Poéticas

El fluir de la espera

Es el agua la materia con la que se construye el anhelo de Basilio Sánchez. La espera en que moran y se demoran los versos de 'Esperando las noticias del agua' brota en ondas concéntricas percutidas por un canto arrojado sobre las aguas no del terso estanque modernista —tan alejado de la poesía clara de Basilio—, sino sobre un agua que fluye y que penetra hasta el nivel freático.

El fluir de la espera

/por Antonio Rivero Machina/

Basilio Sánchez

Toda espera es una respuesta aplazada, pero respuesta al cabo. En ocasiones la única respuesta posible. De ello nos habla Basilio Sánchez en Esperando las noticias del agua (Pre-textos, 2018), un libro donde el endecasílabo que lo titula anuncia ya que la verdadera protagonista de sus páginas no será, al cabo, el agua que se aguarda, sino una espera que, a fuerza de habitarla, termina por ser hogar.

Ahora bien, es el agua la materia con la que se construye este anhelo. La espera en que moran y se demoran sus versos brota en ondas concéntricas percutidas por un canto arrojado sobre las aguas no del terso estanque modernista —tan alejado de la poesía clara de Basilio—, sino sobre un agua que fluye y que penetra hasta el nivel freático. El agua, sí, tiene su peso y su calado, recorriendo in praesentia o in absentia el curso de esta espera derramada. Agua de un pozo que se cifra en el enigma de su profundidad ignota: «fui yo el que estuvo/ sentado junto al pozo/ esperando las noticias del agua» (Fragmento I). Agua de lluvia como materia del sueño o testimonio de lo inalcanzado: «Hemos traído el sueño de la lluvia/ hasta esta tierra estéril» (Fragmento IX). Agua de mar como origen de la noche y el deseo, que es como decir, con Tales de Mileto, como origen del mundo: «Si el mar es anterior a la luz,/ como creemos algunos de nosotros,/ el mar es la invención de la noche,/ la expresión de un deseo» (Fragmento XIV). Agua de glaciar como promesa del agua, aún más agua y más pura por cuanto apenas es potencia, diríamos ahora con Aristóteles, albergando en sí todo lo posible: «Nada ha sido excluido del milagro,/ tan sólo lo posible/ mueve la lanzadera en el telar de las cosas» (Fragmento XVIII). Agua, también, que corre y que fluye, como corre y fluye este largo y único poema en cuarenta y ocho fragmentos siempre bajo la misma espera pero con distinta agua: «En su sueño/ este río,/ profundo y poderoso/ con sus corrientes y sus olas,/ es el alma del mundo» (Fragmento XXIII). Un río heraclitiano, al cabo, en el que lo que fluye y lo inmutable —de perseverancia y entereza habla el poeta en una nota aclaratoria— contienen el mundo, apenas sostenido en la paradoja de una dualidad genésica: «Pasaremos nosotros/ y los árboles/ seguirán siendo fieles al horizonte y a la luna» (Fragmento XXXI).

Pero no nos dejemos engañar. Tras tanta agua no es sino de la sed de lo que esta espera se ocupa: «Fue el año de la sed» (Fragmento I) o «Aquel año se agotaron los pozos» (Fragmento XXVII), nos acota un cronotopo indeterminado y universal. El agua no es sino tantálico deseo y el deseo, que se consume cuando se consuma, no es más que una espera. El deseo es pues el territorio por el que la joven pareja que protagoniza el libro, de forma alegórica —aclara nuevamente en su nota Sánchez—, transita en este fluir de la espera. Un territorio eminentemente nocturno, pues la noche ha sido siempre dominio del deseo. Porque solo la noche hace posible la lumbre: «No nos reconocimos en la noche,/ dice él,/ hasta que intercambiamos/ nuestras lámparas/ y nos iluminamos cada uno/ con el fuego del otro» (Fragmento X). Entramos así de lleno en la expresión del deseo, inevitablemente cercado por la dualidad de los complementarios.

