El runrún interior

El runrún interior: un dietario (12)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la abolición de las corridas de toros en Gijón, la lectura de 'El culto a los santos' de Peter Brown o la singularidad del canto de los mirlos.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (11)

Martes, 17/8/2021. Veo en un mapa compartido en Twitter que Asturias es la región con más suicidios de España. 13,04 suicidios por cada 100.000 habitantes. En Cantabria, la región con menos suicidios, solo 4,64. La segunda región con un índice más alto es Galicia; y la tercera, Castilla y León. La depresión económica y demográfica del Noroeste español también es psicológica. El mapa solo muestra porcentajes autonómicos, pero sería interesante ver los provinciales. Apostaría a que el índice leonés (el de la provincia y el de la antigua región, León-Zamora-Salamanca) es mucho más alto que el de la comunidad.


Miércoles, 18/8/2021. Se acaban las corridas de toros en Gijón: el Ayuntamiento no renovará la concesión de la plaza de el Bibio y eso significa el fin de la Feria de Begoña. Los nombres de dos de las reses toreadas este año, Feminista y Nigeriano, han colmado el vaso y yo me alegro horrores. Fui varias veces a la manifestación antitaurina. Mi ciudad y mi región son desde hoy un poquito mejores.

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Minivacaciones en Galicia. Volvemos a la casa de N., que yo conocí el año pasado. Casa singular: la antigua escuela de esta parroquia rural de la Pontevedra interior, donde N. regenta un fascinante mercadillo de antigüedades y libros de viejo. Tiene dos alas que fueron la escuela de niños y la de niñas y hoy son respectivamente el mercadillo y la parte privada y, entre ambas, un patio herboso, con árboles de los que penden hamacas y entre los que hay mesas en las que N. sirve un afamado chocolate a los visitantes, así como una pantalla para ver cine al aire libre. El edificio está pegado a un bosque numinoso por el que serpentea una senda que conduce a un río con pozas de postal. Me he acordado mucho, a lo largo de este año, de la sensación de paz absoluta de recostarse en una hamaca con un libro del que levantar de tanto en tanto la vista para solazarse observando las ramas mecerse al parsimonioso compás de la brisa. Tenía muchas ganas de volver.

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Igual que el año pasado, ha sido entrar en Galicia y empezar a tararear involuntaria y repetitivamente, hasta el punto de que R. me diga que vale ya con la puñetera cancioncita, el Canto a Galicia de Julio Iglesias: «Un canto a Galicia, terra do meu pai, un canto a Galicia, ¡hey!, miña terra nai…».

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El año pasado leí acá Ser conservador y otros ensayos, de Oakeshott. Este año vengo con El culto a los santos, de Peter Brown, a medio leer. La tesis fuerte del erudito irlandés en este clásico consiste en oponerse al modelo de los dos niveles; la visión tradicional de dos religiosidades distintas y herméticas en la Antigüedad tardía: la fe compleja, elevada, de la élite, y la bajuna y tosca del pueblo, que no sería sino «una especie de merma, de malentendido, de contaminación» de la primera, y de la que la eclosión del culto a los santos formaría parte. Teodoreto escribía que «los filósofos y los oradores han sido olvidados; las masas ni siquiera conocen los nombres de los emperadores y sus generales, pero todo el mundo sabe los nombres de los mártires mejor que el de sus amigos más íntimos».

Brown argumenta que no había tal división, sino una única fe magmática que respondía a preocupaciones comunes a la élite y las masas en aquel momento de zozobras;

«el avance tambaleante de una parte cada vez mayor de la sociedad de la Antigüedad tardía hacia formas de devoción radicalmente nuevas, consagradas a objetos nuevos en lugares novedosos, organizadas por líderes nuevos, motivadas por la necesidad de responder a la preocupación compartida por todos, la élite y «el vulgo», con nuevas formas de ejercer el poder, nuevos vínculos de dependencia social, y nuevas e íntimas esperanzas de lograr protección y justicia en un mundo cambiante».

