Entrevistas

Entrevista a Alfredo González

Pablo Moro conversa con 'el flaco de Turón', que acaba de alumbrar un nuevo disco titulado 'Afluentes' en el que vuelve a destapar el frasco de las esencias que le ha convertido en uno de los compositores más interesantes de su generación.

Alfredo González: «Un río seco también es un río. También cuando no hacía canciones seguía siendo músico».

/una entrevista de Pablo Moro/

Si uno piensa en la música asturiana del nuevo milenio, el turonés Alfredo González siempre ha estado ahí. Siempre el mismo y siempre diferente. Por eso, la metáfora fluvial del título de su último disco se adpata a su figura, como diría el maestro Serrat, «como el recodo al camino». Afluentes es el nuevo disco de el flaco de Turón, como le conocen en los bajos fondos (apodo del que un servidor siempre reivindicará su autoría), un disco producido por el músico de Baeza Pachi García Alis en el que el cantautor vuelve a destapar el frasco de las esencias que le ha convertido en uno de los más interesantes compositores de su generación. Tras una época de crisis en la que cruzó puentes inestables, cansado de estar sentado en la orilla tirando piedras, se metió de nuevo hasta el cuello en las aguas de la composición. El próximo 2 de marzo estará, junto a su banda, poniendo en pie estas canciones en el Mieres Centro Cultural.

Nos subimos a un balcón de la plaza del Fontán de Oviedo. Pedimos un vino y dejamos que la conversación fluya. Los periódicos cuentan, justo esos días, la cara menos amable de la naturaleza. ¿Casualidad?

Quedamos para hablar de Afluentes el día que se desbordan todos los ríos de Asturias. ¿Es una premonición?

Podría serlo. Quitando la parte trágica, que esperemos no haya que lamentar demasiado vamos a tirar también de Desborde, la canción de Nacho Vegas incluida en su último disco, Violética, para decir que estoy en una época muy positiva de mi vida; y vamos a considerar que los afluentes se van a desbordar a nivel de público que asista a mis conciertos.

¿Se desbordará la música y se desbordará el éxito? ¿Cuánta confianza has depositado en este disco?

Siempre deposito confianza en cada disco, pero es cierto que éste es una especie de resurrección; una catarsis que llega después de una crisis. Yo, como cualquier artista, tengo muchas crisis, pero esta última fue la primera vez que decidí parar. Parar de verdad, que no es otra cosa que dedicarme a otros oficios. Que fue lo que hice. Esto me sirvió para darme cuenta, de manera convincente, de que lo único que sé hacer es subirme a un escenario. Así que decidí volver, entre comillas. Una serie de caprichos del azar puso en mi camino al productor adecuado y decidí sacar estas canciones.

La edad nos hace descreídos por defecto; ya no confío en el éxito ni del comunismo, así que no confío en mi éxito, pero esta vez hay algo distinto: con este disco yo empiezo de cero y estoy igual que en 2008 cuando saqué Dudas y precipicios; con la misma ilusión, pero siendo mucho más sabio. No tengo la idea de que me voy a comer el mundo. Tengo la ilusión de que tengo un buen trabajo y de que quiero enfrentarme a él.

En el mundo del deporte se dice que el revés a una mano de Roger Federer es «el último gran gesto romántico». Podríamos decir que «el último gran gesto romántico» de la cultura asturiana, o de la sociedad asturiana, fue el momento en que Alfredo González decide abandonar un trabajo estable para continuar dedicándose por completo a la música. Trabajaste un año como profesor y lo dejaste.

