Buzón de cumbre

La simplicidad

Pablo Batalla Cueto reivindica en su 'Buzón de cumbre' la simplicidad en el equipaje montañero en un tiempo de grandes y decadentes adelantos que lo han ido tecnificando y volviendo absurdamente sofisticado.

Buzón de cumbre

La simplicidad

/por Pablo Batalla Cueto/

Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Lo decía don Hilarión en La verbena de la Paloma y yo lo recordé al toparme en Internet con un top 10 de materiales innovadores para la montaña que la revista Desnivel compilaba al terminar el año 2017. El top 1 era la tecnología Ventrix de North Face: una chaqueta que respira a través de una serie de orificios en la capa aislante que se abren y se cierran en función de las necesidades, permitiendo o bloqueando el paso del aire. Cuesta 220 euros. Le seguía como subcampeona una mochila de Arc’teryx que acompaña el movimiento gracias a una cintura pivotante que permite llevar en todo momento la carga estable, ya sea subiendo o bajando. El tercer puesto era para unas zapatillas de Merrel  con suela que no se desliza en el hielo. El cuarto, para una chaqueta de Helly Hansen provista de un Life Pocket confeccionado con tejidos técnicos que protege la batería del móvil, permitiendo llevar el dispositivo a mano para casos de emergencia. Quinto puesto: un Camalot Ultralight considerablemente aligerado de peso, con cinta Dynemma en lugar del plástico en el interior del vástago longitudinal. Seguían una máscara para esquí de montaña que se abre y se cierra, un mosquetón con seguro más ligero, un asegurador más seguro y un tubular perfeccionado con la nueva tecnología Thermonet y desarrollado en colaboración con Primaloft. Y el décimo puesto correspondía a una botella de cincuenta euros con filtro incorporado y recargable que elimina bacterias y protozoos.

A mí, esa botella cargada de aséptico futuro me trajo a la memoria una pequeña historia personal.

En el verano austral de 2014, me fue dada la oportunidad de conocer uno de los lugares más asombrosos de la Tierra: las Torres del Paine, un edén chileno cuyos glaciares, fiordos, lagos azul zafíreo e inverosímil y picos de esbeltez inconmensurable lo hacen dudar a uno de sus convicciones ateas, pues cuesta creer que esas formas y colores de cuento de hadas no tengan detrás la mano experta de un diseñador inteligente; de un Gran Arquitecto del Universo como el que fabulaban los masones en el siglo XVIII. Fueron tres días y dos noches los que mi entonces pareja y hoy esposa permanecimos en aquel paraíso montañoso. Dedicamos el primer día a alcanzar el Refugio Chileno, donde acampamos nuestra tienda; y al siguiente mi mujer, fatigada por el esfuerzo, prefirió quedarse allá disfrutando del entorno. Un río rumoroso corría garganta abajo, hermosos bosques primarios alfombraban las cercanías y eso le era suficiente. Así pues, en cuanto el Sol encaramó sus primeros rayos de los riscos cercanos, eché a caminar solo.

Mi plan consistía en recorrer cuanto pudiera de la larga senda que recorre la porción oriental del parque nacional: parte de la base de las torres que le dan nombre, pasa por el Refugio Chileno (donde yo me incorporaría: dejaría las Torres para el día siguiente), corre paralelo seguidamente al lago Nordenskjöld, alcanza el Refugio Italiano y finalmente serpentea por el Valle Francés para morir en el Refugio Británico. Decidí llevar conmigo pocos pertrechos a fin de caminar lo más ligero posible y llegar más lejos: de comer, apenas unas chocolatinas, porque podría almorzar en los refugios a los que fuera llegando. Dinero para ello. La ropa, claro: botas Boreal, un cortavientos Marmot, pantalones de los que no recuerdo la marca y una camiseta térmica de Nike. Un mapa. Y conociendo por éste que atravesaría, al ir bordeando el Nordenskjöld, al menos diez arroyos, y habiendo leído en alguna parte que el agua de cualquier riachuelo del parque era perfectamente bebestible, y sabiendo por el refranero asturiano que «augua corriente, ye pa la xente; augua parao, namás pal ganao», resolví también no llevar siquiera botella de agua, sino sólo una taza de peltre. Cada vez que me topara con uno de los arroyos, simplemente bebería de él. Así lo hice. Terminé recorriendo unos cincuenta kilómetros entre ida hasta el Refugio Británico y vuelta. Y no creo haber bebido mejor agua en toda mi vida.

Es una anécdota sin la menor intención proselitista: líbrenme los dioses de recomendarle a nadie que se lance a la montaña sin cantimplora y confiando en que los hados le provean de manantiales y arroyos en los que llenar su taza si no es en lugares de todo punto excepcionales, como es el caso del Paine. «Yo no bebo agua: los peces fornican en ella», decía W. C. Fields, y a mí, en Asturias, siempre me advirtieron del peligro de beber directamente de los ríos: nunca se sabe si no ha muerto una vaca curso arriba y su cadáver ha llenado el agua de miasmas. Una de las imágenes más perturbadoras de mi infancia es justamente ésa: el cadáver hinchado de una vaca flotando como una boya gigante en el río Dobra, cerca de la presa de La Jocica. El riesgo no es baladí. Sea como sea, tengo la sensación de que hay algo en esa historia mía de las Torres del Paine que no llega que se pasa en la botella de cincuenta euros que cierra el top-10 de artefactos alpinistas supersónicos compilado por Desnivel. Sin que uno pueda decir que haya algo de malo, ni muchísimo menos, en desarrollar tecnologías que purifiquen el agua que bebemos, tampoco me despego la sensación de que esa botella cruza alguna suerte de límite; que agrede a un cierto sentido de la mesura o la sensatez que sí armoniza con llevar en la mochila unas tabletas Oasis potabilizadoras de agua, a 4,99 euros el pack de cien comprimidos, para el caso de una emergencia acuática inopinada.

Las épocas decadentes producen artilugios sofisticados. De cuando cayó Bizancio, se cuenta que los otomanos entraron en una ciudad a cuya sociedad preocupaban y entretenían, en aquel momento, dos cosas: un ardoroso debate teológico sobre el sexo de los ángeles y la invención de asombrosos autómatas; máquinas primorosas que remedaban leones que movían la cola y rugían, palomas que piaban, etcétera. Tal vez de la nuestra se recuerde algún día que colapsó en un momento en que se inventaban chaquetas provistas de un Life Pocket para proteger el smartphone de quién sabe qué catástrofes que no atine a contener envolverlos en una bolsa de plástico del Mercadona.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’. Está próximo a publicarse el segundo: La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

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