Diarios de cuarentena

Avelino Fierro desde su celda (22, 23 y 24)

Nuevas páginas del diario de cuarentena de Avelino Fierro, que escribe sobre su pasión cinéfila y se pregunta por qué las librerías, que nos alimentan el alma, no se consideran un servicio esencial tan crucial como las tiendas de alimentación.

Desde mi celda /22, 23 y 24

/por Avelino Fierro/

Viernes, 3 de abril. Querido Enrique, llegan menos noticias tuyas porque mi teléfono móvil es muy poca cosa y se ha quedado un poco paralizado: no tengo wasap, que era la forma en que últimamente te comunicabas conmigo. Yo creo que puedo fijar el momento del fallo cardíaco: Un vídeo que me remites en el que un hombre con enorme acento andaluz recita un poema.

Es ahí donde mi teléfono de cuarenta y poco euros y marca ignorada empezó su política de mínimos con un mensaje: «Poco espacio almacenamiento…». Vamos, que le dio el paralís,como a nuestro amigo Rubén, ¿recuerdas cuándo volvíamos de jugar al tenis y allí en el Hannen, en la plaza del Charco, entre el cansancio del deporte y los cubatas de Capitán Morgan adquiría aquella expresión de beatitud? Aquellos días de juventud en los que encerrábamos a veces en el cuenco de las manos los latidos de la felicidad. Los he vuelto a recordar no hace mucho al leer un libro de Juan Cruz, Ojalá octubre. Han vuelto las luces de entonces y las palabras, la música en las voces de aquellos hablantes.

Llegaste a la isla como un pequeño ciclón, con un aire inquieto que revolvía las rutinas de aquella sociedad clasista y provinciana, alterando los ritmos de las casas y las estaciones, aquel orden artificioso y rústico como los personajes en el papel de la pared.

Habrás reconocido sin duda la última frase. Porque a tu adicción a la vida y sus placeres (tantas sorpresas de a diario entre las que no fue la menor la de aquel piano de cola que apareció en tu casa por si la música ayudaba a combatir esa ansiedad y todas las preguntas que te carcomen desde niño; o aquella otra en que volaste de lejos hasta nuestra casa en el Puerto sólo por seguir una conversación, para dejarse ser en amistad…) se añadía la de la poesía, tu gusto por los poemas de Gil de Biedma, algunos de los cuales recitabas enfebrecido. Puede que amaras en ellos su carnalidad, alguna afinidad profunda, y porque veías en ellos también un cierto aire de familia, burguesa por más señas. Me contaste también que conocías a una hermana y otros familiares del poeta, de tus días de juez en Barcelona y Puigcerdá. En fin, fogonazos de esa vida que tú vives para apurarla, para arder en ella.

Leo bastante estos días, un poco de todo. También las cartas de Biedma en una edición que quiere ser definitiva, salvo que aparezcan las que nuestro hombre dirigió a Luis Cernuda. Y eso me lleva a ir a otros libros a los que hace referencia, como este de Ferraté que acabo de consultar para leer un par de artículos, uno en el que analiza «Noches del mes de junio» —ese poema sobre la adolescencia que a mí me gusta tanto, casi tanto como «Ribera de los alisos»— y otro sobre la vigilia nocturna del amante. Al leer este me he disgustado, se citan poemas en varios idiomas de los que sólo se traducen los que están en griego, dando a entender que el lector avisado no necesita nada más. Así que soy un ignorante, me he quedado a medias con Petronio, Escacio o Ausiàs March.

Al menos he conseguido leer un soneto de Wordsworth que versa sobre el espectáculo de una ciudad a la hora del amanecer. Es la hora a la que yo te escribo, cuando veo la ciudad que lleva puesta, como una vestidura, la belleza del día, «silenciosos, desnudos, se yerguen barcos, torres, domos, templos, teatros abiertos a los campos y también a los cielos».

Dice G. de B. en una carta de 27 de junio de 1963 que ese artículo del amante le ayudó a escribir un poema en el que entonces trabajaba. De esa época son los de tema erótico, esos que él llamó la serie filipina, sobre sus amores con D. Por uno de ellos he recordado a una compañera de trabajo, O., que ya murió hace años de cáncer. En una casa solariega de la provincia de Segovia alguien leyó «Mañana de ayer, de hoy», y ella comenzó a llorar. Yo le había comentado antes mi afición al poeta. A esos poemas que hablan del amor homosexual, pero que a mí me servían bien  porque es única esa melodía del recuerdo, de la persistencia del deseo. Igual viene bien que lo copie aquí, ahora, Enrique, Enriquillo, en esta carta que irá pronto hacia tu sol de Málaga, estas letras un poco mentirosas, porque no tienen nada de privado —por ello me callo de lo tuyo y lo mío, de lo nuestro, tantas cosas—. Pero así nuestros amigos lectores, mujeres y hombres, quizá puedan sentir en estos días tristes y apagados el recuerdo de algún cuerpo vivido y un ramalazo de sensualidad.

