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¿Qué fue de Castilla?

Pedro Lecanda Jiménez-Alfaro diserta sobre cómo en la España de los regionalismos que surge de la Constitución de 1978 llama la atención la ausencia, la incomparecencia, de Castilla y el castellanismo; una Castilla de la que, además, ya no se siente parte el Madrid que abandera una suerte de 'regionalismo de la ausencia de regionalismo'.

/ un artículo de Pedro Lecanda Jiménez-Alfaro /

Una ausencia llamativa

Una facción importante de los nacionalistas de todos los países acostumbra a fundamentar sus reclamaciones en el sentimiento nacional. Donde hay una cultura, defiende cierto nacionalismo, debe haber un Estado que la resguarde y asegure. Ahora bien, para deshacerse del positivismo (y, a menudo, romanticismo) en que incurren los que hablan de señas de identidad, conviene fijarse en que no toda seña genera una identidad, ni toda identidad se expresa necesariamente en un sentimiento nacionalista. Esta segunda pregunta («¿por qué en determinadas regiones existe una aspiración nacional?») es, sin duda, mucho más prometedora para entender qué es una nación y renunciar a fundar el sentimiento en sí mismo, como una suerte de sustancia pura.

En la España que surge de la Constitución de 1978, la demostración más clara de este non sequitur nacionalista es la ausencia (prácticamente, la incomparecencia) de Castilla y del castellanismo; no así del leonesismo que, al menos en la provincia de León, adquiere una presencia creciente.

Cuando escuchamos la voz Castilla, nos viene a la mente, en el mejor de los casos, la comunidad autónoma de Castilla y León y, en el peor, el Imperio, Isabel la Católica y los aguerridos tercios de Flandes. Castilla pasa por ser la región que recoge la esencia de lo español, la que otorga la unidad y forja la identidad común de la nación: no en vano, la lengua franca se llama, indistintamente, español o castellano. Como es bien sabido (no hace falta citar a Ortega a estas alturas), ésa es, precisamente, la razón más aducida para explicar la ausencia de una identidad castellana: Castilla se confundiría con España o, al menos, en mayor medida que las demás; y de esta noción no puede brotar un ideario particularista o etnicista (los particularismos, más bien, recortarían sus singularidades contra ese fondo común castellano).

Esta percepción va algo más allá de las digresiones sobre el alma nacional tan preciadas por los escritores de la Generación del 98: lo cierto es que las encuestas confirman que, en las provincias castellanas, la identificación con la nación puntúa muy alto, y después va la provincia, prácticamente sin escalón intermedio (a diferencia de otros territorios, donde un notable sentimiento nacional español va de la mano de otro regional o, más llanamente, autonómico). Del otro lado, los nacionalistas periféricos sacan de vez en cuando a pasear la caricatura de una Castilla intolerante como causante de la marginación histórica de sus rasgos culturales propios.

Además, y este es el segundo movimiento, los pocos que aún defienden una suerte de regionalismo castellano han identificado sus señas de identidad con lo rural: el imaginario del regionalismo castellano está plagado de amapolas, boinas y dulzainas, lo que dificulta la identificación de los habitantes de sus ciudades y refuerza esa aura de atavismo a la que nos referíamos. También hay, sin duda, una reivindicación de los comuneros, de las libertades castellanas y el humanismo cristiano (aquello de que nadie es más que nadie) que se anudan al ser de Castilla (junto a rasgos psicológicos como la reciedumbre o un cierto estoicismo) en la obra de célebres escritores como Miguel Delibes o José Jiménez Lozano.

Aquí nos encontramos con otra razón de la ausencia de un sentimiento regionalista castellano: la mayor parte de ella se encuadra en la España vaciada (o España periférica, parafraseando la expresión de Christophe Guilluy). Los problemas y las experiencias de un habitante de un pueblo de Guadalajara y los de uno de Móstoles son tan diversas que difícilmente se puede construir un discurso que, en cierto modo, los vincule en esa difusa fórmula que es la cultura. Lo cierto es que, en lo que hace a los modos de vida (y la conciencia que estos determinan), son mucho más similares un habitante de Madrid y uno de Barcelona que los dos sujetos a los que nos hemos referido. Y es normal que un habitante de una provincia cuyo principal escollo es el despoblamiento se encuentre en mayor medida identificado con otro de Teruel que con los de la ciudad a la que emigra.

