada en teoría de la literatura y literatura comparada y doctora en ciencias del lenguaje y de la literatura por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Tras una estancia en Ecuador de 2012 a 2013 (donde fue docente, investigadora y jefa del Departamento de Relaciones Internacionales, Convenios y Becas de la Universidad Técnica de Manabí), se incorporó en junio de 2013 a Oxford España como editora sénior responsable de literatura infantil y juvenil, y ocupó ese puesto hasta octubre de 2015. Desde noviembre de 2015 hasta marzo de 2017 fue consultora externa, editora y autora de materiales didácticos en la Fundación Botín, el Grupo SM, la editorial Maeva y la editorial Santillana, entre otros. En marzo de 2017 se incorporó como gerente editorial en la Dirección de Educación de España del Grupo SM y ocupó este puesto durante un año. Actualmente, ha vuelto a la consultoría externa en los ámbitos de la educación (didáctica e investigación), el libro (edición y lectura) y la gestión cultural. Sus líneas de trabajo: son los procesos de innovación metodológica y transformación estructural y sistémica, los intangibles, y la diversidad e inclusión (igualdad de género, necesidades educativas especiales). Su última publicación es El papel de las mujeres en la literatura (sobre igualdad de género, educación y literatura), en editorial Santillana

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