El runrún interior

El runrún interior: un dietario (14)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la orientación conservadora de 'Forrest Gump' o una foto de un nido de colibrí construido sobre un melocotón.

El runrún interior (13)

Martes, 31/8/2021. Raymond Williams, de cuyo nacimiento se cumplen hoy cien años: «Las masas son siempre los otros, aquellos a quienes no conocemos ni podemos conocer […] Para otras personas nosotros también somos masas. Las masas son la otra gente. En realidad, no hay masas; solo formas de ver a la gente como tales».

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¿Con cuánta frecuencia se idealiza políticamente una época de putísima mierda simple e inconfesablemente porque uno era joven en lugar de un calvo seboso al que le duelen las articulaciones cuando va a llover y le duran cuatro días las resacas de beberse un orujo de hierbas y tres mahous?

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Cuán poco soporto, incluso cuando es culto o de los míos, a este tipo de columnista o ensayista al que podríamos llamar Demolition Man: incompasivo, inconcesivo, fustigador implacable de todo lo existente, más consagrado a su marca personal de follonero universal que a alimentar un debate útil. Todo está mal menos él, todo el mundo es corrupto y mezquino menos él. Pienso, también, en cómo está el mundo lleno de auténticos tarugos con una seguridad y una autoestima que no caben en prau y uno aquí no tiene casi ninguna, duda de cada cosa que escribe y publica, se atormenta con cada pequeña errata, con cada crítica que recibe, con cada matiz de la complejidad de un asunto que se da cuenta o le hacen darse cuenta de que no ha contemplado. Qué variopinta es la psique humana.

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Leo bien razonada en La conquista de lo cool: el negocio de la cultura y la contracultura y el nacimiento del consumismo moderno, un libro que tenía en mi pila de lo por leer desde hacía tiempo y que he empezado hoy, una impresión que yo tenía: Forrest Gump, aparte de una película innegablemente preciosa, es un panfleto conservador:

«Forrest Gump, película estrenada en 1994 con un éxito inaudito, estereotipó […] las ideas conservadoras de la década. Esta película dirigió una mirada particularmente malévola a los movimientos juveniles de los sesenta y retrató a sus líderes (un demagogo inspirado en la figura de Abbie Hoffman, un siniestro grupo de Panteras Negras y un comisario político de los Students for a Democratic Society ataviado con una guerrera nazi conforme a la visión de Bloom) como perversos charlatanes y arquitectos de una locura nacional de la que los personajes de la película solo logran recuperarse durante la benévola presidencia de Ronald Reagan».

Añado mi propia interpretación: en la película, Jenny representa a la izquierda. Es inteligente y bienintencionada, pero cándida, y acaba pagando con su propia vida lo errado de sus ideas: muere de lo que no se dice, pero se deduce, que es sida, precio tampoco dicho, sí deducido, de sus años de drogadicción y promiscuidad sexual. Forrest representa la promesa conservadora: hay un sueño americano para ti, seas quien seas, si sigues las reglas.

El libro de Thomas Frank es interesantísimo, un análisis de la publicidad de los cincuenta, sesenta y setenta cuya tesis es que la contracultura acabó siendo funcional al capitalismo de un modo más complejo que el evidente. No es solo que las empresas asimilaran el lenguaje contestatario de los movimientos juveniles en eslóganes y productos para vender más; no es que pervirtieran el espíritu de la contracultura volcándolo a engrasar la maquinaria del consumismo, sino que advirtieron con sagacidad que el consumismo ya era un subproducto natural del hedonismo individualista que la contracultura predicaba, y se volcaron a ordeñárselo. Y tampoco es que se apropiaran de la contracultura: los propios empresarios eran entusiastas tempranos de la misma: «acogieron —razona Frank—

favorablemente la revolución cultural liderada por los jóvenes, no solo porque estuvieran planeando subvertirla, ni siquiera porque creyeran que esto les permitiría explotar un mercado joven de unas proporciones gigantescas (aunque no cabe duda de que fue un factor decisivo), sino porque en ella vieron a unos camaradas que pugnaban por revitalizar la empresa estadounidense y, en general, el orden consumista».


Miércoles, 1/9/2021. Cioran: «La vida, esa chulería de la materia». También Cioran: «Ponte siempre del lado de los oprimidos, pero no olvides que están hechos del mismo barro que sus opresores».

