El runrún interior

El runrún interior: un dietario (13)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la decisión de cobrar entrada por entrar en Venecia o la lectura de 'Bucarest: polvo y sangre', un libro de Margo Rejmer sobre Rumanía.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (12)

Martes, 24/8/2021. Leo en Twitter que, cuando el amante de Edith Piaf murió en un accidente de avión, ella entró en una fortísima depresión y dejó de comer. Una amiga suya decidió entonces fingir que el fallecido hablaba a Piaf a través de la ouija, deletreando una sola instrucción: «Come». Quien tiene un amigo, tiene un tesoro.


Miércoles, 25/8/2021. Venecia será una ciudad de pago a partir de 2022. Se colocarán unos tornos en los accesos a la ciudad, habrá cupos de visitas y la obligación de reservar una entrada, pagando entre 3 y 10 euros. La zona en la que se encuentren los tornos estará vigilada por más de 500 cámaras de seguridad de alta definición que no solo enfocarán los accesos, sino también diversas zonas de la ciudad que contarán con un centenar de sensores. La ciudad se convierte definitivamente en un parque temático y yo me acuerdo de aquel pasaje de La democracia caníbal, de mi querido José Manuel Querol:

«¿Qué es Venecia? Venecia es un cadáver exquisito, una ciudad museo fantasmal donde habita la decadencia modernista en los palacios renacentistas; palacios en los que las hermosas venecianas se peinan en los pisos superiores, mirándose en espejos dorados y sentándose en divanes tapizados de damasco, mientras en los pisos inferiores las ratas roen los pilares de madera podrida por el agua estanca. Somos aquel rico sin cash que enseña su herencia a los turistas orientales o vende, como el aristócrata de la comedia de Billy Wilder, su paternidad al capitalismo global. Somos habitantes en una historia que ya nos es ajena, pero que enseñamos con orgullo a los bárbaros curiosos. Si algo pudo vender Europa alguna vez quizás fue ideas, pero estas escasean ahora ahogándose en el Acqua Alta (el agua alta) de la riqueza; en la presión del pensamiento único, último eslabón del proceso de anulación del sistema (la opa hostil al pensamiento), que ha mercantilizado las universidades, las editoriales, las librerías (hasta las de culto); que ha ahogado en abundancia de publicaciones irrelevantes a aquellas que algo tenían que decir; que ha burocratizado la producción de los profesores universitarios, estandarizado empresarialmente las enseñanzas medias de los ciudadanos, volviendo irrelevante el pensamiento, expulsando a las humanidades de todos los lugares donde aún sobrevivían; que ha secado el pozo de las ideas, que ahora son una recapitulación amable y contemplativa, dorada pero sin garra, de un pasado que ya no existe. Como las damas venecianas, nos peinamos mirándonos en Cervantes, en Shakespeare, en Goethe, en Hegel y si hace falta hasta en Marx, sin que su reflejo, sin embargo, nos devuelva una imagen con la que poder decir al mundo que aún somos necesarios; pero no importa: seguimos habitando el jardín de media tarde en calma; la calma insensata de la decadencia».

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Leo a alguien lamentar que «Millán Astray y Stalin son noticia en un país que ha olvidado ya quién fue Miguel Angel Blanco» y me pregunto quién puede creer de verdad que quien no sepa quién fue Miguel Ángel Blanco sí sabrá quién fue Millán Astray. Me resulta muy curiosa esta especie de whishful thinking al revés: obstinarse en creer que ocurre aquello que a uno le indigna contra toda evidencia de que efectivamente suceda.

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He empezado a ver The Crown, la serie británica sobre el reinado de Isabel II. Voy por la temporada 2 y me están resultando interesantes muchas cosas y personajes, pero, sobre todo, los funcionarios de la Casa Real: discretos, envarados y abnegados peones que trabajan por la Monarquía como institución más que por el soberano concreto al que sirven, y a veces incluso en contra suya.

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Comenta en Twitter David @Kolokotronis_, un tuitero experto en Grecia al que sigo, lo siguiente:

«A veces tengo la impresión de que toda esta moda de antiintelectualismo y de antiuniversidad por alguna parte de la izquierda procede de gente acomodada que se pensaba que la Uni era la puerta a la revolución social y claro. Sé que parece tabú decirlo hoy, y es que pese a todos sus problemas, ir a la universidad, al menos en mi experiencia, sigue siendo liberador. Y sí, es un fin en sí mismo. Una institución con casi mil años de historia en la que por primera vez no está destinada a cuatro elegidos».

