Creación Poéticas

Dos himnos elegíacos de Antonio Gracia

El poeta alicantino firma 'Súbita memoria' y 'The Lady of Ilici', dedicado a la Dama de Elche.

Dos himnos elegíacos

/por Antonio Gracia/

Súbita memoria

I

Indicios en la noche de que suena tu nombre,
de que el dolor es una estrella oscura
que ilumina de pronto nuestros ojos,
de que hay voces en mi alma
llamándote, inclinándose hacia el grito,
nupcialmente ataviadas de tristeza,
ardiendo sobre el odio, quemándose en la noche,
hiriéndome en la noche como una dentellada
perdida en el espacio del espíritu tuyo,
como un tacto invisible que parece ternura
y sangra como un golpe
en la memoria súbita del vértigo
derramando sus cruces en mis ojos,
invadiendo mi sangre con cadencias de muerte,
asediando la noche con estrellas lejanas
que me dispersan en el infinito
mientras mi voz oculta va gritando en la noche,
va esparciendo su niebla, va aullando dulces sombras
—pon tu mano sobre mi corazón—,
despiértame a la vida, requiébrame en tus ojos,
soy un lobo, un aullido, un sollozo en la noche,
como una profecía recuerdo tu tristeza
—pon tu mano sobre mi corazón—,
qué noche para odiar y ser odiado,
para hallar entre el odio un gran amor,
amanecen las nubes arcoiris de muerte
—pon tu mano sobre mi redención—,
inclinado a tu nombre soy tu nombre,
invierto tu mirada, es una estrella,
una estrella dormida naufragando en el cielo,
hazme sitio en tu muerte, soy tu muerte,
hazme sitio en tu tumba, sepárame las sombras,
va gritando en la noche, soy la noche insaciable,
la noche desplazada por relámpagos tuyos
—pon mi mano sobre tu amor sepulto—,
como una profecía era ya tu tristeza,
a veces es la noche quien grita como un pájaro,
un pájaro es la noche, una sombra aturdida
gritándome, aventando
mi corazón sobre tu mano inerte,
mi sonajero corazón trizado por tus labios,
como una profecía era ya tu tristeza,
como un eco me grita, era el eco la noche,
era la noche un eco de tu muerte,
mi corazón olvidado en tu boca,
es de polvo tu boca por eso besos playas,
por eso beso besos
en la noche en las playas en el mar en las playas,
en los gritos que la noche me grita,
porque suena tu nombre, va gritando
tu nombre, suenan gritos a veces,
suenan gritos errantes en la noche nupcial,
como un delirio roto me avento en el recuerdo,
y sin embargo suena
sonando como criptas en la noche
y sé que no es la noche, era la muerte
sonándome tu nombre perseguido…

II

Lúbrico vendaval de rotas crines
se adentra en las cisternas de la muerte,
induce heridas, deja
besos decapitados en mitad del amor,
duele el ansia,
y como un misticismo referido a cipreses
cárdenas las palabras para callarlas nunca
o invadir los altares con sangre de sonrisas,
iniciar en el viento una imagen de Dios,
pensamientos altivos, gavilanes que velan
la canción detenida, la agonía rusiente
en las olas ahogadas, en los álamos líricos,
destruir los altares donde el alma es incienso,
y como una blasfemia por el cielo volando
hacia qué sacrificios y hacia dónde las sombras,
piadosamente besos para acatar la vida
y no llorar de miedo a despertar el alba,
tu cuerpo era un pedazo de un Dios incandescente,
era un clamor de sangre decidida al amor,
era una lluvia de ansias rodando en mi deseo,
cipreses en la esquina doblan campanas dónde?,
relámpagos se incrustan en mi frente
y un soliloquio mágico va a arrinconar mi vida
cerca de la nostalgia de un futuro perdido,
lejos del horizonte donde sólo miramos
nuevo horizonte y siempre
un horizonte espera para morir despacio,
dejo pasar mi vida sin llenarla de vida,
por un instante apenas, como si fuese el mar,
lucho contra la orilla queriendo huir de mí,
olvido que hay el mar y que hay la orilla
y que es la orilla el mar y que el mar qué será,
qué será si supieras oh muerte
cómo eres bendita, cómo se ama tu nombre,
cómo pareces sed o qué buscas en mí,
y en las sombras los ecos y en los ecos las sombras
murmuran una revolución amurallada
en tanto que yo anhelo
emancipar de Dios todo lo vivo,
permitirle reinar sobre la muerte,
tal para cual oh Dios qué bien me expreso,
sucedió cuando sombras enamoraron sombras
y un túmulo de carne moldeada y amante
transustanció en incienso su perdida belleza,
oh qué escatología,
oh sacrificio estéril, a qué regiones fuiste
a fingirte fantasma, a qué trechos de barro
tus pies, a qué silencio,
a qué —me siento ahora romántico—,
oh flor que eras la luz de la mañana,
oh flor que eras la luz, a qué tanto delirio,
tanta emoción equilibrada en verso,
tanta desolación de espejismos dolientes
y tanta evocación de la tristeza…

