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El problema del nacionalismo

EL CUADERNO estrena colaborador fijo: el veterano militante comunista asturiano y exdiputado autonómico y nacional Manuel García Fonseca 'el Polesu', que en este primer escrito reflexiona sobre la problemática del nacionalismo en el mundo contemporáneo y plantea formas de compaginar el rechazo al nacionalismo excluyente con el respeto a la diversidad cultural y étnica del globo.

El problema del nacionalismo

/por Manuel García Fonseca, el Polesu/

Los conceptos de nación y nacionalismo han sido durante mucho tiempo objeto de definiciones muy diversas y contrapuestas; pero de su trascendencia política y social plurisecular no se puede dudar. En los últimos tiempos, vuelven a ocupar la agenda de la problemática política mundial; y resulta paradójico que lo hagan en plena época histórica de globalización de la economía y de los poderes reales. Este resurgimiento se debe, entre otros muchos factores, a una reacción contra la destrucción de todos los vínculos tradicionales de identidad comunitaria.

Pienso que también cobra actualidad cierta advertencia de Orwell, que en A mi manera afirmaba que el nacionalismo era la mayor fuerza de la historia europea de los últimos siglos, y la más peligrosa. En consecuencia, hay que tratarla con mucho cuidado e inteligencia.

Bertrand Russell, en general muy crítico frente al nacionalismo político, admitía la validez del nacionalismo cultural. Personalmente, creo que el respeto y el fomento de la diversidad, tanto en relación a los elementos históricos y socioculturales propios de la comunidad propia como a los de las otras comunidades o culturales, es muy importante; todo ello, claro está, limitado o definido por los derechos humanos personales y de grupo. Ello supone evitar o desterrar el chovinismo, cuestión harto difícil. El nacionalismo —pienso— debe estar subordinado a la ciudadanía republicana, de tal manera que todo habitante del Estado plurinacional sea reconocido como ciudadano con plenos derechos.

En cuanto al nacionalismo político, el problema es cómo evitar la universalización que elimine, que haga tabla rasa de la inmensa diversidad cultural, lingüística y de formas comunitarias del mundo, pero a la vez haga lo propio con los nacionalismos excluyentes, que preceden en muchas ocasiones al fascismo. Sobre esta cuestión clave se han escrito opiniones y propuestas muy diversas, que van desde el realismo hasta la utopía, pero que en todo caso demuestran la importancia del Estado-nación. Enumeremos algunos ejemplos de posiciones diferenciadas frente a los nacionalismos excluyentes.

Simone Weil defendía como ideales pequeñas comunidades que permitan la democracia participativa, directa, aunque pensaba que la sociedad actual tenía tendencia estructural al dominio y la opresión, y situaba aquel ideal en otra humanidad, considerando la presente pre-humana.

Josep Fontana citaba una forma interesante de superación del Estado-nación procedente de Medio Oriente, quizás la zona del mundo con mayores conflictos entre Estados constituidos y naciones sin Estado, como los pueblos kurdo y palestino. Esto decía el recién fallecido historiador: «Otra propuesta que sería interesante considerar, pero de la que conocemos todavía demasiado poco, es la de Abdullah Öcalan, el dirigente del PKK kurdo, aprisionado por los turcos desde 1999, que hace unos años propuso la fórmula del confederalismo democrático, que propone reemplazar el Estado-nación por un sistema de asambleas o consejos locales que generen autonomía sin crear el aparato de un Estado».

David Harvey está de acuerdo en la descentralización política según el tipo de problemas, pero apunta que la política internacional y los aspectos medioambientales requieren estructuras políticas lo más globales posible. En la sociedad actual, es necesario desarrollar una sensibilidad universalista desde el punto de vista ético, de la justicia y de la paz, que supere y rechace el nacionalismo no incluyente.

Los retos de un mundo globalizado

Por otra parte, una cuestión que es necesario dilucidar antes de tomar opción por la independencia de nuevos Estados nacionalistas es la aclaración de los términos: ¿qué supone y qué facticidad tiene la independencia en un mundo globalizado, en el que los Estados nacionales se ven desbordados por la internacionalización de los poderes reales y la regionalización de la política? ¿Qué competencias es adecuado situar en los distintos espacios territoriales y políticos: municipio, provincia, Estado nacional, Unión Europea o cualesquiera otra asociación de Estados…? En la práctica política neoliberal se recortan las competencias municipales, disminuyendo su financiación; se hace lo propio con las comunidades autónomas; se limitan los poderes de los Estados; se centralizan los fundamentales de la Unión Europea en la Comisión Europea en lugar de en el Europarlamento; y los tratados e instituciones internacionales que rigen el funcionamiento del mundo cada vez se alejan más del poder democrático. Para el neoliberalismo, inmerso en una deriva antidemocrática, incluso la democracia de tipo liberal está dejando de tener interés.

Ante este panorama, a la izquierda —como sostiene Boaventura de Sousa Santos y sostenía Antoni Domènech, cuyos textos al respecto son del máximo interés— se le presentan dos tareas fundamentales: la recuperación y profundización de los derechos sociales y la recuperación y profundización de la democracia.

