Creación El Cuento Semanal

Elena

Un cuento de Francisco Prado Eirin.

Elena

/por Fernando Prado Eirin/

Elena abrió el cajón despacio y miró en su interior como quien contempla el mar infinito desde la arena de una playa. Pocas cosas le provocaban más desasosiego que el contenido de ese cajón, pues estaba lleno de certificados de ausencias. Cada vez que lo abría se sentía como un náufrago sediento flotando sobre un trozo de madera en el océano, muriéndose de sed en medio de tanta agua.

Sujetaba la esquela entre sus manos temblorosas, huesudas y deformadas. Sus dedos habían adoptado formas que recordaban a raíces, como si fueran ellos los encargados de buscar la tierra en la que se hundiría su cuerpo para siempre. Unos segundos después depositó la esquela en el cajón junto a las otras.

Se dejó caer en la butaca, agotada, y suspiró mientras apoyaba su cabeza en el respaldo. A su izquierda, sobre una pequeña mesa, descansaba el teléfono, y al lado de éste una agenda de tapas gastadas y hojas amarillentas que conservaba como recuerdo de una época pasada; una prueba de lo importante que eran nuestras manos; un fósil de una civilización extinta.

El tacto se le antojaba el sentido menos valorado, pero para ella era quizás el más importante y aquél sin el cual sería un suplicio vivir. No se imaginaba una vida privada de todas las sensaciones que podemos experimentar a través de la piel. Y las manos. ¿Cómo podríamos encender una hoguera, construir un piano, pintar un cuadro, esculpir el mármol, tallar la madera, ejecutar una pieza musical sin manos? ¿Cómo podríamos acariciar, tocar, sentir la corteza de los árboles o la textura de una piedra, apretar la carne mientras el cuerpo del otro convulsiona de placer si no tuviéramos manos?

Elena miró el teléfono de reojo. Escuchar su timbre era algo casi anecdótico. Le resultaba imposible determinar con exactitud cuándo había sonado por última vez. Sin embargo, conservaba el aparato porque estaba convencida de que en cualquier momento recibiría una llamada.

El mundo había cambiado demasiado en muy poco tiempo. Recordaba con cierta nostalgia el teléfono de dial que después de tantos años había sido sustituido por el actual teléfono de teclas, un prodigioso cacharro de color gris gracias al cual era posible conversar con otra persona situada a miles de kilómetros de distancia. Fabricar aparatos con una fecha de obsolescencia programada era la clave para garantizar que la rueda del consumismo continuara girando. Siempre se preguntaba si nuestra manera de relacionarnos había cambiado debido a los avances tecnológicos o si por el contrario, desarrollábamos la tecnología con el fin de cambiar la manera en que nos relacionamos.

Se levantó de la butaca y se acercó a la ventana del salón. Algunas luces comenzaban a encenderse en los edificios próximos y revelaban instantes de las vidas de personas desconocidas. A menudo nos sentimos libres en nuestras casas porque pensamos que estamos seguros, que nadie nos ve y que no nos pueden escuchar ni tocar; refugios apilados unos encima de otros. Elena practicaba de vez en cuando esta especie de voyeurismo con la única intención de comprobar que el mundo seguía en pie. Se alegraba al ver que la gente discutía, fornicaba, leía, cocinaba, planchaba la ropa o hablaba por teléfono.

Inmediatamente después de conocer la noticia de la muerte de su mejor amiga, Elena fue consciente de que se había quedado sola. Recibió un sobre con la esquela y una carta con todos los detalles. Nora se desvaneció mientras conducía y su coche se deslizó suavemente por una ladera hasta que un árbol lo detuvo. Era la última de las personas importantes en su vida. Un vacío se abrió debajo de sus pies y supo que le sería sumamente difícil no caer. Estaba desolada y furiosa.