Primero estuve preparando unas oposiciones de auxiliar administrativo. Ése fue el prólogo. Ahí me quemé. Estaba un poco desencantado después de llevar ya muchos años intentando abrirme camino en la música y decidí preparar esas oposiciones. Durante ese tiempo seguí en los escenarios, con Fabián, con Silvia Quesada, pero dejé de componer. No porque no tuviera ideas. No quería hacerlo. Sentía asco de mí mismo. La gira de Fabián terminó y me surgió la posibilidad de trabajar como docente de historia y música en un colegio. Era algo que no estaba lejos de lo que yo era: no en vano soy licenciado en historia. Pero cuando llevaba unos meses me di cuenta de que toda la pasión que estaba poniendo en educar a mis alumnos fue decreciendo de manera proporcional a como aumentaban mis ganas de tocar. Yo digo ahora que ese colegio, el colegio Lastra de Mieres, me salvó la vida, porque la experiencia fue particular, pero muy buena. En el fondo soy una persona muy romántica: lo que no pueda hacer con absoluta pasión no lo voy a hacer. Y la pasión no se puede dividir. No lo puedes dar todo como profesor de lunes a viernes y como cantautor los fines de semana. En junio, cuando acabé el contrato, rechacé la posibilidad de renovar. Ahí empezó el nuevo disco.

¿Qué te dijeron en el colegio?

La jefa de estudios me dijo que se lo esperaba. «Los músicos sois músicos» es una frase que se me quedó grabada.

Los músicos están destinados a ser músicos de forma irremediable, de la misma forma que los ríos desembocan en el mar, o en otros ríos, como tus Afluentes. ¿Hay algo de reivindicación de la pasión y el romanticismo en el disco?

Cuando te haces mayor te das cuenta de lo corta que es la vida. Por eso hay que dedicarla a hacer lo que te gusta —si te lo puedes permitir, evidentemente—. Yo hablo de dedicarme a la música de forma general, a la mía y a la de otros. Hace falta también un poco de talento y muchas ganas. También te diré que esa pasión mal encauzada genera cosas muy negativas. Creo que las razones o las causas de muchas depresiones vienen por una falta de felicidad reflejo de pasiones no encauzadas o mal encauzadas. Trabajamos en cosas que no nos gustan y no nos da tiempo a ser felices. Prefiero tener muy poco, no hace falta tener mucho para vivir, y menos en Asturias, pero ser moderadamente feliz.

¿Cómo hace uno para enamorarse otra vez de la música; para decir «vuelvo para ganar», como dices en uno de los cortes?

Es un proceso lento. La primera canción que escribí es la que cierra el disco. Llevaba mucho tiempo en una guerra contra mí mismo. Ni siquiera tomaba notas para hacer canciones, hasta que un día, viviendo en Tineo, cogí la guitarra y escribí casi de un tirón Mi propia despedida. Fue una especie de arcada creativa. No lo pensé y la guardé. Poco a poco la luz fue volviendo. Había estado escuchando el disco de mi amiga Guadi Galego y tuve claro que su productor, Pachi García Alis, tenía que ser el mío. Contacté con él y le envié la canción. Me respondió al día siguiente diciendo que la canción le encantaba y que me había estado escuchando y le gustaba mucho mi trabajo. Ése fue el punto de inflexión. Un lóbulo de mi cerebro corregía exámenes y el otro pensaba en tocar donde fuera. Empecé a escribir y a trabajar a distancia con Pachi y aquello fue cogiendo forma.

Algo curioso es que dejé incluso de leer prensa musical, siendo muy aficionado a ella. No quería saber cómo le iba a los demás.

Es curioso, porque tenía preparada una pregunta así, aunque había decidido no hacértela. ¿Cómo te sienta el éxito de tus compañeros de generación y estilo?.

Ya te digo que dejé de leer prensa musical. El que diga que no siente cierta envidia, miente. Al dejar el colegio, me fui a tocar a Madrid, al Libertad 8, y después bajé a Baeza a ver a Pachi. Al volver, comencé de nuevo a leer esa prensa musical.

En ese período de repulsa contra el «Alfredo González, artista», ¿dejaste incluso de escuchar música? ¿No te cuesta apartar el momento placentero de la escucha del análisis profesional?

