Crónica

12-O, Fiesta Nacional de España: su patronazgo real y religioso

Francisco Abad escribe sobre la competencia histórica entre las vírgenes de Guadalupe y del Pilar por el patronazgo hispano y en defensa de la obra nacida en torno a la segunda, que califica como «patrimonio de todos, [...] mucho más amplio que una fe que parece a veces que se bate en retirada».

/ por Francisco Abad Alegría /

El 26 de octubre de 2020, El Cuaderno Digital publica un artículo de Sergio Gaspar Nieto, en el que mediante una mirada metódicamente dubitativa, mayéutica, serena y tierna, se glosa la entidad actual de la Fiesta Nacional del 12 de octubre, con una perspectiva parahistórica (séame permitida la expresión) que parte de la llamativa experiencia, para gente del montón como yo, de un vaso de agua servido por una camarera marroquí que trabaja en un bar propiedad de un ciudadano de origen chino. ¡Curiosa reflexión sobre multiculturalismo e historia, iniciada con un vaso de agua, sin magdalena proustiana ni cosa parecida! La exquisita pluma del profesor deja en el aire afirmaciones dignas de reflexión, con ademán de no haber despuntado ni un solo tajo en su vida.

Yo soy mucho menos sutil y eso del multiculturalismo y las nada encubiertas pugnas de influencias a la brava siempre me han parecido como la nieve, que puede facilitar el solaz del deslizamiento o abreviar los días de quien se desnuca en un mal resbalón. Así que permítanme decirles un par de cosillas no sobre la Fiesta Nacional, sino sobre el patronazgo de una realidad, no sé con qué durabilidad,  pasajera, como todo lo humano, llamada España, según el dictamen de uno de los miembros de la plétora de Nobeles que nos cercan y aprisionan con reflexiones tan sabias como aquella de «un concepto discutido y discutible», sobre una nación que ha sobrevivido más de cinco siglos sin la ayuda de tan preclaros intelectuales. Me tomaré la libertad de no apoyar con referencias lo dicho, porque están por doquier en internet y mi pretensión no es hacer una tesina, sino contarles un cuento que no es cuento; un asunto de poder e imposición, para variar,  en la actividad humana.

La Virgen del Pilar, ¿patrona de la Hispanidad?

En el año 1928, la Virgen de Guadalupe fue coronada por el cardenal primado de España, Pedro Segura, como Reina de las Españas en una solemne ceremonia en la que estuvo presente el rey Alfonso XIII. El cardenal eligió la fecha del 12 de octubre, porque en día tal se produjo el descubrimiento de América. Guadalupe fue visitada por Colón antes de su partida, en 1486, y dos veces en 1489, y en Guadalupe se entrevistó con los Reyes Católicos. Desde Guadalupe se expiden por la reina Isabel las cartas en las que se urgía el equipamiento y partida de las naves.

Tras el Descubrimiento, Colón vuelve a visitar Guadalupe en dos ocasiones, en 1493 a la vuelta de su primer viaje, cumpliendo una promesa hecha a la Patrona por salvar a la expedición en una tremenda tormenta acaecida a la altura de las Azores, bautizándose los indios traídos por el Almirante, Cristóbal y Pedro, y en 1496, a la vuelta del segundo, en que renombra a la isla Kakukera como Guadalupe. Mucho después ocurre el famoso e improbable episodio de la imprimación de la imagen de la Virgen de Guadalupe en la pilma del indio mejicano Juan Bernardino, en el que la milagrosa mano divina muestra trazos toscamente humanos, bajo la revelada advocación de Virgen de Guadalupe, y allí comienza la historia de la Guadalupana.

Sin embargo, en la actualidad el patronazgo de la Hispanidad, la obra civilizadora y evangelizadora de España en la tierra americana, incorporada a España como parte de ella y no como colonia, como se afirma reiteradamente por interesados ignorantes o fanáticos, se atribuye a la advocación del Pilar de Zaragoza. Y digo en la actualidad porque la cosa viene como secuela de movimientos fraternizadores y algunas consecuencias de la última guerra civil española. El exministro español Faustino Rodríguez-San Pedro, presidente de la Unión Ibero-Americana en 1913, pensó en una fiesta que exaltase la existencia de una comunidad real histórica y cultural entre los países hispanoamericanos y España, para lo que se eligió el 12 de octubre, fecha del Descubrimiento, celebrándose por vez primera en 1918 con el nombre de Fiesta de la Raza, por decreto firmado por el rey Alfonso XIII. En 1926 el obispo Zacarías Vizcarra propone cambiar el nombre de Raza por el de Hispanidad, lo que se hace por primera vez con el impulso de Ramiro de Maeztu, que había sido embajador en Argentina, en 1935. Las dos denominaciones han convivido, de momento, en la práctica, pero sin cambio de preeminencia de la advocación mariana del Descubrimiento.