III

Quién de noche suspira lejanamente, quién
a través de la noche me evoca como un grito
lanzado entre las brumas de la noche
como un gesto de amor, como una cincha
de lágrimas que quieren embridarme
y conducirme a tumbas entreabiertas,
pero quién me pronuncia, me llama entre las sombras,
me hipnotiza con voces sepulcrales,
cementerios nostálgicos de vida,
cementerios acaso enloquecidos
o quizá desterrados de la muerte
por un acto de ira disfrazada de amor
y oculta en las tinieblas de una nube asustada
que bautiza mis manos con lágrimas eróticas,
oh belleza cautiva cercada enamorada
de quién, de quién, de qué voz en la noche,
de qué triste fantasma de palabras
no pronunciadas nunca, solamente calladas
en labios derrotados por ansias de besar
todo el amor de golpe en un beso frustrado
cercado enamorado
en una boca amante sangrante eternizante
que no existe, no existe, no hay boca para amar,
no hay besos para amar y qué he de hacer
si estos gritos me gritan en medio de la noche,
si estas voces me llaman en mitad de la muerte
como un presagio avaro de herirme inicialmente
para después beberme sorberme como aliento
de una rosa injuriada dormida flagelada
por sentimientos lúbricos que nunca han de saciarse,
quién evoca mi sangre, quién pronuncia mi vida,
quién sorprende mi sed de contingencia
con sus voces desnudas, quién lanza profecías
al viento, a las metáforas, al sueño
de que quiero ser hombre aproximado a Dios,
de que soy una estatua ansiando el movimiento,
un vástago del ansia, una escarcha sin alba,
cartujo de la muerte, quién espera que diga
quién me llama quién grita por qué nunca
responde nadie cuando digo quién…?

The Lady of Ilici

No te enterró la tierra, mi corazón y el viento
te hicieron naufragar en la memoria.
Dama de incienso amurallado en piedra,
cristalizado en piedra por un amor oscuro,
por sílabas de arena y alfareros del tiempo,
formando la palabra de roca sensitiva
que el fuego pronunció
un día de nostalgia y de infinito.
Quién santiguó tus ojos de ceniza olvidada
con su dedo sereno,
quién dio a tus ojos éxtasis,
espasmo encadenado
a través de la música cuajada entre tus ojos,
a través de los pájaros que anidan en tus ojos,
a través de los álamos que crecen en tus ojos,
a través de tus ojos.
Dama de las tinieblas derrotadas,
súbito arcángel de color de otoño,
dime de dónde tu color de viento
enjaulado en un rostro,
dime por qué de dónde
tienes forma de amor
y eres pájaro huyendo hacia el olvido.

Es tu cauce de piedra un río sin origen,
una ola de un mar fosilizado.
Me inundas en la aurora
que sueña por tu frente como un humo asombrado,
como un vaso de sed,
como un dardo de luz.
Oh qué viento me apresa con sus alas,
me empuja hacia un destino
perdido en la memoria, entre las tumbas
de dioses enjaulados en la muerte.
Oh qué viento
me arrastra, me destruye, me hace polvo,
me convierte en principio de mí mismo.
Veo cosas lejanas perdidas a lo lejos,
pisadas por la tierra,
hacinadas
entre instantes, recuerdos
y olvidos
anudados con fuego vencido y aturdido
por un sauce, un diluvio, una manzana
regurgitada desde el paraíso.