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Jorge Dioni en Twitter: «Me fascinan los arqueólogos de la cancelación. Esa gente que busca noticias sobre un departamento universitario de Kansas donde se ha excluido a Balzac por machista/racista para advertirnos del inminente apocalipsis». Comparto la fascinación.

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Comenta el tuitero Frantz Fanon en Twitter su «teoría de que lo de colocar esas letras con el nombre de las ciudades en las que todos los turistas se sacan fotos tiene tanto éxito porque es la única forma de que muchos de ellos sepan donde estuvieron cuando las vean pasado el tiempo». Bien visto.

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La polémica del día es que Baleares introducirá la enseñanza optativa del islam en algunos colegios a modo de proyecto piloto. Me cuento entre quienes lo consideran intolerable. Si somos laicistas, debemos defender que ninguna religión, y el islam tampoco, tenga la menor presencia en la educación pública. Lo que reclamamos con respecto a la religión católica, no podemos no reclamarlo con respecto a la musulmana. Esto de Baleares, además, me parece un tiro en el pie por parte de la izquierda. Barrunto que la más contenta con la escolarización del islam, aparte de los musulmanes que lo pedían, sea la Iglesia católica, que ve indirectamente reforzada esa presencia en la educación pública contra la que en teoría luchamos: lo que se le da a una religión no puede quitársele a otra. Da rabia darle la razón a los malos siquiera remotísimamente, pero la verdad es que la capacidad de la izquierda para trabajar contra sí misma son una cosa pasmosa a veces; algo para no dar crédito.

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Una cita interesante de Michael Harrington en 1972, leída en La conquista de lo cool:

«La bohemia no pudo superar la desaparición de su adversario, que era la condición previa para su existencia: la moralidad de la clase media. El amor libre, las largas noches deambulando de bar en bar y el arte por el arte eran resultado de un estricto mandamiento: “No serás burgués”. Pero desde el momento en el que la burguesía entró en un periodo de decrepitud —y los empresarios empezaron a colgar cuadros abstractos en la sala de juntas— la bohemia se vio privada del ambiente sofocante sin el cual no podía respirar».


Jueves, 2/9/2021. Me topo con una hermosa foto de un nido de colibrí construido sobre un melocotón, colgado de una rama. Alegoría de la existencia: construimos nuestros propios nidos sobre bases que pueden caerse en cualquier momento, y de hecho lo harán.

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Comenta el tuitero Agorer estar cada vez más

«más convencido de que tanta obsesión con los nazis de la 2ª guerra mundial hasta el punto de dedicarles 8000 documentales al año hace más mal que bien. «Deléitate con el detallado uniforme de los nazis», «Contempla las increíbles armas que usaban los nazis», «Maravíllate ante las estrategias militares de los nazis», «Admira la ingeniería nazi», «Memoriza el alzamiento y caída de los nazis». Buena parte del tono con el que se abordan estos documentales es precisamente consecuencia de haberse tragado la propaganda nazi sobre la grandeza de su imperio. Pero también pasa una cosa, y es que acotan la definición de nazi a una serie de características tan concretas como superficiales ya que rara vez se profundiza en las raíces e implicaciones de su ideología. Así ,no es raro toparte a autodeclarados entusiasmados de la historia, teóricamente especializados en ese periodo, que se quejan en cuanto dices que, por ejemplo, Israel ha implementado el sueño nazi. ¿Cómo van a ser nazis si no visten de Hugo Boss, iletrado? Menos documentales sobre tanques nazis y más documentales contextualizando sus políticas. ¿Qué países de su entorno ya las habían aplicado, en qué países siguieron aplicándolas y cómo fueron evolucionando para mantener su espíritu aún alterando su letra?».

Secundo y añado que a mí también me molesta, y creo peligroso, ese presentar a los nazis como una especie de plaga bíblica irrepetible que avasalló los hombres en un momento dado y en un momento dado fue erradicada y jamás volverá a caer sobre nosotros, en lugar de como una ideología seductora y proselitista, con raíces y motivaciones muy concretas y muy prosaicas y perfectamente reeditables. Antes, he visto a Elaine Scattermoon comentar que estudió el cine nazi en la Universidad y pudo constatar que las películas más exitosas no eran los panfletos militaristas en los que uno podría pensar, sino los buenrollismo tradicionalista/conformista sobre la familia y la comunidad. No hace falta decir qué bestseller del día le viene a uno a la cabeza.