Hoy subrayo este pasaje:

«Los autores cristianos no crearon sin pensarlo un espejo en el cielo que reflejara, en tonos rosas, la dura realidad del patronazgo y la prepotencia a las que en aquel entonces se habían acostumbrado en la tierra. La reproducción artística cumplía en la Antigüedad tardia una función ligeramente distinta: al proyectar sobre el mundo invisible una estructura de relaciones claramente definidas, permitía a las comunidades cristianas plantearse cuestiones sobre la naturaleza de esas relaciones en su propia sociedad. Así pues, el culto a los santos hizo algo más que revestir a los antiguos difuntos con elegantes ropajes. Se alzó como un modelo de piedad que contribuyó a que entre los hombres de aquel entonces se suscitara y resultara razonable un debate —urgente pero hasta ese momento acallado— sobre la naturaleza del poder en su mundo, y a que examinaran a la luz inquisidora de las relaciones ideales con figuras inmateriales la conexión entre poder, compasión y justicia que se daba en su entorno».

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Del libro de Brown me interesan también sus apuntes sobre las peregrinaciones. En sociedades sedentarias y compartimentadas en clases, la peregrinación, e incluso el corto peregrinaje a un santuario extramuros de la ciudad, ofrece el atractivo que así glosaba William Christian: «los aldeanos, una vez al año, contemplan el pueblo como una unidad social, abstrayéndolo de los edificios y de la ubicación que lo convierte en una unidad geográfica». Prudencio escribía que «el amor de la religión congrega, mezclados en multitud, a los pueblos del Lacio y a los extranjeros… La urbe augusta vierte y saca afuera a sus ciudadanos, y entre los patricios, juntamente guiados por igual deseo, se mezcla el tropel de la plebe, sin distinción de armas, mientras la fe elimina el rango divisorio de los nobles». También desaparecía la segregación de sexos: hombres y mujeres se mezclaban en el camino como en ninguna parte lo hacían en aquellas sociedades de fuerte compartimentación sexual, en las que los santos eran además, como señalaba Ambrosio, la única familia política que la mujer, amarrada a férreos lazos de parentesco y control patriarcal, podía escoger libremente. En general, escribe Brown, «esos momentos de encuentro al margen de las estructuras infundían la esperanza de recuperar la solidaridad perdida y superar las barreras sociales que asediaban a las comunidades urbanas cristianas del mundo mediterráneo».

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Leo que Dámaso era llamado auriscalpius matronarum: «el que acaricia los oídos de las damas nobles».

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«Cada época», escribe Brown, «tiene las herejías que merece, como declaraciones en términos radicales y llevados hasta sus últimas consecuencias de las premisas tácitas y las tensiones de la fe del momento». ¿Cuáles serían las herejías merecidas de nuestros días?


Jueves, 19/8/2021. Por la mañana visitamos el que N. nos cuenta que es el cruceiro más grande de Galicia. Está en Hío, cerca de Vigo, en la península cuya punta es el cabo Home, el lugar continental más cercano a las islas Cíes, adonde iremos después. Tallado en el granito característico de estas tierras, relamido por líquenes amarillentos, es una delicia: se trata, no de un Cristo crucificado al uso, sino de un descendimiento, con dos hombres (José de Arimatea y el fariseo Nicodemo) encaramados a sendas escaleras, sosteniendo al Nazareno a medio descolgar. Al pie de la Cruz, san Juan, acompañado por la Virgen María y María Magdalena, lo toma por las piernas. Me quedo un buen rato contemplándolo, y en un momento dado, me viene a la memoria una de las humoradas de Miguel Mingotes, que malcito de memoria: «Llevo una hora esperando por mi señora, y por el Crucificado desde el Descendimiento. Lo peor de todo es que intuyo la razón: están arreglándose». Después, tapeamos en una tasca contigua un pulpo a feira que se deshace en la boca, creo que el mejor que he comido en mi vida, y un suave albariño servido en vaso grande, tras lo cual vamos a comer a un restaurante del cabo Home y a dormir la siesta en un pinar contiguo al faro, a la vista de las Cíes. Me encanta Galicia.