De la complementariedad nos habla, fundamentalmente, ese Él y ese Ella que dialogan en Esperando las noticias del agua, ciñendo en sus dos voces su decurso compartido (Fragmentos II y XLVIII). Un Él y un Ella a los que Basilio Sánchez acude para dar continuidad a un diálogo introspectivo, cifrando en su dualidad un Nosotros que es, finalmente, el verdadero sujeto lírico del libro. Un Nosotros, sin embargo, que se resuelve en dicotomía, definiendo el agua por la sed, lo masculino por lo femenino, salpicando al tiempo este largo poema de antítesis iluminadoras: la omnipotente noche y la temblorosa mañana (Fragmento XI), la lluvia y la tierra (Fragmento IX), el silencio y el canto (Fragmento XII), la espera y el agua, al cabo (Fragmento XVIII). Es este el espacio en el que los opuestos se completan: el hombre, la mujer. «Donde un hombre y una mujer se aman/ sin temor y sin cólera/ siempre ha habido una casa», leemos en el Fragmento XVI.

El proceso se resuelve sin embargo, decíamos, en un Nosotros integrador. Un Nosotros que es dual pero que, nuevamente, busca con quién oponerse, contra qué definirse en una nueva dicotomía: la de los mansos y los astutos, la de la noble bestia y la falaz civilización (Fragmento XXIX). Me resulta muy interesante esta irrupción del Nosotros en la lírica del poeta cacereño. Según Sánchez, lo que Esperando las noticias del agua nos ofrece es ante todo una reflexión «sobre la entereza y la perseverancia como únicas maneras de sobrevivir al extravío ético de nuestras sociedades actuales». Con estas líneas, Basilio nos advierte de una dimensión ética, y más aún cívica, que una lectura superficial tal vez podría ocultarnos. La sequía que nos sitúa en un «escenario mítico de un paisaje rural en extinción» —continúa la nota aclaratoria— no es una sequía física sino moral. La sed, esa sed de la que según dijimos viene a hablar esta espera, es pues una sed moral, un anhelo que es refugio contra un tiempo árido y hostil para las almas buenas y sencillas. Lo que nos resta y nos salva, pues, es la espera como reformulación —en este libro— de uno de los grandes temas en la obra poética de Basilio Sánchez: la contemplación como fuente exacta y suficiente de sabiduría. Este es, al cabo, el Nosotros en el que Sánchez sitúa a su pareja de protagonistas, y en el que se sitúa también —tiende inevitablemente uno a pensar— a sí mismo y a sus lectores, en la irreductible tribu de los que recuerdan «el universo limpio de las cosas/ que no pueden nombrarse sin asombro» (Fragmento XXIV), quienes encuentran sosiego en las palabras (Fragmento XVII), quienes buscan en lo menudo la magnitud del universo: «Otros,/ acompañados por los nuestros,/ salimos a las dunas para escuchar de noche/ el murmurar suave de la arena/ con el fragor lejano de los grandes/ continentes partidos» (Fragmento XXVII).

Esto es, en suma, todo lo que esta espera nos depara. Que Basilio Sánchez haya elegido la forma de un poema largo pero fragmentario nos devuelve a una de las máximas de su poesía: abordar lo universal desde lo menudo. «Para mi pensamiento fragmentario/ la idea de lo sagrado/ es lo completo», concluye en el Fragmento XL. De esta manera, el libro, que resiste también la lectura convencional —fragmentaria— de un poemario al uso, gana en profundidad, como el escueto anillo de un pozo, si lo leemos como un río que fluye en su inagotable espera, como un único poema —compuesto esencialmente de endecasílabos, heptasílabos y tetrasílabos— en el que aguardar sin esperanza, con convencimiento («la noche arde en una hoguera sin esperanza» [Fragmento XXVIII]) noticias de tiempos mejores. Un libro, en definitiva, con el que consolar nuestra sed de espíritu.


Selección de poemas

I

Fue el año de la sed.

