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Ciudad

El Cuento Semanal corre esta semana a cargo de Jónatham F. Moriche. «Ayer comenzamos a patrullar. Nos proporcionaron estos extraños uniformes blancos y unos cuantos vehículos todoterreno pintados también de blanco, armas cortas y un puñado de subfusiles, radiotransmisores y perros…».

Ciudad

/por Jónatham F. Moriche/

At what price, what sacrifice, can the city be born?

James D. Morrison: The lords

1.

Ayer comenzamos a patrullar. Nos proporcionaron estos extraños uniformes blancos y unos cuantos vehículos todoterreno pintados también de blanco, armas cortas y un puñado de subfusiles, radiotransmisores y perros. Algunos oficiales de la policía local y ciudadanos con experiencia militar se han unido a los grupos de voluntarios y han comenzado a adiestrarnos, a organizar una disciplina y una cadena de mando. El preocupante estado de cosas en País ha acelerado nuestros pasos hacia la total secesión, rompiendo con la situación de limitada autonomía del último medio siglo. Las primeras reacciones han sido de euforia. Apenas unas horas después de la declaración de independencia, hemos comenzado a distribuirnos por el centro de la ciudad. Los transeúntes han lanzado ovaciones a nuestro paso mientras circulábamos en el primer convoy armado desde el casco urbano hacia los antiguos puestos de vigilancia del perímetro exterior. La vieja bandera colonial de Ciudad ha vuelto a ondear en el Bastión, cincuenta años después de la descolonización y vergonzosa entrega de la plaza a los insurgentes de País.

Hoy todo ha comenzado temprano. Hemos recorrido los puestos de vigilancia del perímetro, verificando sus defensas ―por llamarlas de alguna manera: los viejos búnkeres medio en ruinas, alambre de espino y algunos coches cruzados cortando las carreteras de acceso a Ciudad. A media mañana, los mecánicos del puerto han conseguido montar algunas ametralladoras de gran calibre en los viejos helicópteros rusos del servicio de salvamento marítimo: su aspecto resulta un tanto pintoresco, pero su aparición en vuelo rasante sobre la línea de demarcación ha despertado el más exultante e infantil entusiasmo entre los retenes de voluntarios armados. Uno de esos aparatos ha escoltado a nuestro vehículo hasta el puesto más avanzado, a casi veinte kilómetros del centro de la ciudad. Desde allí, en la vieja frontera con País, podíamos oír el impacto de los granadas y el tableteo de las armas automáticas. Hemos comunicado al Bastión la presencia, al otro lado del valle, de varios carros de combate, pero el señor Kühn, delegado de Defensa del Consejo, nos ha ordenado continuar la ronda de rutina y no preocuparnos de lo que ocurra fuera del perímetro: sencillamente, no debemos inmiscuirnos en los asuntos del que ya es, a todos los efectos, un país extranjero. El mensaje de Kühn ha sonado un tanto cómico, tanto por lo menguado de nuestras fuerzas militares como por el inusitado tono de estadista de quien hasta ayer era, simplemente, un eficaz comisario de policía y torturador experto ―aunque bien apreciado por mi padre y sus afines, por haber mantenido a raya en Ciudad a quienes ahora van a hacerse, tras su fugaz y exitosa revolución, con el gobierno de País.

Pero todo tiene su explicación. A las cinco de la tarde, el señor Riera, Presidente del Consejo de Gobierno, ha anunciado por radio y televisión la firma del esperado Acuerdo de Defensa con la Potencia Extranjera. Apenas unos minutos después, el estruendo de sus aviones de combate sobre Ciudad ha sido recibido con aplausos desde calles, balcones y azoteas. Artur Camps, socio de mi padre y Gobernador del Puerto a propuesta suya, se ha comunicado por radio con nosotros para describir emocionado el desembarco del primer contingente de tropas de nuestros aliados y protectores. Cuando hemos vuelto a Ciudad, sus ropas de camuflaje y su armamento de combate se entremezclaba ya con los uniformes blancos de los voluntarios en las principales avenidas y los puntos de control, recibiendo abrazos y agradecimientos de los transeúntes. Tal y como les ha sido encomendado, se han integrado en las patrullas y se han puesto disciplinadamente a las órdenes de nuestros oficiales ―que, por otra parte, apenas sabríamos qué ordenarles si ellos mismos no nos lo sugiriesen.

