Creación

Pícaros de la seronda

Un relato de Pelayo Puente.

Pícaros de la seronda

/un relato de Pelayo Puente Márquez/

Junto con las piernas no le amputaron la mala uva; sí la fuerza y la beligerancia. Antes, cuando podía correr detrás de los chicos, con la boca llena de amenazas y el puño en alto enarbolando hechos, los ataques de ira le duraban poco rato, hasta que los gamberros se perdían de vista o lograba resarcirse en sus costados. Ahora, postrado en una silla de ruedas, su rabia maceraba a fuego lento hasta devenir en resentimiento contra todos los seres móviles del pueblo: perros, niños, coches… Contra el sol, incluso, que le curtía el rostro cuando sus hijas se lo olvidaban a la puerta de casa, como un tótem de carne o un centinela inútil, sin que él pudiera defenderse de sus rayos más que a gritos, que tardaban en ser escuchados por alguien dispuesto a ayudarle. Siempre los escuchaban, en cambio, los zagales del pueblo, que se regocijaban en la impotencia del inválido y en sus estériles tentativas de movimiento autónomo. Al verlo cocerse bajo el sol y tratar de empujar las ruedas con torpeza, los chavales se carcajeaban y aplaudían lo bastante alto para que el anciano les oyera, pero no tanto como para despertar la suspicacia de otros adultos, que llevaban mal sus burlas a los viejos y tullidos, quizá por recordar las que ellos mismos habían protagonizado tiempo atrás. Querían, así, limpiar sus conciencias como quien lava una mancha vieja, encostrada ya, de una prenda que ha vuelto a ponerse de moda.

Yo era un chiquillo de aquellos, y recuerdo con nitidez la mezcla de excitación y sorda culpa que sentía al prepararle trastadas al viejo. No sabía que era culpa todavía. Cierto es que se lo merecía, lo sé ahora como lo creía entonces. El cosquilleo de la risa se nos hacía más dulce por llevar implícito el recuerdo de los zurriagazos que el viejo había logrado adobarnos en alguna ocasión.

El divertimento, sin embargo, nos fue breve. Un pariente bienhechor, al ver los estragos que la solana causaba en el humor y la piel del viejo, le financió un motor eléctrico para la silla de ruedas. Con él era capaz de desplazarse por sí mismo con una autonomía de unos diez kilómetros: lo suficiente para ir y volver del bar varias veces al día. La recuperación de la libertad ambulatoria —facultad que, dicho sea de paso, en los pueblos es la única diferencia entre los vivos y los muertos— tuvo un efecto inesperado en su carácter: no diluyó el resentimiento, sino que lo enturbió más todavía. Se conoce que los ataques de rabia que lo asaltaban al cocinarse bajo el sol le ayudaban a liberar malestar a fuerza de voces, a calmar el espíritu en el potro de la carne, a olvidar por un momento, entre blasfemias y espumarajos, los años de postración que le aguardaban, en definitiva. Ahora que podía moverse de nuevo no le quedaba más distracción que la bebida, en cuyos brazos se arrojaba sin mucho éxito, pues ya había intentado sanar a base de botijo antiguamente, y ya se sabe que vieja vacuna no cura nuevos males. La catatonia en que le dejaba el vino no hacía sino avinagrar su ánimo con otros vapores, le traía recuerdos aciagos y le hacía perder el control de la silla, con el resultado de quedar tirado en cualquier cuneta, sin batería ni manera ni voluntad de pedir auxilio a nadie. Allí se quedaba varado hasta que nosotros lo encontrábamos.

Los muchachos éramos como los serenos o la huestia de la aldea: en los caminos a todas horas, sin ver la hora de volver a casa, a la espera de una ocasión para hacer el mal o una excusa para acometer el bien, derrochando un nihilismo que solo la inocencia de los imberbes puede dar a luz y que algunos adultos, por impotencia frente a la vida o por falta de sesera, tratan infructuosamente de emular.

Dependiendo del humor de que nos hallásemos le ayudábamos o nos burlábamos de él, o las dos cosas. Pronto comprobamos, sin embargo, que hacerle la jodienda en aquellas condiciones tenía poca gracia. Bien por inconsciencia total o porque el odio no le dejaba ni llorar, el viejo no reaccionaba a nuestras pullas, ni parpadeaba siquiera cuando empezábamos a apostrofarle con nombres de pilotos famosos de fórmula uno. Tampoco reaccionaba cuando nos compadecíamos de él o de nosotros y le dirigíamos palabras amables, de consuelo y oferta de ayuda. Pocas veces abría la boca para respondernos, y cuando lo hacía se limitaba a repetir invariablemente al tiempo que daba un manotazo en el reposabrazos de la silla de ruedas: «Acabóse-y la pila a la puta esta».

Buscábamos entonces ayuda en el bar, donde siempre nos recibían bromas fuera de lugar, que éramos demasiado jóvenes para comprender y hoy me causa desazón recordar. Con algo de suerte encontrábamos a un pariente del viejo o algún adulto lo bastante sobrio como para reiniciar el motor de la silla y encarrilarlo de vuelta a casa.