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Terminamos el día visitando el coqueto castillo de Soutomaior, una fortaleza del tiempo de los irmandiños que, siglos más tarde, el marqués de la Vega de Armijo convirtió en vivienda, introduciéndole una ornamentación neogótica. Allá leemos sobre quien fue su propietaria a finales del siglo XIX y principios del XX: María Vinyals, una aristócrata comprometida con ideas socialistas y feministas, a quien se conoció como la Marquesa Roja. Ella —marquesa de Ayerbe— y su marido militaron en el PSOE, y parece ser que Pablo Iglesias estuvo de visita en el castillo. En 1917, la policía lo registró en busca de un ugetista fugado y el matrimonio fue detenido por su implicación en la huelga general revolucionaria de aquel año. Acosados por las deudas y la persecución política, aquel mismo año perdieron el castillo, que fue lanzado a subasta pública. Dos años después, María emigró a Cuba. Fallecerá en París en 1940, durante la ocupación nazi. Un personaje curioso e interesante.

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Por la noche, vemos Ser o no ser, de Lubitsch, en la pantalla de cine al aire libre de N. Me vuelve a sorprender lo magníficamente que ha envejecido el humor de esta película antifascista de 1942.

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Sigo leyendo El culto a los santos. Hoy leo pasajes de gran interés sobre un fenómeno que me ha interesado siempre: el de las reliquias.

«La reliquia es un fragmento desprendido de un cuerpo íntegro […] Sin embargo, precisamente es la separación de la reliquia de sus connotaciones materiales lo que condensaba de un modo más convincente [una] dialéctica imaginativa […] ¿Cómo suprimir mejor la realidad de la muerte que eliminando parte del difunto de su contexto original en una tumba llena en exceso? ¿Qué mejor símbolo de la abolición del tiempo en esos muertos que añadir a ellos la indeterminación del espacio? Más aún, ¿qué mejor forma de expresar la paradoja de la unión de cielo y tierra que mediante un efecto de «magnitudes inversas», en virtud del cual el objeto en torno al que se arracimaban infinitas connotaciones era minúsculo y compacto? Los fragmentos aislados de los santos en contenedores de oro y plata, o en pequeños santuarios de mármol, compartían la condición inconmensurable de un objet trouvé. El exquisito tubito de oro en el que Paulino guardó una astilla de la santa cruz ensalzaba, por el contraste asombroso en tamaño, las connotaciones abrumadoras de esa cruz, donde otrora «el Señor majestuoso había colgado, mientras todo el universo temblaba ante él». La disparidad de tamaños subrayaba aún más la magnificencia de la misericordia de Dios, cayendo en gotitas transparentes «como el rocío gentil del cielo»».

Subrayo también esto:

«Los hechos del mártir o del confesor habían introducido en su propia época las hazañas que había realizado Dios en el Antiguo Testamento y en los evangelios. La lectura de los hechos de los santos rompía una vez más el finísimo muro que separaba pasado y presente. […] [E]l tiempo se plegaba como un acordeón: «En su representación histórica, la imagen actual y la visión futura se mezclan la una con la otra» […] [L]a passio hacía presente el pasado».

Y esto:

«Mientras que en siglos posteriores parecen haberse contentado con tener un único santo patrón como protector, numerosas congregaciones del bajo Imperio decidieron optar por parejas: Pedro y Pablo en Roma, Félix y Fortunato en Aquileya. Lo que sabemos de la asociación del culto a Pedro y Pablo en Roma nos hace sospechar que tal énfasis fue deliberado: la conmemoración de una pareja de santos era una fiesta de concordia en una ciudad que podía sufrir hondas divisiones. La festividad de un par de santos suponía la representación de un «mito fundacional» muy pertinente para la comunidad cristiana. Subrayaba el milagro, típico del bajo Imperio, por el que dos hermanos —¡incluso dos clérigos!— habían logrado terminar su vida en perfecta armonía».