Cosa bien distinta es lo que sucede en el Bastión, al que hemos sido convocados al caer la tarde. En unas horas, un enjambre de técnicos y militares de la Potencia ha descargado e instalado varias toneladas de equipo informático y de telecomunicaciones y establecido su puesto de mando. Mientras, sus traductores no han parado de solicitar planos de infraestructuras, ficheros policiales, medios de transporte. Artur Camps y mi padre me han recibido con abrazos, como si de verdad acabase de volver de la primera línea de alguna batalla ―quizás, de la que nunca libraron nuestros abuelos. Después, oficiales y miembros del Consejo nos hemos reunido con el general Scotto, enlace y representante de la Potencia, y el señor Riera. Soldados, cazabombarderos, baterías de misiles y el destructor fondeado en el puerto velarán por la seguridad y la soberanía de Ciudad, en tanto esta reciba el debido reconocimiento y protección de las instituciones internacionales. La revolución no es cosa nuestra, sino de País, y así ha de seguir siendo. Las autoridades de Ciudad deberán preocuparse tan solo de la tranquilidad ciudadana, y en especial de cualquier muestra de solidaridad o simpatía, violenta o política, con los insurgentes de País. Ante las objeciones de Riccardo, el empresario liberal, el general Scotto ha recordado el ambicioso plan de nacionalizaciones de los rebeldes, así como la apuesta por la tranquilidad y el bienestar de todos los presentes que supone una Ciudad soberana, segura y próspera. He tenido, en ese punto, la sensación de estar asistiendo al comienzo de un largo estado de sitio.

2.

Tras varios días de rutinarias idas y venidas por el perímetro, he sido relevado del servicio de vigilancia y destinado al Bastión, como adjunto del señor Kühn. Mi padre, que ha dado la noticia en el almuerzo familiar, ha propuesto un brindis por mi fulgurante carrera militar y, ante los ojos brillantes de emoción y envidia de mis hermanos pequeños, me ha hecho entrega de la vieja pistola Beretta con la que el abuelo defendió brevemente hace cincuenta años, contra la voluntad de la mayoría de sus conciudadanos, el derecho de Ciudad a seguir estrechamente vinculada a la metrópoli.

El Bastión es el más perdurable legado de los españoles, los primeros conquistadores de Ciudad. Desde hace tres siglos, su mole cúbica y parduzca custodia desde el punto más alto de la costa los principales accesos terrestres y el puerto. Una vez allí, me he puesto a las órdenes de Kühn (que, por supuesto, no ha abandonado en ningún momento la actitud de respeto debida a los patricios de Ciudad por sus funcionarios). Scotto me ha informado de las primeras actitudes de rechazo hacia sus hombres, que han derivado en algún caso en incidentes violentos en los barrios obreros del extrarradio. Colaborar a esclarecer estos sucesos y, sobre todo, comunicar a Riccardo y otros moderados la necesidad de definir sus actitudes, será mi misión aquí. Ante todo, me ha recordado con escaso tacto, porque son sus buques de guerra los que sostienen nuestra precaria soberanía. No ha podido concluir su discurso. Un oficial de comunicaciones ha irrumpido en el despacho con el rostro desencajado y ha anunciado a gritos que una gran explosión ha alcanzado de lleno un transporte de tropas en una de las principales avenidas del centro.

Desde la misma azotea del Bastión hemos partido hacia allí en un helicóptero de la Potencia. Desde el aire, siguiendo el centellear de las ambulancias, hemos avistado el enorme cráter, la caja aún en llamas del camión, los coches y edificios más cercanos caprichosamente alcanzados y deformados por la onda expansiva. Al descender, un calor asfixiante ha ido apoderándose de nosotros. La sangre ha teñido obscenamente la indumentaria blanca de varios voluntarios que yacen en el suelo, violentamente despedazados, o estampados contra el amasijo metálico en que ha quedado convertido el transporte ―hasta hoy, nadie hubiera podido siquiera imaginar una escena así en Ciudad. Kühn, acostumbrado a tildar de terroristas a los grupúsculos de revoltosos de la Facultad de Ciencias Sociales, ha permanecido en completo silencio, sobrecogido y desorientado ante la aparición del auténtico terror. Solo los soldados de la Potencia parecían moverse con habilidad entre los restos humanos, la chatarra, el hedor a carne quemada y la humareda. A pesar del férreo blindaje terrestre, marítimo y aéreo, la insurrección se ha presentado oficialmente en Ciudad.

