Creación

El Voivoda de Catán

Catán es un pequeño país, «una joven democracia emergente» según el decir de la OMN, la Organización Mundial de Naciones, situado en uno de los extremos del mundo. Su gobernante, el Voivoda, se presenta en este relato de Vicente Clemente.

/ un relato de Vicente Clemente /

Soy el Voivoda de Catán. Soy grueso, en la iconografía popular los poderosos siempre hemos sido gruesos; la gordura, el exceso de carne y de grasa del que manda resulta atractiva, incluso legitimadora, a los ojos del vulgo. Visto un ligero caftán de lino blanco que contrasta con mi lustrosa tez morena y me da cierto aire de distinción, de refinamiento, y estoy aquí, en mis aposentos, tras una copiosa comida, recostado en un lujoso diván tapizado en seda roja con motivos chinescos, reposando, descansando, hilando en mi mente unas líneas, que luego, más tarde, si es que me apetece, dictaré a alguno de mis secretarios, en las que explicar a ustedes qué es un Voivoda. O a lo mejor ya me he dormido y solo estoy soñando esto que les escribo, mecido por los vapores del láudano y del güisqui escocés añejo, que de ambos soy partidario militante.

En Catán la dignidad de Voivoda es hereditaria. Se accede al voivodato por consanguinidad o por designación testamentaria del anterior Voivoda, de modo que muerto este se produce la sucesión. O así debería ser, pero lo cierto es que en toda la historia de Catán así solo ha sido en un par de ocasiones. A mí me gusta decir que soy Voivoda por oposición, jé, jé, permítaseme el chiste… Me opuse al anterior Voivoda, le persuadí para que abdicara, y cuando estaba a punto de hacerlo, falleció de un modo fortuito y accidental, de modo que no me quedó más remedio que sucederlo. Aunque algunos maledicentes me culpan de su muerte —se ha llegado a insinuar que le asesiné— yo no me siento culpable, acaso he sido el brazo ejecutor del destino, pero nada más que eso.

Soy el XXVII Voivoda desde que se guardan registros en Catán. El método que utilicé para acceder a mi dignidad se había generalizado peligrosamente entre los que me precedieron, por lo que una de las cuestiones que más me ocupa, y a la que dedico buena parte de mi tiempo, es a evitar que mi sucesor lo utilice conmigo. Mi éxito se traducirá en un largo y pacífico voivodato, y en morir por viejo, dentro de muchos años, en mi cama, cuando mi corazón ya no soporte las caricias de alguna de mis jóvenes esposas, dispuesta a ascender a saltos la escala del harén por mor de sus bríos amatorios.

Catán es un pequeño país, «una joven democracia emergente» según el decir de la OMN, la Organización Mundial de Naciones, situado en uno de los extremos del mundo. Tiene un Parlamento con dos cámaras, yo elijo a los miembros de la una y también a los de la otra, los nombro, los ceso, y cuando es necesario los ejecuto. Entiéndanme, no los ejecuto yo personalmente, sino que los mando ejecutar.

Como Voivoda sí que soy el poder ejecutivo, el gobierno de Catán, que ejerzo a mi conveniencia, apoyado por un número variable de secretarios, lo que ustedes llaman ministros, funcionarios que designo de entre los más fieles de mis súbditos, y que someto a una férrea vigilancia en lo que se refiere a su fidelidad a mí, y a los que, sin embargo, dejo libres para que se enriquezcan vendiendo al mejor postor los favores que sus cargos les reportan.

Administro justicia, soy el Juez Supremo y órgano de gobierno de los jueces, a los que también nombro, ceso, y, en su caso —aunque procuro no hacerlo a menudo por aquello de la independencia del poder judicial—, también mando ejecutar.

Resulta además que soy el líder religioso de mi pueblo. Soy algo intermedio entre la representación de nuestro dios en la tierra y dios mismo. Entre ustedes y yo, con sinceridad, no soy un taumaturgo, pero mis súbditos, e incluso gentes de países vecinos, están convencidos de mi capacidad para hacer milagros, así que a sus ojos los hago.

Cuando joven busqué con avidez el conocimiento en los claustros y en los libros, de manera que soy versado en las artes, las letras y las ciencias. En mis lecturas di con un autor que mantenía que el príncipe no debe pretender el oro, sino señorear a quien lo posee, aunque también decía que un rey de rico reino no puede ser pobre. No, no se confundan, no era Maquiavelo; les doy una pista, mi contradictorio y equivocado autor era valenciano (de Valencia, España), y escribió y dio a la imprenta sus consejas antes que El Príncipe viera la luz, así que, además de inspirarme a mí, pudo ser la fuente que inspiró a Maquiavelo la composición del tratado que le hiciera inmortal. Ahí tienen un pequeño enigma literario. Vean si son capaces de resolverlo, lean mucho, les hará bien, disfrutarán, les entretendrá y, si perseveran, acabarán casi tan cultivados como yo.

