Mirar al retrovisor

¿Ideología o estrategia? Una reflexión de historia sincrónica

Escribe Joan Santacana sobre la simplificación excesiva con la que tendemos a delimitar fases históricas aludiendo a un conflicto que impugnó la lógica teórica de la guerra fría: el que enfrentó en 1979 a la China y el Vietnam comunistas.

Mirar al retrovisor

¿Ideología o estrategia? Una reflexión de historia sincrónica

/por Joan Santacana Mestre/

En historia, no todo es lo que parece. Los humanos siempre buscamos que la realidad de adecúe a nuestras creencias y mitos y dividimos el mundo en dos grandes bandos: nosotros y los otros. Así, durante medio siglo XX, después de la segunda guerra mundial, establecida ya la paz, Occidente se enfrentó a Oriente, capitalistas contra comunistas, Estados Unidos y Europa Occidental contra la Unión Soviética y China; una lucha ideológica, económica y a veces militar, de buenos contra malos, según el lugar desde el cual se contemple el enfrentamiento. Y a todo ello lo etiquetamos como la paz de la posguerra o bien guerra fría. aun cuando esta guerra fría estuvo jalonada por tantos conflictos bélicos a los que difícilmente se podría calificar como pacíficos.

Un análisis superficial nos lleva a la conclusión de que el día que cayó el Muro de Berlín comenzó el derrumbe soviético y, a la postre, la guerra fría tuvo un único vencedor: Estados Unidos y su bloque occidental. Es una visión etnocéntrica de la historia, ya que se olvida de una tercera parte de la humanidad no blanca: China y una gran parte del continente asiático. En efecto, hay otras formas de analizar el período y, por ejemplo, la de ubicar a China en su centro. De este enorme imperio, no hay duda de que también estuvo entre los vencedores, ¿o no?

Para comprender qué ocurrió desde esta otra perspectiva, hay que tener presente lo que aconteció antes en un pequeño país: Vietnam.  Allí, los occidentales sabemos, incluso cuando vamos de turistas bobalicones, que hubo dos guerras: la primera contra los franceses (1946-1954), anticolonial, de independencia; y la segunda, contra los yanquis, que ganaron los vietnamitas y les permitió unificar el país (1954-1975). Pero hubo una tercera guerra, una guerra que en Occidente despertó muy poco interés informativo y de la que la prensa casi no habló: me refiero a la guerra chino-vietnamita. ¿Qué ocurrió? ¿No eran los chinos y los vietnamitas miembros de la misma alianza militar? ¿No eran ambos países de ideología comunista? ¿Cómo fue posible una pelea entre países hermanos?

Ya hemos dicho que la historia no es siempre lo que parece. El conflicto se inició en 1979 con la invasión de la República Popular de Vietnam por parte del Ejército Popular de Liberación Chino. Hacía poco tiempo —1975— que Saigón, la capital el régimen proamericano de Vietnam del Sur, había caído en manos de los soldados del régimen comunista de Hanói, con las impactantes imágenes de la evacuación de la embajada Norteamérica mediante helicópteros. Para comprenderlo, como siempre, hay que recurrir a la historia sincrónica. En aquel momento, China estaba saliendo de la terrible experiencia de la revolución cultural que Mao había instigado. Parecía, pues, un país debilitado. Camboya, el país vecino de Vietnam, gobernado por el salvaje régimen de los Jemeres Rojos de Pol Pot, apoyado por China, había sido invadida en 1978 por el recién victorioso ejército vietnamita; el Vietnam recién unificado se erigía en la nueva potencia armada del sudeste de Asia y se adhería al COMECON (el bloque económico liderado por la URSS), con cláusulas miliares que incluían ayuda soviética en caso de conflicto armado. Sin embargo, casi al mismo tiempo, se había producido el golpe de Estado marxista en Afganistán, que intentaba convertir a este país en aliado de la Unión Soviética; y para colmo, en aquel año de 1979 la revolución iraní que había derrocado al régimen proamericano del sah. El conflicto había terminado con un triunfo aplastante de una revolución que, a los ojos de China, había estado instigada por la URSS. Y también en aquel mismo año de 1979, los Estados Unidos reconocieron al gobierno de Pekín como el auténtico de China, frente a Taiwán. Desde entonces, las relaciones comerciales entre la China y Estados Unidos se han mantenido estables hasta hoy, en que, bajo el gobierno de Trump, resurgen las fricciones.