Y esto:

«[L]a persona invisible, cuya praesentia en el seno de la comunidad cristiana era ahora un signo de la misericordia pura de Dios, otrora no solo había sufrido una muerte horrible, sino que esta había sido infligida por un acto de poder perverso. Los mártires habían sido ejecutados por los perseguidores o, en el caso de san Martín, su vida como confesor había estado salpicada de conflictos dramáticos con autoridades injustas y orgullosas. Por consiguiente, sus muertes suponían algo más que una victoria sobre el dolor físico; vibraban también con los ecos del diálogo con el poder injusto y de su triunfo sobre él. […] [L]as comunidades cristianas del Mediterráneo occidental convirtieron la celebración de la memoria de los mártires en un escenario tranquilizador por medio del cual un poder inequívocamente bueno, asociado con la amnistía de Dios y con la praesentia del mártir, derrotaba al acechante poder perverso. Las fiestas de los mártires y la lectura de sus passiones en tal ocasión hacían algo más que permitir a los individuos revivir un drama que acababa con el dolor y la enfermedad; la comunidad local en su conjunto podía experimentar, durante la fiesta del mártir, un tenso momento en el que se combinaban las poderosas imágenes del poder “puro” e “impuro”».

Interesantes también las reflexiones con las que Brown cierra el libro. El cristianismo hominiza el mundo natural, y de eso que en este tiempo de renaturalizaciones puede parecernos un retroceso hay que entender que significó una revolución ética. Los cristianos «impusieron ritmos de trabajo que ignoraban el lento discurrir del sol, la luna y los planetas por los cielos y que, por el contrario, reflejaban un tiempo puramente humano, conectado con la muerte de individuos excepcionales». Lo que significa una religión de lo humano en lugar de una de lo natural lo apuntaba Frazer cuando decía en La rama dorada que Dios puede perdonar el pecado; la naturaleza, no. Brown alaba «el tenaz interés de los cristianos de la Antigüedad tardía por crear en su mundo lugares donde los hombres pudiesen hallarse en la presencia escrutadora y compasiva de otro ser humano».

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Decía Ortega y Gasset, y me parece que tenía razón, que las virtudes que más nos importan son aquellas que no poseemos.


Viernes, 20/8/2021. Siempre conocemos a gente singular en casa de N. Esta vez, a P., un simpatiquísimo artista vigués de larga melena blanca y prominente bigote, que lleva un par de meses instalado acá a y a quien N. ofrece techo y comida a cambio de que le esculpa unas piezas para un gran tablero de ajedrez hecho con baldosas. P. ha diseñado ya la mayoría de las piezas, que confecciona con papel maché. El caballo es un caracol; el peón, un duendecillo; la torre, una columna con una seta en lo alto; el rey, una suerte de druida de sombrero puntiagudo. P. trabaja despacio y concienzudamente: bocetos, descartes, retoques. Calcula que terminará el encargo en septiembre y, entretanto, hace otras cosas. Entre ellas, un diario gráfico al que cada mañana añade dos páginas. Tiene tres dados chinos que tira nada más levantarse, el significado de cuya combinación, que traduce a un tetragrama de rayas continuas y partidas y a un carácter chino concreto, descifra en un viejísimo y medio destartalado Libro de las meditaciones. En una página dibuja las rayas y el carácter. En la otra, una representación de su estado de ánimo basada en parte en lo que le ha salido en los dados. Se dibuja a sí mismo acompañado de una serie de elementos totémicos o recurrentes: el caracol, símbolo de su vida errante (más tarde nos contará que ha vivido en diferentes lugares de Europa), una gata, chinchetas a veces grandes y a veces pequeñas que representan sus problemas y preocupaciones…

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El itinerario de hoy: deliciosa comida en Vilanova de Arousa (al lado de un monumento a mi admirado, literaria que no políticamente, Julio Camba); paseo por Cambados, donde nos impresionan las ruinas de la iglesia de Santa Mariña, y monasterio de santa María da Armenteira.