Al parecer, en la conmemoración del centenario de Francisco Pizarro, descubridor extremeño, en 1941, el ministro Ramón Serrano Súñer (alias el cuñadísimo) pide que el superior de Guadalupe solicite del general Franco la declaración de la Virgen de Guadalupe como Patrona de la Hispanidad. Al efecto se convocó a dos eminentes teólogos (¡hablamos de 1941!) para que abogasen con criterios históricos por el patronazgo de Guadalupe o del Pilar, que ya andaba entonces en este baile, absolutamente estéril en la práctica, para la Hispanidad (¡!), aunque a lo que parece, crucial para el movimiento turístico y económico. En enero de 1958 Franco establece como Fiesta Nacional y Día de la Hispanidad, sin pronunciarse de ningún modo sobre el patronazgo del Pilar, el 12 de octubre. La normativa ya propia del Estado democrático constitucional confirma por ley de 1987 la Fiesta Nacional Española el día 12 de octubre; no hay declaración legal de patronazgo pilarista, porque el cardenal primado de España, Pedro Segura, como legado del papa Pío XI, en presencia del rey Alfonso XIII, coronó canónicamente a la Virgen de Guadalupe como Reina de las Españas, es decir, de la Hispanidad, el 12 de octubre de 1928, como se ha dicho antes.

Interferencia vaticana

El asunto fue manipulado por el papa Pío XII, que en la apología por la beatificación de sor Teresa de Jesús Jornet e Ibars (fundadora de las Hermanas de los Ancianos Desamparados) aprovecha para referirse a la Virgen del Pilar como Reina de la Hispanidad, en abril de 1958, completando su preferencia por el Pilar frente a Guadalupe, ya manifestada en radiomensaje a los argentinos en octubre de 1945, llamando a la Pilarica Gran Madre de la Hispanidad. El cambio se había forzado por obra de quien, siendo cardenal Pacelli, secretario de Estado, había firmado el infame Concordato Imperial, incomprensiblemente (o no) aún vigente, con el ministro Von Papen del primer gobierno de coalición de Adolfo Hitler, que implica la apostasía automática de los católicos que no declaren tributación a la Iglesia católica a través del régimen fiscal alemán.

Virgen de Guadalupe

Dicen las tradiciones que san Lucas, el «médico amigo» de san Pablo, talló con sus propias manos la imagen de la Virgen de Guadalupe en madera de cedro oscuro y con ella fue enterrado (Figuras 1 y 2). Obviamente la imagen es de estilo románico tardío, relativamente tosca y no es probable que el santo obispo Lucas compaginase su labor apostólica, y quizá médica, con la escultura, empleando además una máquina del tiempo para hacerlo. Se atribuye la llegada a Sevilla de la imagen como obsequio del obispo de Roma san Gregorio Magno al obispo san Leandro, pero las fechas tampoco cuadran. Dicen que la imagen fue llevada a la zona del caserío de Guadalupe en 711, para preservarla de la profanación por los sarracenos invasores, y de nuevo las fechas no cuadran. Sí es probable que se encontrase, dicen que por el vaquero cacereño Gil Cordero, en pleno siglo XIV, seguramente como resto de un oratorio o eremitorio ya arruinado.

Difícilmente san Lucas pudo tallar una imagen románica de la Virgen de Guadalupe
Actual imagen de la Virgen de Guadalupe revestida de ornamentos devocionales

El hecho es que, siguiendo una costumbre muy propia de la época, se edificó un pequeño templo donde custodiar y venerar la imagen mariana, cuya fama milagrera y devocional crecía, mereciendo incluso la respetuosa visita del rey Alfonso XI, que ordenó ampliar y consolidar la construcción, encomendando su custodia a la orden de los Jerónimos (actualmente sustituidos por franciscanos). Justamente la estrecha relación de Cristóbal Colón, con lo que ello suponía, con los franciscanos, imprimió mayor auge al marianismo guadalupano desde la segunda mitad del siglo XV. El futuro Almirante de la Mar Océana llevaba siempre consigo una pequeña réplica de la imagen de la Virgen de Guadalupe, confiando en su ayuda. El Nuevo Mundo se conquistó en nombre del reino de España bajo la advocación y patrocinio de la Virgen de Guadalupe, empezando, naturalmente, por la primera isla caribeña de América, que se bautizó como San Salvador. La Virgen de Guadalupe fue reconocida oficialmente, como se ha dicho, como Reina de las Españas (no de las Colonias españolas) o de la Hispanidad en 1928 y patrona de Extremadura en 1907. La ya secular aversión de las poblaciones hermanas, más bien hijas, hispanoamericanas a la madre España, ha hecho que se desligue incluso canónicamente la relación obvia de la Guadalupana mejicana de Tepayac de la denominación original y auténtica extremeña, de modo que aún las comunidades religiosas que atienden al culto en los santuarios extremeño y mejicano no tienen relación directa.

