De rerum natura

Hoy toca hablar de…

Pedro Luis Menéndez escribe sobre los mecanismos sensacionalistas del periodismo.

De rerum natura

Hoy toca hablar de…

/por Pedro Luis Menéndez/

En un mundo de consignas resulta cómodo y confortable ajustar el pensamiento propio al de los gurús correspondientes y del mismo modo a un calendario establecido no se sabe muy bien si por los medios de comunicación (nombre curioso que no comunica gran cosa) o por entes misteriosos (no tanto) gobernados desde algún despacho de Ucrania o lugares parecidos (en la mejor línea conspiranoide).

Una de las características de ese calendario es que mantiene por una parte fechas muy determinadas para asuntos también muy concretos, y otras variables según modas, tendencias o necesidades del propio sistema que las genera. Algunas de ellas no pasan de la anécdota más o menos bien intencionada: las críticas al coste de los libros de texto en septiembre y las disquisiciones sobre la gratuidad real o no de la enseñanza, las críticas al consumismo feroz en fechas de consumismo feroz, o los días de, muy variables tanto en su difusión como en su alcance, del cáncer al maltrato, del sida al desfile nacional, de las reivindicaciones localistas de algún santo patrón a las críticas a los políticos entrantes o salientes de cualquier tipo de gobierno. Nada nuevo y todo muy previsible.

Aunque la rutina de muchas de esas reivindicaciones y críticas periódicas produce que su efecto sea muy limitado o incluso nulo, se siguen realizando de manera que convierte en falsa la paradoja de Teseo, porque cada año, cada trienio o cada quinquenio (si nos molestamos en consultar las hemerotecas) vuelven y vuelven y vuelven sin perder nunca su punto de estoy descubriendo el Mediterráneo por parte de los reivindicadores o críticos del asunto. Sin embargo, entre las que no responden a una fecha determinada (aunque en ocasiones también presentan cierta periodicidad) resultan muy llamativas las que responden al esquema “ya lo decía yo”. Este esquema resulta aplicable a accidentes de tráfico en puntos negros que siguen siéndolo por lo común a pesar de las protestas de vecinos o usuarios de la vía, a inundaciones en zonas construidas sin haber tenido en cuenta su situación orográfica (me impresiona que la gran inundación de Nueva Orleáns en 2005 hubiera sido estudiada con años de antelación sin que a nadie le importara, por no hablar de Venecia), para acto seguido seguir otorgando licencias urbanísticas en otras zonas de alto riesgo que sostienen el engorde de constructores y ayuntamientos sin escrúpulos, o a asuntos más anodinos como el cese de entrenadores, tan habitual en los equipos de fútbol.

Así que nada de lo anterior me suele producir la más mínima sorpresa cuando ocurre, si acaso algún comentario que no va más allá. A los seres humanos, en cualquiera de nuestras edades, nos gusta que las historias se repitan, como ocurre con los niños a quienes les encanta escuchar una y otra vez el mismo cuento, leer el mismo libro o ver los mismos dibujos. No somos muy diferentes cuando crecemos, pero aplicamos es afán repetitivo a otros cuentos, otros dibujos u otras disputas.

Con todo lo anterior por delante, me preocupa —y no sé si me aturde a la vez— la aparición de situaciones no periódicas que sin embargo reciben un tratamiento parecido: catástrofes naturales, atentados terroristas, asesinatos machistas, guerras o el drama de los millones de refugiados que huyen de sus países. Cualquiera de estos asuntos suscita un interés cada vez más desbordado en un tiempo también cada vez más pequeño.

Alguien decide que hoy toca hablar de… Sudán del Sur o de Somalia y durante unos días ocupan los espacios y los tiempos de máxima audiencia para pasar después al olvido más absoluto aunque sus guerras y su destrucción sigan, porque han dejado de ser noticia. Cada cierto tiempo, el drama de los refugiados se relanza para conseguir un impacto mediático sin mesura alguna (fue muy significativo en lo que parecía un culebrón de verano con uno de los barcos de la ONG Open Arms) cuando las cifras del día a día en el sur de España apabullan pero pasan casi desapercibidas porque no son portada. Se trata de un fenómeno similar a los accidentes de coches y aviones: el bulto de la noticia sitúa a unos y a otros en espacios muy diferentes de los medios, cuando las cifras afirman justamente lo contrario, pero a nadie parece importarle.

Y lo más preocupante es que este sensacionalismo ha contagiado ya a los medios serios que se apuntan para poder competir, en una espiral de error que acabará por engullirlos y hacerlos desaparecer, o sencillamente los hará convertirse en medios no serios pero supongo que lucrativos, que es de lo que se trata, o ni siquiera eso, pues parece que lo único importante es producir descargas y recargas emocionales por parte del usuario, que ya no es un lector o espectador pensante sino alguien movido por un impulso eléctrico, a través del cual llora, insulta, amenaza, o se siente conmovido y solidario, sin que ninguna de todas esas cosas vayan más allá del sofá en que permanece sentado.

Un mundo de gestos vacíos reemplazados de continuo por novedades que se pretenden cada vez más impactantes. Ese sensacionalismo asociado en muchas ocasiones a un amarillismo que no se disimula y que, hace bastantes décadas, aparecía reducido a publicaciones tan históricas en el periodismo español como El Caso llena hoy todo cuanto toca, incluso la locución televisiva, que empezó en los programas del corazón y que ahora se utiliza en todo tipo de reportajes, caracterizada por unas voces sobreactuadas y una narración infantil. Así, me resulta curioso que este asunto de la locución no sea cuestionado sino defendido por profesionales de tan alto nivel como la periodista Gloria Serra, quien, al ser preguntada por el tema en una entrevista sobre su último programa de reportajes, responde: «Que pongamos una música un poco más impactante o que incluso mi locución también lo sea, sencillamente busca eso, que el espectador nos elija y no se quede dormido. Somos un programa de impacto y es cierto que usamos todas las técnicas posibles». Por mi parte pienso, sin embargo, que a nadie le importa el riesgo que se corre no en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta, un cómo impregnado de un dramatismo frívolo y facilón.

Al final, el estímulo fácil, sea del tipo que sea, acabará produciendo respuestas más fáciles aún, con los beneficios no buscados (o tal vez sí) de esa facilidad: pocos a corto plazo que no sean elevar audiencias, a largo plazo ninguno. Pero el show continúa, y por los beneficios que produce a los cada vez más enriquecidos dueños del planeta, no parece que vaya a terminar pronto.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

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