Mirar al retrovisor

La nueva era posdemocrática

Hoy, como en los años treinta, la extrema derecha crece al calor del descrédito del sistema democrático y de las insuficiencias de la izquierda, lamenta Joan Santacana en este artículo de su columna «Mirar al retrovisor». Los ultraderechistas de hoy, dice, no visten la camisa negra o parda; ya no necesitan la esvástica. Cantan otros cánticos, corean nuevos eslóganes, pero son los mismos.

Mirar al retrovisor

La nueva era posdemocrática

/por Joan Santacana Mestre/

En 1938, en Brasil, Getúlio Vargas fundaba el fascista Estado Novo y Austria se unía a Alemania en medio de un entusiasmo indescriptible de las masas que celebraron el Anschluss, refrendado en referéndum por más del 97 % de los votos. Entretanto, en España se libraba la batalla definitiva de la República para intentar sobrevivir al fascismo triunfante, mientras Alemania expulsaba de su territorio a más de doce mil judíos polacos que su propio país se negó a aceptar en su gran mayoría, quedando como apátridas en la frontera.

Ochenta años después, en 2018, también en Brasil se impone un partido fascista, irrumpen con fuerza diversos partidos de tal índole en Europa, renacen con ímpetu en Italia y por supuesto lo hacen también en España, adquiriendo un auge sin precedentes, mientras miles de emigrantes mueren intentando cruzar el mar o malviven como apátridas en campos de refugiados.

Sí: el auge de los partidos llamados de extrema derecha, pero que en realidad son totalitarios, es un fenómeno general en este primer tercio del siglo y no sólo en Europa, como es bien sabido. El fenómeno no es nuevo en absoluto ni por las tácticas utilizadas ni tan siquiera por las ideas centrales que se defienden. En los años veinte y treinta del siglo anterior, este tipo de ideologías habían triunfado en casi toda Europa y el concepto de democracia, en aquel entonces, estaba en retroceso. Obsérvese que en aquellos años no sólo había dictaduras que triunfaban en Italia y en Alemania: también en Polonia había un dictador —Piłsudski —, en Hungría otro —Horthy—, en Grecia otro —Metaxás—, en la República Austriaca otro —Dollfuss— y en España había un aprendiz de dictador —Primo de Rivera—, junto con el pequeño dictador portugués. Y todo ello sin olvidar que el antiguo imperio de los «ares se había convertido en un territorio sometido también a una fuerte dictadura totalitaria cuya cabeza era Stalin.

Miklós Horthy (1868-1957)

En realidad, en los años treinta, exactamente igual que ocurre hoy, los partidos fascistas eran el recambio a una democracia liberal que no podía o no sabía canalizar las aspiraciones de las clases medias y era incapaz de afrontar los desafíos de las clases populares. Las democracias de aquellas décadas eran ineficaces para enfrentarse a las graves carencias de los trabajadores; no podían dar respuesta a las desigualdades sociales ni a la creciente ruina de las clases medias. Y España no fue una excepción. La monarquía parlamentaria de Alfonso XIII había sido incapaz de afrontar el problema obrero sin fuertes represiones hacia el sindicalismo. Lo fue asimismo de afrontar el problema religioso y separar realmente a la Iglesia del Estado, así como de afrontar los problemas derivados de un ejército golpista que permanecía vigilante  y se consideraba auténtica «columna vertebral de la patria». Y finalmente, se mostró especialmente torpe a la hora de canalizar las ansias de autonomía de algunas regiones en un país cuyas nacionalidades se agitaban inquietas. El intento de atajar los problemas mediante una dictadura fue un fracaso y el dictador de Jerez solo solucionó el problema de las colonias africanas a costa de dejar pendientes todos los demás problemas. Cuando él se hundió, arrastró tras de sí a la propia Monarquía.