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Sobre Margaret Thatcher no hay nada bonito que decir, pero, al margen de eso —pienso viendo la cuarta temporada de The Crown—, qué personaje tan innegablemente fascinante. Una desconcertante alumna aventajada tanto de Gramsci como de Lenin. Comprensión, mejor que nadie, del asunto de la hegemonía, capacidad de trabajo y la determinación más voraz e implacable de ganar. En cierto sentido, es un honor para el movimiento obrero haber tenido una archienemiga así. Geoffrey Howe dijo sobre ella: «Su verdadero triunfo fue haber transformado no solo un partido, sino dos».

En la serie, es interesante también lo que se muestra sobre cómo Margaret Thatcher no era ninguna feminista, ni tan siquiera de facto. Cuando Isabel II le pregunta si va a incluir mujeres en su gobierno, le dice que no; que la experiencia le ha demostrado que las mujeres no son, en general, buena elección para los altos cargos. Demasiado emocionales. Por otro lado —y de esto leo después que efectivamente está basado en la Thatcher real, que declinó contratar un chef durante sus años como primera ministra—, cocina y plancha para su marido e incluso para sus ministros y subordinados cuando se reúne con ellos en Downing Street. «Esto es tarea de la esposa», dice cuando, pasando unos días con la Familia Real en Balmoral, una asistenta la sorprende planchándole una camisa a Denis y le ofrece hacerlo por ella.

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Subrayo en La conquista de lo cool esta cita de Abbie Hoffman de 1971:

«Fumar hierba y colgar un retrato del Che no es un compromiso mayor que beber leche y coleccionar sellos. Una revolución en la conciencia no es más que un viaje mental vacío sin una revolución en la distribución del poder. No estamos interesados en reverdecer Norteamérica excepto por la hierba que crezca sobre su tumba».


Viernes, 3/9/2021. Preguntan en Twitter dónde estaba cada cuál la mañana del 11 de septiembre de 2001. Respondo: durmiendo todavía a las dos de la tarde como el más execrable de los gandules. Me despertó mi amigo A. llamándome por teléfono para preguntarme si lo había visto. «No, ¿el qué?». «Los palestinos están bombardeando Estados Unidos» [sic]. También recuerdo que aquel día la Vuelta pasaba por Gijón y, por la tarde, después de echar unas canastas en la pista del parque, fuimos a ver a los ciclistas a la avenida de la Constitución; y que luego nos acercamos al Sanagus a jugar a las maquinitas y estaba prácticamente vacío. Veinte años ya, cielo santo.


Sábado, 4/9/2021. Parece que uno —una— de los seis mártires del librepensamiento por los que se dolía, hace unos meses, un artículo de Abc titulado «Cuando llevar la contraria a la izquierda tiene castigo» empieza a escribir una columna en El País. Como cultura de la cancelación, le doy un necesita mejorar.

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Leo con una semana de retraso un artículo soberbio de Xandru Fernández en Ctxt. Un artículo sobre el tiempo y la idealización del pasado.

«¿Adónde va el tiempo que ha pasado, ese que venía hacia nosotros desde el futuro y fue interceptado por nosotros en el presente, a la manera de una señal de tráfico que vemos desde el coche, en la distancia, haciéndose cada vez mayor hasta que pasamos por delante de ella? […] Por regla general, si nos preguntan dónde, de dónde o adónde, podemos probar a señalar en una dirección. Pero con el tiempo no podemos hacer eso: el atrás donde ponemos el pasado no es un atrás que podamos señalar con ninguna parte del cuerpo, y tampoco el horizonte del futuro es, en sentido estricto, un horizonte, algo que podamos indicar con el dedo y decir: “es ahí”. […]

Solo sabemos algo del tiempo cuando lo tratamos como lo que no es, esto es, como un espacio. Como un hito (una señal de tráfico, un árbol, un poste de la luz) o un camino (una carretera, una ruta, un río). Hacemos fotos del presente y las colgamos en la pared y no sabemos adónde ha ido ese instante pero, cuando pensamos en ese “entonces”, señalamos la foto y suponemos que está “ahí”. […] Si nos desorientamos o no tenemos muy claro qué camino tomar en un determinado momento, la experiencia nos sugiere mirar atrás, tratar de identificar dónde nos extraviamos, en qué punto empezamos a errar sin rumbo definido. ¿Cabe hacer lo mismo con nuestra vida? ¿Podemos escoger un punto de restauración, volver atrás y empezar otra vez desde ahí pero en otra dirección?