MAÑANA DE AYER, DE HOY

Es la lluvia sobre el mar.
    En la abierta ventana,
contemplándola, descansas
    la sien en el cristal.

Imagen de unos segundos,
    quieto en el contraluz,
tu cuerpo distinto, aún
    de la noche desnudo.

Y te vuelves hacia mí,
    sonriéndome. Yo pienso
en cómo ha pasado el tiempo,
    y te recuerdo así.

 

Sábado, 4 de abril. Hola Rober, pues claro que estamos viendo películas, aunque yo no sé si eso de verlas en televisión, con el mando a mano para rebobinar y escuchar mejor una frase o recuperar escenas cuando adviertes que te has quedado dormido, es ver películas, si eso es cine. A veces uno piensa en si esa sucesión de imágenes —que puedes interrumpir para ir a prepararte un colacao o ponerte la parte de arriba del pijama— tiene algo que ver con sumergirnos en la caverna en pos de la belleza, las ensoñaciones o la meditación, o si es una manera más de las formas enlatadas y consumistas de combatir el tedio.

Como escribía Edgar Morin, el psiquismo del cine no elabora solamente la percepción de lo real; segrega también lo imaginario… el cine imagina por mí, en mi lugar y al mismo tiempo fuera de mí… desarrolla un sueño consciente… En la noche de la sala de proyección íbamos al cine a adentrarnos en un misterio, a ver allí una manera distinta del fluir del tiempo, símbolos e imágenes que nos contagiaban y emocionaban. Entrábamos en ese realismo (o irrealismo) poético, en el que sabes que han insistido Buñuel o Tarkovski. ¡Cuánta literatura alrededor del cine, de esa fábrica de realidades y apariencias, fijeza y mutabilidad, narraciones y sortilegios, gritos y susurros!

Todo eso lo veo hoy con nostalgia. Pasan ahora delante de mí imágenes en blanco y negro —como hojas arrancadas de un calendario— de los días de cine y juventud, de aquellas sesiones interminables del Candilejas, de las proyecciones ininterrumpidas de filmes suizos o brasileños, de La Salamandra o Resnais, de Lubitsch o Bertolucci, de Antoine Doinel, de Godard y Pasolini, de La noche de Antonioni, de Le genou de Claire y de todas aquellas palabras: travelling, raccord, plano-secuencia, cine-directo.

Porque por aquel entonces estaba de moda la semiología, y recuerda que luego le dábamos vueltas a todo aquello. Editábamos programas a ciclostil para desmenuzar más tarde el plano contra-plano, los motivos ocultos del guionista, la estrategia de la araña, la tercera articulación del código cinematográfico, la lentitud en el cierre de una boca, el tempo. Era más que ir a misa, era una religión, una comunión con la forma casi más elevada de cultura en aquel momento. Ahora en la tele te pasan las películas rellenas de la testosterona de los anuncios, y no ponen los títulos de crédito. Es difícil imaginar mayor sacrilegio.

Tú has estado viendo, dices, Il gattopardo. Por cierto, ¿no tenías colgado en la pared de tu casa el cartel con Burt Lancaster, Alain Delon y la Cardinale? Me cuentas que ella era nacida en Túnez; ahora que lo dices, ese tono de su piel… En fin, te habrás puesto las botas con tanta guapura. Cuentan los cotilleadores que Visconti y B. Lancaster se llevaron mal al principio. Que el actor americano fue una imposición de la productora. Además, no tenía la edad para representar al viejo Príncipe de Salina y los maquilladores tuvieron que hacer horas extras. Aquello amainó y al final, ya sabes, actor y director volvieron a trabajar juntos en Gruppo de famiglia in un interno.

Delon y Claudia, vaya pareja. Tan guapos que a mí se me quedaban —unidos a tanto palacio, aristocracia y bailes de salón— un poco lejos. Casi tan guapos aparecieron en la pantalla Newman y Taylor en La gata sobre el tejado de zinc. Y allí al menos había alcohol y drogas, negros imaginados de las plantaciones de algodón, niños cuellicortos, cuñadas odiosas y calor en noches de infierno. Yo tengo una foto en color de Richard Burton y Ava Gadner en La noche de la iguana. Ah, y por algún rincón, el enorme original en lienzo enrollado de un decorado de Casablanca, con Bogart y Bergman, que no hay lugar en la casa donde ponerlo. Y el cartel de En la ciudad blanca. Y…

Pero ya no me emociono o aflijo como ayer, con lo que representaron esas imágenes. Aquello me alteró en su día, cuando mi vida, mis días, eran contemporáneos de aquellos sueños. Ahora todo se ha vuelto difuso, como estos días que vivimos, absurdos, inimaginables, casi fantasmagóricos, a contrapelo. Miro a la realidad, hacia fuera, y puedo decir, casi como el poeta dijo, que mis pensamientos sobre un posible paraíso mientras escribo esta carta son bastante inciertos.