Los años pasaron. Los niños llegamos a ser hombres. Algunos se fueron del pueblo y muchos de los que se quedaron se abonaron al bar y ahora condecoran con gracias tristes a los niños que entran allí. El resto llevamos, más o menos, la misma vida que llevábamos entonces, solo que todo es más gris y lo cubre un velo de crepúsculo poco favorecedor. Las horas que antaño llenaban las travesuras las vacía hoy el desengaño, y los huecos abiertos en la pandilla se solapan con las novias de quienes se han quedado, que jamás serán amigas. Nuestro grupito, que en tiempos se antojaba galeón pirata —de juguete, pero pirata al fin y al cabo—, pierde cabos y velamen cada día; hoy se parece más una balsa a la deriva que a un navío. Supongo que por eso voy recluyéndome en mí mismo. Siento que el humor se me agria a medida que mis años se anochecen, las novias abundan y las visitas al bar se dilatan.

El viejo sigue vivo y le toca aguantar las burlas de otra generación de rapaces, que, no obstante, parece menos interesada en la picaresca de lo que lo estuvo la mía.

Leí una vez que en la historia todo se repite, primero como tragedia, luego como farsa. En mi pueblo la única tragedia es la repetición; los sucesos no son ni trágicos ni falsos, se reiteran a lo largo de la vida con la milimétrica precisión de la fotocopia, perdiendo viveza y claridad a cada paso.

Este pensamiento se me posó en la mente el otro día. Me dirigía al bar a eso de las ocho, cuando atardecía. Reconocí a lo lejos, casi vencido en la cuneta, el bulto con amago automovilístico de la silla de ruedas y la cabeza ladeada por la borrachera del viejo cabrón. Un ato de niños pasaba de largo a su lado, los ojos fijos en la pantalla del móvil de uno. No prestaban atención al viejo ni para putearle. «El día de mañana —me dije— ni la maldad nos hará humanos».

Me llegué hasta el viejo. Le di las buenas tardes y sin esperar respuesta traté de reiniciar el motor de la silla. No hubo manera. Hacía falta una llave. Supuse que algún pariente suyo la tendría. Le prometí que volvería enseguida y fui hasta el bar. Dentro encontré a su yerno. Le expliqué la situación y le pedí que saliera conmigo. Me acompañó hasta la puerta, asomó la cabeza sin soltar el cubalibre, le echó una ojeada al viejo, que seguía inmóvil no lejos de allí, y concluyó: «Ta ahí de puta madre». Acto seguido regresó a la barra y pidió otro cubalibre, juraría que sin darse cuenta de que ya sujetaba uno.

Volví a donde el viejo. Traté de empujar la silla, pero el mecanismo mantenía bloqueadas las ruedas en tanto el motor seguía apagado. Le pregunté al viejo si sus hijas tenían la llave que hacía falta. No me respondió y tomé el silencio por un sí. Hice lo que pude por dejarlo en una posición menos humillante y peligrosa, le dije una vez más que volvería enseguida y fui hasta su casa. Llamé a la puerta y salió a recibirme una de las hijas. Le expliqué la situación, omitiendo la contribución del yerno —que era, de hecho, el marido de esta mujer—, y la acompañé de vuelta hasta donde el viejo. Mis palabras la preocuparon lo justo, la verdad, ignoro si por indiferencia o por hastío. No la culpo, todo en los pueblos acaba suspendido entre la indiferencia y el hastío; solo la buena voluntad redime a sus paisanos del rencor. La buena voluntad y una cultura eminentemente matriarcal, que todo lo perdona sin motivos para hacerlo, como obligada por la vida a seguir para adelante.

Con mi ayuda la mujer consiguió reiniciar el motor de la silla y, después de darme las gracias, acarretó a su padre de vuelta a casa. Yo me demoré observándolos hasta que desaparecieron a lo lejos. Anochecía definitivamente. Fui hasta el bar. Me senté en un taburete frente a la barra. En la esquina, el yerno daba cuenta de otro cubalibre. Ni me dirigió la mirada. Me saludó un antiguo compañero de fatigas y se sentó a mi lado. Le conté lo acontecido con el viejo y ambos lamentamos lo ocurrido sin decir nada. El tiempo nos había enseñado lo que era la culpa; ahora nos afanábamos en olvidarlo. Nos pusimos a recordar pasadas correrías y aventuras, los primeros juegos y traiciones, no pocas amarguras que se habían vuelto dulces con el paso de los años y el barniz de la memoria. Bebimos para dulcificar todo ello, y solo lo dejamos cuando el hambre nos convocó de vuelta a casa.

Hoy me sorprende la noticia de la muerte del viejo y la invitación a la boda de ese amigo. Recibo ambas con la más dolorosa indiferencia.


Pelayo Puente Márquez (Oviedo, 1995) es graduado en derecho y en administración y dirección de empresas por la Universidad de Oviedo. Es copresentador del podcast cultural La trinchera, que se emite a través de Uniovi Radio. En la actualidad, compagina el estudio de un máster en propiedad intelectual en la Universidad Carlos III de Madrid con la escritura de cuentos, artículos y versos.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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