Creación

Los jaleos de Edipo

«Eratóstenes era el más tóstenes de todos los griegos...». Un relato de José Manuel Ferrández Verdú.

/ un relato de Josemanuel Ferrández Verdú /

Eratóstenes era el más tóstenes de todos los griegos. Hasta tal punto que le dijo a un filósofo que pasaba por allí que fuera a Tebas con una caña. Cuando iba caminando hacia Tebas por el desierto, el filósofo con la caña se encontró con otro caminante que también iba por el desierto.

—¿A dónde vas con esa caña? —le dijo el otro.
—A Tebas.
—¿A qué vas a Tebas con la caña?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes, y cómo se te ha ocurrido esa idea?
—No se me ocurrió a mí sino a Eratóstenes. Él me encomendó que fuera a Tebas con la caña.
—¿Y no te explicó qué tenías que hacer en Tebas con la caña? Piensa que en Tebas puede haber otros hombres con cañas.
—Sí me lo explicó, pero ya había partido y me hallaba tan lejos de él que no entendí sus instrucciones.
—¿Y por qué no volviste para escucharlas bien?
—Porque no me fiaba de aquel tipo.
—No te fiabas, pero, sin embargo, hiciste lo que te encomendó.
—Sí, porque era un hombre tan tóstenes que no me pude negar.
—¿Acaso piensas que por decir esas cosas vas a ser más importante que yo?

Mientras caminaban, se encontraron en el camino del desierto a una esfinge que estaba sentada en una silla; pero como iban platicando, no le hicieron caso y pasaron de largo. Sin embargo, la esfinge los llamó y les dijo:

—¡Eh, vosotros! ¿Es que no os habéis dado cuenta de que soy una esfinge?

Ellos se dieron la vuelta y el que no llevaba la caña, que se llamaba Edipo, le dijo:

—Es que te hemos confundido con una psicóloga.
—También soy psicóloga y os voy a hacer un psicoanálisis. A ver, tú, el de la caña: ¿qué impulso cósmico o venéreo te ha conducido hasta aquí con la caña?
—El superego.
—Muy bien —dijo la esfinge—, pero, ¿eres consciente de la carga sexual de ese canuto?
—Más que consciente soy subconsciente, ya que el otro día soñé que iba por un camino y de pronto me caía una psicóloga encima desde lo alto.
—Sería una psicóloga voladora: es una rara avis que no vuela por gusto sino por pura emotividad.
—Este hombre va a Tebas con la caña, pero no sabe qué hacer con ella. ¿Qué le recomendarías tú? —dijo Edipo.
—Que por la mañana anduviese a cuatro patas, por la tarde a dos y por la noche a tres.
— Para eso debería dejar la caña escondida en algún lugar seguro o, de lo contrario, por la mañana serían cinco patas, a medio día tres y por la noche cuatro.
—Lo mejor —dijo la esfinge— es que al llegar a Tebas vayáis directamente a algún bar y toméis unas cañas para quitaros el calor y, luego, al mismo barman le dejéis en prenda la caña en lugar de pagarle las cañas, y así, cambiando una caña por dos, podréis recogerla por la noche después de andar a tres patas.
—¿Y si el barman no estuviera dispuesto a salvaguardar mi caña durante un día entero?
—No te preocupes —dijo Edipo—: en tal caso, hablaré con el ciego Tiresias, que es amigo de la familia y seguro que se entretiene con tu caña un buen rato, mostrándosela a sus amigotes.
—¿No dices que es ciego? —dijo el de la caña.
—Sí, pero sabe decir cosas que molestan a la gente, porque les dice verdades como puños. Si lo ven entretenido con la caña tuya, seguro que se calla durante un buen rato y no ahuyenta al personal.

Cuando llegaron a Tebas, vieron que mucha gente iba vestida para una boda. Entonces, Edipo preguntó que quién era la novia y le dijeron que era la reina mora; y preguntó que quien era el novio, y le dijeron que eso era una sorpresa y que iba a venir la esfinge para adivinar quién era el novio.