Dama evadida de la cárcel del silencio,
gioconda de la piedra,
madre de mis nostalgias no vividas,
nútreme de tus senos
incúbame en tu vientre,
dilúyeme en tu esencia,
empújame al futuro,
no me dejes sitiado por el tiempo
en un trozo del tiempo que se muere.
Oh Dama arrebatada a su silencio,
oh diosa enamorada del silencio.
La muerte es una ciénaga infinita.
Lentamente nos sorbe, nos abraza
como una madre amante, pero horrible.

Una resurrección distante se concibe en tu seno
como un reptil doliente ensimismado.
Salto de amor, estatua
redimida por manos de deseo,
hurtada por alondras de deseo,
qué orgasmo detenido en piedra eres.
Evocado en la noche
siento tu frenesí varado en el instante.
Evocado en la noche,
miro tu crisantemo moldeado,
oigo tu vendaval enfurecido
girar dentro de ti como un suspiro de metal
tallado en la materia de la muerte,
aventado en la muerte como un cierzo pequeño
perdido entre las alas
de nubes derribadas por crepúsculos,
girar como una ola enloquecida
en busca de una playa desnuda de recuerdos.

Oh pozo de metáforas, qué no decir de ti.
Tienes forma de cáliz liberado
de la forma y el tacto, tienes forma
de hostia rebelde y sensación concreta,
eres
isla que naufragó en el mar del tiempo
como un bajel estéril arrojado a las playas.
Catedral de la piedra,
voluntaria tangencia con la muerte,
aliéntame tu sangre como un soplo de vida,
esclavízame el ansia a tus labios frustrados,
deslízame en tus ojos como lágrima tuya.
Oh virgen de la piedra,
desnúdate el misterio que te oculta,
vísteme de metal,
hazme inerte contigo, acaricia mi pecho
con tus pechos hundidos en el barro del ansia,
ámame sobre ti cuando beso tu nombre,
oh catedral de piedra, oh virgen de la piedra.

Este corcel de amor me arrastra hacia tu nombre,
este caballo desbocado y núbil
me empuja hacia tu cuerpo de tacto endurecido,
introduce una espuela sobre mi corazón.
Qué voz, qué grito, qué aire
llama mi ser,
evoca mis sentidos, pronuncia nuestro amor.
Se levantan pirámides ausentes
dentro de mí, andamios de nostalgia,
cometas aturdidos, estrellas inclinadas
a la emoción que me cobija, llantos
de luz suprema irradian mis sentidos
y se estremecen piélagos de sangre
sobre mi piel electrizada y yerta.
Qué llama, qué destello, qué ilusión,
lirio fulgente o fuego huracanado,
hipnotiza la ira del amor
y se debate como un reptil lúbrico
sobre la astucia del dolor vencido.
Castígame, oh dolor que me enamoras,
indúceme a la muerte, derríbame en un beso,
entiérrame en tus labios,
germíname en tu boca,
hazme sitio en tu pecho,
olvídame en tu pubis,
oh catedral de piedra, oh virgen de la piedra.

Inundación arcaica de infinita turgencia
que me anega los ojos con belleza prohibida
como aluvión de lágrimas sofocadas, de pronto.
Crucificarse entonces sobre el instante mismo,
quedar como se queda
la Historia entre los dedos de los hombres.
Oh qué crucifixión es la impotencia,
es la derrota cuando se ama el siempre.
Es fugitiva la esperanza, el acto.
Qué forma tiene la plegaria, el beso,
la erosión de unos labios gastados por el ansia,
qué forma tiene, qué color preciso,
qué virtuosismo oculto, qué
misticismo crédulo enamora el deseo
y lo anega de fe
y lo inunda de fe sobre todas las cosas,
qué
pasión desorbitada tiene, qué
forma tiene la plegaria, el beso.
Súbito arcángel de color de otoño,
memoria conquistada por la piedra,
dame tu forma victoriosa, dame
la eternidad que te cobija
en un rincón heraldo del olvido,
dame la plenitud de tu memoria,
dame solo jamás contigo
muerte.

