Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (6)

Tomás Sánchez Santiago escribe sobre el resplandor del pecho blanco de una cebolla, la memoria judía de una zona estremecida, el azote de la lluvia y el oleaje o la intimidad atroz de los ascensores.

Los cuadernos pálidos (6)

/por Tomás Sánchez Santiago; fotografías de Encarna Mozas/

Esas edificaciones que se levantaban a las afueras de los poblados: casetas de electricidad para meter la luz en las casas, depósitos donde almacenar el agua… Aún quedan algunas como viejos emblemas ya en desuso, a menudo engullidas por la propia ciudad, que ha tendido sus tentáculos hasta más allá de ellas. Se han quedado en eso: frutos del estorbo. Como esos ancianos que las familias mantienen sordamente en sus casas. Inertes, arrumbados todo el día en el sillón, unos y otros pasan a su lado pero nadie los ve. Se trata de esquivarlos, de mantenerlos en la zona opaca de la inadvertencia. Así también estos edificios. Llevaron la luz y el agua a las familias en su día. Ahora permanecen ahí, en la única función de ocupar sitio. Un día alguien los derribará —a los ancianos, a las edificaciones— y no sucederá nada demasiado grave.

 

Me paro ante un escaparate de calzado de mujer. Me fijo en una marca de zapatos —al parecer, conocida— que se llama Alma en Pena, como si la propuesta fuera a la contra de un interés mercantil. Hace no demasiado tiempo también vi otro aviso de propaganda encabritada. En la calle Julio del Campo, una peluquería llamada Milagros, a Lourdes ya advertía a las claras desde ese rótulo preventivo hasta dónde se podía llegar, algo así como luego no diga usted que no la avisé. En fin, se ve que resultan efectivas estas estrategias de choque…

 

El acto poético va a empezar. El hombre entra de la mano con su hijo, un deficiente mental que se deja conducir trabajosa, mansamente. Le ayuda a desembozarse de su vestimenta (hace frío ahí fuera) y ambos se sientan sin más a escuchar la conferencia. De vez en cuando, el muchacho se inquieta levemente en la penumbra de la sala y ronronea; entonces, el padre lo calma pasándole el dorso de la mano por la mejilla una y otra vez, como una lengua o una gamuza dulce. Lo mira con mucho amor. Hay algo semejante a una pureza animal. Todo termina y, tras la sonajería de los aplausos, ambos salen agarrados entre el barullo a encontrarse otra vez con la cara del frío. Quizás habían entrado a refugiarse en la protección de la poesía.

 

Se les dispone todo como a reyes de la Antigüedad y el país entero se detiene ante ellos para verlos de cerca, sonriendo con despreocupación calculada mientras se dejan fotografiar sumidos en la complacencia. Ahora son cinco pero todos parecen el mismo en su comportamiento estelar. Uno por uno van llegando sin coincidir (debe quedar bien clara su identidad individual ante la multitud que los contempla desde las casas) y sale a recibirlos la Autoridad: una mujer radiante y hermosa con vestido negro y los brazos desnudos —tal una vestal griega— que los guía con solicitud exquisita hasta el edificio donde todo ha de ocurrir. Es el boato (palabra emparentada etimológicamente con buey y con mugido). Expertos en malabarismos verbales, en su actuación suelen emplear palabras (responsabilidad, justicia, dignidad…) a las que ellos mismos han vaciado de espesor hasta hacerlas inocuas a fin de manejarlas sin prevención. Por eso no se hacen daño cuando se las tiran a la cara unos a otros. Los equipos de asesoría aprovecharán los intermedios para corregir brillos impropios en el maquillaje de las caras y para advertir sobre un adjetivo de resonancia inconveniente que no deben emplear ya más. Cuando todo haya terminado, la ciudadanía se irá a acostar y tratará de que no arruinen su sueño esas otras palabras espinosas que, previo pacto, no se han manejado en el rutilante escenario de la función: desahucio, listas de espera quirúrgica, alquileres impunes, contratos oscuros, desatención rural… Formas de la desesperación que aquellos cinco hombres no ven porque nunca entrarán en los domicilios donde les recibiría la sonrisa asustadiza de las viudas de pensión exigua, las inmigrantes aún sin papeles que cuidan a escondidas a nuestros mayores, una pareja de ancianos que se retiran, trastabillando, a la tiniebla de su habitación, la mujer que se sorbe el llanto ante el trueno de una palabras de siniestra incandescencia conyugal, la pareja de jóvenes que después de amarse echan cuentas sobre el retraso del exacerbado pago mensual del piso… Son las criaturas de la realidad. No saben valorar al peso las especulaciones de aquella ingeniería política que antes han escuchado. Solo aspiran a poder dormir un poco antes de que les atrape otra vez la pesadilla de la vida diaria. Son los indefensos. Lo siguen siendo.

 

Valiosa y húmeda, una cebolla enseña todo el pecho blanco. Su resplandor se adelanta al desmenuzamiento posterior y a los espasmos en el aceite. Pero eso será luego. Ahora sólo hay entrega en su cruda existencia vegetal. Su luz viene directa a los ojos —que ya van a empezar a llorar— mientras los demás sentidos aguardan su turno con la avidez de esos animales en torno a la presa que aún no pueden atrapar.