Cuando un colectivo, sea sólido como los sindicatos, líquido como las parejas o gaseoso como las religiones, pierde el rumbo o se le hace largo el camino, intenta orientarse retrocediendo a un pasado que parecía más ligero, donde la ruta estaba más clara y no había dudas ni distracciones. Volvamos al refugio, descansemos, miremos el mapa y empecemos otra vez. […] ¿No podemos reiniciar el sistema desde un punto de restauración antes del apocalipsis fucsia, no podemos volver al camino trillado?

Las analogías duran lo que duran: no hay caminos trillados, el pasado no está en ninguna parte, la vida no discurre por ningún sendero ni el futuro es un horizonte al que nos dirigimos siguiendo las indicaciones del GPS».


Domingo, 5/9/2021. Enjundiosa entrevista al ensayista y crítico de arte cubano, afincado en España, Iván de la Nuez en La Marea. Me quedo con esto: «Si el Gobierno de EEUU cree en la superioridad de su sistema, debe levantar el embargo de manera unilateral y sin condiciones. Y si el Gobierno cubano cree en la superioridad de su sistema, debe abrir su modelo político sin esperar al fin del embargo». Muy interesantes, también, sus apuntes sobre la distinta orientación política en la isla, durante la última década y media, del hip hop y el reguetón: movimiento contracultural el primero, pero barrido por la censura, «banda sonora de las reformas y del incipiente capitalismo de Estado» el segundo. «El reguetón era prácticamente apolítico y, al contrario que el rap, no criticaba el socialismo sino que se dedicaba a enaltecer la fiesta, el consumo, el dinero y, en definitiva, las zonas capitalistas que se abrían en la sociedad cubana».

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Rosa Luxemburgo en Reforma o revolución: «No hay insulto más grosero o calumnia más infame contra la clase obrera que la afirmación de que las controversias teóricas son sólo una cuestión para académicos». Importante recordarlo frente a la oleada de antiintelectualismo bobo que nos asuela.

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Celebraba, ufano, James Bryce en su Modern democracies la «aceptación universal de la democracia como la forma normal y natural de gobierno». Corría el año 1921. Parece que lo de proclamar el fin de la historia y salir trasquilado no lo inventó Francis Fukuyama.

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Leo en La Europa negra, de Mark Mazower, que H. G. Wells apremió en una ocasión, en los años treinta, a los estudiantes de Oxford a transformarse en «fascistas liberales» y «nazis ilustrados», queriendo decir que era preciso replicar en defensa de la democracia liberal el entusiasmo y la abnegación de los fascistas. La percepción de la democracia como algo desgastado, gris, estéril, y el atractivo del fascismo en tanto que ideología arrolladora eran en aquel momento algo tan vasto, tan generalizado, que permeaba incluso a los propios defensores del sistema democrático. Robert Musil decía por las mismas fechas: «No combato contra el fascismo, sino por el futuro de la democracia y por consiguiente también contra la democracia». El fascismo como algo rechazable, pero un correctivo necesario; un electroshock imprescindible para devolver vitalidad a la democracia. Al leer estos pasajes, me acuerdo de esas alabanzas extrañas que alguna ultraderecha hace hoy de los talibanes: «gente siniestra, pero envidiablemente a tope con lo suyo, no como este Occidente decadente que ha perdido la fe y la energía»; ese tipo de discurso.


Lunes, 6/9/2021. La psique humana es un aparato circulatorio; por él circula el flujo de nuestros pensamientos. Tiene arterias inefables que conducen pensamientos limpios y venas sinápticas que canalizan y mantienen bajo control los pensamientos insanos. Hay factores que mejoran la salubridad de esos humores mentales: la buena alimentación intelectual, el ejercicio del intelecto, etcétera. A veces se producen heridas; psicorragias que a veces son pequeñas y cicatrizan rápido, provocándonos un leve picor que dura un par de días, pero a veces son grandes, aparatosas; semanas, meses de dolor avasallador que se adueña de nosotros, de cada uno de los minutos de nuestro día. Van curándose de todas maneras, dando lugar, primero, a un escozor intenso pero ya soportable, más tarde a una molestia que ya no nos saca de quicio, etcétera. Dejan, en cualquier caso, una marca visible, un recuerdo perenne. A mayores, en las arterias de la mente también pueden producirse trombosis, y aun septicemias: crisis totalitarias, irreversibles, sin cura, capaces de invalidarnos y, en el límite, de matarnos.