No, eso no. Soy incapaz de no escuchar música, tres o cuatro horas al día mínimo. Tengo ese oído profesional, pero lo disfruto igualmente. El otro día leía una entrevista a Kase.O y pensaba que algún día debía meterme con el hip hop, una asignatura pendiente que tengo, sabiendo que nunca haré un tema de hip hop pero que me servirá para estudiar y aprender mucho. Sigo comprando discos y estoy a tope con Spotify, pero tengo una especie de método. Comienzo a disfrutar de las canciones cuando pasan el primer filtro. Hago un casting para mí mismo. A partir de la cuarta escucha, el oído profesional desaparece. Pero yo es que estoy muy loco: yo me hago mis propias listas de «los mil discos que hay que escuchar antes de morir». Voy por el año 77. Yo no tengo una educación musical muy anglosajona; por eso me obligo a ello. Y con artistas en castellano también. Digamos que me obligo al estudio pero cuando pasan el primer filtro, llamémosle profesional u obligatorio, pasan a ser mero disfrute.

Siempre has reivindicado la herencia de la música hecha en español más allá de las influencias anglosajonas. Es algo que cada vez se oye más ahora en boca de artistas más jóvenes.

Vivimos en un país en el que se rinde pleitesía a lo que suena a Nueva Orleáns y Nashville y sin embargo se denosta lo que viene de Lima, de Bogotá o de Buenos Aires, aunque haya mucho argentinófilo. Y ya no te digo lo que viene de Llangréu, de Mieres del Camín o de La Rebollá. Sé que las raíces del folk y el rock son, en el fondo, las mismas, pero me molesta esa manera de ponernos estupendos y mirar siempre más allá y dejar de lado nuestra cultura y la raigambre más próxima.

Entraríamos en un debate más amplio. Nuestra generación ha crecido con un tipo de música, de referentes culturales. ¿Hasta qué punto puede decirse que te ha influido más Nuberu que Bob Dylan? ¿No es El padrino tan parte de nuestra raíz como un horru y un frixuelu? Es el debate de la apropiación cultural de la que acusan a Rosalía.

Tal vez la diferencia en eso está en la manera en la que somos y estamos con respecto a esas referencias culturales. Por ejemplo: yo no soy el mismo en relación a El padrino por mucho que me parezca una obra maestra, que, por ejemplo con Martín Hache. No es que crea o vea sus referencias más cercanas. Es que mi manera de relacionarme con ella culturalmente tiene otra claves. Yo veo claramente esa diferencia. Pero hablo de mí, por supuesto. Quizá si fuera bilingüe sentiría la misma cercanía cuando Dylan canta Forever young que cuando Silvio Rodríguez lo hace con La gota de rocío. Me emocionan las dos, sin duda, pero no es lo mismo.

Yo me refiero sobre todo al idioma. Para mí el lenguaje es fundamental. Y el lenguaje es la base de la cultura. No escribo igual en castellano que en asturiano. Habrá quien sí lo haga. Yo no puedo.

Desde luego no es lo mismo decir «no me hagas luz de gas» que «nun me faigas lluz de gas».

Es completamente diferente. El sonido, la retranca… Hay muchas cosas que lo hacen distinto. El lenguaje lo conforma la sociedad. Y viceversa. Por eso el idioma es tan importante. Me encantan Dylan, Browne o Tom Waits. Pero mi honestidad se basa en que mis raíces no vienen ni de Nueva Orleáns ni de Nashville, por mucho que me gusten también esos sonidos.

Alfredo ríe y pide «otru vino».

Tú fuiste uno de los pocos que lo defendió siempre, pero ¿te has despojado por fin de todos los prejuicios del término cantautor?

