Arte

Guillermo Peñalver, más allá del interior

La galería Gema Llamazares, de Gijón, acoge, con 'De dentro a fuera', la producción reciente del artista, la primera después de su imponente proyecto de 2019 para el programa Conexiones. Una reseña de Juan Carlos Gea.

Guillermo Peñalver, más allá del interior

/por Juan Carlos Gea Martín/

En 2019 Guillermo Peñalver remató un extraordinario proyecto para la decimoséptima edición del programa Conexiones que bajo el comisariado de Óscar Alonso Molina organiza el Museo ABC de Dibujo con el patrocinio de la Fundación Banco Santander. La poderosa suite Autorretrato en interior vino a marcar un hito en su trayectoria, y no solo por el grado de consumación del resultado y por la magnitud casi apabullante de la labor de dos intensos años: fue una de esas metas volantes de alta montaña en las que un creador corona un empeño particularmente laborioso acarreando todo lo que sabe y puede hacer hasta ese momento, y además alcanza una cota desde la cual es capaz de revisar con claridad el camino recorrido y planificar nuevos rumbos para lo que venga después. Y eso que viene después empieza a mostrarse estos días en la segunda individual del artista en la sala gijonesa Gema Llamazares, quien lo representa desde el año 2016 y con quien ha participado en ferias como Artesantander, JustMad, Estampa, ArtMarbella, Drawingroom…

De dentro a fuera es el primer paso visible de la ruta de Peñalver más allá de la cota que marca su proyecto para Conexiones, pero, como lo sugiere ya el título, nos encontramos justo en el tránsito, en un proceso que invita a enlazar con el proyecto anterior, y que lo amplía y lo rebasa.

De dentro…

En efecto, partimos aún de dentro de Autorretrato en interior: de hecho, ocupan un lugar capital en la muestra los grandes dípticos Mi hogar y Mecanismo higiénico, dos piezas clave que en sí mismas sintetizan el espíritu del proyecto precedente; pero, junto a ellos, Peñalver da a conocer desarrollos que se generaron durante el mismo esfuerzo creativo del que surgieron; trabajos con rasgos de contenido o de ejecución que desbordaban los parámetros concretos de Autorretrato, y despliega además varias piezas ya plenamente ubicadas en el fuera; piezas que apuntan hacia nuevas claves y cartografían nuevas obsesiones y desarrollos de un mundo en expansión, aunque perfectamente centrado en el núcleo que define ya de forma inequívoca la personalidad artística de su autor.

Mecanismo higiénico

En ese primer grupo de trabajos volvemos a convertirnos en visitantes y testigos invitados en el estudio/hábitat del artista, a la vez generador, contenedor y asunto de escenas cotidianas re-construidas (y trascendidas) mediante la sabia y exquisita manipulación del papel recortado y ensamblado en collages, o utilizado como un soporte que es bastante más que eso; que a su modo es orgánico, está vivo, desarrolla espacios reales de intervención para el dibujo a grafito o los lápices acuarelables.

Seguimos acompañando al protagonista de Autorretrato en sus trayectos intramuros, contemplamos su cuerpo entregado a las banales pero imprescindibles liturgias cotidianas, encerrado entre paredes asépticas y alicatadas y en contacto con útiles dibujados entre la familiaridad y el extrañamiento, aparatos que funcionan a pesar de su disfuncionalidad llena de una especie de humor y silenciosa poesía. No faltan en esta exposición gijonesa los objetos encontrados, los pequeños bibelots y exvotos emocionales rescatados por Guillermo para consagrarlos en el templo de una intimidad que es también acopio y acarreo, además de imaginación y construcción. Sin embargo, la estricta ausencia de color que Peñalver se impuso en Autorretrato en interior deja lugar ahora a delicadas irrupciones del cromatismo que brota en las llamas de un fogón o en las nubecillas de vapor trabajados minuciosamente en exquisitas gradaciones de lápiz acuarelable. Son escenas quizá menos cargadas de simbolismo, menos densas conceptualmente, pero más cercanas, más vivas.

Con o sin color, todo ese microcosmos doméstico se organiza según un principio conceptual y operativo constante en esta obra: en primer lugar, una confección del fragmento en la que Peñalver concentra esa mezcla de placer y entrega propia de una manualidad infantil y de la destreza eficiente del artesano; después, una capacidad portentosa para construir con ellos y convertirlos en lugares a la vez mentales, sentimentales y rotundamente físicos a pesar de la liviandad de su materia y de la aparente precariedad de su ensamblaje; tan físicos como puedan serlo un bajorrelieve, una maqueta o un diorama, un pop-up inmóvil (pero que podría recobrar el movimiento en cualquier momento), incluso una escenografía. Y finalmente, está la precisión del trazo dibujado que configura o modela los rasgos y el cuerpo del morador de ese mundo de papel, sus accidentes y sus artefactos, la línea que, como una conexión nerviosa o una arteria, infunde relato y animación a lo que no es un lugar dibujado sino un lugar para que acontezca el dibujo.

