Diarios de cuarentena

Notas de Jordi Doce para una cuarentena (1, 2 y 3)

EL CUADERNO inicia la publicación de un nuevo diario de cuarentena: el del poeta, crítico y traductor Jordi Doce, enclaustrado en Madrid.

Cuaderno del encierro (1, 2 y 3)

/por Jordi Doce/

Domingo, 15 de marzo. Esta mañana, al salir al parque, algunas impresiones:

El canto de los pájaros, vivísimo, omnipresente. Esto ha seguido luego en la calle Cadarso, la más arbolada de este lado del barrio.

El parque vuelve a ser de los cuervos y las palomas —y de las cotorras, claro—. No dejan de brincar sobre la tierra, picoteando el suelo y espantándose mutuamente con soltura. La perra, feliz, no ha tardado en seguirles el juego.

Un hombre discute a voces con la pareja de la policía nacional que patrulla el anillo superior del parque, en torno al Templo de Debod. Su perro no deja de ladrar y revolverse, pero lo lleva atado en corto, con firmeza, y se mantiene a una distancia prudencial de los agentes. No logro entender el motivo de su queja. Un segundo hombre que hace cinco minutos tomaba el sol en un banco enfila el camino de salida, pero, al ver el cariz de la escena —demasiados gritos, demasiados ladridos—, decide volver sobre sus pasos.

Como nadie lo pisa, el césped se ha vuelto más tupido y oscuro. Un verde como de felpa, impecable.

El guante azul de látex con que el quiosquero me ha devuelto el cambio. Ayer no lo llevaba puesto.

En dos o tres casos he saludado a perfectos desconocidos con un sonoro «Buenos días». Somos tan pocos que no darnos el saludo parece un desaire innecesario. Cortesías de pueblo que me devuelven el humor.

Doy gracias a que tenemos a Layla en casa, con nosotros. Nos da un motivo respetable para salir a la calle y tomar el fresco. Es obvio que la perra siente algo, una extrañeza, un cierto desconcierto. Quizá la tensión misma con que pasamos las horas en casa, y que luego se desovilla —no por mucho tiempo— en cada paseo.

¿Cuántas paredes de nuestras casas se han convertido ya en pantallas?

El secreto, por lo que veo, es hacer un poco de todo en dosis moderadas: una hora o dos de lectura, otras tantas de escritura, ver una película, cocinar, jugar al Scrabble, hacer tertulia junto a las tazas de café, etcétera; y no descuidar las tareas domésticas, el cuidado de la casa. El correo electrónico ha enmudecido. Y el mensaje que logra colarse a pesar de todo resulta casi impertinente. No digamos ya si hace referencia a cuestiones laborales o los planes de trabajo del remitente. También es verdad que es domingo. Veremos qué pasa mañana.

Esta prohibición de salir acompañados nos ha convertido a todos en paseantes solitarios, casi flâneurs que se turnaran siguiendo un ritmo arcano. Eso sí, aferrados todos a nuestros perros, mochilas, bolsas de plástico, como testimonio bien visible de nuestro compromiso, de que tenemos un destino y vamos a él.

 

Lunes, 16 de marzo. Ayer prometían frío y lluvia. Hoy solo tenemos frío, aunque la noche fue tormentosa y las aceras están mojadas por la lluvia. Ha sido un paseo breve y a uña de caballo, pero suficiente. La perra no estaba por la labor. Calle arriba, las obras de Bailén —obras públicas— llevan detenidas más de una semana. Calle abajo, los trabajos en el bloque de apartamentos de lujo que hace esquina con Arriaza han retomado su viejo ritmo. Me pregunto qué clase de permiso habrá conseguido la empresa constructora. Casi prefiero no indagar demasiado. Para esta gente —ni para los albañiles que tienen empleados y a los que veo trabajando en las alturas con la mascarilla puesta— no hay crisis sanitaria que valga.

La visión del furgón de la UME, la Unidad Militar de Emergencia, instándonos por megafonía a no salir de casa. Como un camión de bomberos de rango superior, más oscuro y blindado. Digno de un fotograma de Spielberg o de Nolan, pero sin la distancia aséptica de la pantalla. El corazón no tiene más remedio que encogerse.

Han cerrado el parque del Templo de Debod; se acaba así la tentación de acercarse al mirador y contemplar la mancha silenciosa de la Casa de Campo. Había algo poco recomendable en esa contemplación. El impulso neroniano de ponerse lírico y estupendo mientras la ciudad se enrosca sobre sí misma. Con la que está cayendo, como para ensayar decadencias.