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Leo que el 13 de diciembre de 1807, la madre de Schopenhauer le decía en una carta:

«Durante los días que tengan lugar mis reuniones puedes quedarte a cenar conmigo, con tal de que te abstengas de tus penosas disputas, que se me hacen molestas, así como todas tus quejas sobre este estúpido mundo y la miseria humana, porque todo ello me hace pasar mala noche o tener malos sueños, y a mí me gusta dormir bien».

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Mi querido Antonio García Santesmases me adscribe a la Generación del 15-M en el epílogo que ha escrito para mi próximo libro, de inminente publicación: una reflexión orteguiana —el epílogo— sobre cómo de diferentes son los debates, las preocupaciones, las prioridades, los desafíos, los afanes intelectuales de cada sucesiva generación. No rechazo esa adscripción, pero me he puesto a pensar en lo ambiguo de mi propia relación personal con el 15-M.

Lo viví entre Gijón y Salamanca. En ambos lugares, participé en manifestaciones, fui a alguna sentada, fui a alguna cacerolada, amigos muy cercanos se implicaron muy estrechamente, pero no puedo decir que fuera un fogoso quincemayista. Nunca acampé, no participé en ninguna asamblea. En parte, por carácter, una cierta misantropía, pero también porque había algo en el 15-M que no me terminó de hacer tilín; algo que podría resumirse como la candidez libertaria con la que el 15-M se entusiasmaba con ciertas cosas que a mí me parecía, y me sigue pareciendo, que menguaban al cocer. Pienso, por ejemplo, en la fascinación con figuras como la asamblea o el referéndum, parte de una fascinación general, que tampoco comparto, por la democracia directa.

La asamblea: cuán fácilmente manipulable por esa clase de personas que tienen el talento de predicador de leer la habitación y detectar rápidamente las cuatro teclas retóricas que hay que tocar para conmover y meterse en el bolsillo al respetable. Yo creo mucho en los contrapoderes, el check and balance de los yanquis. En que los haya, desde luego, contra las élites, contra la corrupción del poder, pero también contra el pueblo y sus pasiones descanalizadas; la facilidad, históricamente constatada, con la que el pueblo corre detrás de los flautistas de Hamelin.

El referéndum: simplificación de la realidad a dos opciones mutuamente excluyentes y, en lo que a mí respecta, lejanía de un ideal, en este caso, ático. El ágora no era una mera representación de tendencias irreductibles con las que se articulaban mayorías, sino un espacio de deliberación; deliberación durante la cual —idealmente— las fuerzas enfrentadas se transformaban, modificaban sus posiciones al admitir los argumentos certeros del rival y se acababan alumbrando terceras opciones no contempladas inicialmente. Un poco lo de aquel poemita precioso de Aurora García Rivas: «A nosa fronteira era o río,/ […] pisando as pedras redondas,/ poñíamos unha ponte cada vez/ que cruzábamos a raya.// E traíamos sempre, apegada/ nas zocas,/ terra do outro lado, tanta/ a lo menos/ como levábamos da nosa».

La democracia es el triunfo de la voluntad del pueblo, pero la voluntad no debiera entenderse como algo que brote de nosotros, de cada ciudadano, brusca y terminadamente, como Atenea de la cabeza de Zeus. La voluntad es una criatura cambiante, tornadiza, equívoca; a veces una armonización imposible de contrarios: querer impuestos bajos y buenos servicios públicos, ese tipo de cosas. La ideología, escribía sabiamente Stuart Hall, funciona «según su propia lógica [y es capaz] de sostener proposiciones que aparentemente se excluyen en una estructura discursiva más cercana a la lógica de los sueños que a las del racionalismo analítico». No tiene por qué ser de otro modo. Pero, siendo así, no tiene por qué no creerse en la conveniencia de que, de la voluntad del pueblo, no se haga triunfar su primera y más tosca formulación, sino una perfeccionada, resultante de abatanar aquella, de someterla a pruebas de estrés, de fortalecerla sometiéndola a la intemperie de la deliberación.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

2 comments on “El runrún interior: un dietario (14)

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  2. Como siempre me encanta el artículo, y me aporta muchos motivos para la reflexión. Lo agradezco.

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