La derrocada forma del deseo,
el cilicio intangible del dolor,
brotan creciendo desbocadamente en mí,
conquistan mis sentidos
con la emoción de aquel que ha amado mucho
y se inunda de pronto de nostalgia,
de vidrios evocados,
de alfareros del tiempo.
Miro en la noche, miro en cada noche
tus ojos, tu mirada
de cisne perseguido por la piedra, hecho piedra
en un gesto desnudo de pasión,
miro con la mirada despedida,
con los ojos lejanos como si hubiese muerto,
te miro oscuramente
desde la oscuridad de mi prisión de sombras
y estás enamorada del silencio,
no de mi corazón que te desea;
eres mi furia encadenada, eres mi furia
precipitada, eres mi herida
cenagosa y profunda que orienta mi existencia
hacia tu amor de tumba redimida,
hacia tu tumba de metal cambiante,
hacia el ansia de hallarte y de besarte
desnudamente en un lecho de metáforas
como un deseo de violar la luz,
de vivir en la nada para siempre,
de vivir y morir en la muerte la vida,
oh súbito ángel de color de otoño,
súbita diosa del otoño súbito…


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario(2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

4 comments on “Dos himnos elegíacos de Antonio Gracia

  1. Francisco Mas-Magro Magro

    Sin duda, Antonio Gracia es el poeta vivo más importante en el panorama literario español. En “Súbita memoria” confirma que la construcción del poema requiere de la fuerza interior y de un profundo conocimiento de la estructura del verso, que es el conocimiento de la palabra y la capacidad de conocer el mecanismo capaz de trasladar el sentimiento, desde el interior al exterior, sin traicionar el movimiento emocional inicial.

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  2. Antonio Gracia

    Agradezco el elogio. Excesivo.

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  3. Lola Rodríguez Gracia

    Un apunte sobre Antonio Gracia

    Si “La Estatura del Ansia” de Antonio Gracia es el más auténtico y peligroso libro de poemas de las últimas décadas, la Dama de Elche es el poema más emblemático del libro, y donde se condensa, y a la vez se despliega, la dramática cadencia de una música desconocida hasta entonces en la lírica española, en la que se funden de forma inseparable el abismal heroísmo wagneriano con la doliente y bella expresión de una conciencia en lucha con la culpa anterior a la vida, calderoniana, pero que extrae sus motivos y los desarrolla como una melodía vertiginosa, de los avatares de una existencia y un destino inexorable.

    José Guillén estableció con sabiduría en el prólogo las claves vitales y literarias del libro, así como de la personalidad de su autor, por lo que no podría yo, con menos recursos expresivos y críticos, mejorar aquella magnífica introducción de la primera y última edición, que yo sepa, que se haya hecho del libro. Lo cual me parece que no hace justicia a un conjunto de poemas cuya unidad profunda está cimentada en la intensísima emoción que lo ha creado, transformada en una escala de versos por los que su autor trata de ascender a la salvación por la belleza.

    Pero esta nunca salva de lo que está incrustado en el alma como una oración grabada en piedra; y a ese libro siguió otro -“Palimpsesto”- para hundir a Antonio Gracia en la sima del yo, que durante años lo tuvo prisionero de sí mismo.

    Después vino la visión filosófica del mundo con una serie de libros donde los versos y las reflexiones tratan de encontrar una idea matriz, un eje sobre el que hacer girar el laberinto de la vida, y desentrañar las oscuras veleidades de la conciencia del ser humano, sin renunciar a lo que pudo rescatar, a los restos del naufragio que conservó de aquellos poemas que fueron el reflejo de una tormentosa conflagración interior.

    Lo que la Dama representa es un oscuro símbolo de algo que debió ser y no fue para el sueño del poeta, o que fue y no debió ser.

    Jose M Ferrández

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  4. Antonio Gracia

    Agradezco la comprensión y las hipérboles. Ojalá creáis en lo que habéis escrito, ya que yo no puedo creer en lo que he leído. Naturalmente, prefiero ser yo el equivocado.
    Saludos.

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