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Discusión vespertina sobre la tauromaquia con N., P. y E., otro amigo de N. Se argumenta a su favor su dimensión artística. Yo no se la niego. Hay arte en la tauromaquia; arte escenográfica, litúrgica. Pero algo puede ser arte y ser repugnante e indeseable. Me acuerdo de los cuadros de niñas desnudas y provocativas de Pedro Sáenz, un talentoso pedófilo de finales del siglo XIX. Esos cuadros, por mucho mérito artístico que atesoren, nunca deberían haberse pintado. Y las corridas de toros, por muy sublimes que sean una manoletina o una verónica, deberían prohibirse. No es moral infligir un sufrimiento indecible a un mamífero sintiente solamente para entretenernos y sigue sin serlo por mucha excelencia artística que lo recubra.

Emerge también el argumento de que grandes artistas, como Goya, Picasso, Lorca o Miguel Hernández, simpatizaron con la tauromaquia y la convirtieron en motivo de sus obras. Siempre me ha hecho una gracia particular, sobre todo cuando se lo he escuchado escucho a gente conservadora. Si el gusto de un gran artista es criterio de autoridad, y lo es concretamente el de Miguel Hernández, ya están tardando en correr a afiliarse —les digo— al partido comunista.


Sábado, 21/8/2021. Terminado El culto a los santos, me pongo con En el valle del paraíso, una recopilación de reportajes del periodista polaco Jacek Hugo-Bader sobre la antigua URSS. Hoy subrayo este pasaje que encuentro ilustrativo de hasta qué punto la identidad étnica puede escogerse y moldearse; elegirse como un artista decide la escultura que va a tallar en un bloque de arcilla fresca; la arcilla, en este caso, de nosotros mismos; de nuestra propia alma e incluso nuestro cuerpo.

«La sinagoga de Birobidzhán es una choza con un zaguán y dos pequeñas estancias. El viernes, víspera de sabbat solo hay allí dos personas, por lo demás, bastante peculiares.

Rara avis uno: Avram Répit, diecisiete años. Estudia en una yeshivá de Moscú. Ahora ha vuelto a casa a pasar las vacaciones. Uno de sus abuelos era católico eslovaco; el otro, azerí musulmán. Una abuela era ucraniana ortodoxa; la otra, judía no creyente. El año pasado, Avram se hizo circuncidar; ahora se está dejando crecer los tirabuzones.

Rara avis dos: Dof Kofman, cuarenta y ocho años. Muy bajo, barba larga tan roja como el pelo. Es judío, pero también cree en Jesucristo. Se lo oculta a los otros fieles, es decir, a Avram. Me cuenta sus tres intentos de circuncisión. Cuando era adolescente, quería hacerlo él mismo, pero, como le dolía, pensó que ataría la parte sobrante del pellejo con un hilo, y así se desgajaría sola, igual que el cordón umbilical de un recién nacido.

—El único problema era orinar —dice Dof […]—. Cada vez tenía que desatarlo, hasta que un buen día se formó un nudo terrible.

Pasó todo un día intentando desatarlo, pero cuanto más empeño ponía, más se enmarañaba el nudo. Se le infectó. Se hinchó. Sangró. Perdió el conocimiento. Despertó en el hospital.

—Las enfermeras de todas las plantas venían a mirarme. Una celadora, del ataque de risa que le dio, me tiró por encima una sopa hirviendo.

Dof tenía diecisiete años y lo único que quería era ser judío.

La segunda vez que se dejó circuncidar fue al ser operado de próstata. Corría la época de la perestroika, así que, aprovechando la ocasión y sin temor alguno, le pidió al cirujano que lo hiciera. Este se avino.

Sin embargo, era un método no kosher, pero al año pasado vinieron a visitarnos unos rabinos de América, se lo pedí y me lo hicieron conforme a la ley religiosa judía. Después de todo aquello, ya no quedaba nada que cortar. Por suerte, basta con una pequeña herida. Apareció la sangre y me convertí en auténtico judío».

