Retorno a Montauban

Poli malo

¿Quién es y qué representa Cayetana Álvarez de Toledo? Un artículo de Manuel Artime.

Poli malo

/por Manuel Artime/

La fugacidad de la campaña electoral no ha impedido al PP mostrarnos todas sus caras. Abrían la campaña representados en un debate por Cayetana Álvarez de Toledo y la terminaban en otro con Ana Pastor dando voz a los populares. En medio de ambos, su líder Pablo Casado, tras el preceptivo reciclaje estético, trataba de recoger esa imagen de transversalidad, la de un partido aspirante a representar a todas las derechas.

En una entrevista de estos días confesaba Álvarez de Toledo su comodidad en ese rol de poli malo, dejando que sean otros quienes se asignen una cara más amable. Su papel no es complacer al votante ―le gusta decir―, sino tratarlo como adulto; ofrecer convicciones aunque resulten incómodas. Esto es precisamente lo que habría flaqueado en el partido en el periodo Rajoy ―según la entrevistada― y la causa principal de la emergencia de contendientes en la derecha.

Cayetana es consciente de algo que parece escapársele a los spin doctors; a los estrategas de la inmediatez que proliferan en la era de los big data; y es que la política requiere construir un capital semántico y de valores reconocible, una identidad clara a la que puedan adherirse los ciudadanos. Política no es sólo replicar los deseos del votante, como se ha extendido hoy día. La hegemonía de la izquierda en ciertos debates (género, memoria, etcétera), su dichosa superioridad moral, no hubiera sido posible sin la colaboración de Arriola; sin una derecha a remolque de las veleidades demoscópicas.

Con la llegada de los nuevos liberales al frente del Partido Popular, del mismo PP que en Madrid lleva aplicando esas convicciones a la realidad desde al menos dos décadas, se ha abierto una nueva etapa en la derecha española. La respuesta inmediata de los electores fuera de Madrid a esta nueva oferta fue de rechazo, vistos los resultados en abril de los populares. Pero la mirada de estos nuevos ideólogos de la derecha está puesta en el largo plazo, en extender la hegemonía cultural conservadora que hoy observamos en la capital y sus medios.

La nueva derecha ha cometido algunos errores. Ha tenido dificultades para seleccionar las batallas, para modular equilibrios entre pragmatismo e identidad, entre la mirada corta y la larga. Pero la aceleración de los tiempos ha jugado a su favor. La crisis territorial ha propiciado una precipitada politización conservadora. El contexto de crisis nacional demanda respuestas y el proyecto liberal centralizador ha realizado una oferta perfectamente identificable. Ideas que hasta hoy parecían incompatibles con la pluralidad española podrían empezar a abrirse paso. Por de pronto, han desaparecido las resistencias en la derecha; no se oyen voces regionales. Cayetana marca el paso.

Quizá en virtud de lo transmitido en casa (su padre fue combatiente en la resistencia francesa), Álvarez de Toledo se ha mostrado siempre convencida del potencial performativo de la política, la capacidad de los relatos para conformar la realidad. Con esta determinación se ha entregado a la batalla cultural, al punto de desatender incluso responsabilidades institucionales. No ha necesitado tener acceso al BOE para poner de manifiesto su capacidad de influencia en la política española. En los años del zapaterismo agitará la movilización conservadora desde las tertulias de Cope y los editoriales de El Mundo, donde ejerció de jefa de opinión. Pero es desde el ostracismo al que la somete Rajoy donde pondrá en marcha su gran proyecto, la plataforma Libres e Iguales, decisiva en la transformación del marco intelectual al que hemos asistido en estos últimos años.

Si el objetivo de una batalla cultural es trazar líneas de debate que dividan al adversario, Libres e Iguales triunfa al arrastrar a una foto conjunta con la derecha a una parte de la intelectualidad progresista (muchos de ellos firmas habituales de El País como Francesc de Carreras, León Gross, Félix Ovejero, Vidal Folch, Félix de Azúa, Savater…). Del otro lado de la línea, señalados como enemigos, quedan quienes no suscriban la ofensiva centralizadora, bien por complicidad (el PSC es el principal señalado), bien por confunsión del soberanismo con la moderación (PP y PSOE son vistas como las principales víctimas).

La apuesta política de los autoproclamados constitucionalistas pasará durante unos años por Ciudadanos, al representar por entonces ese aglutinado de liberalismo igualitario donde unos y otros tienen su punto de encuentro. «El constitucionalismo será plural o no será». Esta es la idea fija del proyecto liberal desde Aznar hasta nuestros días: un consenso nacional (con el PP y el PSOE o algún sustituto) que excluya de la gobernabilidad a los partidos periféricos e izquierdas rupturistas.

Hoy, el nuevo contexto, con el PP reencauzado y el PSOE sometido a la disyuntiva nacionalista, ha hecho de Rivera prescindible. Ciudadanos sirvió para despertar, bajo la amenaza del procés, una españolismo catalán que el PP nunca estuvo en disposición de movilizar y PSC se nagaba a hacerlo. Hasta esta campaña.

El diagnóstico apuntado por la ejecutiva socialista en esta campaña asume los dictados liberal-conservadores; el conflicto territorial es un problema de convivencia, la solución pasa por reeducar a los catalanes con la intervención de la televión pública y los contenidos educativos. Las medidas al respecto pasan por la exclusión de la gobernabilidad de los partidos soberanistas; por ilegítimos a juicio de los socialistas, por ilegales propone la derecha.

Los conservadores han sabido jugar sus cartas en la querella de la identidad política en que estamos inmersos. En tan sólo unos meses han conseguido imponer su diagnóstico y en los próximos meses, si participan de la gobernabilidad ―veremos―, harán valer sus soluciones. Frente a la ofensiva intelectual de la nueva derecha, los socialistas han opuesto tan sólo estrategia y cortoplacismo. No cabía esperar de otra cosa de un partido entregado a Iván Redondo. Cuando se han despertado ya era demasiado tarde y han tenido que pasar a la defensiva, aceptando la centralidad del adversario.

Las bases de la gran coalición estan sentadas. Aunque programadas estaban desde hace dos décadas, faltaba asignar los actores. Al PSOE le toca hacer de poli bueno.


Manuel Artime Omil (Pontevedra, 1977) es doctor en filosofía por la UNED y licenciado en filosofía por la misma universidad. Su trabajo de investigación remite al ámbito de la filosofía política y la filosofía de la historia. Se ha interesado por el estudio de los usos políticos de la historia y, de manera particular, por el debate intelectual e historiográfico en torno al relato nacional español. Ha colaborado en diversas obras colectivas y es autor de la tesis Sobre los usos políticos de la memoria: la actualidad del problema de España’, dirigida por Antonio García-Santesmases. Es autor asimismo del libro España: en busca de un relato.

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