Volviendo a lo que estábamos, me pareció absurdo lo primero, el príncipe diligente ha de pretender las dos cosas, tener el oro y someter al que fuera su dueño, y en cuanto he podido me he aplicado con fervor a lo segundo. Hoy soy dueño de una muy considerable fortuna, convenientemente diversificada y colocada en diversos países, mediante inversiones en paraísos fiscales, a través de sociedades pantalla, testaferros y fiduciarios, todo ello por lo que pueda pasar. También he realizado inversiones en mi propio nombre; en Catán existe un riguroso control de cambios, de tal modo que solo yo, el Voivoda, puedo realizar inversiones en el exterior y autorizar las inversiones extranjeras aquí.

Domino el comercio internacional de un mineral de interés estratégico, del que aproximadamente las tres cuartas partes de las reservas mundiales se encuentran en los yacimientos de Catán que, claro está, pertenecen al Voivoda. No, no es uranio como seguro que están pensando, es molprofanio, un mineral más raro, más estratégico y más valioso aun que el uranio.

Sé que mi vida y la de los míos pende de un hilo, y valoro mucho todo lo que tengo, mi seguridad y mi bienestar. Por ello encargué la construcción del palacio en el que habito a una compañía de ingeniería suiza, quien lo dotó de las más sofisticadas medidas de seguridad, refugio antinuclear incluido, con víveres, distracciones, música, películas, lectura, para cincuenta años. Por si las cosas se ponen mal y hay que salir de aquí corriendo, dispongo de un bombardero supersónico de largo alcance, adquirido a los EEAA —los Estados Agrupados—, pagado en peso de buen mineral, perfectamente armado, equipado y preparado para partir a cualquier lugar del mundo en tan solo tres minutos desde que yo dé la orden. Cuatro tripulaciones completas se turnan día y noche esperando mis instrucciones.

En lo personal soy venal, tan lascivo como ustedes, o quizá algo más, casado, viudo, separado, divorciado, y otras circunstancias que no conviene a mi dignidad que sean dichas. Variopintas situaciones que me acontecen con mis cincuenta y dos mujeres —las que por ley debo tener— que representan los días que peregrinó el Auriga para dar la vuelta a Catán. La verdad es que el Auriga debió tomar su peregrinaje con mucha calma porque a buen paso, el dar la vuelta a Catán, no debería tardarse más de tres o cuatro semanas.

En todos los ámbitos soy mejor que ustedes. Soy más grueso, más sabio, más poderoso, más rico, tengo más experiencia y mejor criterio. Mi moral también es mejor que la suya, se adapta a mi ser como un guante a la mano y me legitima para realizar todos mis deseos, mejores o peores, sin que nunca tenga que volver la vista atrás ni arrepentirme de nada. Ustedes, la masa, no merecen ni una pequeña parte de lo que tienen, porque ni saben porqué lo tienen, para qué lo quieren, ni qué hacer con ello. Pero tienen suerte, mucha suerte, ustedes son afortunados, y su fortuna soy yo, el Voivoda de Catán, porque en su ignorancia me tienen a mí para les dirija, les ordene, y les dé el criterio del que carecen.

Soy el Voivoda de Catán. Estoy aquí tumbado en mis aposentos, dormido o a punto de dormirme, pensando o quizá soñando esto que les escribo. Voy a terminar, que por hoy ya es bastante. Soy perezoso y ustedes no merecen el menor de mis esfuerzos, aunque debo reconocer que este ejercicio de introspección me ha dejado muy satisfecho y en parte me ha liberado. Así que es posible que más adelante, en alguna otra ocasión, si el láudano y el escocés —y el editor— me son propicios, regrese mi magisterio para ordenar sus livianas mentes, dar algún sentido a su triste existencia, y acaso para contarles algunos aspectos de la vida de Catán y de su Voivoda que me parezca que puedan ser de su interés, o que me de la gana contarles.

Hasta entonces quiero que sepan que, en mi condición de Voivoda, no pretendo servir a ustedes ni a nadie, sino servirme de ustedes. Es decir, que sean ustedes los que me sirvan a mí, y por ello, mientras me dure el cargo y el momio que conlleva, comprenderán que esté muy contento.

Que les vaya bien. O no. A mí me da igual.

[EN PORTADA: Coronation of the autocrat of protection, de Louis Darlymple]


Vicente Clemente nació en Guadalajara en 1961 y se trasladó con su familia a Madrid en 1966, ciudad en la que vive desde entonces. Es abogado en ejercicio, profesión que simultanea con la docencia —imparte clases de Derecho Tributario en programas de posgrado— y con la escritura de ficción. Lector apasionado desde que recuerda, ha escrito un libro de relatos gastronómicos, Diario de sabores y dichas (2019), un guion de cine, Vía muerta, una novela, La garita del ahorcado, y una obra de teatro, Tres liebres dobles.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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