Secundo. Yo, de la Universidad, recuerdo profesores buenos, malos y regulares, mucho que mejorar, derivas infames y mucho contra lo que protestar, pero no cambio por nada la cultura que adquirí, la gente que conocí ni la experiencia oxigenante de salir de casa. No porque mi casa fuera un lugar asfixiante, ni muchísimo menos. Adoro a mis padres, adoro mi barrio y adoro a mis amigos de la infancia, que siguen siendo los de mi edad adulta. Pero los adoré más y mejor al tomar distancia y enriquecer ese mundo con experiencias nuevas. Con las que rodearon a la Universidad y con las que viví dentro.


Jueves, 26/8/2021. Los múltiples y sorprendentes rostros del heroísmo. Los talibanes ejecutan, leo, al cómico afgano Khasha Zwan por hacer chistes sobre ellos. Zwan continuó burlándose de ellos mientras lo arrastraban para ejecutarlo en un pelotón de fusilamiento.

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Hay una imagen de En el valle del paraíso, la recopilación de reportajes sobre la antigua URSS de Jacek Hugo-Bader publicada por La Caja Books, que revolotea en mi cabeza desde hace días, convertida en una cierta obsesión. No por su erotismo, sino porque creo que, de un modo que todavía no sé concretar, condensa al mismo tiempo toda la belleza y el horror de lo humano. Cuenta el periodista polaco haber visto la siguiente escena en las plantaciones de anashá del Kirguistán, meca centroasiática del tráfico de droga: grupos de mujeres jóvenes de «belleza salvaje, asiática» trotando desnudas por entre los hierbajos de tal modo de impregnarse la piel, untada de aceite, de polen que luego se les retira con unos cepillos. Parece ser que es el método más rentable de recolectar este cáñamo de la familia del cannabis. Una de las que Hugo-Bader vio llevaba —cuenta— el torso cubierto con un enorme tatuaje consistente en unas llamaradas que brotaban de su pubis y alcanzaban sus pechos.


Viernes, 27/8/2021. Se encalla uno a veces en los textos que escribe como un coche en un barrizal. Llevo tres días mirando para un maldito párrafo que me trae de cabeza, dándole vueltas y más vueltas, tratando de arrancarlo Carlos, y nada: no hay tracción, no consigo echar a rodar.

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Uno de mis más antiguos y queridos placeres culpables es hojear el ¡Hola! siempre que me topo por ahó un ejemplar. Me fascina asomarme al mundo marciano y execrable de ranciedad aristocrática que llena sus páginas. Del último número, que hojeo en este momento, me recreo en la doble página titulada «Una princesa con estilo: la maleta perfecta para su aventura en Gales». Se refiere a la princesa Leonor, que empieza en unos días el bachillerato en un colegio de allá. «Los tonos tierra y los accesorios de inspiración ecuestre son los grandes favoritos para disfrutar con estilo de la Naturaleza», leo entre un despliegue visual de sastrería hípica, tartanes plisados y botas de cazador.

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Estampas del capitalismo tardío:

«WhiteSpaASMR (30 años, 93 mil seguidores) lleva nueve horas lamiendo un micrófono en forma de oreja y haciendo sonidos relajantes a cambio de suscriptores. Por cada nuevo suscriptor que consigue, añade un minuto de directo. Hace dos meses que emite prácticamente cada día. Los tres días anteriores ha lamido el micrófono en directo durante cinco horas, ocho horas y siete horas sin parar».


Sábado, 28/8/2021. Manuel Sacristán: «La ignorancia no es nunca en la práctica honrado vacío, como en la teoría, sino falso saber. Saber patéticamente afirmado y defendido con mayúscula».


Domingo, 29/8/2021. He empezado hoy, y casi acabado, de leer Bucarest: polvo y sangre, de Margo Rejmer, una recopilación de reportajes sobre Rumanía, la mayor parte de cuyas páginas se ocupan de la era socialista y sus legados pertinaces; su ser un pasado que no pasa. Un amigo de Rejmer lo expresa bien cuando le dice: «¿De qué sirve que hayan matado al señor y a la señora Ceaușescu? A diario nos tragamos el plato que nos cocinaron».