Virgen del Pilar

A orillas del Ebro, en Zaragoza, en el corazón de la Caesaraugusta romana, se encuentra la basílica-concatedral del Pilar. En su interior se alberga en un camarín destacado, la imagen de la Virgen del Pilar, que sin apoyo documental o histórico conmemora el advenimiento de María en carne mortal a la ciudad, para consolar al apóstol Santiago y sus compañeros en momentos en que la predicación del Evangelio parecía infructuosa (Figuras 3 y 4). Las tradiciones dicen que el hecho ocurrió el 2 de enero del año 40 y añaden que la Virgen aportó como testimonio un pilar de jaspe de poco menos de dos metros de altura, señalando el lugar en el que se había producido su sagrada visita. La realidad es que la fecha del advenimiento de la Virgen a Zaragoza procede de fuente absolutamente carente de valor documental (Ciudad mística de Dios, de sor María Jesús de Ágreda, 1.ª edición, póstuma, de 1670, libro VII, parte 3.ª), lo que hace imposible la precisión que se atribuye a una copia conservada de un códice del siglo XIII (Moralia) de san Gregorio Magno (finales del siglo VI a principios del VII), que simplemente menciona la existencia de un templo dedicado a la Virgen en Zaragoza, pero sin la fecha que piadosamente inventó diez siglos más tarde la abadesa de Ágreda (Figura 5). Además, excavaciones en el subsuelo del templo del Pilar, realizadas en 1934 para consolidar y reparar grietas y fallos diversos, muestran que el templo comenzó siendo verosímilmente una domus ecclesia que luego pasó a ser templo, con sucesivas ampliaciones (Figuras 6 y 7); y respecto al Pilar de jaspe que la Virgen habría traído como testimonio de su visita, es del mismo tipo de piedra que se encuentra en otras zonas de Zaragoza (basílica de Santa Engracia) y se empleaba en cantidades discretas como suntuaria en época romana (ya antes de Tiberio) en algunos paneles parietales o peristilos domésticos. Es interesante recalcar que el obispo san Braulio (619-631) importante personaje de la Iglesia visigótica, cuyo epistolario se conserva editado en buena medida, ni siquiera menciona al Pilar, además de que en la entrada a la cripta de la basílica de santa Engracia, las excavaciones dirigidas por el profesor Antonio Mostalac han sacado a la luz el primitivo baptisterio (de inmersión) de tiempo del sabio y santo obispo Braulio, lo que ya indica claramente que la sede primada cesaraugustana no fue ni el Pilar, ni la actual Seo, sino Santa Engracia, cuna celestial de mártires cristianos. Una vez más, los hechos son tozudos. En la fachada principal de la actual basílica, está incrustada una piedra que sería el tímpano del templo de Santa María la Mayor, hoy del Pilar, antes de la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador en 1118; parece un tímpano poco acorde con lo que debía ser una edificación mozárabe anterior al siglo XIII.

Imagen original en madera de la Virgen del Pilar
La imagen de la Virgen del Pilar ataviada con fajín de Capitana General español
Portada del libro VII de la obra de la abadesa de Ágreda, editada en 1723 (1ª edición en 1670), Mística ciudad de Dios.
Reproducción del artículo de Miguel Gay en Heraldo de Aragón, 5-9-1934, página 6) dando noticia de la existencia de relevantes restos romanos (y árabes) en el subsuelo de la basílica del Pilar de Zaragoza.
Fotografía de la cabeza romana de la que se da noticia en el artículo de Gay de 5-9-1934, realizada personalmente por el prof. Mostalac Carrillo, que algunos consideran retrato de una noble cesaraugustana y otros restos de una imagen de Proserpina

La imagen de la Virgen es una pieza bellísima de estilo borgoñón, donada por la débil y neurasténica reina Blanca de Navarra en 1435, y realizada por el darocense Juan de la Huerta, en agradecimiento a su curación considerada prodigiosa en 1433. Esta reina, con sus pacatas vacilaciones, exigiendo a su hijo el príncipe Carlos acatamiento a su padre Juan II de Aragón, para evitar enfrentamientos sangrientos, realmente avivó una dolorosa guerra civil navarra que podría haberse evitado con la tajante aplicación de la ley sucesoria. La devoción pilarista de la reina dio nacimiento en Pamplona (¡no en Zaragoza!) a la asociación de Caballeros del Pilar, con la consigna ¡A ti me arrimo!, de la que fue primer maestre mayor el príncipe Carlos, presuntamente asesinado por orden de su padre Juan II.