Se adentró en la oscuridad del pasillo y se dirigió al lavabo. Encendió las luces al entrar y se colocó delante del espejo. Se quitó los pendientes y los dejó sobre el mármol; luego soltó el viejo reloj de su muñeca izquierda y lo puso con cuidado al lado de los pendientes. Bajó la cremallera de la falda y dejó que ésta cayera al suelo. Continuó desabotonándose la blusa e hizo lo mismo. Se bajó las tiras del sujetador negro y lo giró hasta hacer que el cierre quedara debajo de su pecho, se desprendió de él. Por último, se quitó las bragas.

Elena se sintió abatida al contemplar su desnudez en el espejo. Apenas se reconocía en la mirada escrutadora, ahora cansada después de toda una vida observándolo todo con detenimiento. Su cuerpo no era el mismo, desde luego; su figura se había ido transformando con el paso de los años. Su piel se había vuelto más delicada, parecía fina y frágil como el hojaldre. La gravedad había actuado sin clemencia en sus pechos, que colgaban como dos frutos marchitos. Los surcos que atravesaban su rostro hacían pensar en una gran cordillera vista desde el espacio.

Permaneció varios minutos inmóvil, buscándose sin encontrarse, ante la desoladora imagen de su cuerpo decrépito. De pronto tuvo miedo de seguir viviendo porque eso solo significaba continuar acercándose más a una muerte que era inminente. Cogió la bata que colgaba de la percha que había detrás de la puerta y se la puso, ciñéndola a su cintura. Salió del lavabo y caminó despacio hasta la habitación. Se sentó en la cama y se dejó caer boca arriba. La mancha de humedad que había en una esquina del techo parecía haber crecido. Después de hacer una lista de ausencias se atrevió a pronunciar unas palabras que rasgaron el espeso silencio que habitaba en el cuarto: nadie sobrevive al paso del tiempo.

Todos se habían ido. En varias ocasiones había escuchado que las personas no mueren hasta que las olvidamos, pero ella pensaba diferente. Morir es para siempre y aunque nos quede el consuelo del recuerdo no podemos fiarnos de él. Después de todo, la memoria no es algo tangible, a menudo se escurre entre nuestras manos, como la arena, o se transforma. Qué difícil es recordar una voz, un olor, un rostro, una mirada. La piel y la carne son los primeros en olvidar y en alejarnos de aquello que vivimos. No quedan besos, ni caricias; apenas imágenes insípidas dibujando un mapa que no lleva a ninguna parte.

Cuestionarlo todo. Ponerlo en duda. Eso había hecho siempre. Ahora tenía la sensación de estar caminando sobre un delgado cristal que atravesaba un abismo. Cada paso generaba más y más incertidumbre y una inseguridad terrible. De romperse el suelo, la caída sería fatal. Nada fluía de manera natural; había demasiada tensión y concentraba todas sus energías en conseguir una motricidad felina. El suelo vibraba. El horizonte parecía irreal, quizás solo fuera un decorado porque, aunque a veces intentaba mirarlo con detenimiento, no lo reconocía. Una gran multitud la observaba desde la lejanía, todos parecían iguales a pesar de la diversidad de formas, tamaños y colores que percibía. Caminaba hacia ellos movida por un impulso irracional, como si sintiera que todas esas personas eran ella misma, todos sus instantes vividos, todos sus sueños, amores y desamores, y todos los momentos que le quedaban por vivir. No había nada a sus espaldas además de oscuridad. Sólo podía avanzar en una dirección. Sin embargo, de alguna manera sabía que si llegaba al otro lado seguiría sintiéndose de la misma forma que en el lugar que estaba dejando atrás. Las mismas preguntas nadando en su estómago, la misma angustia mordiendo sus nervios, la misma soledad hilvanando la mortaja que la acabaría envolviendo sin saberlo.

El teléfono no suena. Ya nadie llama, sólo los muertos.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela) pero afincado en Barcelona, es escritor, músico e ilustrador. Colabora con la web de ilustración Boreal y ha participado en varios experimentos musicales.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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