Un abrazo.

A.

 

Domingo de Ramos. Hola, Héctor, querido amigo, querido editor. Buenos días, buenos días; ayer nos vimos por la calle. Te reconocí por tu andar saltarín, porque tu mascarilla era grande, te tapaba hasta las orejas. Claro que me he acordado mucho de ti estos días, pensando en que  estarás subiéndote por las paredes o colgándote de las lámparas. «Héctor, deja ya de hacer el tonto, baja, la comida está en la mesa».

Ya viste que en nuestro encuentro guardamos la distancia reglamentaria o más; es nuestro sino, tú y yo no tendremos nunca sexo. Me dijiste que no me acercara, comentándome además que Ana está en el hospital en primera línea de fuego, intubando a los enfermos. A la vez que hablábamos, dábamos vueltas a una de esas jardineras de cemento de la estación de FEVE.

Dejaste en mí parte de tu aceleramiento vital y yo seguí mi camino hacia la oficina (estoy autorizado por Decreto) un tanto histerizado.

Paré en Alejandría, la librería de Paco. Miré ese escaparate lleno de libros colocados con gusto exquisito. El otro día me llamó por teléfono. Había bajado a la calle a pasear al perro y encontró a dos mendigos. Hablaban entre ellos: «Hay que ver, nosotros que no tenemos nunca donde ir y ahora… está todo cerrado». «Me pareció un chiste de Mingote», dijo Paco. Ahí reposaban en el  escaparate los libros, sin una mano que llevarlos a los ojos. Es una pena, no sé por qué se abren las panaderías y farmacias y no las librerías. En estos momentos habría que alimentar también el alma. Una periodista escribe hoy que qué es eso de regalar libros desde plataformas editoriales para animar a la gente a leer, cuando resulta que eso es matar hormigas a cañonazos, porque la cultura cuesta, cuesta un rato. A nadie —termina— se le ha ocurrido sugerir que se pase un ratito por nuestra casa, de gratis, el futbolista de turno para dar unos pelotazos en amor y compañía.

Estaba solo pero oí el chirrido de las ruedas de un carrito de la compra. No me lo podía creer: era Marta M., nuestra amiga, que iba al Mercadona y se acercaba desde el otro lado de la calle. Fui hacia ella. Los dos íbamos por el centro de la calzada. Aquello parecía un duelo al sol, dos pistoleros que van a enfrentarse y los habitantes observan confinados desde sus casas el desenlace. Me preguntó por tu padre al decirle que te había visto y saber ella que yo tengo al mío en el hospital con un problema de corazón —del que saldrá bien, hecho un saltimbanqui como tú—; yo no sé nada, le dije, sé que estuvo malito hace meses. Por ella supe en qué días vivimos: «Mañana es Domingo de Ramos. En nuestra comunidad de vecinos Ponga hará torrijas para todos y yo pondré el detalle de siempre en cada puerta. Y a los niños del primero les regalaré papones de chocolate». Iba ella con esos pantalones tan bonitos a lo hippie. Más adelante encontré a Julito Illade. De acera a acera gritó: «Hola, buenos días, qué honor encontrarme con el escritor que antes había sido fiscal». Le dije que no empezase con eso y le abracé en la distancia. Más allá vi a otro colega suyo, otro abogado. Conseguí meterme en una alcantarilla antes de que en mí reparara.

En la oficina visé una calificación de violencia doméstica y otra de una tentativa de homicidio, y el ordenador grande volvió a petarse. Enchufé la Surface para que le inocularan las actualizaciones. Miré mientras tanto las vías de los trenes, más muertas que nunca. Me llamó Julio Ll. por teléfono para preguntarme por mi padre. Yo le dije que me describiera los alrededores de la finca en la que se han recluido estos días. Los conozco bien; todo era puro capricho y nostalgia.

Al salir saludé a Ángel, el de seguridad. Creo que estábamos los dos solos en todo el edificio. «Qué tal por aquí». «Todo tranquilo, sólo vienen los de la funeraria al Registro Civil». Qué rabia, nuestros muertos, despojados estos días de la compañía del último adiós. De contrario recordé aquella anécdota de Pla, que visitaba casi todas las tardes al sepulturero de su pueblo, que le decía: «Esto cada día está más muerto, señor Pla».

