Calendario

Calendario (26): Staalmesters

Avelino Fierro publica la tercera parte de las notas de un cuaderno de viaje escrito como parte de su Calendario.

Calendario (26)

Staalmeesters

/por Avelino Fierro/

Notas del cuaderno de viaje (3)

Nos persiguen las miradas de los síndicos o staalmeesters. Eso era lo que pretendía Rembrandt, como escribe Simon Schama. Nos siguen mirando hoy estos hombres designados para certificar la calidad de los tejidos azules y negros que se fabricaban en la ciudad: Volckert Janszoon, Jacob van Loon, Jochen van Nieuw. Luz tenue, público selecto, por así decirlo. «Todos vienen como recién duchados», le comento a Cecilia. Y no me parece mal que la gente se atuse para ir al museo, como cuando se va a misa. Cuenta Merimée que allá por 1830, los domingos

una caterva de criados, obreros y soldados va a pasearse por la galería por pura desocupación, miran el Interior de una cocina de Drolling; El Juicio Final, no sé de qué viejo pintor alemán; admiran el tamaño de la pizarra sobre la que Daniel de Volterra pintó dos veces a Goliat matado por David; pero, en general no prestan ninguna atención a las obras de los grandes maestros que tienen la desgracia de ser un poco oscuras y deslucidas. El resultado de su paseo es un polvo horrible que exige frecuentes limpiezas, y es lo que más perjudica a los cuadros.

No sé quién es el tal Drolling del que habla. Ya en casa he consultado el Catálogo de los cuadros del Museo del Prado, de don Pedro de Madrazo, en la edición de 1910, y no lo he encontrado en el índice, que aquí se denomina «Tabla General, de los pintores españoles y extranjeros de quienes posee obras este museo». Sin duda estaba, y ya no está. Habrá sido rebajado a los sótanos o enviado a galeras. O resultó ser de otro autor: en el catálogo, en su prólogo, hay varias páginas dedicadas a las atribuciones, y se dice que «nuestro primer cuidado ha sido depurar bien las atribuciones».

En el caso de Rembrandt son sabidas las dificultades que existen —desde la famosa exposición del Metropolitan de N. Y. en 1995— para identificar algunos cuadros como suyos o de sus discípulos o de sus imitadores o de otros maestros siguiendo su estilo. Dicen los expertos que Rembrandt tuvo siempre en su taller muchos discípulos y ayudantes a los que incitaba a hacer las cosas bien parecidas a las de él. Así se entiende que haya habido cierto vaivén en el número de cuadros atribuidos al pintor: han llegado a seiscientos, hoy el acuerdo se cifra en unos trescientos. Es así: si uno mira el Busto de Rembrandt atribuido a Govert Flinck, creerá que es un autorretrato del maestro, a no ser que se meta en él tanto la nariz como W. Bode para afirmar que el encarnado de las sombras es turbio y que hay un tono gris verdoso, poco agradable, dominando la coloración mate. Y lo mismo sucede en el Retrato de hombre sentado, que en 1985 fue atribuido a Ferdinand Bol. Enredándolo todo aún más estarían los hermanos Fabritius o Willem Drost… Con Velázquez no hemos tenido tantos problemas, él lo pintaba todo.

No hemos hablado de él (estábamos con las novedades de los flamencos) y eso está mal. Velázquez, «uno de los hombres que más ejemplarmente han sabido… no existir», dice Ortega. Vimos ese cuadro que ingresa en el Museo en 1819 y del que nada se sabe con anterioridad, el retrato de un hombre joven y que puede ser un autorretrato del pintor, de la época sevillana. O de un hermano. Con esos labios tan dibujados y mirada penetrante y a la vez llena de serenidad. También estaban Los borrachos y el retrato de don Diego del Corral y Arellano. Y Esopo y Menipo. Yo me detuve un buen rato ante don Sebastián de Morra, que en el Catálogo del Museo de 1828 se dice «pintado con franqueza y con mucha verdad».

Aquí están, pues, los dos grandes de la pintura de aquella época y también del tiempo venidero. Hace poco he visto en un suplemento cultural un titular referido a la conveniencia de repasar las colecciones de los museos y desfacer la injusticia de haber orillado a las mujeres artistas. Todo puede esperarse de algún aguerrido gestor cultural. (Ha muerto en estos días Harold Bloom, alguien que luchó siempre por el placer de lo sublime, desdeñando criterios políticos, sociales, de identidad étnica u ocurrencias similares).  Además, cada poco alguien viene dando voces anunciando el fin del Arte. No ocurrirá; algo siempre quedará: los amigos de Vinoselección me mandan estos días publicidad de unas botellas —Selección Thyssen le llaman— con sus etiquetas decoradas con reproducciones de obras de Rubens, Gris, Van Gogh, Cézanne, Renoir…

Ahora todo son aspavientos. Ramón Gaya dice que lo mejor de la obra de Rembrandt está en sus dibujos, donde queda atacada y minada su lujuria de pintor-pintor. Y en su Velázquez, pájaro solitario —que tengo firmado por su autor en 1995— entra en comparaciones: no es cierto que Rembrandt sea más verdadero y humano que Velázquez, que este sea más refinado, más compuesto, más señor. Hay en Velázquez una limpia desnudez originaria que no surge de un elaborado orden social o estético. En Rembrandt habría un complacido contagio de lo ciudadano, de lo portuario, es decir, cultura, una especie de tiña cultural.

Visitamos la otra exposición temporal, la de Fra Angelico. Un error, estábamos demasiado cansados. Como ahora todo se explica o contextualiza, creo que intenté ver si había algún Masaccio. Llegó un momento en que todo se me trastabillaba y entremezclaba y ya no recordaba bien las imágenes de aquel viaje por Asís y Padua, si allí vimos algo del fraile o de Giotto, Lorenzetti… Tres horas en el museo, como don Eugenio d’Ors, aunque él lo visitó una «sabrosa mañana de abril».

Salimos a la tarde de la ciudad con ganas de no hacer nada. Llamó Roberto, que también andaba de espectador por otras salas de pintura y nos sentamos en una terraza. Esas terrazas de la zona en las que, decía González Ruano, Madrid adquiere una graciosa personalidad de parque de balneario, donde se hace cura de hígado y riñón con café con leche, cocacola y cerveza. Nos aposentamos en una bien elegante y casi vacía. Pagué yo la cuenta; una cuenta de cinco estrellas como correspondía al hotel que la regentaba. Fuimos a casa a cenar.


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en tres volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014) La vida a medias (2015-2016), todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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