Entre tanto, el Canto de esperanza, de Luis López Álvarez, reza: «Desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar». En ese entonces, y en esa conciencia de la derrota (de lo que un día fue el corazón de un Imperio para dejar paso a la decadencia), se mueve buena parte de lo que queda del castellanismo. Desde esa conciencia se pregunta Enrique de Mesa, en su poema Caminera: «¿Dónde la Castilla de los comuneros?/ ¿Cuándo el claro día, fuerte y español?/ Hoy Castilla duerme […] Mas sus terrazgueros/ Con el alma libre surgirán al sol».

Lo asombroso de la ausencia del castellanismo en el amplísimo mapa de los regionalismos de España no es tanto su inexistencia, sino que nadie repare en ese vacío. Pero aún no hemos terminado este boceto de explicación.

Madrid, lo madrileño y los madrileños

Disculpará el lector el centralismo que demuestran mis prisas por hablar de Madrid, pero si hemos dicho que el castellanismo se expresa, generalmente, con referencias a lo rural y su abandono, el contraste con la idea que los madrileños tienen (tenemos) de sí mismos es del todo inevitable: la brecha a la que alude el término España vaciada tiene su envés en las grandes ciudades; y, en el caso de Castilla (aunque no solo), en Madrid.

La pugna a la que hemos asistido en los últimos meses entre el Gobierno de la nación y el de la Comunidad de Madrid, o la indignación creciente (también de los nacionalistas periféricos) con el dumping fiscal de la capital ha agitado la idea de una suerte de semejanza entre el regionalismo madrileño y el nacionalismo vasco y catalán; Madrid se sumaría a las tentaciones de secesión de las regiones ricas (que algunos autores han identificado con una suerte de episodio de lo que Christopher Lasch dio en llamar la rebelión de las élites) por la vía de la defensa de su régimen fiscal.

A raíz de esta polémica, Isabel Díaz Ayuso hizo lo que todo presidente de una región opulenta debe hacer para negociar exitosamente en el reparto territorial de recursos en España: envolver la política fiscal en el manto neblinoso de la particularidad, cuya evocación sirve de salvoconducto casi moral. Así, declaró que «Madrid es España dentro de España»; una España que asoció con la libertad (de paso, económica, en sentido liberal) y el cosmopolitismo. Pese a las muchas burlas, este discurso tiene suelo fértil en el que germinar y, además, no es nada novedoso.

El rápido crecimiento demográfico de Madrid, su consolidación como ciudad integrada en la economía global (que genera, por tanto, unas élites cuyos intereses se sitúan a dicha escala) y la consecuente concentración de recursos (que también se produce en otras, como Barcelona), sumada a la condición de capital (no ya de una comunidad autónoma, sino de España) exigía o más bien generaba un nuevo discurso que se amoldase a esta realidad cercana a la de ciudad-Estado.

Desde entonces, cada vez más, Madrid es la suma de todos, allá donde se cruzan los caminos, escaparate de España. Es la casa de todos los españoles, bastión de la modernidad en que la ausencia de una identidad local deja espacio a todas las demás, fundidas en la Nación y contra los nacionalismos. Su regionalismo es, precisamente, la ausencia de regionalismo.

No hay lugar a debate: lo cosmopolita (más bien, lo español sin apellidos) se impone sobre lo castizo, incluso dentro de la comunidad (pues también existe un Madrid rural) triunfa esta idea: madrileñoes el que vive en Madrid; solo que, en este caso, el lema es verdad.

