De rerum natura

Papel, papel, suave satín, tú nos darás gustirrinín

Pedro Luis Menéndez escribe sobre el artículo más preciado de la hora: el papel higiénico.

De rerum natura

Papel, papel, suave satín, tú nos darás gustirrinín

/por Pedro Luis Menéndez/

Los que cada vez peinamos menos canas recordamos aún el éxito importante que obtuvo el grupo La Trinca a comienzos de los ochenta con su disco ¿Quesquesé se merdé?, que incluía entre sus temas la Oda al papel higiénico, junto con otras canciones como Mamá Caca o El barón del bidé. Los ochenta eran así y nosotros jóvenes.

El papel higiénico lo inventaron los chinos hace muchos siglos, como el coronavirus (tal y como afirman los conspiranoicos y algún político contagiado), aunque éste en fecha más cercana. Eso sí, a pesar de la antigüedad del invento, los occidentales no comenzamos a utilizar este papel hasta épocas bastante recientes. Y digo «este papel» (un puro eufemismo) porque otros tipos de papeles sí que utilizábamos para estos menesteres (un segundo eufemismo). La bibliografía sobre el asunto es amplia, y nos conduce desde los catálogos de ventas por correspondencia (nota para los jóvenes: antes de Internet también se vendía a distancia) hasta la invención de la prensa; qué mejor destino para aquellos periódicos y la de chistes que se podían hacer sobre la relación entre lo uno y lo otro (desde luego, tercer eufemismo).

Aunque si nos remontamos más aún en el tiempo, topamos con nuestros clásicos y, entre ellos, como no podía suceder de otro modo, con don Francisco de Quevedo y su Gracias y desgracias del ojo del culo. No sé por qué hay momentos en que tengo la impresión (deben ser cosas de la edad) de que tanto a La Trinca como a Quevedo les resultaría complicado en nuestros días que alguien se atreviera a producirles un disco o editarles un libro (la lista de clásicos a quienes en la actualidad nadie les editaría libros puede ser amplia). Pero, volviendo a nuestro tema orgánico, en la obra citada de Quevedo se recoge lo siguiente:

¡Qué de firmas de grandes señores ha iluminado! ¡Qué papeles de los más íntimos amigos no ha visto! ¡Qué de libros de los hombres más doctos ha gastado! ¡Qué de billetes de damas ha firmado! ¡Qué de procesos importantes ha manchado! Y, ¡qué de camisas de Cambray y Holanda ha teñido! Y al fin le han servido de limpiadera las mejores y más hermosas manos del mundo, según aquel: la mano de marfil es muy forzoso que al culo de su dueña haya llegado.

Así que la crítica histórica nos ofrece razones más que sobradas para afirmar que en Europa, al menos, ya se utilizaba el papel en abundancia, o lo que uno pillara; lo cual me hace recordar asimismo un libro de cabecera para alpinistas, montañeros y quienes en nuestra época son denominados senderistas (podría incluir del mismo modo a trailrunners y gente de ese tipo). Se trata de una obra de Kathleen Meyer que, con el título Cómo cagar en el monte, publicó Desnivel con gran éxito. De este libro me interesa destacar el subtítulo, muy ilustrativo y muy actual: «Una aproximación ambientalmente sensata a un arte perdido», porque este subtítulo no deja de provocar en mí una pregunta bastante poco inocente. ¿Sería posible que algunos y algunas de quienes llenaron las calles en las marchas contra el cambio climático (que ya nadie recuerda, supongo que por su inutilidad) estén entre aquellos que en estos últimos días han adquirido cantidades ingentes de papel higiénico, que para ser fabricado necesita la tala de unos 270.000 árboles diarios?

Los expertos intentan explicar este tipo de compra compulsiva con el término compras de pánico, en las que funcionan atavismos relacionados con la imitación de otros, con formas suaves de saqueo, o con el miedo a amenazas futuras. Sin embargo, según qué fuentes consultes, para algunos no es más que un reflejo de la ansiedad anticipatoria, esa que, en una sociedad de consumo, nos lleva a todos a acumular bienes o productos que no necesitamos o necesitamos en menor cantidad que la que poseemos (prefiero no preguntarme de cuántos lápices o bolígrafos dispongo en casa). En esta última idea no importa el producto adquirido, sino el control de la ansiedad que proporciona. A propósito del control de la ansiedad, hace años uno de mis alumnos entregaba los exámenes siempre el último, no porque fuera más lento que otros ni nada parecido, sólo terminaba y esperaba para entregar. Cuando le pregunté la razón, me respondió que así era el primero cuando yo les devolvía el examen corregido.

Este mismo rasgo de anticipación como ayuda para el control de la ansiedad he creído observarlo con alguna frecuencia en otros comportamientos humanos bastante conocidos y caracterizados por ese egoísmo infantil que nos brota en ocasiones a los seres humanos, como los turistas típicos que reservan con sillas y toallas la primera línea de playa a las ocho de la mañana, o las tumbonas en las piscinas de los hoteles. También los que se abalanzan con ansiedad desmesurada en las comidas bufet. A propósito de comidas y hoteles, ¿ha sentido usted la tentación de atiborrarse en algún desayuno de hotel? ¿Ha sucumbido a ella? Es más, ¿lo hace habitualmente? Pues eso.

PD- ¿Y si la compra compulsiva de toneladas de papel higiénico se debe a que en la mayoría de los hogares españoles hay pocos libros (o ninguno)? Dicho de otro modo, ¿tienen poco papel?


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016), la novela Más allá hay dragones (2016), y el libro de prosas cortas Postales desde el balcón (2018). Recientemente ha dado a la luz en Trea el libro de poemas La vida menguante (2019). Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La buena tarde de la Radio del Principado de Asturias.

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