El libro se ocupa largo y tendido, por ejemplo, del decreto 770, aquel con el que el dictador prohibió en 1967 los anticonceptivos y el aborto con el objetivo de alcanzar la cifra de veinticinco millones de rumanos en el año 2000, imponiendo también revisiones ginecológicas obligatorias y penalizaciones para las mujeres solteras y las parejas casadas y sin niños. Rejmer diserta sobre cómo aquel decreto transformó la sociedad rumana de forma perdurable que llega hasta hoy. Por un lado, llenó Rumanía de hijos no deseados; una riada demográfica (en 1967 vino al mundo el doble de niños que un año antes) que, además, aquel Estado ineficaz no sabía disponer servicios suficientes para gestionar: había una carencia enorme de guarderías, parvularios, escuelas, trabajo, vivienda… Ello agravó las dinámicas de frustración y amargura que, a la postre, explicarían en no poca medida la inusitada violencia de la insurrección anticomunista de 1989.

Los decretáneos —como se conoce en Rumanía a aquella generación— crecen «con el complejo de no deseados»; una conciencia que poenetra «en su ser. No hay forma de borrarla. Es difícil vivir con ella, es como andar siempre con un abrigo con los bolsillos llenos de piedras». En un momento dado, se dan cuenta «de que en la desmoronada Rumanía comunista no hay futuro para ellos». Y entonces, «defraudados y airados», desean «la muerte de aquel que los trajo al mundo. La muerte del Padre de la Nación». Los hijos devorando a Saturno. Pero también la devastación psíquica de sus madres, aquellas mujeres condenadas a parirle a la patria remesas de hijos; madres que lo hubieran sido de uno, dos o ninguno y lo eran de seis, siete, ocho, o de una tormentosa sucesión de abortos clandestinos. Rejmer también se ocupa de aquel sórdido mundo que tan bien se refleja en la aclamada película 4 meses, 3 semanas, 2 días, de 2007; una red incierta de galenos fiables, amateurs benevolentes pero riesgosos y estafadores puros y duros al entregarse a la cual aquellas mujeres desesperadas se jugaban literalmente la vida: la tasa de mortalidad era altísima en aquellos abortorios improvisados, carentes de las condiciones sanitarias más elementales con demasiada frecuencia. Y a ello se le sumaba la posibilidad de caer en manos de falsos amigos y delatores a lo largo del proceso. Un interlocutor de Rejmer le comenta en el libro su impresión de que

«el decreto que vetaba a las mujeres el derecho a la anticoncepción y al aborto es la clave para comprender la sociedad rumana actual. Porque el decreto lo cambió todo: las relaciones entre esposos, vecinos y amigos, entre padres e hijos. Las mujeres dejaron de confiar unas en otras, y, al mismo tiempo, estaban condenadas las unas a las otras, porque solas no se las podían arreglar. La sociedad no ha tenido tiempo hasta hoy de recuperarse tras aquel experimento que debía construir grandes familias felices y que resultó ser una bomba que destruyó los lazos entre las personas».

Rejmer registra algunos chistes divertidos que en aquella época se burlaban de la ineficacia estatal y el desabastecimiento, dentro de la tradición del humor como válvula de escape que Tomás Várnagy estudia en Proletarios de todos los países, ¡perdonadnos!: el humor político clandestino en los regímenes de tipo soviético y el papel deslegitimador del chiste en Europa central y oriental (1917-1991). Este, por ejemplo: «¿En qué se diferencia la República Socialista de Rumanía de Auschwitz? En que en Auschwitz había gas». O este otro en el que me parece que se resume espléndidamente la gran paradoja del socialismo real: «Dumitru Prunariu, cosmonauta rumano, le deja una nota a su madre: «Mamá, salgo para el cosmos, volveré la semana que viene». Al día siguiente, la madre le deja otra nota: «Hijo, salgo a comprar queso, no sé cuándo volveré»». La capacidad de acometer logros asombrosos de la humanidad corría pareja, en aquellos regímenes, a la incapacidad de garantizar a sus poblaciones servicios básicos y una cotidianidad predecible y cómoda. Y todo era particularmente disparatado en la Rumanía de Nicolae Ceauşescu, aquel sátrapa megalómano de quien Rejmer cuenta que todo lo que tocaba el cuerpo dictatorial, ya fueran calzoncillos o camisetas, iba a parar a sus manos en paquetes envasados al vacío, y cubría su cuerpo una sola vez; y que en otro momento dado decidió, a la vez, anular la deuda externa del país volcando prácticamente toda su producción económica a la exportación —lo que generó un desabastecimiento pavoroso— y construirse el palacio más grande del planeta Tierra. Me refiero, claro, a la Casa Popurului, que yo conocí en mi viaje a Rumanía en 2016: un mastodonte de 340.000 m² de mármol, maderas nobles, lámparas de bronce y puertas de cinco toneladas para cuya construcción —acometida a toda velocidad, con veinte mil obreros trabajando las veinticuatro horas del día a tres turnos— se arrasaron 7000 casas, doce iglesias, dos sinagogas y tres monasterios de uno de los barrios más bonitos de Bucarest. Tan enorme es este monstruo que el poscomunismo no demolió, aunque sopesó hacerlo, que el 70% de su superficie sigue inutilizada pese a que el edificio albergue hoy el Congreso y el Senado rumanos, tres museos (el Nacional de Arte Contemporáneo, el del Totalitarismo Comunista y el Museo del Palacio) y un centro internacional de conferencias.