Madrid, por cierto, tiene casi de todo. Casi, digo: no estarían de más un río y una catedral a la altura. Tiene, por otra parte, una bandera que sólo se exhibe en las lunas traseras de los vehículos VTC o en los edificios públicos. En la ley que regula esa bandera leemos, aunque pueda resultarnos sorprendente, que: «La bandera de la Comunidad es roja carmesí. Madrid indica con ello que es un pueblo castellano, y que castellana ha sido su historia, aunque evidentemente el desarrollo económico y de población haya sido diverso». Además, castellana es la principal avenida de la ciudad, y de Castilla una de sus más importantes plazas.

Pero lo más chocante es que Madrid tiene un himno (que ningún madrileño escucha nunca, salvo que se decida a escribir un artículo sobre el tema) cuyo autor es nada menos que Agustín García Calvo, y que cuenta con el honor de ser (sospecho) el único himno irónico del mundo: en ese himno se dice con una sinceridad llamativa para el género que: «Yo tengo mi cuerpo:/ un triángulo roto en el mapa/ por ley o decreto». Por si fuese poco, se califica a la ciudad como «[…] Metropol ideal/ del Dios del Progreso» y hacia el final nos recuerda el mito regional al que hacíamos alusión: «y yo soy todos y nadie,/ político ensueño».

Por supuesto, nada tengo en contra de esta predisposición de apertura hacia los que llegan a la ciudad de fuera, ni hay en mí la menor intención de animar a la construcción de una identidad fuerte y retrospectiva para Madrid. Se trata de señalar que entre los versos del Canto de esperanza, líricos y melancólicos y los otros, cínicos y descreídos del Himno de la Comunidad de Madrid, media una ruptura real (económica, demográfica, de infraestructuras…) difícilmente restañable con discursos culturalistas, que obedece a motivos mucho más poderosos que uno (o tres) gobiernos autonómicos. También que la identidad emerge de este sustrato real: se trata, por tanto, del fruto de un proceso y no, a la manera de una pura ficción (como quieren algunos de los divulgadores de la idea de relato); de una opción gratuitamente escogida por unos pocos.

Por supuesto, ni siquiera un cambio histórico de esta magnitud es capaz de eliminar del todo la idea de pertenencia a una región: los madrileños aún recordamos que somos castellanos. Sí es capaz, en cambio, de lograr que dicha pertenencia tenga nula potencia política, que se resigne a constar como una mera evocación; en definitiva, que la seña se convierta en prácticamente irrelevante.

Pero, a propósito de vestigios, ¿qué queda aún de Castilla?

Lo que queda de Castilla

De Castilla queda, además de una vasta demarcación histórica, la mitad del nombre de dos comunidades autónomas (Castilla y León y Castilla-La Mancha), unidas geográficamente por otra (la Comunidad de Madrid) que ha configurado una identidad segregada de la castellana, ajustada a su evolución, que hace prácticamente impensable un castellanismo pujante.

Para que el castellanismo se convirtiese en un movimiento políticamente existente, tal vez debiera adoptar una postura posibilista: no basta (que ya sería mucho) con decir el nombre de Castilla, sino que sería necesario emplear el castellanismo como un motivo para la cooperación autonómica y el mejor reparto de recursos entre las comunidades castellanas. Frente a esta posibilidad (que, soy consciente, supone en buena medida redescubrir el Mediterráneo), se imponen, como indicábamos, razones sobradas para el pesimismo de sus defensores.

Por el momento, guste o no, el futuro del castellanismo parece encontrarse en los libros de poesía, en las redes sociales o en el panteón de las ideas nacionales condenadas a ser, por siempre, sólo ideas.


Pedro Lecanda Jiménez-Alfaro (Madrid, 1996) es graduado en derecho y máster en propiedad intelectual por la Universidad Carlos III de Madrid, y estudiante de filosofía en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Con varios artículos publicados, participación en la obra literaria titulada Relatos de El Trueno Dorado y autor del poemario De gravedad y gracia, sus intereses se centran en la estética y la filosofía política y del derecho.

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