Creación

El hombre de arena

Un relato de Rodolfo Elías, pastiche borgiano con el sabor regional del árido norte mexicano.

/ un relato de Rodolfo Elías /

El viejo Brigante no llegó a la cita porque había muerto. Al menos eso me dijo la voz en el auricular; una voz que, ahora pienso, acaso sería la de él mismo. Habíamos quedado de vernos en el café de chinos La Nueva Central, porque iba a mostrarme unos textos originales de Jorge Luis Borges. «Originales; no los que aparecieron en los libros», se aseguró de recalcar.

Lo había conocido seis días atrás en El Paraíso, la vieja cantina regenteada por don Beto, el español. Era el solsticio de verano y el sol juarense quemaba los sesos. Cuando entré, el viejo Brigante estaba solo, tomando su vermut blanco, en la mesa junto a la puerta que daba hacía el privado. Ahí era donde también se sentaba el Enano Santanón cuando entraba a distraerse de la vida. No había ningún asiento vacante en la barra, pero yo tenía mucha sed y pregunté si había alguien ocupando alguna de las sillas restantes. Sin hablar, Brigante sacó una silla a su lado derecho y me hizo un ademán que me sentara. No era hombre de mucha parla, luego se notaba.

Con su profusión de madera obscura, que predominaba en todo, desde la barra, las mesas, las sillas, hasta las molduras en la pared, El Paraíso parecía modelado en alguna cantina de barrio madrileño de los años cincuentas. Al entrar, hacia la esquina derecha, había una rocola vieja e inservible —ahí no se oía más música que la de las conversaciones y de los músicos ambulantes—, junto a la cual pendía un cuadro con las caricaturas de los cantineros y los clientes más asiduos a través de su historia. En la parte alta de las paredes posaban cabezas disecadas de venado, por doquier, que daban al lugar un aire rústico muy acogedor, invitando al esparcimiento y a la conversación.

Al sentarme llamó mi atención Fervor de Buenos Aires, el poemario de Borges, que estaba sobre la mesa. Era la edición original de MCMXXIII, con la cubierta ilustrada por Norah Borges. Yo conocía bien esa cubierta porque la había soñado varias veces; el edificio con sus cuatro puertas, la columna, el piso ajedrezado, las balaustradas iluminadas y el Sol del Oriente. Debajo de ese libro había otros dos: la primera edición de Ficciones, publicada por la editorial Sur en 1944, y El libro de arena, mismo que el hombre me tendió sin mediar palabra. Dentro de este había tres hojas de eucalipto, que hacían las veces de separadores, y las páginas estaban subrayadas con regla y lápiz HB.

Le pregunté cómo sabía él de mi gusto por la lectura, y dijo que lo notó por la avidez con que miré los ejemplares. Luego extendió su mano y, presentándose, pronunció su nombre de una forma categórica: Helio Brigante. Fue la primera vez que verdaderamente lo oí hablar. Dijo tener ochenta y seis años, y la expresión de su rostro era reposada. No tenía acento; por eso lo asimilé como nativo de Parral. Bien pudo haber sido algún viajero del tiempo, sin el apego a una patria como para enajenarse con su acento. Quién sabe.

Me contó, a razón de los libros, que él había conocido a Borges en Buenos Aires, una vez cuando salía de la librería Pigmalión, a donde el escritor entraba buscando sus volúmenes esotéricos en inglés y alemán antiguos:

—Iba yo a entrar y él me percibió, como si me viera. Me preguntó la hora. Después que se la di, me dijo con su voz pastosa: «hágame un favor; ayúdeme a cruzar la calle». Cruzamos la calle San Martin, y me preguntó mi nombre y mi nacionalidad. «Usted no tiene acento sudamericano ni español; pero tampoco suena como mexicano ni colombiano», me dijo entre titubeos. Ese fue el comienzo de una amistad que duró casi diez años. Después me diría que él quiso ser mi amigo desde el momento que me oyó hablar, y fue así como me contó parte de su secreto. La otra parte ni él mismo la sabía, porque nunca supo que sus cuentos, después de El Aleph, no eran escritos por él.

De El libro de arena dijo Brigante:

—Ese libro bien pudo haberse llamado El mal designio.

Y empezó a referir cómo Borges, al igual que Pablo y Mateo, había sido un autor hecho en gran parte por sus amanuenses. Al menos en los últimos años de su vida.