En aquel entonces, en España, la extrema derecha —capitaneada por el movimiento tradicionalista, por los militares golpistas y por los partidos de tradición fascista— creció y se reforzó notablemente con los intentos de catalanes y vascos de alcanzar un estatus semiindependiente. En realidad, los movimientos independentistas de entonces, como los de ahora, proporcionaron los argumentos y las municiones con que la extrema derecha atacó a la República liberal. Hoy la reacción es la misma, pero la respuesta todavía no es el Ejército, sino que se recurre al uso abusivo de una máquina judicial tosca, brutal y poco técnica. Ante la radicalización de la extrema derecha, la derecha liberal española —si es que alguna vez la hubo— tuvo que ir a la zaga de los golpistas de los años treinta y unirse a su carromato o desaparecer, y hoy, de nuevo, va a remolque de la ultraderecha, que es quien en realidad dicta el programa y las condiciones.

Hoy, a los argumentos tradicionales de la extrema derecha y de los fascismos, que son la unidad de destino de la Patria, la superación de la lucha de clases mediante el patriotismo y la defensa de un nacionalismo feroz, la subordinación de la mujer al hombre, la violencia contra la perversión sexual y la defensa de la familia y de los valores tradicionales se le suma el odio a los extranjeros, los inmigrantes y todos aquellos que no participan del pensamiento único. ¿Quién no entiende el lenguaje violento de la xenofobia contra africanos y musulmanes? ¿Quién no entiende los eslóganes que colocan a la propia nación por encima de todo? ¿Recuerdan la frase «Alemania por encima de todo», o bien aquella que reza «Norteamérica primero»? Pues en todas partes resuenan frases similares.

Ante estos retos de un pensamiento simple, demagógico y brutal, la izquierda, ¿qué ideas opone? Hoy, igual que en los años treinta, ofrece un discurso del miedo: «¡Ya veréis cuando vengan los fascistas!». Miedo y fraseología vacía, porque frente a los terribles problemas de los ciudadanos nuestros partidos llamados de izquierdas no pueden proporcionarles respuestas. ¿Qué dice esta izquierda a las clases medias empobrecidas? ¿Qué puede ofrecer a una juventud que trabaja más que sus padres y no puede pagar el piso? ¿Qué a los estudiantes que ven como sus matriculas suben y sus títulos se devalúan? ¿Qué a las mujeres trabajadoras frente a la discriminación laboral? ¿Cómo afronta el problema de las pensiones de la vejez? Nuestra izquierda se ha quedado sin soluciones, como ocurrió en los años treinta. Y por esta razón la democracia deja de tener sentido. Mientras, envueltos en sus banderas, haciendo gala de un patriotismo que tan sólo es una máscara que esconde el más abyecto cinismo, la derecha europea y española descubre que su discurso ha de tomar los mismos caminos que los de la ultraderecha. Y en este nuevo camino, puede que la democracia se convierta en una antigualla a la que haya que echar por la borda. En los años treinta, la democracia parecía también una opción política del pasado para la mayoría de gente. La Nueva Europa, la Europa del fascio, joven, fuerte, sin complejos, parecía ser el futuro. Las viejas democracias, como la Gran Bretaña, parecían estructuras políticas carcomidas, con sus parlamentarios vestidos de esmoquin frente a los camisas negras de Roma o los camisas pardas de Berlín.

Y esto es lo que vemos hoy en los movimientos políticos que sacuden el panorama político de Europa y del mundo desde Moscú hasta Andalucía, pasando por Varsovia, Budapest, Roma, Marsella, Washington o Rio de Janeiro. Ya no visten la camisa negra o parda; ya no necesitan la esvástica. Cantan otros cánticos, corean nuevos eslóganes, pero son los mismos: xenófobos, racistas, violentos, machistas y fuertemente imbuidos del sentimiento nacionalista. Cada generación regenera su propio fascismo y la nuestra no es una excepción.

Una densa borrasca se abate sobre Europa y nadie sabe como terminará. ¿Resistirá la democracia estos poderosos vendavales de la historia? ¿Será capaz esta débil y tambaleante Europa de oponerse con fuerza al nuevo fascismo? ¿De dónde saldrán las manos capaces de unirse para defender los logros de varios siglos de lucha? ¿Estamos entrando en la era postdemocrática? Si lo estamos, quizás la fórmula para salir de los totalitarismos que nos acechan es, como siempre, ¡más democracia!


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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