Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (18)

Tomás Sánchez Santiago registra en esta ocasión del murmullo del mundo el sarcasmo cruel del anuncio de un banco en cuyo cajero duerme una sin techo, el aullido de la felicidad en el idioma sin causa de la infancia o cómo la historia exige repetirse con contadas variantes.

/ texto de Tomás Sánchez Santiago / fotografías de Encarna Mozas /

Ese impulso irresistible de agacharme cuando veo en el suelo público cualquier papelote manuscrito… A menudo lo hago, lo sigo haciendo. Tomo el papel con sumo interés y resulta que era eso. Una lista de la compra, un recordatorio para retener el nombre de un medicamento, un recado… La letra puesta así sin precauciones, en tinta urgente y con una caligrafía inocente y desgalichada. Como la nota que vi el otro día. Por un momento la retengo entre las manos. No quiero dejarla ahí, a la intemperie, para ser pasto de orines y pisadas. Seguramente el recado se cumplió y la nota ya no sirve. Por eso la tiraron al suelo; por eso la recojo yo, para intentar darle algo más de alcance y de profundidad a su destino, una profundidad que excede la mera función de esas palabras: «Recojer aller el colchon». Esa letra rupestre hace creer en una vida tasada por calamidades y limitaciones, en un carácter mellado por el temblor de la edad, en una lengua aprendida malamente y a deshora. Todo eso quiero ver en este papel que me esperaba en el suelo, que traslado ahora a este otro lugar como buscando para él una cierta redención que lo salve, al menos por un momento, de lo desechado, de lo cumplido del día.

De noche en el salón, terminando el día. Levanto la cabeza y veo eso: el ventanal moteado de gotitas silenciosas como una viruela sobrevenida. Los faros de los escasos vehículos que circulan a estas horas arrojan destellos espectrales sobre el asfalto. Puede escucharse la música efervescente de la fricción de los neumáticos. Es que ha llegado por fin la lluvia.

La vagabunda monta su parapeto en el sotechado de la entidad bancaria. Alza una especie de trinchera con sus cartonajes y se acurruca allí, dispuesta a pasar la noche lluviosa. Es extranjera y viste faldumentos vistosos, de memoria hippy. Ha sido hermosa esta mujer; todavía tiene una elegancia residual en su manera delgada de moverse. La he visto antes empujando el carro de ruedas donde se amontona su vida, todo lo que tiene. Me pregunto cómo va y viene con toda esa carga de un lugar a otro por itinerarios trabajosos. Carreteras desoladas, viajes inciertos. Me acerco a desearle buenas noches. «Okay, good night», me responde mientras sonríe para mí dejándome ver las encías deshuesadas, como su propia vida. Y allí la dejo, acurrucada en medio de sus posesiones, que ha ido sacando del carro. Cuando salgo me fijo en el anuncio de la fachada del banco, puesto allí como una declaración sarcástica: «AQUÍ HEMOS ESTADO Y AQUÍ ESTAREMOS SIEMPRE. A TU LADO, COMO SIEMPRE. NO HEMOS PARADO. ESTAMOS AQUÍ, PARA TI». Demasiados AQUÍ y demasiados SIEMPRE, me parece, como para creer en esas palabras (los bancos no tienen aquí ni siempre; son volátiles como el aliento). La mujer se ha puesto a dormir de espaldas al anuncio y a la ciudad saciada; como para dejarlo todo detrás de ella, en las afueras de la mendicidad.

De una conversación cazada al vuelo:

—El dinero no es lo único importante. Hay otras cosas.

—Sí, pero son carísimas.

Cae el tiempo como una venda sucia sobre las cosas desalentadas de una casa. Las bombillas se secan y en la madera va creciendo un abecedario desgarrado de marcas y señales que dejan esa fisonomía atosigada. También el abandono tiene sus prendas íntimas (polvo, hollín, escombros, puré de serrín…) que invisten a los cuerpos para no dejar a la deriva, tan sola, la desnudez de la materia.

Ese misterioso las, femenino y plural: me las arreglaré, me las pagarás, se las prometían muy felices, me las piro, ese las ve venir… Siempre me llamó la atención no saber a quién representaba a ciencia cierta ese pronombre inaudito. Son los escondrijos donde se retiran, oscurecidos, los últimos brillos del idioma. No acabamos de saber interpretarlos pero nos las vamos apañando así.

¡Ay, la despreocupación! ¿Dónde andarán ahora sus colores animosos? Miro a los niños del parque. Sus padres han hecho corros aparte, donde parecen hablar de cosas extremadas y oscuras mientras ellos se dejan caer gritando por el tobogán una y otra vez. No se cansan jamás. Es el aullido de la felicidad, que solo pertenece al idioma sin causa de la infancia. Dentro de algún tiempo, los mayores los obligarán a preocuparse, les mostrarán la seriedad en los espejos. Arrebatarles la despreocupación: esa es la tarea nefasta que los adultos emprendemos contra los niños. Quizás esos padres estén hablando de ello en los corros del parque. Tienen envidia de la infancia despreocupada y ya intrigan para dejar llover negra pedagogía sobre su corazón.

