/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /
Formo parte —empezaré aclarando esto— de ese segmento de población que se sitúa ideológicamente «a la izquierda del PSOE», según la expresión penosa y elocuente ya generalizada. Vivo en León, en una zona rural de la «España vaciada», otra expresión también penosa y elocuente: gracias al lenguaje que nos ha dado tanto. Tengo —para completar el retrato y la premisa de estas líneas— cincuenta y tres años; llevo, pues, más de treinta votando, es decir, comprobando cómo, comicios tras comicios, mi voto se queda sin representación, tanto en las Cortes de mi comunidad autónoma como en la Cortes Generales. Pertenezco a una franja social, o sociológica, que durante décadas se ha visto, sin ser minoritaria, ninguneada, estafada, en las citas electorales. Por supuesto, perder es algo que uno debe asumir deportivamente, es decir, democráticamente, como se ha de asumir cualquier derrota librada en buena lid. Y por eso mismo estas «derrotas» sucesivas, acumulativas, no se pueden asumir de ninguna manera. Por eso el sentimiento, la conciencia, las ideas no pueden ser más que los de quien se ve sistemáticamente burlado. ¿Las elecciones en España son «una buena lid»?
El psicólogo Martin Seligman acuñó la expresión «indefensión aprendida» para referirse al estado de pasividad, abandono e indiferencia en que se sume el individuo que comprueba que, haga lo que haga, no dejará en ningún caso de recibir la privación o el castigo por parte de quien tiene la fuerza, el poder y la determinación de privarlo o castigarlo.
A los conspicuos analistas políticos que nos iluminan desde tertulias y mesas de análisis televisivas y radiofónicas les encanta hablar de la «derrota de la izquierda» y aún más de la «debacle de la izquierda», de su «desaparición». Es cierto que la talla intelectual y dialéctica que caracteriza esos espacios produce sonrojo, abochorna hasta un extremo que obliga a apartar el oído y la mirada; no vamos a esperar, pues, finura y profundidad donde no cabe esperar más que sesgos y simplezas. Pero… ¿ni siquiera el mínimo decoro de atender a lo más incontestable, que son las cifras? La elusión y el trazo grueso son consustanciales a esos espacios, pero no se reducen a ellos: son también norma en el gallinero de las redes, en los espacios de trabajo e incluso en las sobremesas entre amigos, que también abundan en el diagnóstico normativo y añaden más paladas de tierra a la tumba en la que se quiere ver sepultada a la izquierda situada «a la izquierda del PSOE». Por si fuera poco nos regalan además su ironía y su refinado sentido del humor con chistes muy graciosos, sí, graciosísimos: el país se ha llenado de humoristas que hacen las delicias del pueblo con sus bromas sobre los partidos de izquierda, su progresiva desaparición, sus acuerdos y desacuerdos, qué bien nos lo pasamos…
Yo accedí al derecho al voto en 1990, cuando ya tocaba recoger los ceniceros y demás porquerías de la fiesta modernizadora socialista. En ese momento ya había quedado claro en qué consistía el «socialismo» para el tándem González–Guerra y sus grandes ministros de Economía. Borracho de éxito, agotado tras la orgía privatizadora, el PSOE iniciaba su declive, sumido en el cenagal del terrorismo de Estado y la corrupción generalizada, pero la senda atlantista y neoliberal por la que habríamos de discurrir había quedado trazada y solo quedaba remacharla con la firma del tratado de Maastricht. Por entonces, Julio Anguita acababa de ponerse al frente de una Izquierda Unida que aún daba sus primeros pasos, amalgamada en el ímpetu de la oposición al ingreso en la OTAN. Los noventa fueron años convulsos en IU, años de duras y amargas luchas internas, de disidencias exquisitas y traiciones miserables con las que Anguita hubo de lidiar casualmente (pero de casualidad, nada) en la época en que la formación tuvo mayor respaldo electoral y mayor representación institucional. Pues bien, ya en ese momento, en esa época digamos de «gloria», resultaba evidente el escamoteo, el fraude, el borrado sistemático de votos. Recién nacido a la conciencia política, yo no entendía nada. Es decir, claro que lo entendía, igual que lo entiendo ahora, perfectamente; pero no podía aceptarlo, igual que no puedo ahora. En las elecciones generales de 1993 IU superó los 2.250.000 votos, que se tradujeron en 18 diputados. El PP tuvo algo más de 8.200.000, que se tradujeron en… 141 diputados. Supongo que es evidente lo que quiero decir, pero añado este otro dato aún más escandaloso y revelador: en esos mismos comicios, Convergència i Unió tuvo 1.165.000, es decir, aproximadamente la mitad que IU, que se tradujeron en, pásmense, 17 diputados. 2.250.000 votos y 18 diputados frente a 1.165.000 votos y 17 diputados. Ocho millones de votos y 141 diputados frente a dos millones de votos y 18 diputados. Vuelvan a leerlo, por favor.