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El botín de libros viejos con el que vuelvo de casa de N. es más pequeño que el del año pasado, cuando me hice con más de veinte. Este año, solo tres: dos tomos de conversaciones privadas de Hitler, encuadernadas en tapas rojas con una obscena esvástica dorada grabada en cada una de ellas, y el primer tomo (no encuentro el segundo) de las obras completas de Donoso Cortés, editadas en los años cuarenta por la Biblioteca de Autores Cristianos. Va uno engrosando su biblioteca de «conoce a tu enemigo».

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Largo paseo por Santiago de Compostela, saturado de turistas y peregrinos. No entramos a la catedral: la cola es kilométrica. A cambio, nos sentamos en el pavimento del Obradoiro y nos recreamos en la fachada barroca y en observar y comentar la diversidad de tipos humanos que abarrotan la plaza. Atraen nuestra atención en particular los grupos grandes de adolescentes cristianos y sus cánticos. Es una dimensión de la fe que me desconcierta, por ajena. No me desconciertan la misa diaria, el rezo doméstico o obras de caridad que conocí en mi abuela, pero nunca he tenido cerca este catolicismo colectivo y bullanguero, de aires evangélicos.

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Por la tarde, ya de regreso a casa, hacemos una parada en el pequeño y precioso castillo de Pambre, en Palas de Rei. Un buen lugar para terminar nuestras minivacaciones galaicas. La pequeña fortaleza está rodeada de prados en los que pastan las vacas, que también se pasean por el aparcamiento. Vemos a una de ellas rascar con un cuerno el capó negro de un reluciente Seat, y luego rascarse ella misma en uno de los retrovisores. Gajes del turismo galaico.


Domingo, 22/8/2021. Leo una cosa que me conmueve. Cada mirlo tiene su propio canto, una melodía singular, a la que va añadiendo nuevas estrofas conforme avanza su vida. Cuando muere, esa canción desaparece con él.


Lunes, 23/8/2021. Sin terminar todavía En el valle del paraíso, me pongo con La gravedad y la gracia, de Simone Weil. En la introducción de Carlos Ortega, leo este precioso apunte sobre lo inadecuado de reducir a la filósofa a su condición de cristiana: «Conviene […] no entorpecer el impulso de la mayor pensadora del amor y de la desgracia de nuestro siglo con molinos que no resistirían el ímpetu ni la pureza de sus aguas».

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También en la introducción de Ortega a La gravedad y la gracia, leo sobre una interpretación interesante de Gombrich la celebérrima representación de Dios y Adán en la Capilla Sixtina, que coincide con las ideas de Weil sobre la Creación: no es que Dios se acerque a Adán, como se suele pensar, sino que se aleja. La creación del mundo —nos dice Weil— es la consecuencia de un abandono o retirada de Dios; un acto en el que Dios se niega a sí mismo, rechaza ejercer su poder como una renuncia amorosa, «se vacía de su divinidad». Nosotros —defiende Weil— debemos emular a Dios negándonos a nuestra vez, renunciando, vaciándonos en el otro.

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Un pasaje de La gravedad y la gracia que se queda resonando en mi cabeza:

«Era difícil serle fiel a Jesucristo. Se trataba de una fidelidad en vacío. Mucho más fácil serle fiel hasta la muerte a Napoleón. Mucho más fácil para los mártires, más tarde, ser fieles, porque ya existía la glesia, una fuerza con promesas temporles. Se muere por lo que es fuerte, no por lo que es débil, o al menos por lo que, aun siendo momentáneamente débil, conserva una aureola de fuerza. La fidelidad a Napoleón en Santa Helena no era una fidelidad en vacío. Morir por lo que es fuerte hace que la muerte pierda su amargura. Y, al mismo tiempo, todo su valor».

El runrún interior (13)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

3 comments on “El runrún interior: un dietario (12)

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  2. libreoyente

    Totalmente de acuerdo con la eliminación de las corridas de toros.
    Ahora solo falta la eliminación del boxeo.

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