Poéticas

Brines en Elca

El poeta de Oliva publica en Pre-Textos la primera antología de su obra después de recibir el Premio Cervantes de 2020, en la que incluye siete poemas inéditos y donde la finca familiar acoge el latido y la metáfora de una de las escrituras esenciales de las letras hispánicas.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Con motivo de la concesión del Premio Cervantes al poeta valenciano Francisco Brines (1932), la editorial Pre-Textos ha tenido la feliz idea de dedicarle, a modo de homenaje, una antología con un puñado de poemas suyos: Desde Elca. En la colección más bonita de la casa: La Cruz del Sur. Al decir casa, no puedo por menos que elogiar el preciosa viñeta de Joan Millet («Elca») que luce en la cubierta con la casa de la partida de Elca (nombre por el que se conoce ese sitio), cerca de su natal Oliva. Dentro aparece en una fotografía que, blanca en la luz, muestra aún mejor lo imponente que es. 

Francisco Brines, retratado por Jesús Císcar

El libro lleva un breve prólogo para la ocasión firmado por el periodista Fernando Delgado, «Aquello que Brines me contó», donde rememora una entrevista que le hizo en la revista Ínsula. Allí reconocía a Marcial y Catulo como dos cercanos contemporáneos y decía que «solo si nos aceptamos desnudos a nosotros mismos podremos aceptar a los demás». Y hablaba de la ética y de que «nunca me ha preocupado la originalidad y no he movido un solo dedo por encontrarla». Delgado, en fin, le agradece que nos haya «inventado un mundo».

Viene después un texto sustancioso del propio poeta, escrito con una prosa nada común, que se basa en una conferencia pronunciada en 2008 en Barcelona. Me recuerda la sutil, lúcida y extraordinaria poética que abría la antología Selección propia (Cátedra, 1984), que luego rescató en Poesía y collage (Renacimiento, 2019), donde encontramos perlas como estas: «El lector no es el autor del texto, pero sí lo es del poema, quiero decir, de ese texto transformado por él en emoción». «Se necesitan, pues, un autor y un lector, ambos capaces de crear la poesía, cada uno desde su propio lugar». De ahí, añade, que «los poetas no dejen nunca de ser lectores». 

Más adelante afirma: «El asombro que en la adolescencia era para mí la poesía es ahora revelación». Y matiza: «que no viene de fuera, sino de mi interior secreto y oscurecido». Y sigue: «La poesía no es un espejo, es un desvelamiento. En ella nos hacemos a nosotros mismos. No buscamos reconocernos en ella, sino conocernos».

Desde la experiencia, destaca que «la poesía posee una ética que ayuda al lector a ser un mejor ciudadano». Brines concibe el poema «como un instrumento ético» que propicia una «lección de tolerancia»: la que le dieron sus padres «al aceptar mi vocación de poeta».

«En la oscuridad de la escritura —leemos—, misteriosamente, todo se aclara y se fija». Y: «La crítica del lector es importante, pero aún más es su intuición. Para Eliot la sobrepasa». Luego matiza: «La labor crítica en la creación es tan importante como la intuitiva, ya que si esta es la condición sine qua non de la facultad creadora, sólo la primera, la crítica, hará posible su validez». 

Termina reconociendo que ha recibido con «emoción y enorme gratitud» el Cervantes. Y que conoció la noticia en Elca, «donde transcurrió lo mejor de mi infancia, desde el lugar donde me dispuse a contemplar con sosiego y temblor, la vida y que para mí ha llegado a simbolizar el espacio del mundo». «Un territorio se convierte en lugar en el momento en que le otorgamos unas posibilidades afectivas, y ese proceso siempre reclama la mirada del otro». Y concluye: «Elca, el lugar donde se han cruzado todas mis edades». 

Muchos de los poemas seleccionados para la antología tienen ese «lugar». Desde el título a veces: «Espejo en Elca», «Elca», «Elca y Montgó» y «Lamento en Elca». Y en el verano, basta con el leer «Los veranos», uno de los más logrados de Brines, como otros que se recogen también. Sigo quedándome con los de la serie inglesa de Palabras a la oscuridad (Mere Road, pongo por caso). O con ejemplos como «La última costa» (el que cierra el volumen), «Desde Bassai y el mar de Oliva», «El otoño de las rosas» o «Epitafio romano», por mencionar sólo unos pocos. 

Lo mejor, acaso, de la muestra son los inéditos que incorpora. De ese libro ya anunciado: Donde muere la muerte, título de uno de los siete poemas que se adelantan. Por lo leído, no va a ser un libro cualquiera. Eso en Brines es impensable, lo sé, su rigor y capacidad autocrítica le avalan. Pero podría uno estar tentado de pensar que a cierta edad… Nada de eso. Son poemas a la altura de su más elevado listón. Impresionantes, si se me permite el exceso. Me refiero a «Reencuentro», «El último viaje», «El testigo», «El vaso quebrado», «Las últimas preguntas», «Mi resumen» y el citado «Donde muere la muerte». 

No voy a entrar en más detalles. Ni acerca del contenido de estos poemas ni de la poesía de Brines en general. Remito al lector curioso al artículo («Francisco Brines, el sueño de una luz que nunca cesa») que publiqué en El Cultural cuando le concedieron el galardón más importante de las letras hispanoamericanas. Después de leer y releer su poesía, me parece más merecido que nunca. Llámenlo fervor. 


Tres poemas inéditos de Francisco Brines

Reencuentro

He bajado del coche
y el olor de azahar, que tenía olvidado,
me invade suave, denso.
He regresado a Elca
y corro,
no sé en qué año estoy
y han salido mis padres de la casa
con los brazos abiertos,
me besan,
les sonrío,
me miran
—y están muertos—,
y de nuevo les beso.

Donde muere la muerte

Donde muere la muerte,
porque en la vida tiene tan sólo su existencia.
En ese punto oscuro de la nada
que nace en el cerebro,
cuando se acaba el aire que acariciaba el labio,
ahora que la ceniza, como un cielo llagado,
penetra en las costillas con silencio y dolor,
y un pañuelo mojado por las lágrimas se agita
hacia lo negro.
Beso tu carne aún tibia.

Fuera del hospital, como si fuera yo, recogido
en tus brazos,
un niño de pañales mira caer la luz,
sonríe, grita, y ya le hechiza el mundo,
que habrá de abandonarle.
Madre, devuélveme mi beso.

El testigo

La luz,
aún no la sombra.
Y vivo en la penumbra oscurecida
(La luz es cálida,
cuando roza, besa.)
Es todo mi deseo; saberse ser,
aún existente.
Antes que todo sea
como antes de ser.
Nuestra esencia es ceguera,
y aquello que lo niega es un misterio
sin significación.
¿Quién pone en nuestra mente
la incógnita de Dios?
Él es Amigo y Enemigo.
Es el nombre otorgado a la ignorancia.
Su aletazo nos borra
Nada he sido.
Mi testigo, lector, pongo en tus manos.


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Desde Elca (Antología)
Francisco Brines
Prólogo de Fernando Delgado
Pre-Textos, 2020
128 páginas
15 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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