La fuerza progresiva del pilarismo proviene no solo de inventadas tradiciones, sino de que la sede cesaraugustana fue ostentada por don Hernando de Aragón, nieto bastardo del rey católico Fernando de Aragón, cisterciense, obispo de Zaragoza y virrey de Aragón (s. XVI), que impulsó las humanidades en su sede episcopal (aún no metropolitana) y favoreció la cultura y el comercio, sino básicamente al llamado milagro de Calanda (1640), que fue documentado detallada y fidedignamente, de la recuperación de una pierna amputada por el devoto de la Virgen del Pilar Miguel Pellicer. La fuerza pilarista no solo encumbró intelectual y económicamente a la ciudad de Zaragoza (ahora arrasada por la barbarie anticultural), sino que puso en fechas previas a la guerra de la Independencia casi el 65% de los bienes inmuebles urbanos en posesión del Cabildo y el ya Arzobispado de la sede.

La Virgen del Pilar fue proclamada patrona de Zaragoza en 1642, arrebatándosele vilmente por el municipio de Zaragoza tal patronazgo a santa Engracia, titular de la primera sede auténtica de la capital; de Aragón en 1678, Capitana General del Ejército Español en 1908 y de la Guardia Civil en 1913. Pero hasta Pío XII nadie se atrevió a quitarle el Patronazgo de la Hispanidad a la de Guadalupe; incluso el Caudillo, tras la última guerra civil, no tuvo tal osadía. Fue el papa tutelado por sor Pasqualina quien cometió la cacicada (excusen la vulgaridad) de deponer a la de Guadalupe sustituyéndola por la del Pilar.

La invención de la venida y los documentos

Por no aburrir, me fijaré en tres puntos de difícil refutación.