La mudanza

Pero, con ser así un lugar habitado y viviente, un refugio para el laboreo y los ritos domésticos, en el modo de estar concebido y articulado ese mundo exhibe también su precariedad esencial. La propia composición de estas escenas revela con un discurso exento de todo énfasis, en clave de una suerte de épica intimista, la naturaleza profunda de algo ensamblado, construido, a su modo provisional, pero sobre todo muestra su fascinante contingencia, que es la contingencia misma de la vida, de los pequeños o grandes acontecimientos biográficos y de nuestro autorrelato, nuestra memoria de nosotros mismos o nuestra interpretación de todo ello; la contingencia consustancial, por descontado, a toda creación artística, en cuyos resultados siempre deberíamos aprender a ver con especial agudeza que eso que se nos está mostrando y que damos por cosa acabada podría haber sido de otra manera.

Guillermo Peñalver trabaja con plena conciencia de esa conexión profunda entre voluntad y azar, propósito y hallazgo, ensayo y error, y su maravilloso juego entre interior y paisaje en un taller donde el mundo irrumpe en forma de bosque es una excelente alegoría de esa contigüidad ambigua, porosa, de doble sentido, entre el refugio/hogar/taller y la apertura de lo que nunca puede quedar del todo fuera; pero también es una excelente representación simbólica de la conflictiva proximidad entre lo que hay y se va construyendo en el interior de la mente del creador y su materialización. De hecho, la depuración que ha alcanzado en el manejo de las técnicas del recortable y el collage tiene mucho que ver con la libertad para deshacer, desdecirse, alterar sobre la marcha el rumbo de la obra con sencillez y limpieza cuantas veces se haga preciso.

Pasión disimulada

De ahí ha extraído su propia poética. La fragmentación, la ruptura y la yuxtaposición de las pequeñas piezas de papel de distintas texturas y calidades equivale también a la fragmentación, la ruptura y la yuxtaposición del espacio íntimo y el ajeno, como también refiere a la fracturación y la recombinación de los géneros y las convenciones pictóricas (el interior, el bodegón, el retrato, el paisaje, tan a menudo indistinguibles en su trabajo); de lo orgánico (el cuerpo, el mundo vegetal) y lo inorgánico (la arquitectura, la máquina), de las mutaciones y vaivenes de la propia vida captada en el proceso mismo de ser vivida; en este caso, durante la experiencia de un trabajo artístico que comparte espacio, tiempo, acciones y atrezzo con el resto de las acciones del día a día.

…a fuera

Pero, en consecuencia, ningún interior —y menos estos— resulta lo suficientemente resguardado y estable como para que lo que contiene eche la raíces que sí poseen esas masas boscosas que parecen quebrar desde fuera el reducto del artista. Y Guillermo Peñalver, después de su Autorretrato, ha atendido esa llamada y regresado al exterior, quizá a través de la brecha exuberante y llena de vida abierta por el bosque.

Esa intemperie no es la de la ciudad, sino la de la naturaleza, en primera instancia, y en consecuencia es el paisaje natural el género que predomina en los nuevos trabajos, esta vez con pleno colorido. La iconografía de piezas como Montaña se estructura buscando una profundidad que evoca poderosamente las mañas y el encanto de la pintura tardogótica inmediatamente anterior al perfeccionamiento de la perspectiva: la propia montaña, el bosque, las exhalaciones de vapor…

Dentro de la montaña

Pero de nuevo el exterior no es pura intemperie, y Peñalver muestra que la naturaleza tiene a su vez sus interiores y sus mecanismos secretos. Dentro de la montaña secciona como en el corte vertical de un terrario la mole montañosa, revelando la construcción en el interior del paisaje: cámaras, pasadizos, ventiladores y conductos de ventilación conectados a otra naturaleza oculta, enclaustrada, de la que procede el aliento, el pneuma vital, ese fluido misterioso que circulaba por la cocina del estudio y que Peñalver también vincula a su propio cuerpo como representación de los estados alcanzados en sus ejercicios de meditación o yoga.

La sopa

En definitiva, dentro o fuera, esta nueva etapa de Guillermo Peñalver extiende y profundiza la intuición básica de su trabajo: la realidad se construye o se troquela, se modela por agregación o por pérdida, por supresión, por solapamientos, en una mezcla casi indistinguible de mano e imaginación que buscan unir los fragmentos de lo pensado, lo vivido y lo sentido en un relato coherente, intenso, en su hermosa y quebradiza provisionalidad. Su obra se parece cada vez más a una fabulación, ensamblada con paciencia y pasión, acerca de los mecanismos ocultos (íntimos, al fin y al cabo) que movilizan la naturaleza, la biología, la tecnología, el erotismo o los sentimientos, dúctiles, expresivos y frágiles como el papel mismo.


Juan Carlos Gea (Albacete, 1964) es escritor, poeta y periodista especializado en arte. Se licenció en filosofía en la Universidad de Valencia y reside en Gijón desde 1993. Es autor de los poemarios Trampa para niebla (1990), El temblor: Sábado de Santos de 1755 (2005), y Occidente (2008) y la plaquette Rompehielos (2008), así como de varios otros textos sobre su ciudad de adopción, —tales como Gijón, con mirada oriental (en colaboración con Yip Kam Tim, 2005), Café Dindurra (con Jaime Poncela y Luis Argüelles, 2006) o Viajero en Gijón (2010)— y una biografía de Gaspar Melchor de Jovellanos: Jovellanos, o la virtud del ciudadano (2011). Como periodista, se ha desempeñado sobre todo en medios asturianos, tales como La Nueva España, Asturias24 o La Voz de Asturias. Desde agosto de 2019, desempeña tareas de asesoría para la alcaldía de Gijón.

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