Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (25)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago un hombre que pasea un ramo de rosas por la calle, el sabor acre de la recriminación o el arte de ser discreto (cultivar todos los modos de no comparecer).

/ texto de Tomás Sánchez Santiago; fotografías de Encarna Mozas /

En la vastedad de la noche, salen por su cuenta de los últimos estratos del sueño estas palabras: «Teoría de los animales blancos». No sé más. Es como si alguien lo hubiese escrito con caligrafía incontestable para que yo continuase añadiendo otras palabras. Las palabras del poema. Así lo percibí en el estupor del despertar, antes del amanecer. Son los dictados desprevenidos que le llegan ardiendo al poeta.

Todos lo hemos presenciado alguna vez. Un hombre aparece en plena calle empuñando un ramo de flores, entre ruidos de bocinas y jaleo transeúnte. Qué irresuelto va siempre. Como este que avanza por el paso de cebra sosteniendo unas rosas con vergüenza serena. Las querría ocultar pero parecen haber crecido demasiado y no cabrían en parte ninguna. ¿Qué hacer? Mostrarlas así, sin pudor, a los demás es dejar ver un pedazo impertinente del alma, que todos manosean con la mirada. Y el hombre va así, amedrentado por tanta exuberancia, como si llevase las tripas colgando en ese ramo que está desvelando al mundo —y él lo sabe— las vértebras de una historia que nadie más debería conocer.

Atraviesa el autobús una inmensa extensión solar de campos amarillos. Arde Castilla en junio y hay una extraña suspensión en todo, como si los destinos de las vidas hubiesen desaparecido. Y, de pronto, la visión de ese gato caminando deprisa, el lomo muy bajo y la mirada tensa. Nadie sabría decir de dónde a dónde va con esos andares aplastados. Él nada más va cruzando sin apuro este espacio lleno de imposibilidad; resuelto como quien dejó atrás una habitación en llamas. Su viaje es incierto, sin porqué y sin objeto. Por un instante, desde la ventanilla del autobús yo fui el gato.

Una tormenta espectacular en medio de la noche. Me levanto entre relámpagos y tableteo de goterones graves contra los cristales de la galería. Todo es puro y sucede por sí mismo, sin dependencia de otras intervenciones. Dan ganas de quedarse así para siempre, viviendo de cara a la oscuridad y esperando destellos de cuando en cuando. Sin otra vida intermedia entre lo que no se puede ver y lo que nos deslumbra, esas dos formas de estar ciego. Y termina la tormenta y asomo la nariz al aire nuevo de la noche antes de volver a la cama. Definitivamente, un olor lujoso a tierra viva me desbordará el sueño.

Miras flores cansadas. Pelas frutas logrando pulseras con sus cáscaras, crujientes como de hule. Buscas ángulos muertos para quedarte en ellos mientras el mundo pasa frente a tu boca seca. Pones la lengua sobre el humo que levantan para nadie las cosas pequeñas. Reducirse por fin a esas tareas urgentes, necesarias, costosas que nadie sabe. Para desafiar la vil arquitectura de la vida negociable de cada día.

El sabor acre de la recriminación. A veces todavía rebotan sus oscuras cortezas, del reino de la lija, contra las bolsas ciegas del corazón. Cuerpo claudicante, dame al menos en tus brozas última música viva.

La estética epiléptica del videoclip ha acabado con la contemplación. Los documentales de la televisión sobre viajes ya parecen anuncios: te quieren mostrar una ciudad y se suceden vertiginosamente unos planos sobre otros como una catarata de muñones en los que es imposible detenerse. Es la dictadura de la velocidad, que impide hacerse cargo con detenimiento goloso de lo que se está viendo. En la expresión verbal, su correlato es la sustitución del discurso por el test y por el eslogan; no interesa ya el desarrollo del pensamiento y todo se reduce a un picoteo mendaz de palabras sueltas como chispas instantáneas que parecen bastar. En eso consiste ahora la comunicación humana.

Arte de ser discreto: cultivar todos los modos de no comparecer.

