Poéticas

‘La poesía sabe esperar’, de Enrique Villagrasa

Carlos Alcorta reseña un poemario en que se reflexiona sobre el ejercicio poético, sobre la escritura, sobre la poesía y su relación con la vida, con una poesía que actúa como despertador de la conciencia, lo que, a la postre, supone decir que, gracias a ella, el recuerdo se actualiza y se reinterpreta a la luz de un presente esterilizante.

La poesía sabe esperar, de Enrique Villagrasa

/una reseña de Carlos Alcorta/

Enrique Villagrasa (Burbáguena. Teruel, 1957) es un reputado crítico literario, de poesía más concretamente, labor que lleva ejerciendo desde hace décadas de forma ininterrumpida en diferentes medios (en los últimos tiempos, más intensa en la revista Librújula, pero no de forma exclusiva); y quizá esta dedicación haya solapado su labor propiamente creativa, la de poeta, a pesar de haber escrito varios libros de poesía en su ya larga trayectoria —desde aquella lejana primera entrega, Arpegios (1983) hasta la última, Queda tu sombra (2019), se han sucedido títulos como Memoria impenitente (1996), Sílaba del anochecer (2000), Límite infinito (2005) o Lectura del mundo (2014)— y de estar incluido en algunas relevantes antologías.

La poesía sabe esperar aparece pocos meses después de Queda tu sombra, aunque nos asalta la impresión de que el primero es un libro que se ha ido escribiendo a la par que otros títulos de su producción. No quiere esto decir que sea un libro de aluvión, pero, por la preponderancia de temas como la visión idealizada de la infancia y el carácter redentor de la poesía, habitualmente presentes en otros libros de Enrique Villagrasa, nos atrevemos a lanzar esta teoría, teoría que, por cierto, no lleva implícito ningún juicio de valor; es más, si hay algún aspecto que conceda unidad a La poesía sabe esperar es, por encima de cualquiera otro, la reflexión sobre el ejercicio poético, sobre la escritura, sobre la poesía y su relación con la vida, tal vez porque el concepto poético que tiene arraigado Villagrasa en su mente corresponde con una poesía que actúa como despertador de la conciencia, lo que, a la postre, supone decir que, gracias a ella, el recuerdo se actualiza y se reinterpreta a la luz de un presente esterilizante.

«Tú te (re)inventas en el verso./ Tú te (des)cubres en sus palabras». Podríamos, a tenor de estos versos, pensar que la escritura es una forma de progresar en el autoconocimiento porque permite rescatar aquellos hechos resguardados en la memoria que, solapada o manifiestamente, han determinado el transcurso vital y no estaríamos equivocados, porque, como hemos dicho, esa regresión a la infancia es palpable desde el primer poema del libro: «Con prados sigilosos, en la orilla/ de mi siempre Jiloca avanzo libre», por lenta senda del ribazo oscuro/ beber en la fuente del regreso» (no es difícil reconocer ecos de Fray Luis y Juan de la Cruz sonando por esos ribazos) y se repite en algunos otros poemas posteriores: «Cierzo, reflejo real de mi infancia:/ Conciencia intensa, amplificada/ por el viento que sopla frío/ sobre los tejados de mi niñez/ hasta el azul limpio del cielo,/ allá en Burbáguena», pero estaríamos escamoteando una parte importante de los propósitos que esta poesía ambiciona, y es que, más que la infancia propiamente dicha, lo que promueve esa mirada cargada de nostalgia es una recuperación de la atmósfera sentimental del los paisajes que se han dejado atrás, cuando el poeta abandona el pueblo en el que nació y se muda a la ciudad (Tarragona): «Dejé atrás años de oscuridad medieval/ para aceptar esta luz que todo lo llena,/ esa alba que todo ilumina».