Todo esto les gustó bastante, ya que Eratóstenes no le había dicho nada al de la caña acerca de ninguna boda y aquel sujeto pensó que tal vez la caña serviría para que los novios se casaran bien casados y con muchos cascabeles.

Pero cuando llegó la esfinge, ya estaba todo preparado, y los preparativos estaban al borde del abismo. Había mesas con sillas y patatas fritas con cacahuetes y olivas, de manera que todo el mundo podía picar de aquella boda. Sin embargo, cuando la esfinge vio a la reina mora con intenciones de casarse, le dijo:

—Pero, querida, si tú ya estás casada, ¿cómo te vas a casar con otro idiota?
—¡Ay, qué fallo más grande he tenido! —dijo la reina mora—. ¡Mira que olvidárseme mi santo esposo mío!

Sin embargo, buscaron al santo esposo suyo, pero no lo encontraron por ninguna parte.

Grandes males asolaron Tebas Hekatómpylos, pues la pérdida del rey traía consigo grandes males. Empezaron a empeorar las cosas hasta que todo empeoró. Tiresias empeoró, Edipo empeoró y el de la caña vio como empeoraba su caña hasta que no era más que un pedazo de caña de más de un metro de longitud.

Llegó Eratóstenes y comenzó a empeorar junto con los demás por causas desconocidas, pero como era muy tóstenes consiguió sostenerse en su virtud y medir el radio terrestre gracias a su virtuosismo.

Había por allí cerca un pozo, y cuando Eratóstenes sacó agua del pozo, muchos vinieron a pedirle explicaciones acerca de la redondez del globo terráqueo. Pero Edipo no se conformaba con esto, de manera que solicitó hacerse un psicoanálisis en la plaza pública. Todo el mundo se hallaba reunido allí para ver cómo la esfinge y Eratóstenes le hacían a Edipo preguntas de lo más íntimo acerca de su madre Yocasta, según esquemas neuróticos.

—¿Cómo se llama tu madre?

Pero como Edipo no sabía que Yocasta era su propia madre, dijo que su madre se llamaba Ariadna, lo cual enfadó a muchos críticos de arte que no estaban dispuestos a soportar aquel atropello. Tiresias le dijo: «No digas sandeces, que vas a estropear tu propio mito, y además ya estoy harto de sostener la caña de tu amigo, así que tómala y se la devuelves».

Pero al ver Eratóstenes la caña de su enviado, montó en cólera, y se puso a calcular el radio terrestre con unas tabas que había para adivinar el presente.

El de la caña, llamado Empédocles, le dijo a Edipo:

—No seas zoquete y cásate con esa reina mora; yo te dejo la caña para que puedas casarte a gusto de todos.
—Si se llama Ariadna, te juro que me casaré con ella, pero en caso contrario abominaré y gritaré el nombre de los dioses —dijo Edipo.

—A ver si vamos a meter la pata en un mito que no es el tuyo. Tú limítate a tu propio mito y no desees el de los demás, que si luego se entera Teseo de que vas detrás de Ariadna, la vamos a tener, y gorda. Habla con Tiresias, con la psicóloga, con Layo, que por cierto se debe de haber perdido en medio de tanto mito, y con Sófocles si quieres incluso, pero deja en paz a Ariadna, porque no es de este mito —dijo Empédocles.
—Ah, ¿no? ¿Entonces qué hace aquí diciendo que quiere casarse? —dijo Edipo.
—No lo sé, esa es la reina mora, pero lo más probable es que no se llame Ariadna ni en sueños: seguro que se llama Yocasta y de reina mora tiene lo que yo tengo de ninfa de los bosques —dijo Empédocles.

Llegó Sófocles y se puso a picar de la boda y detrás de él llegó el corifeo y picó de la boda y muchos picaron de la boda como si fuera el banquete de Edipo.

Llegó Teseo y se sentó a la mesa, y Edipo a su lado.

