De rerum natura

Danzad, danzad, malditos (en Benidorm)

Una vez que el mercado se ha dado cuenta de que los 'mayores de...' son piezas útiles para mover por los cinco continentes, la vida se convierte en un no parar, un agotar las últimas fuerzas en una suerte de torbellino (pegados al WhatsApp como cualquier quinceañero) que sólo detendrá el último latido de su corazón. Un artículo de Pedro Luis Menéndez.

De rerum natura

Danzad, danzad, malditos (en Benidorm)

/por Pedro Luis Menéndez/

Todo empezó cuando alguien tuvo la ocurrencia de organizar viajes para viejos, aunque nunca se utilizó ese término, que podría sonar algo despectivo. Tampoco el de ancianos, que según el diccionario de la RAE significa: «Dicho de una persona: de mucha edad». Atiendo sólo a la primera acepción y dejo expresamente fuera las acepciones cuarta («Miembro del Sanedrín») y quinta («En las órdenes militares, freire más antiguo de cada convento»).

Desde hace bastantes años, tantos como empezamos a usar la montaña de eufemismos con la que rellenamos hoy el lenguaje más común, se empezó a emplear la denominación de tercera edad. Sin embargo, ahora a la tercera edad no se le llama así. Ahora se les llama mayores, «mayores de…» es la denominación correcta. Y según aumente la cifra que sigue a ese «de…» se va reduciendo el precio, pero no demasiado, porque tampoco se trata de llevar a alguien gratis si ese alguien, es un decir, pasa de los cien. Los viajes para mayores se publicitan con frases como la siguiente (tomada de una página web de ofertas viajeras): «La mejor edad para explorar mundo».

Así que una gran industria relacionada con conceptos como ocio cultural, o bien ocio productivo, mueve cantidades ingentes de mayores de… a lo largo del ancho mundo, desde las pirámides hasta el Niágara, desde Berlín hasta la Patagonia, en cualquier época del año, habida cuenta de que los mayores de… pueden viajar precisamente en cualquier momento sin necesidad de atender a otras cuestiones organizativas, cosa que no pueden hacer los menores de…

Es cierto que, si pensamos un poco en el asunto y echamos la vista atrás en el tiempo, ya conocimos viajes en los que la mayoría de los contratantes eran personas mayores de…, pero no se trataba de ofertas exclusivas para ellas porque podía apuntarse cualquiera: por ejemplo, los viajes parroquiales a Tierra Santa, Roma, Santo Toribio de Liébana, Fátima, Lourdes o experiencias similares. En caso de que esto le suene a usted un poco antiguo, hoy podrá encontrar ofertas más actuales, como el santuario de la Virgen de Medjugorje en Herzegovina. Tal como anuncia una web especializada: «Viaja, disfruta, reza y ayuda a los necesitados».

No me estoy refiriendo a ese tipo de viajes, sino a otros en los que la experiencia ofertada es más mundana, si se me permite el término (y hasta cierto punto, porque he encontrado propuestas de voluntariado dirigidas expresamente a mayores de…). En otra página web leo un artículo «para intrépidos adultos mayores que desean recorrer el mundo» con sugerencias como el Polo Norte o explorar Mongolia en camello (no estoy inventando nada, le garantizo que tengo todos los enlaces).

Aunque tal vez la oferta que me ha resultado más sugerente sea la de una agencia con sede en Perú que organiza viajes internacionales en grupo por el mundo entero, en la que se detalla: «La mayoría de los viajeros son mujeres, pero reciben a cualquier soltero masculino que tenga ganas de ligar. Los grupos suelen ser más grandes de 15 personas pero nunca sobrepasan las 40. Todos los paseos van acompañados por personal de la empresa que está al tanto de las necesidades de los viajeros y más cuando se trata de adultos mayores».

En España, desde el año 1985, nuestro Estado bienhechor, preocupado por sus mayores de… y, sobre todo, por el carácter estacional de la industria turística costera e isleña, que generaba grandes bolsas de desempleo cuando concluían las temporadas altas vacacionales, creó los programas de viajes del Imserso (Instituto de Mayores y Servicios Sociales), ofertando en aquella primera temporada dos destinos: Palma de Mallorca y Benidorm. Con más de un millón de plazas anuales que sostienen más de cien mil puestos de trabajo, el Estado se convirtió así en el mayor operador turístico para mayores de… a través de su política (que ningún Gobierno posterior se atrevió nunca a modificar en lo esencial) de viajes subvencionados.

Pues bien, me he dedicado a leer los requisitos para acceder a este programa (aunque no me resulte muy útil personalmente porque, como todo el mundo sabe, se trata de viajes para pensionistas y, si bien cumplo con la edad, lo de pensionista me queda un poco lejos, en caso de que llegue) y me han llamado la atención dos condiciones. La primera:

«No padecer alteraciones del comportamiento que puedan perturbar la normal convivencia en los establecimientos hoteleros, ni padecer enfermedad trasmisible con riesgo de contagio». Entiendo como una obviedad lo necesario de no padecer enfermedad contagiosa, pero, ¿quién decide las alteraciones del comportamiento en la convivencia? ¿Incluye que al vecino de habitación le guste el fútbol y debido a su sordera deba elevar de manera irritante el volumen de la televisión? ¿Y los gustos musicales? ¿Y la manera de compartir los ascensores o las tumbonas de la piscina?

La segunda condición que más ha llamado mi atención trata sobre los posibles acompañantes: «Los usuarios podrán ir acompañados por su cónyuge o, en su caso, por pareja de hecho o persona con la que se constituye una unión estable y de convivencia con análoga relación de afectividad a la conyugal, sin necesidad de que estos reúnan los requisitos de edad o pensión». Lea usted bien: «Análoga relación de afectividad a la conyugal». ¿Se refiere al amor o a cualquier tipo de afectividad, que puede buenamente incluir el odio, o la indiferencia, o el deseo de huida, o el hartazgo, o la pasión enfermiza? No queda claro en las disposiciones legales.

Lo que sí queda claro es que una vez que el mercado se ha dado cuenta de que los mayores de… son piezas útiles para mover por los cinco continentes, la vida se convierte en un no parar, un agotar las últimas fuerzas en una suerte de torbellino (pegados al WhatsApp como cualquier quinceañero) que sólo detendrá el último latido de su corazón.

Los mayores de… recordarán (los menores de… pueden consultarlo en YouTube) el éxito arrollador con El baile de los pajaritos en 1981 (en realidad, una vieja canción suiza del 57) de María Jesús y su acordeón, una extremeña que sigue en nuestros días llenando salas en Benidorm gracias a un público fiel y entregado de mayores de… y de guiris, y que (por alguna extraña relación mental) no deja de evocarme la película Danzad, danzad, malditos, que en Hispanoamérica se tituló Baile de ilusiones, basada en la novela de Horace McCoy ¿Acaso no matan a los caballos? El título de la novela alude a cómo se mata a los caballos heridos para que no sufran más. Pues eso.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

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