Héctor, estoy escribiendo como si tú me cogieras la mano: aceleradín, pensando poco, sin levantar el boli del papel. Tu carta tendrá —ya lo estás viendo— una redacción poco pausada: cada pensamiento, cada anécdota de mi recorrido de esa mañana en que nos hemos visto, acaba en el papel sin filtrar demasiado. Volví a casa bastante agobiado, me había abrigado mucho, hacía calor este sábado ¿verdad? Con el portátil, la bolsa con papeles, la mascarilla que no me dejaba respirar… A la altura de la Inmaculada caí en que no había cogido la tarjeta criptográfica para que funcione el ordenador desde casa. Regresé a la oficina. El río seguía en su sitio, su curso igual y distinto; los leones del puente con su rugido habitual, casi un ronquido estos días, por el aburrimiento de no ver a vecinos ni turistas que salen de las estaciones. De vuelta toqué el timbre de tu casa y pregunté por tu mujer, «la enfermera guapa», como le decía Julio siempre, y le envié un beso enorme a través de los cables del telefonillo, que tuvo que llegarle bien nítido hasta estamparse en su cara y le di las gracias personificando en ella a todo su gremio, ángeles sin alas, y seguí mi camino.

A la altura de la estación de FEVE, donde se había producido nuestro encuentro un par de horas antes, en el que no hubo nada de sexo, estaba ya mareado. Iba rápido, hacía calor y era tarde. Sudaba. Veía mal porque la mascarilla hace que se te empañen las gafas. Una neblina lo difuminaba todo. A lo lejos venía una mujer, aquello prometía. Empecé a reírme. ¿Recuerdas el libro de Boris Vian, Los perros, el deseo y la muerte, que editó Tusquets en sus Cuadernos Marginales? Yo compré ese libro el diez de mayo de 1974 en la librería Pisa. Hay ahí un cuento, «El amor es ciego», en el que un verano la niebla cubre la ciudad. París, claro. Una niebla opaca, de tono azul. Era una niebla afrodisíaca. Orvet Latuille, el protagonista, comienza a notar algo raro. Quiere comprobar qué es lo que sucede. «Bajo a ver a mi portera y dejo mi bragueta abierta. Vamos a ver si hay niebla o son mis ojos». A partir de ahí imagínate lo que quieras. Todos van, aunque sin verse, presos del deseo y desnudos por la calle. Orvet tiene varios encuentros sexuales. Cae en la cuenta de que la pastelera del barrio es joven y guapa. Cuando llega, una de las voces le dice: «Seguramente viene usted por Nelly». Otra voz: «Entonces a la cola; ya somos sesenta». No te cuento el final, lo que sucede cuando la niebla se levanta. Igual puedes deducirlo del título.

La mujer se acercaba, alta, la silueta dibujaba un caminar sensual, casi de modelo de pasarela. Yo veía cada vez menos, jadeaba; cuando estuve a su altura me dio otra vez la risa. Y no hubo nada. Llegué a casa y me desnudé, iba empapado en sudor. Me di una ducha. Mar me esperaba en el salón. Leía y tenía puesto un disco de música clásica. «¿Cómo has tardado tanto? Vamos a comer». Había fabada, un bote de esos que creo que son para seis raciones. Abrí una botella de rioja. Teníamos grabada esa película en blanco y negro sobre el mundo del cine, Cautivos del mal. Al rato me quedé dormido en el sofá.

Por la tarde, comprobé que la Surface seguía sin funcionar. Leí nuevas cartas de Gil de Biedma, unos poemas por aquí y un poco de filosofía por allá. Miré el correo. He recibido en el día cartas de Bea abuela y Bea pelirroja, Marga, Lourdes F., Marta R., Toño Llamas, Julio, Tacho, Miguel, César, Reyes y Chelo, Cecilia, Elías y Pepe, Mari, Chorbo, Pablo E… No sé cómo haré para contestarlas. Otra de nuestro amigo Gus muy sentida, con enlaces a versiones de una canción de Jaume Sisa. Otra de Javier La Beira, que ha colgado un hermoso comentario de la lectura de La vida a medias en su Facebook.

Estaba pensando, Héctor, que puedo ir recopilándolas y que las podríamos publicar cuando todo esto acabe. ¿Qué te parece? Sigo escribiendo esta carta porque sigues guiando mi mano, dibujando esta escritura saltarina que no acaba nunca. Déjame ya. Estate quieto. Un abrazo.

Ave.

PD.: Voy al quiosco. Acaba de llamar, Soco, la dueña, diciendo que hoy salimos en el periódico. Cristina habla sobre Contra tiempo, el libro que tú has editado y yo he escrito. Luego te cuento. Otro abrazo.


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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