No se veía a nadie
ni en las bifurcaciones de la noche
ni en el alumbramiento del relámpago.
Un territorio estéril
había convertido la distancia en un espacio insalvable.

En todas las iglesias
se escuchaban los cantos, las plegarias,
los antiguos lamentos de los hombres.

Muchos se embadurnaron
cubiertos de arpillera
con la pez del destierro y con los lodos
oscuros del desánimo.
Otros, aleccionados por los suyos,
previendo los asaltos, protegieron sus puertas
y ventanas
y ocultaron de noche sus ajuares
bajo las losas de los patios.

Pero fui yo el que estuvo
sentado junto al pozo
esperando las noticias del agua.

II

Él vigila el ganado,
ella excava pocillos en la arena
para los pájaros de los desiertos.

Él le dice:
podría haber sido otro,
podría haberte mirado de distinta manera,
hablado de otra forma,
caminado a tu lado con otra lentitud
o con otra premura;
haberte dicho no
cuando nos encontramos
en vez de, sonriéndote, responderte que sí.

V

Silenciosa y discreta,
la he visto caminar a media noche
por entre los rastrojos
con su alcuza encendida.

La desfavorecida en el reparto
de las cosas del mundo,
la arropada con piedras,
la princesa heredera de los nísperos
y los acantilados,
la que perdió en sí misma la punta del ovillo
y ahora busca sin gloria,
bajo la quemadura de la luna,
envuelta en la neblina de los dimisionarios,
el lenguaje secreto
que la haga inteligible en otra vida
que ignora.

VI

En su sueño,
la lluvia de la noche ha baldeado la tierra
como las campesinas
la entrada de sus casas.

La claridad del cielo expone al mundo
a las conspiraciones de los pájaros.

Los frutales revisten las laderas,
descienden en terrazas
hasta el curso de un río
cuyas aguas se pierden
en las profundidades del paisaje.

Aún no había amanecido
cuando todas
las ramas del cerezo
se prendieron de pronto como fósforos.

VII

La noche
se consume en una brasa invisible
del fuego primigenio
en el que ardió
el universo.

Detrás de la ventana,
asistimos a oscuras al juicio de las cosas
y a las reprobaciones de la vida.

Todo el fervor de entonces
es ahora ceniza,
reposo de la luz.

Desde los laberintos
sellados de la tierra
suben por las raíces de las grutas
el diálogo de las abejas con el ámbar,
el de la lentitud con el abismo,
el de los muertos
con su devaluada eternidad.

VIII

Lo aprendimos muy pronto:
nadie elige
su parentesco con los muertos.

Ni el que sale a la calle con su fuego
y le dice a la nieve:
dame la claridad que purifica,
dame el orden
transparente del frío,
dame tu lentitud y tu belleza.

Ni el que, en las catedrales,
hace vibrar su cántico
en las bodas de plata de los árboles.

Ni el que, humilde
en las postrimerías de su época,
reconoce su herida en el tendón del espíritu
y rendido a la alegría de lo poco
se recuesta a la sombra
con su perro.

XI

La luz de la mañana
suena como el lamido
de un cachorro,
como el roce de una nube con otra.

Mudo de nacimiento,
tembloroso bajo las luminarias
del diente de león,
un pájaro de tierra picotea una semilla
con el crujido leve de una llama.

Cómo cunde el silencio
bajo las ramas de los árboles
que crecieron a oscuras en el límite
de las constelaciones.

Cómo cunde el silencio
entre las ruinas
de lo que nos decimos,
sobre el eco apagado de las frases
reducidas a escombros
en la precariedad de un pensamiento,
de las pobres palabras
que no tuvieron nunca el aliciente
de la necesidad.

XIV

Asciende con el aire,
fertilizada por el sueño,
la alegría de los tristes.

Con el viento
se desata en el bosque,
entre las ramas de los árboles,
un ruido inesperado,
un restallar confuso de cuadernas,
como de embarcaciones golpeándose
al compás de las olas
en un puerto marítimo.

