Mirar al retrovisor

Lo siento, pero ya no les creo

Joan Santacana recuerda algunas profecías incumplidas y consignas interesadas del tiempo de la crisis de 1973 para argumentar su desconfianza con respecto a las del presente.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Recuerdo que hace años, siendo un joven catedrático de historia, se desencadenó la terrible crisis del petróleo. Corría el año 1973 cuando los miembros de los países árabes exportadores de petróleo anunciaron un embargo petrolífero a aquellos países que habían dado apoyo a Israel en la guerra de Yom Kipur. Como consecuencia de aquello, un año despues, nos dijeron que el precio del petróleo había aumentado más de un 300%. La crisis fue brutal, ya que se tradujo en una devaluación del dólar y una caída de producción, y lo pagaron los trabajadores con un brutal incremento del paro.

Los medios de información publicaron numerosos detalles sobre la maldad de los países exportadores —básicamente los árabes— y también sobre el hecho de que el petróleo, como combustible fósil, se estaba agotando en todo el planeta. Salieron estudios que calculaban que en pocas décadas —hacia el 2020— ya no habría más petróleo y dada la dependencia que teníamos de él no solo en tanto que combustible, sino como materia prima, era lógico que se mantuviera el aumento de precios. Por consiguiente, los países pobres se endeudaron hasta las orejas y su crecimiento económico se paralizó.

En este contexto, ¿qué podíamos explicar los profesores de geografía e historia a nuestros estudiantes? Transmitíamos la idea que nos inculcaban de que el petróleo se estaba agotando y, por lo tanto, estaba justificado el aumento de precios. Y nuestros jóvenes alumnos nos creyeron. Años despues, supimos que la subida de precios del petróleo decretada por la OPEP vino muy bien a los economistas del capitalismo y a sus publicistas, dado que la gente aceptó aquella subida como un hecho inevitable. ¡Pero no era verdad! Nos engañaron y nosotros a nuestra vez engañamos. En realidad, por cada dólar que aumentó el precio que cobraban los países árabes, las empresas petroleras ganaron cincuenta y el resto fueron impuestos de los Estados.

Con los enormes beneficios que generó aquella crisis, las grandes corporaciones petroleras perforaron nuevos pozos en Alaska y en el mar del Norte, entre otros. Además, con sus enormes ganancias, no sólo capitalizaron, sino que construyeron centrales nucleares. Y como todos los productos manufacturados aumentaron sus precios por la inflación, los países árabes acabaron comprando mucho mas caro todo aquello que necesitaban, de modo que al final salieron perdiendo. Y una vez estuvo todo esto consumado, los precios del petróleo cayeron de nuevo y ya nadie mas se acordó durante medio siglo que el carburante fósil se estaba agotando.

¿Saben por qué les cuento esto? Pues porque ahora ya no me fío de las profecías sobre economía, ni de las explicaciones monocausales. Ahora, cuando me dicen que he de malvender mi coche porque hay que salvar al planeta y cambiarlo por uno eléctrico que no contamina, intento averiguar quiénes saldrán beneficiados. Y se me aparece la imagen de las compañías eléctricas como viejas brujas vestidas de negro, con su guadaña, dispuestas a segar su nueva cosecha, aprovechando las excusas para subir mi factura de luz. Ahora, cuando veo que todos los grandes bancos quieren salvar el planeta, me pregunto donde esta el engaño; ahora, cuando veo en la publicidad tantos anuncios que me instan a comprar algo para salvar al planeta, intento taparme los oídos para no arremeter contra la pantalla de mi televisor o de mi smartphone. Y ¿saben que pienso? ¡Que esta vez no voy a contribuir a engrosar los argumentos de los traficantes de sangre! Seguramente los bancos, sus economistas, sus publicistas y sus acólitos conseguirán sus objetivos y millones de personas en todo el mundo creerán que, con sus acciones, con sus compras o cambiando de vehículo, van a salvar el planeta. Pero yo ya no les creo.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

3 comments on “Lo siento, pero ya no les creo

  1. Salvador Soler Luz

    Amigo Joan, enhorabuena por tu visión realista propia de tu honradez y conocimiento,
    Evidencias: Hiperbólicas más que parabólicas.
    Lamentable: Ciudadanos «aborregados» y encima «contentos».
    Característica común de los humanos: Tropezar con la misma piedra las veces que haga falta.

  2. Totalmente de acuerdo con usted.

  3. Una gran i compartida reflexió amic Joan!!!. Quanta raó !!!… el pitjor és que malgrat intentem no afavorir aquesta saga de malèfics neo-capitalistes i també influir aquells que ens envolten…. no hi ha manera d’ensorrar-los !!…M’entristeix pensar quin món deixem als joves quan, en la nostra tasca personal i professional hem intentat ser honestos i coherents !!!.

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