En lo que respecta a los nacionalismos, también hay que tener en cuenta el fenómeno estructural de la emigración por razones políticas, económicas y bélicas. En este contexto mundial, el Estado-nación tradicional se hace cada vez más incompatible con los grandes flujos migratorios y de refugiados, convertidos en apátridas, en no-humanos. Hannah Arendt ahondó en sus obras en este drama y señaló que para ser reconocido como verdaderamente humano es preciso tener un estatus políticos, ser ciudadano, tener un lugar en el mundo desde el que hablar y actuar:

Si la acción y la palabra tienen su asiento básicamente en la pluralidad y en la mundanidad, además del mundo natural al que pertenecemos (lo dado), es fácil entender que quien está privado de mundo (hogar, tierra natal, pertenencias, referencias culturales, etcétera) y privado de formar parte de una pluralidad que lo reconozca como uno de los suyos (sin patria, sin ciudadanía), es decir, sin estatus político, queda también privado de aquello que le permite a los demás reconocerle como humano, pues sólo conserva aquello que la naturaleza le ha dado: su cuerpo desnudo y sus funciones biológicas.

Lo más interesante y original de este análisis es la relación de dependencia que establece Arendt entre el hecho político y la posibilidad de tener realmente derechos; esto es, el derecho a tener derechos. Para la filósofa, la situación más negativa que puede experimentar una persona es no ser sujeto jurídico; no estar reconocida por la comunidad política, como los parias o los judíos bajo el nazismo. Hoy puede decirse lo mismo de los inmigrantes o de las mujeres cuyos derechos de ciudadanía no existen o son parciales: las viudas y los huérfanos en los países de islamismo ultra son el ejemplo fuerte en este sentido, pero la reflexión es aplicable a la discriminación de la mujer en general. Si sólo se es un ser humano, y no se es reconocido políticamente, es como si se dejara de ser persona.

Nacionalismo y marxismo

¿Qué tiene el marxismo que decir sobre todo esto? Para Hobsbawm, el marxismo no es nacionalista; no considera el nacionalismo como un hecho necesario; y ante el nacionalismo actual, debe proceder considerándolo de forma pragmática, siempre relativa, sopesando en qué medida favorece o dificulta el avance hacia el socialismo: «El peligro real de los marxistas es la tentación de acoger el nacionalismo como una ideología y un programa y no de forma realista como un hecho; como un elemento en su lucha por el socialismo», escribía el historiador en Marxismo e historia social.

Bajo estas premisas, puede defenderse el derecho de autodeterminación en algunos casos, como los de lucha contra el imperialismo de la nación dominante. Al mismo tiempo, los marxistas habrían de defender los derechos de las naciones minoritarias dentro de todo Estado plurinacional de facto, teniendo en cuenta que la existencia de minorías nacionales diversas es un fenímeno universal, incrementado además por los movimientos migratorios políticos y económicos.

En última instancia (no en primera, ni en segunda), hay que respetar el derecho de la población a decidir su espacio político. Pero la idea nacionalista no debiera ser la referencia de la unidad de las personas: supone seguir otorgando prioridad al nacer, a lo étnico; confundir lo cultural y lo comunitario con el origen. Tampoco me parece pertinente identificar descentralización política y nación: creo que la democracia participativa demanda espacios políticos diversificados, empezando por los más pequeños, que favorezcan la participación (¿modelo anarquista? Tal vez), estableciendo las formas de integración en los espacios que respondan a problemas o necesidades comunes y de alcance en general.

Tengo la impresión, en el caso concreto de España, de que el nacionalismo independentista que ha prendido en Cataluña responde más al rechazo de la gobernanza real de los gobiernos del PP, que han hecho a la indignación social y política general aparejarse a la generada por la política españolista frente al catalanismo. Lo mismo el gobierno español que al catalán han utilizado esta cuestión a modo de tapadera, a lo que han coadyuvado los medios de masas de forma interesadamente deformada. De facto, el nacionalismo independentista catalán está monopolizando, a mi entender para mal, la problemática política de este territorio diversificado que es España, en el que el neoliberalismo se entrega a un proceso fascistoide camuflado, de degradación de la democracia en manos de las derechas políticas, financieras y mediáticas, ante el cual es urgente, necesaria y posible la unidad de las izquierdas. Utilizando la expresión de Boaventura de Sousa Santos, «izquierdas del mundo, ¡uníos!».


Manuel García Fonseca, conocido como el Polesu (Pola de Siero [Asturias], 1939) es un histórico militante comunista asturiano. Estudió filosofía y teología y se licenció en sociología por el Instituto de Ciencias Sociales de París y por la Universidad Complutense de Madrid. Fue cura, pero abandonó el sacerdocio a finales de los sesenta, en la misma época en la que comenzó a militar en el clandestino PCE tras una primera implicación política en la Juventud Obrera Católica. Trabajó algunos años como sociólogo de Cáritas y posteriormente como profesor de secundaria de filosofía. Fue viceconsejero de Transporte en el primer ente preautonómico asturiano, el primer director de la Universidad Popular de Gijón, diputado autonómico por el PCE entre 1983 y 1986, nacional por Izquierda Unida entre 1986 y 1995 y posteriormente de nuevo diputado autonómico. Entre 2003 y 2007 se implicó en la Consejería de Bienestar Social del Principado de Asturias, dirigida por Laura González. Actualmente, sigue implicado en diversas causas políticas y sociales.

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