El resto del día ha sido, literalmente, un infierno. Se ha decretado el toque de queda y suspendido el derecho de reunión. Kühn ha cursado cientos de órdenes de detención ―incluyendo la del consejero Riccardo, que se ha negado a aceptar la autoridad de la censura previa sobre su periódico. Scotto y Riera han ofrecido una comparecencia conjunta en televisión, en la que han condenado el atentado, advertido a sus autores de que serían implacablemente castigados y afirmado con la mayor solemnidad que el camino de Ciudad hacia la plena soberanía es ya de todo punto irreversible. El puerto ha sido ocupado por las tropas de la Potencia, que ha hecho emerger del vientre de sus buques los blindados que desde esta noche patrullan Ciudad. He vuelto en uno de ellos a casa desde el Bastión, a las cinco de la madrugada, rodeados de un denso silencio solo roto por el estruendo de los cazas y el rumor grave y mecánico de las ruedas de oruga sobre el asfalto. Mi padre, aún despierto, me esperaba en la biblioteca. En silencio, nos hemos quedado frente al ventanal, observando a los soldados extranjeros que protegen nuestra casa apostados en el jardín, el tejado y los edificios colindantes. Uno de ellos nos ha hecho una irreverente señal para que corriésemos las cortinas. Muchos no entienden una sola palabra de nuestro idioma, ni hubieran podido determinar nuestra posición en un mapa antes de ser destinados aquí. Se desenvuelven con eficacia, sin que nada distinga ésta de cualquier otra de sus misiones ―eso no nos alienta: al contrario, acrecienta la amarga sensación, latente desde hace días, de que nuestra autoridad está ya solo sustentada por mercenarios. Parecen bastar algunos disparos aislados para mantener insomne esta noche a la ciudad entera. Al fondo, en los suburbios, se alzan algunas columnas de humo.

3.

Acompañando a Kühn, he participado en el registro de El Ciudadano. Diario ilustrado de la mañana. Los empleados han sido detenidos uno a uno, meticulosamente registrados, interrogados y fichados. Los técnicos de la Potencia han secuestrado sus ordenadores e inutilizado las rotativas. Scotto nos lo ha exigido, tras los fallidos interrogatorios efectuados a Riccardo ―y me consta que Kühn se ha empleado a fondo: quizás se trate, he pensado, de alguna forma aberrante de lucha de clases.

El Ciudadano era la última de las publicaciones de la oposición liberal del Consejo que permanecía abierta. Decenas de contestatarios o renuentes permanecen arrestados en el Bastión. La Universidad ha sido clausurada y los sindicatos intervenidos. La desaparición de la prensa local se ha visto compensada por el continuo deambular de los reporteros de guerra de la Potencia y otros países de todo el mundo, que no dejan de preguntarse, mientras nos observan con ojos alucinados y compasivos, por la raíz histórica, económica, cultural y quién sabe si religiosa de nuestros males. El nivel de violencia experimentado estos días por los habitantes de Ciudad supera con mucho cualquier cosa que hubieran podido siquiera imaginar sus últimas generaciones. Ha habido bombas en los cafés. Pistoletazos en la sien. Detenciones sin retorno, a medianoche ―yo mismo he participado en alguna. Mi padre me ha comunicado la inmediata marcha de mi madre y mis hermanos a Europa. Asimismo, me ha confiado los detalles de la arquitectura financiera que sustenta nuestros negocios en el extranjero ―solo, por si lo inimaginable ocurriese.

El desánimo y el miedo han descendido como una densa niebla sobre Ciudad. Los estragos materiales provocados por los atentados y combates se multiplican. La Potencia ha utilizado morteros y helicópteros artillados para eliminar la resistencia en los barrios infectados de tiradores del extrarradio. Las morgues están repletas. Las televisiones de todo el mundo emiten sin cesar imágenes de estos sucesos, y la misma opinión pública de Potencia se ha puesto en marcha ―los hombres como Riccardo no son allí tan impunemente torturables. Parlamentarios e intelectuales han iniciado una campaña para exigir la retirada de sus tropas, mientras el nuevo gobierno revolucionario de País recaba apoyos y simpatías por doquier en los foros internacionales.

La vida ciudadana se ha reducido al mínimo. Un centenar de familias viven protegidas por blindados y helicópteros. El resto de la ciudad se juega la vida cada día para comprar el poco pan que llega a las tiendas. A algunos barrios del Este no podemos acceder sin permiso ni siquiera los voluntarios. En una reunión informal, un grupo de oficiales debatía esta mañana la posibilidad de relevar a Kühn y encomendar a Riccardo una mediación con País ―ninguna de sus esposas e hijos menores permanecía ya en Ciudad. La clase privilegiada invocó las más altas responsabilidades al resucitar el espantajo colonial del Consejo de Gobierno, y ahora parece aterrada ante las imprevistas consecuencias de sus actos. Un perfecto ejemplo es mi padre, al que nunca había visto frecuentar con tanta asiduidad la capilla familiar ―toda una vida practicando las máximas de Maquiavelo, para acabar tendido a los pies de Jesucristo.