—¿Cómo va tu mito? —le preguntó.
—Viento en popa —dijo Teseo—. Imagínate que tengo a Ariadna esperándome con hilo y todo, y yo aquí, poniéndome las botas en tu mito, y de gratis, sin pagar derechos de autor.
—Pues yo no puedo decir lo mismo del mío —dijo Edipo—. Figúrate que Tiresias va por ahí diciendo que la esfinge no tiene el título de psicología, sino que aún le faltan dos asignaturas; y que Sófocles ha venido para examinarla y pedirle explicaciones sencillas.
—Tú lo que necesitas es un experto en mitos para que te arregle el tuyo, que no parece ir por buen camino —dijo Teseo.
—¿Y a quién podría recurrir? —preguntó Edipo preocupado.
—He oído decir que un tal Aquiles sabe arreglar mitos como el de Troya, adonde fue con la intención de montar uno de los más gordos; y parece que lo consiguió después de muchas cóleras y carreras —dijo Teseo.
—Yo también he escuchado algo de eso, pero, según creo, ese tal Aquiles está muy ocupado últimamente corriendo detrás de una tortuga y pidiendo consejo a todo el mundo sobre cómo seducirla —dijo Edipo.
—No creas todo lo que oigas por ahí: la gente habla mucho y siempre con malas intenciones, pero un propio mío conoce el asunto de cerca y no es lo que parece.
—No me digas —dijo Edipo.
—Te estoy diciendo el evangelio —dijo Teseo—. Según mi propio durante la guerra de Troya, Zenón decidió convocar una olimpíada privada para solaz de algunos filósofos eleáticos amantes del reposo y de la siesta. Su aviesa intención era demostrar que el concepto de olimpíada es contradictorio, puesto que, si el movimiento no existe, los juegos olímpicos tampoco, y para ello hizo llegar a Aquiles la noticia de que no era el más veloz de los griegos. Aquiles, que ya estaba indignado por lo de Patroclo, montó en cólera, pero no en una cólera cualquiera, sino en la suya propia, que era un vehículo un tanto achacoso por falta de puesta a punto. Y para poder demostrar sus opiniones, el propio Zenón, después de zenar copiosamente, envió a los troyanos un emisario con el encargo de que le fabricasen una tortuga mecánica que llevara dentro de ella un diminuto mecanismo que funcionara como un caballo de Troya, pero capaz de impulsar a la tortuga a una velocidad de vértigo. Cuando Aquiles se enteró por Tiresias de que iba a protagonizar una de las más famosas paradojas y hasta un ensayo de Borges, se le llenó el alma de vanidad y no se dio cuenta del engaño, de manera que, lleno de ego, concedió a la tortuga doce metros de ventaja para reírse más a gusto después. Con este tortugoso mecanismo se inició la carrera cuyo resultado es de todos conocido. Aquiles echó la culpa a su propia cólera, que no le había permitido correr a su entera satisfacción, por lo que pidió a Ulises que le dejara montar en la cólera del astuto rey de Ítaca y repetir la prueba, pero Ulises no quería malgastar la suya porque le iba a hacer falta para perseguir y acabar con los pretendientes de Penélope nada más llegar a su pueblo, por lo que le dijo que la tenía en el mecánico, para cambiarle la correa de transmisión. De manera que la cólera de Aquiles fue el verdadero talón de Aquiles que nubló su mente y frenó su espíritu, que de otra forma habría visto las patitas del pequeño caballo de Troya debajo de la tortuga y habría protestado ante el árbitro Zenón el quieto. Ahora bien, para ser defensor de la inexistencia del movimiento, removió Roma con Santiago y Caravaca para demostrarlo. Su verdadero talón de Aquiles era su espíritu competitivo. Aquiles no odiaba a los troyanos tanto como envidiaba la suerte literaria de Ulises, la cual conoció también por boca del bocazas de Tiresias, que fue el más cotilla de toda la antigüedad. Tiresias le informó de que el destino de Ulises iba a ser más glorioso y renombrado que el de el rey de los argivos, por culpa de un tal Joyce y porque la Odisea era más divertida. Se creyó a pies juntillas lo que Tiresias le contó acerca de Ulises, pero, sin embargo, trampas de la vanidad, no le dio crédito a lo que le dijo sobre su propio destino en la obra de Borges. Necesitaba labrarse una fama que al menos llegara hasta Borges, como la de su secretamente odiado Ulises. Cuando supo que Parménides negaba el movimiento y que esa doctrina no parecía muy convincente, quiso regalarle la prueba de la verdad de su filosofía y regalarse a sí mismo la gloria entre los exégetas de la paradoja que iba a plantear en falso para demostrar una mentira, según Heráclito. Habló con Zenón y le propuso la nueva carrera durante una grandísima zena que pagó él. Luego, durante la carrera, hizo como que corría al máximo de sus fuerzas, pero simuló que tropezaba con piedras, que se mareaba y que no podía alcanzar a la velocísima tortuga, y reclamó asistencia médica varias veces sin verdadero motivo, como en el fútbol. Aquiles no entendía en realidad la paradoja, de manera que, al no estar seguro de si debería alcanzar a la tortuga o no, quiso correr varias veces. La dejó ganar para ganar él a la historia, a Ulises, creando una paradoja que tenía tongo. Pero nada de eso ha trascendido, porque Zenón le contó a su maestro Parménides la versión falsa, que es la que ha parmenecido. Y lo hizo por miedo al maestro, ya que par ménides que eso había expulsado de su escuela a otros discípulos díscolos y discóbolos.
—En verdad que lo que me cuentas sobre Aquiles es estremecedor: un hombre de su valía y que vaya por ahí con esas triquiñuelas dándoselas de ser el que mejor cólera tiene —dijo Edipo.
—Es un auténtico apañador de mitos, así es que te recomiendo que alquiles sus servicios para arreglar el tuyo, y comprobarás que no es dinero perdido.
—Alquilaré a Aquiles, por Zeus tonante y sonante.

