Crónica

Macarras interseculares

Luciano Hevia Noriega reseña 'Macarras interseculares', de Iñaki Domínguez: una historia oral de Madrid a través de sus mitos callejeros.

/ una reseña de Luciano Hevia Noriega /

Iñaki Domínguez se ha convertido de unos años a esta parte en uno de los más reputados especialistas y una de las voces más sugerentes a la hora de abordar ciertos rasgos de nuestra idiosincrasia popular basculantes entre la sociología y la antropología urbana. Buena prueba de ello es su libro Sociología del moderneo, a la que ahora suma este Macarras interseculares igualmente interesante y revelador.

No se trata, ni creo que el autor lo pretenda, de una obra equilibrada, ya que el perfil de los informantes acaba resultando determinante en un estudio tan deudor y aferrado a la oralidad como el que nos ocupa, y aquí priman los coetáneos del autor y los pertenecientes a la generación inmediatamente anterior, por lo que los años más tempranos aparecen con un menor peso cuantitativo respecto a los noventa y 2000. El que la historia se ciña exclusivamente a Madrid y sus barrios no resta un ápice de interés para los lectores no capitalinos, ya que buena parte del retrato resultante es perfectamente extrapolable a otras latitudes de nuestra geografía nacional, por más que la condición de Madrid como ciudad populosa y epicentro administrativo y lúdico no sea, ni mucho menos, cuestión menor.

Si el contenido atrapa e hipnotiza, el cuidado continente no le va a la zaga, tal y como viene siendo marca de fábrica de la editorial Melusina, que nos entrega un volumen cercano a las 500 páginas primorosamente editado que engancha ya desde la foto de portada, con el boxeador Dum Dum Pacheco sentado sobre el chasis de su Lotus descapotable luciendo inconfundible estética setentera. Las cubiertas interiores se aprovechan para, con una atractiva infografía, mostrarnos un mapa de los barrios de Madrid entre 1965 y 2020 y las zonas de influencia de cada una de las tribus o bandas que los dominaron, sus locales más emblemáticos y las actividades delictivas que en ellos se desarrollaron.

La recurrencia a fuentes orales y entrevistas personales de cara a pergeñar la cartografía del macarreo madrileño puede adolecer en ocasiones de cierta banalidad o dudosa verosimilitud en algunos pasajes, pero incluso en estos casos se hace buena la máxima de que se non è vero, è ben trovato tanto por los informantes, anónimos o identificados según los casos, como por el autor.

En el libro de Domínguez bulle la calle en la más descarnada y auténtica de sus manifestaciones, un paisaje urbano poblado por yonquis, lumis, camellos a gran escala o menudeo, salones recreativos, garitos infectos o fashion, plazas y parques, tribus, bandas organizadas o (más bien) desorganizadas, pasma, casas y locales okupados, poblados chabolistas, porteros de discoteca mazados, inmigrantes de las más diversas procedencias, atuendos identitarios, un parque móvil poco discreto y ruidoso, grafitis, ritmos musicales eclécticos y, por supuesto, hipocresía social a raudales sobre la que sustentar el profundo cambio morfológico sufrido por la ciudad desde el desarrollismo inherente al tardofranquismo hasta la actual gentrificación de barrios otrora más personales.