Enrique Villagrasa

A pesar de que estos versos sugieren que el poeta se siente afortunado por haber dejado atrás un pasado degradante, la sensación de exilio que trasmiten otros de los versos de este libro parece refutar esa percepción: «Todo espera en la ribera del Jiloca, iluminado/ por frío cierzo y claro sol, luz de su ojos,/ cuando la tarde se esconde el mortal poeta es/ recibido. La belleza tiene capacidad crítica». Con todo, el tema primordial de La poesía puede esperar no es otro que la propia poesía. Nacho Escuín afirma en el prólogo que «Hay tres ítems a mi juicio fundamentales en su poesía [la de Villagrasa]: la trascendencia, su infancia interrumpida y el amor a la poesía». Ese amor está presente en infinidad de poemas de manera apasionada y con los versos va trazando toda una poética en la que se asume que el conflicto identitario provoca muchos de los interrogantes verbalizados: «La relación contigo es la esencia/ del poema no dicho. Su dictado», se dice a sí mismo. Coexisten muchas opciones de lo que debe ser el poema en estos versos, algunas de ellas contradictorias. Enrique Villagrasa demuestra, por una parte, su convicción plena de que la poesía es indivisible de la vida («Tu vida es la poesía») y, por otra, cierta sensación de fracaso al comprobar que la poesía no es capaz de mitigar los apremios cotidianos («¿Poesía? Qué poco mejoras mi suerte»). No es inusual que, en un pensamiento efervescente, se den este tipo de contradicciones, pues son ellas las que provocan la escritura. La duda es inherente a la creación y el poeta está en su derecho de trasladar a la página los vaivenes de su pensamiento, sobre todo cuando, como es el caso, lo que busca en la poesía es, nada más y nada menos, algo tan inalcanzable como la felicidad: «¿Acaso tú, lector o poeta, no aspiras a la felicidad?/ ¿Cómo no buscarla pues, cual único fin?». Plantearse esta expectativa requiere un convencimiento admirable en el poder de la poesía que a nosotros, como lectores, nos parece, al margen del resultado, un encomiable mérito en sí mismo.


Selección de poemas

*

Desde Burbáguena a Tarragona
te ilumina la inmensidad del mar.
Ese mar que noche tras noche
está en y con los recuerdos idos,
tal vez momentos, con la boca rota
y las manos en silencio. Nunca
he estado tan apegado a ti, mi vida.
A mis 60 años, nunca nadie sabrá
como me ilumina la sombra negra
de mi tesis. Rosalía espera cuando
ya, ni él, nadie nada. Todo es
la prisión oscura de la verdad.
Un golpe de escarcha en la flor
del azafrán, donde el dolor y la vida.

*

Cierzo: reflejo real de mi infancia:
Conciencia intensa, amplificada
por el viento que sopla frío
sobre los tejados de mi niñez
hasta el azul limpio del cielo,
allá en Burbáguena.
Soplo que crea y revela
la veleta: negro gallo
de mis mañanas al despertar.
Impenitente memoria
que me acompaña
en esta ola a la deriva,
que no sabe qué religión
buscando va.

*

La voz ahogada y doliente lejos, muy lejos,
habla de vosotros. Es viento que gime en la calle.
Ruidos sordos y graves, crispados. Silencio,
rumor extraño. Respiración fatigosa que
se acerca. Oscuridad y más oscuridad
estremecida en eco de suspiros.
Todo se da cita en el espacio que es.
Donde los huesos y cráneos descarnados
se parecen tanto, que merecen desprecio.

Salvemos el cráneo del poeta, tú que lo sabes.

*

Tu vida es la poesía.
Tu poesía es su vida,
naturaleza inconcebible: muerte.
Tu mano desnuda me arrastra fuerte.
Qué hago yo con este recuerdo.
El poema que no veré dónde queda.
Qué religión me ofrece respuesta
a este vacío, lleno de imágenes:
de un paisaje que hay que tachar.
La muerte debe ser así,
cruel ausencia sin nombre.
Escribir condena la ficción,
frías cuchilladas al aire.

*

Tu nombre busca, llama, grita
al gran reloj deslavazado.
Y allá en la ignota playa blanca
no envejece el mar ni sus olas,
ni siquiera tu silencio, ni el suyo.
Pluralidad emotiva en la viña:
palabra e imagen. Espacio
para un dolor que nos persigue
y no deja entrar al sol de la mañana.
La tarde va pasando tras la tormenta.

*

¡Oh poesía, soledad en brasas
que todo lo piensa sin pestañear!
¡Oh poesía, labrantío de espejos!
¡Oh pensamiento, detente presto
en la esquina del verso!
Afina, poeta, tu sentir
hasta que puedas escuchar
el silencio y ver la sombra.
Infinita sombra negra
donde reside todo
lo que (no) se ama.

*

Un rescoldo de fulgor remueve
el saber telúrico del poema.
Tus restos no quedarán perdidos
en el osario de Burbáguena.
Así, pues, adiós viejas palabras,
pues nada o poco significan,
tras las puertas de septiembre,
en la casa del pueblo: donde se
siente el frío nocturno y oscuro
del siempre extraño laberinto.


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

1 comment on “‘La poesía sabe esperar’, de Enrique Villagrasa

  1. Pingback: ENRIQUE VILLAGRASA. LA POESÍA SABE ESPERAR* | carlosalcorta

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