Yo no dejaba de hacer cuentas, de aquella, no salía de mi asombro ni entendía cómo podía estar ocurriendo semejante escándalo, aquel grandísimo tongo. El robo se reprodujo en los mismos términos en 1996, cuando IU alcanzó el mayor número de votos (2.640.000) y de diputados (21) de su historia, y en cada ocasión, en cada nueva cita electoral, fuese estatal, autonómica o municipal, el fraude mediante el que se operaba la conversión del número de votos en número de representantes era constante y laminador. En León, como en la mayoría de provincias de esta España nuestra, los votos a IU no alcanzan, según el sistema electoral que nos dieron los padres de la patria, tan lúcidos y magnánimos, para obtener un diputado por la circunscripción, y miles de votantes (cientos de miles en todo el Estado) se quedan sistemáticamente sin representación. Pertenezco, pues, al segmento de población al que una vez sí y otra también se le niega —se le hurta— la representación política en las instituciones parlamentarias donde se legisla y se controla la acción de gobierno. ¿Esto es así porque se trata de un segmento minoritario? Los datos no dicen eso y por si fuera poco, ocurre que otros segmentos verdaderamente minoritarios sí son representados. Segundo y último ejemplo de los muchos posibles: las últimas elecciones autonómicas en Castilla y León. Izquierda Unida ha sido la quinta formación más votada, con 27.600 votos que se han quedado sin un solo representante en las Cortes de la comunidad. Sí tienen representante, en cambio, las formaciones que han quedado en séptimo y noveno lugar, con 11.300 y 8.700 votos respectivamente. Repasen los números, hagan el favor, y díganme qué se le puede decir a los brillantes analistas políticos incapaces de ocultar su lúbrica satisfacción cuando glosan «la debacle de IU». Lo primero, pienso yo, sería que fuesen a los debates con una calculadora, aunque los cálculos son tan básicos que bastaría un lápiz y un cacho de papel, o ni eso. Lo segundo, igualmente obvio, es que el declive de IU no tiene NADA que ver con el rechazo de la población a sus propuestas, sino con la constatación de que sistemáticamente a sus votantes se les niega la representación, un fraude sostenido (una indefensión aprendida) que moviliza a cada vez más votantes a apoyar a otras formaciones, bien del bipartito, bien del espectro local, regional e independentista, que sí son representadas, o mejor dicho, sobrerrepresentadas, por un sistema electoral que hace del principio más elemental de la democracia (un hombre, un voto) una burda filfa. Así las cosas, los votantes de IU son asediados constantemente por las llamadas al «voto útil» y en efecto muchos acuden, se disciplinan y votan de una forma que se supone «útil»… para alguien. Pero la debacle no consiste en la pérdida de votos, sino en el borrado permanente del voto, algo que genera indefensión, desencanto, desafección y en algunos casos —me incluyo— una mala hostia que de alguna manera y por algún lado saldrá.
De modo que cada vez los agudos analistas políticos nos propinan sus diagnósticos de los resultados electorales, nos convendría mucho tener en cuenta que ni unos «arrasan» tanto ni otros «se desploman» como ellos pretenden, y que más bien unos multiplican sus resultados gracias al birlibirloque matemático que rectifica los votos de la gente, mientras que a otros, con la misma fórmula mágica, se les escamotean los votos recibidos. El pretexto de las circunscripciones, su diseño para favorecer supuestamente la representación de los territorios —desactivada por la disciplina de voto en los partidos, trampeada mediante la colocación maliciosa de paracaidistas o cuneros en las candidaturas, rebatible por el mero hecho de que provincias de la España interior o «vaciada», como León, no dejan de perder población y representantes— se ha traducido en un fraude a una escala difícilmente conciliable con los principios básicos que deberían regular la representación de la ciudadanía en las instituciones públicas. Acaso porque lo que se quiere no es representar fielmente la «elecciones» de la gente, sino mantener estrechamente controlados los dispositivos de acceso al poder.