Y sin embargo, hoy hay una vasta nostalgia de Ceaușescu en la Rumanía que un día lo fusiló. Explica esta morriña abracadabrante la desasosegante situación de la Rumanía poscomunista, un país carcomido como ninguno por la corrupción y en el que siguen contándose chistes descreídos, y por ejemplo el de que Rumanía es el segundo país más corrupto del mundo solo porque pagó un soborno para no quedar el primero. Leo también en este libro que en 1999, en una encuesta, se preguntó a los rumanos quién había perjudicado más al país durante el siglo XX. Quedó en primer lugar Nicolae Ceaușescu. En la misma encuesta se preguntó quién había beneficiado más a Rumanía. Quedó en primer lugar Nicolae Ceaușescu. Sigue siendo omnipresente, más de treinta años después de su muerte, aquel antiguo zapatero de Scornicești cuyos defensores, cuando se los enfrenta a la realidad palmaria de los horrores norcoreanos de su régimen, resuelven la papeleta argumentando, como hace una muchacha a la que Rejmer entrevista, que «hizo lo que pudo. Solo que la gente de su entorno le asesoraba mal. Lo aislaban de la verdad». Al leer este pasaje, me acuerdo de un matrimonio rumano emigrado a España que cuidó de mi tío abuelo R. en sus últimos años; gente trabajadora y más buena que el pan que echaba de menos a Ceaușescu y también acudía a esta triquiñuela curiosa que yo me he topado otras veces en defensores de lo indefendible, como por ejemplo los de Stalin: el Rey era puro; los malvados eran sus ministros. «Viva el Rey, muera el mal gobierno». Ya lo dijo Festinger: la desconfirmación produce una enorme disonancia que hay que reducir. Y la reducimos exactamente igual que un labriego medieval, porque en el fondo no hemos cambiado tanto.

No soy nada fan del psicologismo historiográfico; de las explicaciones de grandes procesos y etapas que acuden a las características psicológicas de sus líderes para explicarlas. A Hitler lo pegaba de pequeño en el colegio un abusón judío y eso lo explica todo; ese tipo de cosas. Soy materialista. Pero me gusta este pasaje del libro de Rejmer:

«Pero el gran líder sigue siendo aquel niño pequeño de Scornicești aprendiz de zapatero. Sabe perfectamente lo que es el campo y por eso quiere eliminarlo. Él, que traía agua del pozo, decide trasladar a los campesinos a los bloques de hormigón. En lugar de aldeas, tiene que haber ciudades. En lugar de pequeñas casas, barrios de bloques. El muchacho —quien pese a ser adulto hace tiempo, sigue tartamudeando y tragando aire a nerviosas bocanadas y agitando los brazos como si quisiera levantar el vuelo— se inclina sobre el mapa de la capital y señala: «Este barrio, derruirlo. Estas iglesias, desplazarlas. La colina, achatarla. La tierra, trasladarla». Él, que vivió cerca de un río, desvía el cauce del Dâmbovița y lo convierte en un canal con fondo de hormigón».

Mientras leo el libro, me acuerdo de una calle de Gijón cuyo nombre siempre me ha parecido medio indignante. La calle Siglo XX. ¿Qué sentido tiene homenajear a la centuria de Auschwitz, de Srebrenica, del experimento Pitești? Rejmer también habla de aquel centro de torturas de los primeros tiempos del comunismo rumano, al que Constantin Barbu, uno de sus supervivientes, se refería así en Memorialul durerii («Memorial del sufrimiento»): «Creo que los métodos empleados en Pitesti no existen ni siquiera en el infierno. Ni siquiera allí. Hay cosas que la mente humana es incapaz de imaginar». Esto escribe Rejmer:

«Hay muchas maneras de sufrir: el dolor corporal es solo una de ellas. En la cárcel te preguntan quién era tu madre. Era una mujer buena y trabajadora, se recogía el pelo en una trenza y cuidaba de mí. Los guardias golpean con una barra de hierro hasta que el recluso dice: yo violaba a mi madre. Mi madre me violaba a mí. Era una puta, se la follaba un perro. Yo no tengo madre.