Amanecer en una playa del norte. Salir de la caravana para pisar cuanto antes la arena tierna. Ahí están, bajo el cielo arrugado como un vendaje manoseado por el uso, las ojeras del agua siempre sin sueño.

Bien vestidos y bien atusados, todos los días hay hombres desconcertados que salen a hurgar con parsimonia en los contenedores públicos. Este rebasará los ochenta años. Se toca con sombrero fino y tiene aún muy acusados los rasgos de quien ha echado la vida en un pueblo; un campesino desarraigado, seguramente, que viene a la ciudad a terminar la vejez junto a su familia. Lo miro de cerca. ¿Qué buscará ahí dentro con ese manoteo veloz? Quizás nada en concreto. Quizás quiere asombrarse de lo que se desecha. Su manera de vivir —de haber vivido— no lo comprenderá bien porque entonces todo se aprovechaba: el papel para envolver o prender fuego, la madera para arder, las mondas para el ganado, el cristal para rellenar… ¡A esa generación vamos a contarle ahora lo que es reciclar! Por eso, él va consultando lo que hay allá adentro, lo entresaca como si se pasmara de que alguien lo hubiera arrojado ahí, entre lo inservible. Al fin no se queda con nada, se sacude las manos y sigue su camino lentamente, como si apenas entendiera las nuevas instrucciones de la vida. Y, en efecto, es que es así.

Esas advertencias de los muebles que estallan bruscamente en la noche de las casas. Es como si nos avisaran de que no pertenecen del todo a ese ámbito doméstico. Sus restallidos son un lamento por el bosque perdido de donde vienen. Miguel Ángel Muñoz Sanjuán lo expresa así de bien en uno de sus poemas: «Durante la noche los maderos de las casas crujen como si los árboles a los que pertenecieran se resistiesen a olvidar».

Excitado en forma de música, el dolor se hace láminas de alegría que caen sobre todas las cabezas como un himno de lluvia radiante: Vivaldi, siempre Vivaldi.

Nos sorprende la tempestad en plena calle y nos ponemos a cubierto como podemos en el porche de un portal. Allí estamos los dos junto a ese hombre de barba pelirroja y gafas de pasta, arruinado por el alcohol, que se pasea cada día por el barrio colgado de una botella. Trabajaba en la construcción, la crisis de 2008 lo dejó sin trabajo y la vida lo arrastró hasta este estado. Tiene 45 años y duerme en la calle. Nos da más detalles de su vida hecha escombros. «Perdonen si los he ofendido», nos dice cuando ya volvemos a la calle una vez que la lluvia cesa. Regreso entonces al vértigo del mundo con una extraña sensación, la de quien nota el peso bruto que le ha dejado en el corazón el destino de los excluidos. Pero casi nunca queremos hacer nada por advertirlo: estamos demasiado cerca de nosotros mismos.

Contemplar mucho las cosas las afirma en lo que ellas son, ya desprovistas de todo accidente. La quietud exhalada las convierte en realidades estrictamente poéticas. O sea, en verdad bastante.

Han segado ya el descampado de enfrente de casa y los tordos bajan cada tarde a picotear lo que encuentran. Durante la tormenta del martes levantaron el vuelo y pasaron en desbandada ante el ventanal. Su vuelo torpe y pesado, por las rachas locas de viento, los hacía oscilar entre baqueteos. Ante mí ese ballet indeciso y cepón. Docenas de pájaros a escape manteniendo a duras penas la orientación entre golpes de aire. A veces solo conseguían sostenerse quietos en el espacio hasta poder rehabilitar el vuelo. Suma visión de la tarde. «¡Llevadme con vosotros!».


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Los cuadernos pálidos (25)

  1. Miguel Ángel García Salgado

    Muy bueno, qué mirada tan precisa o qué escucha cuando todo dentro está calmada… Dices » es bastante verdad» la poesía, así si, porque se sale, no lo otro de fuera, pensamiento, idea a dentro, no eso no

    Te seguiré amigo a partir de ahora.

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