Paso las horas leyendo artículos de prensa, columnas de opinión, explicaciones de expertos y tutólogos varios. Está la necesidad de saber, claro. Y también una fascinación malsana a la que no termino de resistirme (al fin y al cabo, aunque nos duela y nos inquiete, estamos viviendo nuestra pequeña película de ciencia-ficción). De ahí estos apuntes. Son mi modo de agarrarme a lo real y no dejarme llevar por las especulaciones. Tomo partido por lo menudo, lo trivial; lo que percibo en el estrecho radio de mi experiencia. Quizá de esta manera eso mismo, en su pequeñez, me devuelva un poco de su luz.

Hablo con José Luis, nuestro portero, y me dice que el autobús que lo ha traído desde Móstoles iba vacío y parcialmente precintado: una cinta adhesiva que separaba al conductor del pasaje, más presunto que real. Está enfadado, con razón: su compañía —con el apoyo de nuestra inefable comunidad de vecinos, supongo— no le ha relevado de su puesto. Añade que ha tirado de lejía «hasta aburrir». Lo dice para darme tranquilidad, pero el punto de orgullo en su voz es inconfundible.

Sin novedades en el frente del correo electrónico. Eso sí, esta mañana me han llegado dos anuncios de Idealista.

 

Martes, 17 de marzo. Veo que algunos colegas no pierden la ocasión de darse pisto. Ahora, en las redes sociales, hay quien ofrece libremente, como favor a posibles lectores, su libro de poemas o de cuentos en PDF. Una manera como cualquier otra de agitar sus plumas de pavo real, pero con apariencia de gesto caritativo. O al reino de los cielos por la autopromoción. Uno incluso se ofrece a crear una tertulia on-line para comentar y debatir su novela. Bien. Si la tontería fuera un virus, estábamos apañados.

La cara de José Luis es un poema, como suele decirse, y no es para menos. Le han descontado 450 euros de la nómina por reducción de jornada. Y, en efecto, su jornada se ha visto reducida: solo tiene que venir por la mañana a limpiar la escalera y el portal… y a media tarde a recoger la basura. Para ello tendrá que hacer dos viajes al día desde Móstoles. Es verdad que tampoco podría quedarse a comer por la zona, como solía, porque todos los bares han cerrado. Pero resulta deprimente la falta de imaginación de sus jefes, el recurso fácil de hacerlo apechugar con las consecuencias. No hay eslabones débiles, que también, sino conciencias mal adiestradas.

Me he abrigado —jersey de invierno y bufanda— y he salido al balcón: tarde desapacible, con rachas de aire frío, nubes rápidas y algún chubasco. De pronto, un golpe de viento ha levantado una polvareda verdosa de los pinos y la ha esparcido por toda la calle. No ha llegado al balcón por muy poco. Sé bien que el polen de pino no suele producir alergia —es demasiado grande y pesado para poder aspirarse—, pero esta nube me ha parecido un exceso; una descortesía de la naturaleza. No están los ánimos para (más) sobresaltos.

El efecto visual, eso sí, ha sido muy llamativo.

Autobuses vacíos, taxistas con mascarilla. Abundan las motos y las furgonetas de reparto. Tienen la vía despejada, nada se interpone en su camino, y sin embargo parece que van más lentos o tranquilos que de costumbre, con un respeto casi supersticioso por los semáforos y las señales de circulación. Lo justo para no despertar la ira de nadie, y menos de los dioses.

Sospecho que estas semanas de encierro terminarán pareciendo un sueño. Un sueño pesado, molesto, como de siesta echada a perder. Los días se irán haciendo una pasta de la que iremos emergiendo con esfuerzo, limpiándonos el engrudo del tedio y las rutinas de interior. Gastaremos una dosis valiosa de nuestra energía en imponernos trabajos forzados que ordenen o dosifiquen el paso del tiempo. Tendrán un éxito moderado, o eso creo. Pero sería necio descuidarlos. Así también dosifican nuestros gobernantes las novedades: ayer, cierre de fronteras; hoy, intervención de unidades militares para regular el flujo de pasajeros en las estaciones; mañana, por lo que llevo oído, el cierre del tráfico aéreo. Entretanto, cada uno en su cubil, vamos arañando nuestro palmo de tierra y haciendo más cómoda y holgada la celda que nos corresponde. Toca hibernar en pleno comienzo de la primavera.


Jordi Doce (Gijón, 1967) es poeta, crítico y traductor. Sus libros más recientes son La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana (Saltadera, 2019) y la antología En la rueda de las apariciones: poemas 1990-2019 (Ars Poética, 2020). Coordina la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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