Si el mar es anterior a la luz,
como creemos algunos de nosotros,
el mar es la invención de la noche,
la expresión de un deseo,
de un impulso de tanta intensidad
que no ha necesitado la ficción de la luz.

Los guijarros
con que pavimentamos nuestras casas
guardan en su interior el oleaje,
retienen en sus grietas la memoria
de la movilidad,
la mansedumbre
del temblor de la luna
sobre la mecedora del principio.

XX

No se pueden
abandonar del todo los lugares
en los que construimos lo que somos,
las callejas y barrios
en los que edificamos los afectos
y en donde se fundó nuestro carácter.

La ciudad es tranquila,
pero sumida siempre en la amargura
del desmoronamiento,
en la tibieza
que deja a sus espaldas el derrumbe
de los grandes imperios.

Fatigados los brillos y colores
de los viejos palacios,
lo que queda de vida
se concentra en la luz y en las palomas
encaramadas a las cúpulas
de las iglesias.

XXIX

Por la cañada lenta de los mansos
la luz de los metales
acompaña al ganado
hasta el abrevadero de los hombres:

el que compra un collar
para su hija
y le enhebra la perla de la cólera,
el que arroja a la ijada de su perro
la madera del hambre,
el que guarda en una bolsa de lona
los restos de pan duro de la misericordia
para los desdentados
y los locos
de los viejos asilos.

XXXI

Aún altos en la noche,
despojados de hojas,
apacibles
en la melancolía de su herida,
los árboles se mueren hacia adentro:
no hay más duelo
que el de sus propias ramas
resistiéndose erguidas
ni más llanto que el de sus gorriones.

Bajo una luna roja
que remansa su luz en los cercados
que han quedado desiertos,
los miro, silencioso, como lo harían conmigo:
sin moverme,
como si en este instante
no pudiese haber nada ante mis ojos
con tanta dignidad
y con tanta grandeza.

La vida nos enseña a soportar la intemperie.

Pasaremos nosotros
y los árboles
seguirán siendo fieles al horizonte y a la luna.

XXXVIII

La mesa de madera
de mi alcoba
nunca ha echado raíces,
pero guarda en sus vetas
el temblor de los pájaros.

Ninguna voz es dueña
de sí misma,
toda voz es reflejo de otra voz,
toda palabra,
refracción de la luz de otra palabra.

Subido a lo más alto de mi sangre
sobrevivo a la deriva del siglo
respirando por ti.

XLVII

Heredamos
junto al color del pelo o de los ojos
la costilla de la fragilidad.

Calzadas empedradas
con los cantos
rodados de los ríos atraviesan,
ahora sin destino,
con todas las ciudades divididas o muertas,
las tierras de labor abandonadas
por las bestias de carga
que deambulan
entre los herbazales de las ruinas.

En medio de las sombras
ya apenas queda nadie
junto a la lámpara de los insectos.


Esperando las noticias del agua
Basilio Sánchez
Pre-Textos, 2018
64 páginas
12€


Antonio Rivero Machina (Pamplona, 1987) es poeta, profesor y crítico literario. Doctor internacional en estudios filológicos y lingüísticos por la Universidad de Extremadura, en 2016 recibió el II Premio Internacional de Investigación Literaria «Ángel González» de la Universidad de Oviedo por su ensayo Posguerra y poesía. Construcciones críticas y realidad histórica (Anthropos, 2017). Como poeta es autor de los poemarios Podría ser peor (Hiperión, 2013) y Contrafacta (La Isla de Siltolá, 2015), además de las plaquettes Além do Tejo (2014) y Ciudad de oro y plomo (2015). Ha sido galardonado con el XV Premio de Poesía Joven «Antonio Carvajal» (2012) y el XVII Premio «García de la Huerta» de Poesía (2015), entre otros. Ha editado junto al poeta Miguel Floriano la antología de poesía joven Nacer en otro tiempo (Renacimiento, 2016). Colabora con revistas literarias como Ocultalit, Quimera, Suroeste y Anáfora. Desde 2015 dirige la revista Heterónima, editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres.

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