Todo ello, cuando se analiza sobre un mapa, nos indica que en 1979 China —debilitada por la revolución cultural, que había destruido una gran parte de sus cuadros técnicos y militares— se veía rodeada, al norte por la URSS, con una larga frontera conflictiva; al oeste por Afganistán e Irán, que se estaban alineando también con la URSS y ahora tambien la frontera del sur, con un país, Vietnam, que firmaba un tratado de alianza miliar con Rusia y que, además, lideraba la unificación de Indochina bajo su bandera. La invasión de Camboya era la punta de lanza de este proceso.

Mao Tse-Tung y los dirigentes chinos se sintieron amenazados; el miedo ancestral de China a ser rodeada por los enemigos resurgía. Y el enemigo de siempre, el que les había quitado enormes extensiones en el norte del país, era Rusia. Las fronteras del norte de China se habían fijado en época de la Rusia zarista después de diversos tratados desiguales, impuestos por la fuerza, en épocas de dificultades para China. Además, después de la segunda guerra mundial, la extensa región de Mongolia —fronteriza entre China y Rusia— había sido puesta bajo control ruso y albergaba bases militares soviéticas y, por añadidura, en 1969 estalló ya el mayor conflicto armado entre ambos países, la guerra chino-soviética, de la que se acusaban mutuamente de ser los iniciadores. La disputa no se zanjó hasta 1991.

Es por estas razones que, en aquel año, la China comunista atacó al Vietnam comunista. China envió el 17 de febrero de 1979 a casi cien mil hombres qua atacaron por tres puntos las fronteras del norte de Vietnam, y al cabo de pocos días, otros doscientos mil soldados se dirigieron a las provincias vietnamitas de Cao Bang, Lang Son y Lao Cai, en un momento en el que las tropas vietnamitas estaban invadiendo Camboya. La guerra dejó al descubierto que lo que se ventilaba no era otra cosa que la hegemonía.

En efecto, China, al invadir Vietnam, demostraba a todo el mundo que no le temía a Rusia, que acababa de firmar un tratado militar con Vietnam. No era una cuestión ideológica; era una cuestión geoestratégica. No tenían ya ninguna necesidad de fingir solidaridad comunista, puesto que los norteamericanos habían sido ya expulsados del sudeste de Asia. La ideología había desaparecido del conflicto y de la guerra fría. Los centros de poder comunista llevaban adelante una lucha por el equilibrio del poder que no se basaba en la ideología, sino en el interés nacional. Y la URSS no acudió en ayuda de su reciente aliado: pese al tratado militar, China consumó la agresión. Demostró que era capaz de marcar el territorio frente a Rusia. Cuando en 1965 el periodista Edgar Snow, de The New Republic, entrevistó a Mao en el Palacio del Pueblo de Pekín y le preguntó por el futuro de China, la respuesta fue que tampoco él sabía lo que podía ocurrir y dudaba de que nadie pudiera dar una respuesta con seguridad a la pregunta, pero sí que creía que había dos posibilidades: «Una era avanzar en el desarrollo de la revolución y la otra era renegar de la revolución. En todo caso, el futuro lo decidirán las generaciones futuras. Dentro de mil años, quizás Marx, Engels y Lenin resulten personajes más bien ridículos».No han transcurrido mil años, apenas medio siglo desde esta entrevista, y la geopolítica —es decir, los intereses— ha sustituido a la ideología en el control del mundo. El estudio de la historia de forma sincrónica nos ayuda a comprender, pues, que no todo es como parece. Como ha afirmado Henry Kissinger, «la Tercera Guerra de Vietnam [aquella de la cual no nos enteramos de que hubiera existido] constituyó el punto culminante de la colaboración estratégica chino-estadounidense durante la guerra fría». Fue pues el acontecimiento determinante para el futuro, para hoy.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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