  1. Cuando el almirante Colón regresa del primer viaje del Descubrimiento, va a rendir inmediatamente gracias al santuario de Guadalupe, dirigiéndose después a toda prisa a Barcelona, donde se hallaban entonces los Reyes Católicos. Como es patente por los fragmentos del Diario de a bordo que se conservan, transcritos del original perdido por Bartolomé de las Casas, y la Historia del Almirante de su hijo Hernando, no detiene en el camino en el templo del Pilar, que, por otra parte, hallándose en pleno Camino de Santiago ni siquiera es mencionado por el Codex Calixtinus (siglo XII) que detalla minuciosamente los pasos importantes, aún mínimos de la ruta jacobea,
  2. El busto relicario de san Braulio (1456-1461), obispo de Zaragoza del siglo VI, (Figura 8), recogido en un concienzudo estudio por los dres. Ainaga Andrés y Criado Mainar («El busto relicario de san Braulio (1456-1461) y la tradición de la venida de la Virgen del Pilar a Zaragoza», Aragón en la Edad Media, 2008; 20: 65-84), muestra en el dorso un relieve precioso, habitualmente no expuesto, cuya fotografía, original de Antonio Ceruelo, debo a la amistosa generosidad del prof. Guillermo Fatás Cabeza (Figura 9) que recoge la escena de la venida de María en carne mortal a Zaragoza. La Virgen no lleva al Niño, que evidentemente la ha precedido, según nuestra fe católica, en la Ascensión al cielo; se ven los famosos siete compañeros de Santiago y al mismo apóstol y en una esquina izquierda edificaciones que indicarían la ciudad de Zaragoza. Todo acorde con la antiquísima tradición, sin Niño, claro, que ya estaba grandecito y resucitado (según mi fe católica). Pero…
  3. La biblioteca tiene la perversa virtud de mantener por escrito documentos que contradicen en tiempo y forma algunas afirmaciones de transmisión oral, piadosas o no. En 1798, con todas las licencias eclesiásticas, se imprime el libro Actas sinceras, escrito por Miguel José de Maqueda (Madrid: Imprenta real), reclamando el patronazgo para Pamplona de los santos Saturnino, Honesto y Fermín. Saturnino fue obispo de Tolosa de Francia, actualmente Aquitania oriental, que predicó la fe cristiana en Pamplona hacia el año 250, bautizando, entre otros, a Firmo, padre de san Fermín y que al retorno sufrió martirio siendo arrastrado por un toro que se llevaba para hacer un sacrificio pagano. Le sucedió Honesto, al que fue enviado Fermín, hijo de Firmo, para ser instruido y finalmente consagrado obispo, que pastoreó Pamplona, tornando a Aquitania para proseguir el ministerio, donde encontró también el martirio (entonces no existían como tales Francia, España, Navarra ni Gascuña). Al parecer la fuente principal de Maceda son unas actas martiriales, probablemente de Bosquet (siglo XVI), que encontró en la biblioteca de un convento femenino de clausura. Lo más interesante para nosotros se sintetiza en la página 157 de las Actas Sinceras, que recoge la realidad auténtica de la situación eclesial de la zona meridional de la Aquitania romana del siglo III y principios del IV, momento en el que presuntamente despega el culto cesaraugustano del Pilar, de acuerdo con la tradición inmemorial, cincelada detalladamente en el busto de san Braulio, contemporánea (Figura 10). Maceda afirma sin dar lugar a la menor duda que a la España de entonces (sirve, por qué no, el año 40 y la noche del 2 de enero, ya puestos a admitir las fantasías de la abadesa de Ágreda…) no vino san Pablo, ni Santiago y que no hay mártires hasta el año 259 y además afirma que los famosos compañeros de fatigas de Santiago, que luego consagraría obispos de sedes de Andalucía, Toledo, Portugal, Galicia, Astorga, Logroño y Tudela, eran siete y no ocho, ya que el obispo, luego depuesto por herético, de Mérida, no estaba entre los acompañantes de Santiago. Está clarísimo que la censura eclesiástica no dejaría pasar un gazapo de tal calibre. Juzgue cada uno.
Busto-relicario de san Braulio, obra de Francisco de Agüero (1456-1461), realizada por A. Ceruelo, tomada del trabajo de M. T. Ainaga Andrés y J. Criado Mainar: «El busto relicario de san Braulio (1456-1461) y la tradición de la venida de la Virgen del Pilar a Zaragoza», Aragón en la Edad Media, 2008; 20: 65-84 (p. 69).
Fotografía de alta calidad, facilitada por el prof. G. Fatás Cabeza, de la escena de la venida de la Virgen del Pilar a Zaragoza, original de Antonio Ceruelo, esculpida en el dorso del busto-relicario del siglo XV de san Braulio, recogido en la anterior figura.
Referencia en las Actas sinceras de Maceda (1798) a la venida a Zaragoza de la Virgen María en carne mortal y la presencia real del apóstol Santiago y sus siete compañeros en el acontecimiento.

La obra pilarista, destruida por el pilarismo

Mientras que Guadalupe fue cuna y centro religioso y principio de la expansión agrícola y cultural de tierras españolas y lusitanas y luego americanas, sin excluir orígenes míticos nebulosos e improbables, Compostela, verosímil montaje del astuto obispo Gelmírez, de una corriente cultural y económica que unió muchas tierras europeas, el pilarismo dio nacimiento a una envidiable cultura musical, cultural y teológica (por este orden). Pero con el paso del tiempo, Guadalupe quedó arrumbada y oscurecida por su derivación mejicana, Compostela se hizo blanco del aluvión de folclóricos agnósticos seguidores de Coelho y el Pilar quedó como símbolo del baturrismo más ignaro, masivo y popular. Debe de ser ley de vida que todo lo grande, especialmente si nace con pies de barro, se derrumbe.

Asumamos llanamente que la importancia religiosa del Pilar es ya básicamente emocional, folclórica y agnóstica. Pero eso no obsta para que el poso cultural perviva y se mantenga. Un museo y un par de bibliotecas, estas cerradas a cal y canto al común de los mortales, y un ambiente cesaraugustano de mínima altura han quedado como pecio marítimo de lo que fue sede religiosa y cultural de los descendientes del católico rey Fernando. Y eso ya se fraguó desde mucho tiempo atrás, aunque haya sido facilitado por la anticultura que ya todo lo invade. No hay que ser pilarista, ni siquiera creyente, para intentar preservar la obra nacida en torno a la Virgen del Pilar, porque eso es patrimonio de todos, es mucho más amplio que una fe que parece a veces que se bate en retirada. Dejemos a un lado la religión. Veamos cómo se hizo un tramado tramposo que luego se desgarra fácilmente, como tejido débil, con el empuje de la violencia de la masa humana empeñada en igualar a todos por la línea del ocaso.

[EN PORTADA: Virgen del Pilar]


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra (con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón (1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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