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Días de 2021 (4)

Nuevas páginas de un diario de Avelino Fierro, que escribe la muerte de un viejo amigo o un paso por Urgencias.

/ por Avelino Fierro /

Finales de abril. No sé si los sueños expresan realizaciones de deseos, emociones ocultas, puerilidades o frustraciones. Leí poco al doctor Freud en eso. Pero recuerdo los últimos instantes del sueño de hoy, domingo, a eso de las ocho de la mañana: iba a comenzar a escribir en este cuaderno y un tipo que tenía al lado, de pie, vestido de negro y con sombrero, con una agenda de tapas gruesas y papel pautado que contenía anotaciones, me recitaba lo siguiente: «Describir los tejados y edificios del barrio, seis euros; dos euros más si se extiende el texto hacia lo climatológico y los paseantes. Salirse del momento presente, bien sea hacia el pasado o bien para hacer predicciones o futuribles, son cuatro euros a mayores; lo mismo que si se utilizase algún comienzo que recuerde a otros memorables, del tipo «Llamadme Ismael», o «Lo primero que probablemente queréis saber es dónde nací y cómo fue mi asquerosa infancia». Si usted trata de emplear alguna de las técnicas habituales para presentar la conciencia en la ficción, como son el monólogo interior o el estilo indirecto libre, eso subiría bastante. Ahora no se lo puedo concretar, tendría que consultarlo con la Dirección». Y cada vez que hablaba de dinero, el hombre atiplaba la voz para hacer sonidos como los de una máquina registradora: «Clic, clonc». Realmente odioso.

Y yo me quedaba paralizado ante este siniestro inspector tributario, ante el anuncio de esos gravámenes a la creación. Pero, sin duda, hay algo detrás de esas imágenes: porque hace días que no escribo. Si la escritura de ficción es voluntad e imaginación, me faltaría lo primero. Mas la escritura de un diario es la descripción de los instantes, de las impresiones fugitivas, la manifestación de seguir anclado a la felicidad (Blanchot) o de buscar compañía (Valéry: «Un hombre que escribe no está nunca solo»).

Pero me está faltando esa capacidad de trabajo y el estado mental adecuado. Y, sin embargo, en estos días pasados, hubo momentos o sucesos que pensé traer aquí. Como aquellas horas de un sábado en que yo no conseguía recordar las proporciones exactas de vodka y naranja que lleva el destornillador —el cóctel— en la forma en que lo describe Truman Capote. No lograba transmitírselo a aquel camarero tan atildado y serio, mientras seguíamos pidiendo cubalibres —eso sí, en el idioma de los argentinos y a la manera de Cortázar—, esperando el momento en que yo recobrase la memoria.

Se ha muerto mi amigo Javi. Ya hace de eso unas semanas y todavía no he conseguido hablar con Arancha, su mujer, porque se me pone un nudo en la garganta que no deja pasar la voz, sólo las lágrimas. Todo son imágenes y situaciones rescatadas que se agolpan. ¿Recuerdas aquella noche, ya bastante borrachos, en el Lorenzo, en que Toño Fortes estaba incordiando y erre que erre y perseverando, y tú no entrabas a trapo, para decirle finalmente: «Toñín, ¿no te das cuenta de que nunca podremos llevarnos mal porque nos hemos abrochado  muchas veces el babi?».

Y yo os recordaba en el aula, uno detrás del otro, metiendo aquellos botoncitos en sus ojales: Fernández Vega y Fortes Robles. Y Fierro Gómez, yo, ¿no tendría que estar en el medio? Esa es una de las imágenes que aparecen con frecuencia, el recuerdo de una frase y una de tantas noches de francachela. Hay muchísimas más. En el piso que compartimos en Oviedo, estudiando en la Facultad de Derecho, conocí a fondo tus inacabables recursos para el humor y tu bonhomía, el color de tus pijamas de tela. Y todo el andamiaje de ese caserón de cartón piedra que te habías construido, ese teatro que ocultaba a un niño grande. Nadie lo supo nunca, salvo yo, y siempre te guardé el secreto.

Miro ahora una foto de los primeros cursos del colegio; en el inmenso tropel del mundo, allí coincidimos para seguir a tientas hacia algo que entonces nos parecía el inacabable porvenir. Y ahora, este sinsentido.

Y he vuelto a Urgencias, al hospital. Eso me ha procurado siempre algunas buenas páginas, sobre los rostros en las salas de espera, sobre el movimiento que siempre es allí más lento (cuerpos sumergidos en una cápsula con merma del aire), sobre ese sonido que puede escucharse por detrás del temor y que no es el latir de la sangre.

En el box de al lado estaba Leonor, con 92 años. En el de más allá, otra mujer, de más edad —no recuerdo ahora su nombre—, a la que iban a sondar porque no conseguía hacer pis en la plancha. Se quejaba lastimosamente. Me hicieron varias pruebas: electrocardiograma, análisis de sangre, toma de tensión. Agujas hilvanando la carne. Palabras agitadas. Crepúsculo de fiebre. Imágenes recortadas como patrones de costura, como fotos fijas de una momentánea eternidad. Territorio del miedo.

Cuando el Tac de cerebro no detectó ningún tumor royendo al hipotálamo, sentí cierta euforia. Pregunté si al día siguiente podíamos ir a las Jornadas Culturales que se celebraban ese fin de semana en ese pueblo minero del norte de Palencia, Barruelo de Santullán. Porque allí nos esperaban Julio y Cecilia, y Noemí y Pablo, y Zana. Y San Andrés de Arroyo y Moarves. Y milanos sobrevolando ese paisaje de leves ondulaciones y algunos cerros que anuncian ya la montaña.

Era casi medianoche cuando salí hacia el aparcamiento. Noté una pequeña rozadura en el interior del zapato. Era una moneda de veinte céntimos. Recordé que al ingresar en el box y desnudarme, una moneda había caído al suelo y no había conseguido encontrarla. Había saltado hacia el zapato; quería volver conmigo a casa. Lo interpreté —no sé qué diría el señor Freud— como un buen augurio, señal de buena suerte.

Con estas restricciones por mor de la crisis sanitaria, los bares llevarían un buen rato cerrados. Me habría gustado celebrar mi vuelta entrando en alguno, clandestino, de los que hay en estos arrabales que descienden desde los altos del hospital a la ciudad. Aminoré la marcha, escudriñé, pero no vi ninguna luz roja. Solo las estrellas querían decirme algo que no acerté a oír bien.

IMAGEN DE PORTADA: Royal Naval Hospital, Haslar, de Jan Gordon


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018), todos ellos publicados por la editorial Eolas.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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