Cuando llegó Aquiles, lo primero que hizo fue establecer claramente sus honorarios de hombre de alquiler.

—¿Qué problema tienes? —le dijo a Edipo.
—Mi mito no funciona. Tengo a la gente esperando y mis colegas están en el paro. Tiresias ha tirado las gafas de tijera de adivinar, por lo que no sabe si ve o no ve. La esfinge aún no tiene el título de psicología y Sófocles no hace más que sofoclarse cada vez que alguien le pregunta.

Aquiles decidió reunirlos en una taberna a Tiresias, a Yocasta, a Edipo, al rey Layo, a la psicóloga, a Eratóstenes y a algunos más.

—Señores —les dijo—: esto no puede seguir así. Al pobre Edipo se le ha empantanado el mito, mientras que el de Teseo está casi terminado. Es necesario que se pongan las pilas y que adopten una actitud más mitológica, porque esto parece una merienda de negros. Y debéis dar gracias de que Robert Graves, el poeta británico, residente y enterrado en Dejá, todavía no ha escrito su obra acerca de nosotros, o de lo contrario…
—¿Y cómo va a escribir su obra si está enterrado? —preguntó la psicóloga haciéndose la interesante.
—Porque le han puesto en la tumba la famosa hoja en blanco y una pluma de pavo para que lo vaya redactando en sus ratos muertos. Además Eratóstenes, que ha resultado no ser tan tóstenes como creíamos, ya ha medido el radio terrestre con ayuda de Empédocles y una caña de su invención, y aunque este se haya arrojado al Etna presa del bochorno de haber cometido un error en los cálculos de un milímetro milagroso, ha dejado dicho que, aunque Edipo está un poco neurótico, hay espacio suficiente para todos los mitos.

Todos se pusieron manos a la obra y en menos de una semana el mito estaba terminado y la esfinge consiguió aprobar las dos asignaturas pendientes, aunque copiando. 

[EN PORTADA: Edipo y la esfinge, de Gustave Moreau (1864)]

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