 

Esta barriada de alta intimidad… Cuando voy a mi pequeña ciudad, me gusta siempre recorrerla despacio. Lo hemos hecho tú y yo la última anochecida de octubre: faroles de pared soltando su luz abaratada de amarillo, cortinas de loneta listada en la sobrepuerta de algunas casas bajas, los nombres de la espontaneidad en las calles inocentes: calle de La Manteca, Alfamareros, Buscarruidos, Paternóster, Carpilleros, Pilatos, La Bruna, Los Baños, Las Arcas… Memoria judía que persiste aún en esta zona estremecida, un tanto lejos de las manipulaciones municipales.

 

Sin misericordia, la lluvia azota esta noche los jardines y las estatuas públicas (recuerdo aquel verso de Lêvo Ido que tanto había conmocionado a Pereira: «Piensa en la lluvia, cayendo sobre los huertos hipotecados»). Los humanos se han retirado hace tiempo a comprobar la paz de sus zapatillas. Mientras, en los cajeros iluminados de los bancos los mendigos han extendido de nuevo con minuciosidad la milicia de sus andrajos y se disponen a pasar la noche allí, muy cerca del dinero, como si pudieran cuchichear con él mientras empuñan un cartón de vino barato. Son los centinelas de lo turbio.

 

En la pescadería, una mujer habla del temporal que en estos días está baqueteando el norte: «En Cudillero —dice— las olas venían tan fuertes que hacían moño».

 

Cuatro hermanos recorren el cementerio del pueblo con flores en la mano en busca de una tumba. En el regreso, les asaltan apellidos iguales a los suyos desde letreros muy cariados por el tiempo. Son los últimos indicios que quedan de los parientes de una estirpe: Romero, Losada, Santiago, Fraile… Uno de los hermanos va suponiendo quiénes podrían ser algunos: «el padre de…», «la tía de…». Luego se entretienen en buscar las sepulturas de los abuelos pero no aparecen. Los nombres de los muertos también se pierden. Por eso se nos vuelven tan extraños («Los muertos se llaman de usted», dijo Carlos E. de Ory). Pero hay que irse ya de ahí. Los cementerios, concebidos como una reserva de la memoria, terminan por ser inevitablemente otro espacio de incertidumbre.

 

Y pensar que habré compartido ya con alguno de ellos la intimidad atroz de los ascensores, el roce («¡perdón, disculpe!») de las rodillas en la fila del cine, alguna extensa reunión familiar entre canciones risueñas, convocatorias de vecinos en el portal… Anoche agitarían con furia banderas, corearían himnos turbios, volverían a hacer sonar las palabras pedregosas del enardecimiento.

 

En medio del fragor madrileño, allí está la casa. Solo pisar el patio y de pronto ya se está en otra parte. El surtidor con la rabia pequeña del chorro repiqueteando; los mirtos; el juego de pasillos entre jardines que van encaminando al interior… Y allí, las habitaciones aún vestidas con mobiliario de entonces: es fácil imaginarse al pintor entre enseres y cuadros a medio terminar, pero donde él ya ha dejado depositada antes que nada la claridad. Son las únicas pinturas que conozco en las que además del brillo del mar y de la gestión poderosa de la luz está también el aire. Pinturas con mucho aire batido, sí, del que se defienden las figuras en la playa, vestidas con gracia impropia. Y llega de lo alto olor a sal. En la casa de Sorolla.

 

Lo último en champús: semen de toro como nutriente. Eso leo. También me hablan de otro, llamado Ambarina, a base de esperma de ballena. Parece ser que su eficacia está demostrada. Pero yo desconfío, no me veo haciendo espuma genital en mi cabeza y cada vez añoro más aquellas bolsas de champú de mi niñez. Solo había de dos clases: al huevo o a la brea. En mi inocencia, yo pensaba que uno era para los cabellos rubios y otro para los morenos. Luego supe que no, aunque a saber qué nos poníamos en la cabeza.

 

Traen las mañanas ahora humedad arrastrada y la delicia extraña de la desolación en los parques apaciguados ahora que.
Duran las hojas últimas, morirán entre un lujo de brillos que les dejan una última ganancia antes de.
Son las figuras de la lluvia: el vuelo poco solvente de los pájaros cerca de;
el crujido de algunos impermeables que se rozan contra lo que;
el ronquido de los timbres («¡Propaganda comercial! ¿Me abre, por favor?») que hay que atender para que entren a los portales cuanto antes jóvenes mojados a costa de qué, a favor de quién.

Tráfico ajetreado cada día en la carretera del norte. Antes del amanecer, pares de faros van llegando lentamente a la ciudad, en oscuridad total todavía. Es la imagen de la sumisión laboral. Por la noche el trayecto será inverso; con la misma parsimonia los coches regresan sin énfasis por esa carretera también. A mí me parece que van más lentos, más cargados, como si los hombres y las mujeres que los conducen llevaran brozas y piedras en los sueños, ya tan manchados por la jornada. Como en un ceremonial,  cada día espero eso aquí antes del alba. Me parece que debo recibirlos en silencio, entre la compasión de unas cuantas palabras escritas para ellos en un cuaderno pálido. A veces, en un poema como ese que, en recuerdo de Lowell, titulé «Día por día»:

Uno tras otro. Faros, mansedumbre
de coches. Bajan a la ciudad a someterse,
cada mañana, a un ruido sucio de relojes
y al súbito sabor de los abusos
en la rapacidad de los contratos […]


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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