En los escenarios de la postdemocracia que nos hemos dado (¡ja!) es imprescindible dejarle claro a la ciudadanía qué es lo que tiene que votar y qué no; en qué consiste la utilidad y la inutilidad de su voto; cuál es el rango de lo admisible y qué opciones deben ser tenidas en cuenta por los buenos votantes. Para lograrlo están los relatos y marcos ideológicos normalizadores, la ingente cantidad de recursos (públicos) que se invierten en medios de comunicación y redes sociales. Pero incluso todo ese trabajo de laminado mental, todo el esfuerzo que el poder invierte en conducir a la masa, puede ser insuficiente; puede que la masa porfíe y siga sin dejarse tutelar y dirigir, puede que siga habiendo segmentos significativos de ciudadanos rocosos e indisciplinados empeñados en votar mal, y es necesario implementar mecanismos más drásticos y definitivos. Mecanismos ilegales, si es preciso, que entran en acción cuando las cosas se ponen difíciles: policía patriótica, pruebas falsas, fabricación y difusión constante de bulos en televisiones y periódicos, denuncias basadas en toda esa basura y escandaloso lawfare judicial, más la difamación sostenida, la demonización y el acoso sistemático en los medios, en la calle y hasta a las puertas del propio domicilio. Recordar todo esto, para los lúcidos analistas y cuñados nacionales, es practicar el «victimismo», es convertirse en una «izquierda victimista» que, dicen, debería practicar más la «autocrítica». Claro que sí, lumbreras: primero te destruyen y luego te afean la protesta y te exigen que hagas autocrítica. Pues quédense con su brillante marco argumental, señores, para ustedes el marco, el argumento más viejo que el tebeo y las risas estupendas. Con Podemos (5.190.000 votos y 69 diputados en 2015) nuestra «democracia plena» no dudó en llegar a extremos de plena ilegalidad porque era evidente que de forma legal no se podría destruir una formación que se proponía liquidar las podridas bases del régimen; contribuyeron a la demolición, por supuesto, las consabidas disidencias y traiciones, el trabajo de zapa y minado de arribistas, trepadores y troyanos, el fuego «amigo», el fuego a discreción desde la izquierda y desde la derecha y el mayor odio y desprecio colectivos que se ha generado nunca hacia una formación política en España (odio y desprecio extremos, reconcentrados, viscerales, como no los provocaron partidos con gravísimos casos de corrupción e incluso crímenes de Estado, odio y desprecio que hoy mantienen su vigencia y que retratan de forma diáfana el país que somos, por más que los analistos de mesa y sobremesa sigan negándose a verlo), y gracias a todos hoy Podemos es un montón de cenizas humeantes que, quién sabe, podrían reactivarse, de ahí la atenta vigilancia a la que es sometido, por si acaso. Con IU fue mucho más fácil, la ley electoral ha bastado para dejarla fuera de combate: comicios tras comicios ha sido sometida a un proceso de subrrepresentación o, directamente, de desrrepresentación. Ha sido desplazada en favor de los «grandes» partidos y de formaciones localistas, regionalistas e independentistas que, viéndose generosamente sobrerrepresentadas, crecen y se reproducen y nos están dejando un Estado precioso. Es evidente que los dos «grandes partidos» —qué risa más triste— no han cambiado ni cambiarán las reglas que apañan esta componenda electoral porque cuando están en posición de cambiarlo es gracias al fabuloso tongo democrático que las ha aupado hasta ahí. Es evidente, queremos decir, que ni el bipartito ni el partido de tu pueblo va a mover un dedo por regular de otro modo (de un modo democrático) el tablero de juego. Y en cuanto a la formación verde pistacho, la vemos frotarse las manos encantada de conocerse, aupada a la ola reaccionaria global, nutrida por el humus franquista en el que se hunden nuestras raíces, y podríamos preguntarnos: ¿por qué no se le monta una policía patriótica, una buena gavilla de pruebas falsas y casos de lawfare? ¿Porqué no hay nadie gritando insultos en la casa de su líder? Fácil, queridos niños: porque VOX no ha venido a cambiar NADA, es decir, porque el sistema de poder que impera en el Estado español no se está viendo amenazado con su crecimiento, sino todo lo contrario, su crecimiento refuerza el sistema de poder oligárgico, neoliberal, corrupto, reaccionario, machista, racista y casposo que llamamos España. Mientras tanto, es a nosotros a quienes se nos pide que seamos «inteligentes» y nos movamos, que votemos de forma «útil». A muchos los van convenciendo, a la vista está, pero todavía les queda trabajo por hacer, aún quedan barreduras en las esquinas. Los hay que ceden, la sangría no cesa, pero los hay también que siguen atrincherados, empecinados, defendiendo con una sonrisa triste su voto esperanzadamente inútil. A ellos, a ellas, mi tributo y mi gratitud: si el barco se hunde, y tiene toda la pinta, no vamos a ser precisamente nosotros los que se salven, motivo de más para no rendirse nunca.

Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Nada por aquí”