Recogidas en acordeón y encadenadas, las sillas de las terrazas se acumulan mojadas en las esquinas de las cafeterías. Ha llovido y de los candados cae un goteo de lágrimas sin orden.

Nosotros los llamábamos discos, como si su forma redonda fuese lo único que existía porque la música era algo inmaterial que estaba encerrada allí dentro y no la percibíamos hasta que sonaba. Luego, en una pirueta destartalada hacia la modernidad, se les llamó long play para diferenciarlos de los discos pequeños, que eran microsurcos, con esa agraria alusión —surcos— intempestiva; y ahora, con nuevo fervor material, se les denomina vinilos, otra sinécdoque que parece querer valorar más la propia materia que el contenido musical que guarda porque a día de hoy lo que se precia es sobre todo el objeto. Tengo los discos aquí, apilados a la vista, en el mueble del salón. Son nada más unas cuantas docenas que he ido salvando mudanza tras mudanza pero su presencia, un tanto arqueológica, da testimonio de un itinerario personal donde encontré consuelo y ánimo para la vida.

Cuando alguien dice adiós a otra persona no se sabe nunca cuál de las dos se está despidiendo.

¿Lo ves? Amanece en tu pequeña ciudad y bajo el cielo atocinado por la niebla helada resisten las telas de las arañas. Es el triunfo de la delicadeza, que a veces se impone sobre todo lo demás; es el triunfo de la persistencia también. Durante el toque de queda de esta noche las arañas han seguido trabajando, desobedientes y sigilosas, en este minucioso trazado que aguanta temblando incluso más allá de los horarios prohibidos.

Mañana de domingo. Subo al autobús. Vacío. Nada más el conductor y yo. Cambiamos unas palabras. Déjeme ir a ver si encuentro quien me venda un café portátil para tomarme porque estoy helado (lo llama así, portátil, y los dos nos reímos). Al momento regresa rodeando con las manos el envase de cartón para calentarse; me lo muestra desde afuera como si hubiese arrebatado el santo grial y se toma el café mientras estira las piernas hasta la hora de salir. En la ciudad adormilada los comercios están muertos detrás de trapas y de rejas. Proliferan, cada vez más, letreros llamativos. SE ALQUILA, SE VENDE, CIERRE POR JUBILACIÓN. Se hace extraño atravesar la ciudad viéndola así, vacía. También las iglesias están cerradas. La escasa gente que circula por las calles lleva bajo el brazo un periódico o entre las manos recados de panadería. Me bajo por fin en mi parada. El conductor me despide. Es alegre y dicharachero, de hablar muy amistoso. Se nota que necesita descargar la soledad del oficio. No se olvide la mochila, me dice. Y al verme bajar: va usted bien cargado. Y no, no olvido la mochila. Va llena de palabras que pondré a volar ahora, en cuanto baje al búnker donde estos días nos reunimos docena y media de personas que creemos en la poesía y nos guarecemos ahí, en ese espacio catacumbal, desentendidos por unas horas de la acidez mortal del aire por donde siguen moviéndose sobre todas las cabezas inapreciables animales.

Esas extrañas cooperativas… La pequeña muchedumbre que ha poblado las piñas, como si los seres del suelo se apretaran entre sí para hacerse más sitio y pasar el último trago del otoño. Mínimos cuchicheos entre ellos. Presentaciones y cumplidos de estos menudos aristócratas. Lo sé.

«Hay que ser como la sal: imprescindible pero que no se note». La anciana admirable nos dejó también esta sentencia lapidaria, de sabiduría y memoria campesina. Pero ella no supo que lo hacía porque en su vida todo estaba regido por el candor de la naturalidad. Tenía, como decía Torga, la gracia de ignorarse.

Los seres humanos siempre hemos necesitado dioses de facultades portentosas pero de comportamientos parecidos a los nuestros, gobernados por pasiones y decisiones caprichosas, interesadas o incluso abominables. Eso los hace más cercanos, más creíbles también. La historia de la humanidad contiene una galería de divinidades de fisonomía y conducta reconocibles. En Egipto tenían rostros de chacales o de pájaros; y los dioses griegos eran irascibles, vengativos, celosos, crueles. El mismo Jesucristo baja a la tierra a padecer las mismas necesidades de cualquiera. Hoy ha muerto Maradona. Pronto habrá noticias de que el dios del fútbol ha reaparecido aquí y allá ante sus apóstoles; y se producirán milagros suyos para que se siga cumpliendo el itinerario que lleva al mito. La Historia exige repetirse con contadas variantes.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

3 comments on “Los cuadernos pálidos (18)

  1. Sergio Gaspar

    Sutiles, como la palidez, estos recomendables apuntes.

  2. JAVIER LOSTALÉ

    La realidad hecha respirar a través de la poesía

  3. Carlos Francisco Monge

    Como todo lo que escribe el poeta Tomás, un juego de palabras que al transcurrir en su prosa levantan verdades desconocidas
    , pero irrefutables.

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