—Empezó a tener problemas de inspiración, que en su caso más bien sería de “iluminación”, cuando empezó a escribir El Aleph, que tampoco es suyo en su totalidad. Y me abocaré sólo a su narrativa, que es lo único que me interesa. Ni su ensayo ni su poesía ofrecen mucho para mí, porque esos pudo haberlos escrito cualquier escudriñador del misterio. Además, su poesía nadie la podía alterar. Porque, para cuando él plasmaba sus versos en el papel ya los había memorizado, y nadie podía imitar o corromper su ritmo. Cuando vio que ya no salían las palabras como antes, recordó a su padre, escritor también frustrado, y se inventó la ceguera. Ceguera que al fin consiguió a través de sus experiencias con los “pajaritos de monte”. Después le volvió la inspiración. Pero como ya no podía ver, tuvo que servirse de amanuenses, quienes fueron los que a la postre “revelarían” al nuevo Borges; que acaso fuera mejor que el anterior. 

Brigante me indicó con un gestó que abriera el libro. Cuando quise abrirlo donde estaba la primera hoja de eucalipto, me dijo que no, que lo abriera en la segunda separación. Saqué la segunda hoja y me dispuse a leer la porción no subrayada del quinto párrafo, como él me indicó, en el cuento «La secta de los treinta».

—Con cautela —instruyó el viejo Brigante.

«El dictamen Quien mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla, todos hemos adulterado». De este párrafo Brigante había subrayado la parte vital: «Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria».

—Ese aforismo no viene en los textos originales —aseveró—. Borges no sabía que estaba en el libro. Eso nos dice mucho de la condición moral de los amanuenses.

A mí, esa última sentencia me hizo pensar en las desaparecidas de Juárez, y la moral detrás de todo lo que ha pasado en la ciudad, desde su fundación.

Luego, Brigante me pidió que abriera el libro donde estaba el tercer separador. Empecé a leer, pero esta vez me había indicado que leyera todo el segundo párrafo del cuento que da título al libro, el último antes del epílogo. Dijo que después procesaríamos las áreas subrayadas.

«Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas».

Brigante se puso a recitar de memoria el mismo fragmento, tal como venía en el texto original: «Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer (las seis, para ser exactos), oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido a quien, a pesar de serlo, no lo sentí como tal. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi ceguera los vio así. Todo su aspecto era de pobreza indecente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. Pensé que tal vez era extranjero, pero no estaba seguro, porque no tenía acento. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que duraría horas, supe que procedía de las Orcadas».

—No necesita siquiera leer el texto completo para comprobar la discrepancia —puntualizó Brigante—. La clave está en uno de los últimos nueve párrafos.

Había muchos párrafos subrayados, pero ya no quiso que leyera más.

—Sólo estos le muestro por ahora, para no abrumarlo. Además, me tengo que ir ya.

Después de explicarme las circunstancias de los cambios, me aseguró que él tenía los originales que Borges encomendó a sus amanuenses. Entre ellos el mismo Adolfo Bioy Casares, pensé yo para mis adentros, creyéndolo obvio. Pero Brigante, como leyéndome el pensamiento, aseguró que fueron todas mujeres. Porque las mujeres eran las únicas en quienes Borges confiaba, excepto Silvina Ocampo.

—Acaso María Kodama fuera la única en no aprovecharse y añadir su grano de arena, porque ella parecía respetarlo demasiado. Como si Borges fuera un ciego con poderes extrasensoriales —especuló Brigante.

Eso fue lo último que me confió. Antes de despedirse me citó para una entrevista en La Nueva Central, donde me enseñaría algunos textos originales, escritos de puño y letra por Jorge Luis Borges.

—Ahí nos veremos —concluyó—. A menos que uno de los dos muera y quede en la nada del polvo; solamente el viento nos podría reunir. Porque dice el libro: «polvo eres y al polvo volverás». Sólo que, cuando yo muera, seré arena; arena de Samalayuca.

Esas fueron las últimas palabras que escuché de su boca. De eso hace quince años.

Pero, ¿por qué estoy escribiendo esto ahora? Será porque lo soné anoche. Y fue tan real el sueño, que esta mañana al despertar busqué El libro de arena que Helio Brigante me regalara. Entre sus páginas encontré estos manuscritos aviejados como pergaminos, llenos de bosquejos literarios, formulas matemáticas (entre ellas el Tetragramatón) y elucubraciones Spinozianas. Que es la razón, dicho sea de paso, por la que he podido transcribir literalmente los textos originales, ya que mi memoria nunca ha sido buena. Después saldré en mi excursión a Samalayuca.

[EN PORTADA: Dunas de Samalayuca]


Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.

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