Luego se busca entre los demás hombres a alguien próximo al preso: un amigo de la universidad, del trabajo, de la infancia. O alguien que le haya ayudado a sobrevivir en Pitești. Se coloca un preso delante del otro. Le dan una porra a cada uno. Tienen que golpearse hasta hacer sangrar; si no, lo harán los guardias: ellos tienen más práctica y convicción.

Si el preso implora piedad, los guardias le parten los dientes. Si no quiere coger la porra, los dientes se los parte su amigo y los guardias le arrancan las uñas. Ninguna de las normas que rigen en la tierra existe en el infierno. O torturas o te torturaremos hasta matarte. Una veintena de guardias golpea a una veintena de personas: matan a una o dos, para que las demás se planteen cuánto vale su vida.

Los que creían en la misericordia divina deben actuar sin el más mínimo rastro de misericordia. Los que pensaban que el ser humano es bueno deben contemplar cómo aflora el mal. Los que habían entregado su vida a Dios tienen que maldecirlo y llevarse a la boca sus propias heces como si fueran hostias consagradas».


Lunes, 30/8/2021. Releyendo mis notas de Bucarest: polvo y sangre, encuentro esta que no mencioné ayer: en 1944, cuando el rey Miguel de Rumanía rompió la alianza con Alemania y lanzó al país a los brazos de la Unión Soviética, el Partido Comunista contaba con apenas mil afiliados, en su mayoría de origen extranjero. En 1947, el Partido Comunista cuenta ya con setecientos mil afiliados. He pensado muchas veces en esto; en cómo la mayor parte de los regímenes socialistas de Europa del Este, con la salvedad de Yugoslavia, fueron, no gestaciones propias a partir de una sociología favorable y el trabajo paciente de un movimiento que hubiera ido creciendo progresivamente, sino bruscas imposiciones foráneas que entronizaron como dirigentes a grupos minúsculos sin el menor predicamento social. Algo así como si, de la noche a la mañana, se instaurara en España un sistema comunista dirigido por los muchachos del Partido Comunista de los Trabajadores de España. ¿Cómo iba aquello a salir bien?

*

Rejmer comenta lo sorprendentemente segura que es la capital de Rumanía en un pasaje que me divierte:

«Sí, me parece que Bucarest es una ciudad muy segura.

—La gente prefiere divertirse a meterse en líos —me explicó en cierta ocasión el escritor Silviu Dancu—. Además, mucha agresividad se queda en la lengua. La lengua es una válvula de seguridad. Tenemos maldiciones maravillosas, para diversas ocasiones, muy gráficas.

Silviu me lo cuenta al principio de nuestra amistad, cuando doy mis primeros pasos por Bucarest. Y me abre la puerta al universo de los tacos rumanos.

—Te diré mi favorito —me dijo una vez—. Pero primero la introducción. En Rumanía tenemos la costumbre de preparar colivă para el velorio, un pastel dulcísimo de trigo con frutos secos para honrar la memoria del difunto. Y en ese pastel hay una vela, pero una sola, para diferenciarlo de la tarta de cumpleaños.

Asiento con la cabeza mientras imagino una estancia oscura donde la vela en la colivă es la única fuente de luz. Vaya con los rumanos. De qué forma tan maravillosa saben domesticar la muerte. Cuán enorme es su imaginación. Qué bella metáfora es esta colivă. Y esa vela.

Silviu busca una palabra en la cabeza. Hace un gesto como si limpiara el tablero de la mesa con la palma de la mano.

—¿Limpiar? —pregunto.

—Frotar —precisa Silviu—. En Rumanía tenemos la siguiente maldición: «Me frotaré los huevos en la colivă de tu madre».

Me acuerdo de un italiano al que conocí y que profería los más elaborados cagamentos blasfemos: se cagaba, por ejemplo, en los tenedores de la Última Cena y en las enaguas de la Virgen.

El runrún interior (14)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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