Pasado el entusiasmo inicial por la independencia, el trato entre los ciudadanos y sus nuevas autoridades se ha enrarecido. El temor a delatores o quintacolumnistas hace que quienes trabajan para el Consejo o con las tropas de la Potencia sufran a la vez el recelo de unos y de otros. La guerra acentúa las diferencias de clase existentes, crea diferencias nuevas, en función de la cercanía al poder armado, y también borra otras, bruscamente ―el caso de Kühn podría ser paradigmático. El terrorismo en el centro de Ciudad se ha ensañado con los voluntarios. Varios hijos de destacados ciudadanos han caído en atentados y escaramuzas. Una ofrenda de sangre que ya nadie agradecerá, porque las viejas instituciones de Ciudad han caído en el más absoluto descrédito. La misma clase dirigente se descompone: en una expedición al Este, hemos visto, escondido entre unos escombros, el uniforme abandonado de un oficial voluntario ―una de tantas imágenes impensables a las que ahora habremos, por fuerza, de acostumbrarnos.

4.

El presidente de la Potencia es un hombre joven, rebosante de fuerza y convicción ―el aspecto propio de quien recibe los mejores cuidados y los mayores honores. Ayer por la tarde compareció ante su Parlamento para anunciar que la misión de sus tropas en Ciudad había concluido. Tras una ardua negociación, País consiente con todas las garantías exigidas, y en consecuencia los objetivos de la intervención pueden darse por satisfechos. No mencionó que hay una revolución en marcha en Ciudad.

Desde hace días, los soldados de la Potencia se limitan a concentrar y proteger a los miembros del Consejo y sus familias en las zonas bajo su control, mantener el orden en el centro y bombardear con saña la periferia. Se ha perdido toda esperanza de victoria y la supervivencia se ha convertido, en sí misma, en una guerra de nuevo e inesperado cariz. Los barrios de clases medias, las fábricas, las Facultades, han ido sumándose a la insurrección ―una Ciudad nueva parece estar naciendo del cadáver de la antigua, aún en su agonía. Mi padre es un espectro de sí mismo, que contempla ensimismado durante horas los cuadros, libros y otros objetos que habremos por fuerza de abandonar en esta casa. Han baleado mortalmente a Artur Camps en el Oeste, a los mismos pies del Bastión, junto a varios soldados extranjeros de su escolta. También la cuenta de viudas y huérfanos en Potencia comienza a ser insoportable.

Scotto pisó ayer, probablemente por última vez, el territorio de Ciudad. Comunicó a Riera la retirada y le instó a delegar el poder en una comisión que pueda entablar una negociación con País ―una negociación sin más objeto posible que la rendición incondicional. Luego dio órdenes precisas a sus subordinados para completar su evacuación, saludó ceremoniosamente su bandera, todavía izada junto a la nuestra en lo más alto del Bastión, y se marchó en uno de sus helicópteros ―las democracias de sus países obligan a estos hombres a hacer la guerra al margen de toda opción política, pero también les permiten hacerla al margen de toda exigencia moral. Los pocos voluntarios que aún quedábamos en servicio hemos sido relevados, concentrados como ratas junto a los periodistas y los demás extranjeros en los campamentos del puerto. Antes he recorrido por última vez el centro. El edificio del Ayuntamiento y la sede del Consejo se mantienen intactos, aunque completamente desiertos ―albergarán, muy pronto, las nuevas instituciones revolucionarias de Ciudad, y sus archivos serán minuciosamente interrogados acerca de nuestros privilegios y nuestros crímenes. La Escuela Naval, la Universidad, la sede de la televisión y las zonas comerciales han sido tocadas. Algunos edificios han quedado derruidos, otros permanecen en pie, pero muestran en su piel los penetrantes mordiscos de la metralla. La marea que aguarda en los barrios está ansiosa por inundar y rehacer la fisonomía de estas calles. Es previsible que, tras un breve período de oprobio, nuestra presencia aquí sea prontamente olvidada. En el futuro, solo un minúsculo número de historiadores se preguntará por nosotros y por nuestros motivos.

Ascendemos finalmente por las pasarelas del destructor hasta cubierta, algunos aún patéticamente uniformados. Nos amontonamos bajo las torretas armadas, aferrados a las barandillas, con la mirada intensamente concentrada a estribor: el fuego sobre algunos edificios ilumina una noche de ruinas, de supervivientes, de vencidos. Un enjambre de helicópteros lo inunda todo con el parloteo sordo de sus turbinas, entremezclándose con las órdenes en idioma extranjero que ahora deciden nuestra suerte, la ruta prevista para nuestro exilio. El destino de los que queden atrás no será mejor ―sea cual sea su lealtad, todos los perdedores de una guerra son igualmente convictos de traición. Ha aparecido en una playa, me susurran, el cadáver de Riccardo.

Tras su breve espejismo de soberanía y su sangriento asedio, de esta Ciudad que pretendimos gobernar solo perdurará el infierno de estos días, intacto en nuestra memoria ―el peso infinito de nuestros muertos, también el de aquellos a quienes hemos matado. Nosotros, aún en vida, somos hoy expulsados para siempre de su Historia. El muelle comienza a alejarse. Pronto se fundirá, como una muda estela de luces, con la línea del horizonte.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño. Ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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