Totalmente. El mundo del arte está lleno de imposturas. Ya en el momento en que intentas categorizar algo vas a generar una impostura. Los mejores compositores son aquéllos que hacen canciones como les sale, ya sea rumba, tango o pop. Afluentes nació como una habanera que fue hasta pasodoble en un momento. Pero cuando la acabé no me planteé si me iba a salir un disco muy de cantautor, o muy indie, o lo que fuera. Con la etiqueta cantautor las hemos llevado de todos los colores, hasta el punto de que éramos todos songwriters. La serenidad del paso del tiempo te quita todos esos prejuicios y te centras en otras cosas, por fin. Cantautor, escritor de servilletas, lo que sea. Pero paga la entrada si te gusta. Y ya está. (Risas)

Lo que te diferencia de otros compositores de tu generación es que tus canciones siguen siendo espinosas, áridas. A pesar de ser un disco luminoso y optimista, sigue habiendo oscuridad y los temas esconden una complejidad inquietante dentro de una aparente sencillez. Eso te hace mucho más interesante.

Las canciones que más me gustan son las que no dejan de descubrirte cosas nuevas en cada escucha. Me gusta hacer canciones que no sean amables y creo también que a todos nos gusta más el veneno, en la dosis justa. Yo soy así, está esa naturalidad. Y además, en mis canciones, está escrito lo que yo le contaría a un psicólogo.

En cuanto a lo estrictamente lírico, llama la atención que, ya desde La nada y tú, pasando por La paciencia del fakir, hasta este Afluentes, has seguido un proceso de depuración estilística en el que huyes del verso rotundo para centrarte en una especie de argumentación. Por utilizar, de nuevo, el símil fluvial, los versos se dirigen sin remedio hacia la conclusión o la tesis final.

Huyo del verso de camiseta, es cierto. Las canciones son una historia que contar. Desde luego, intento que cada verso sea importante, pero siempre al servicio de la canción. Siempre al servicio de la historia que cuenta la canción. Con los años uno quiere entrar en la vida de la gente y no aparecer en un tatuaje, una camiseta o una carpeta. Yo que escribo un poco para vomitar necesito huir de esa contundencia un poco vacía.

Tu forma de expresarte en las canciones es muy literaria, encontrando soluciones lingüísticas poco habituales. Eso te otorga una personalidad y te aleja de otros músicos coetáneos. ¿Eres consciente?

Eso ya existía en mis primeras canciones y desapareció un poco con los discos siguientes, donde sí me dejé llevar por la búsqueda del verso memorable. Ahora vuelvo a esa especie de ingenuidad de entonces: por eso la lírica de estas canciones puede que se parezca más a las del inicio. Siempre le he dado mucha importancia a las letras, pero ahora lo hago cada vez más. Dejo reposar mucho todo lo que escribo hasta que finalmente lo doy por bueno. Soy muy obsesivo con la metodología de escritura. Además ahora me importa mucho algo que quizá antes no lo hacía: el sonido de las palabras. No sólo lo que dicen, sino también cómo suenan, como encaja ese sonido en la melodía.

Si nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. ¿Los afluentes van a dar a otras vidas?

Los afluentes son las canciones que efectivamente van a dar a otras vidas. El hilo argumental del disco es que yo soy la fuente de la que nacen las canciones y llegan a otras personas. Porque sin ese movimiento no existe canción. Me gusta mucho el concepto de río. El río tiene vocación de llegada y de permanencia. Siempre está ahí. Su cauce siempre está. Aunque no lleve agua. Un río seco también es un río. También cuando no hacía canciones seguía siendo músico.


Pablo Moro (Oviedo, 1978) es licenciado en filología hispánica y cantautor. Editó su primer disco en 2005 bajo el título de Emepetresesy la producción de David Ferreiro. En 2007 salió a la luz su segundo disco, Smoking pointque le supuso un reconocimiento importante por parte de la crítica especializada y de un público cada vez más numeroso. En 2006 recibió el premio AMAS al mejor letrista por Emepetreses y en 2007 al mejor disco por Smoking point, así como al mejor videoclip por la canción El último vals. Seguidamente editó Pequeños placeres domésticos (2009), elaborado prácticamente en directo en La Isla (Colunga, Asturias). Su último trabajo es La vida solucionada (2013).

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