Desde esa Costa Fleming con sus barras americanas, pisitos para mantenidas y el personal de las bases sosteniendo el negocio de la prostitución y del incipiente juego (sin desdeñar, pásmense, los muy lucrativos tanatorios) hasta la Ciudad de los Poetas y sus poblados chabolistas de gitanos y marroquíes aún en pleno siglo XXI, pasando por los pandilleros de Lavapiéstomando por asalto drugstores y afters en una peculiar y sostenida genealogía que va de los quinquis setenteros a los hípsters de ahora, previa parada en los yonquis de los ochenta, los moros de los noventa o los chinos de los 2000; el trapicheo en Cuatro Caminos en torno a la estación de la Conti, con sus palos a las cabinas telefónicas, peleas de perros, la irrupción de las artes marciales en los setenta  o los clanes iraníes llegados tras el triunfo de la revolución islámica de Jomeini y el derrocamiento del sah en 1979; Malasaña y sus muchos peligros en los ochenta, con la heroína enseñoreándose de la plaza del Dos de Mayo y aledaños, las fiestas progres de la Transición, las broncas entre mods y rockers o las razias a cargo de ultras vinculados a Fuerza Nueva y Guerrilleros de Cristo Rey; la irrupción del hip hop en Torrejón con la disco Stone’s como lugar de encuentro y la tropa afroamericana de la base como clientela principal de burgers, boleras y supermercados de inequívoco sabor made in USA; la plaza de Olavide con sus vuelcos, extorsiones y los locutorios blanqueando (presuntamente) pasta a mansalva; la Prospe de los noventa con el parque de Berlín como centro de operaciones, enfrentamientos entre nazis y punkis y la mayor densidad de suicidas y quedados de todo Madrid; la zona Este con sus habituales hurtos al Corte Inglés como noble medio de ganarse la vida, los bajos de Argüelles infestados de nazis, celebraciones del 20-N y cacerías de skins a negros y viceversa; o, sin ánimo de ser prolijo, Tribunal y sus grafiteros, skaters y treneros haciendo de las suyas con los yonquis de la plaza de la Luna como privilegiados espectadores.

Esta geografía emocional no se nutre únicamente de barrios, plazas y parques, sino también de locales míticos (unos ya extintos, otros resistiendo la mierda de tiempos pandémicos que nos toca vivir) como Alcalá, 20, Vía Láctea, Penta, Mala Fama, King Creole, Warhol, Café Manuela, Rock-Ola (y sus legendarios conciertos fotografiados por Miguel Trillo que lanzaron al estrellato a las distintas tribus urbanas en ese lustro mágico comprendido entre 1980 y 1985), El Sol, La Bobia, El Salero, Attica, New World, Bali Hai, Specka, Chicote, Pachá, Joy Eslava, el Drugstore de Fuencarral… O marcas y prendas no menos míticas esgrimidas como emblema por las más variopintas faunas: bombers, Dr. Martens, plumíferos Pedro Gómez (a 100.000 pelas del ala), Levi’s, New Balance, cuero rocker de la cabeza a los pies… O bandas con líderes bastante chungos: Ojos Negros, los Miami, la Panda del Moco, Centuriones… O las drogas, sin hacerle ascos a ninguna: jaco, tripis, costo, farlopa… Y una convivencia entre tribus que fluctuaba entre cierta tolerancia interesada y los enfrentamientos a hostia limpia (y, a veces, no tan limpia) en los que se veían involucrados juntos, revueltos o por separado mods, rockers, punkis, nazis, pijos, bakalas o raperos.

Iñaki Domínguez nos lleva de paseo por un Madrid fascinante sin caer ni en la autocomplacencia lumpen ni en un supuesto encanto de la marginalidad, un paisaje por el que pululan con mayor o menor fortuna manifestaciones culturales sobre las que no siempre es fácil ejercer una taxonomía o jerarquización convincente: música, fanzines, arte urbano, ideologías, cine, fotografía… Y de tan titánico empeño sale muy bien librado, con algún pequeño error puntual que no empaña un conjunto realmente conseguido llamado a aterrizar por derecho propio en lo que ya empieza a ser una notable panoplia de publicaciones sobre aspectos de nuestra cultura popular hasta no hace mucho orillados y que se me antojan enormemente pertinentes en esta época de enconados debates acerca de conceptos como identidad o apropiación.  

[EN PORTADA: Juanma el Terrible y su panda (Madrid, 1980), de Miguel Trillo]


Macarras interseculares
Iñaki Domínguez
460 páginas
19,90€

Luciano Hevia Noriega (Les Arriondes [Asturias], 1975) es licenciado en historia y especialista en gestión cultural por la Universidad de Oviedo y trabaja como librero. Ha colaborado ocasional o habitualmente en periódicos y revistas como El Cien, El Impulso, El Fielato o La Ratonera.

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