Arte

Esther Ferrer y tiempo

Miguel Antón reseña 'Espacio/tiempo/presencia', una exposición madrileña que recupera la pregunta de Heidegger sobre cómo el horizonte de posibilidad de toda comprensión del ser es el tiempo y su interpretación.

/ una reseña de Miguel Antón Moreno /

«Porque manifiestamente vosotros estáis familiarizados desde hace mucho tiempo con lo que propiamente queréis decir cuando usáis la expresión ente en cambio, nosotros creíamos otrora comprenderlo, pero ahora nos encontramos en aporía». Martin Heidegger recogía este fragmento de El sofista de Platón al inicio de Ser y tiempo para plantear lo que consideraba el problema más fundamental. El horizonte de posibilidad de toda comprensión del ser en general, señalaba, es el tiempo y su interpretación. Aquella vieja pregunta que había caído en las fauces del olvido se recupera en la exposición Espacio/tiempo/presencia de Esther Ferrer, en la galería 1 Mira Madrid, para acercarla a un presente que se nos escapa, que de ningún modo podemos atrapar. ¿Cómo es posible entonces pensar nuestro mundo? ¿Estamos condenados a admitir con Platón que sólo conocemos recordando?

El fuerte vínculo de la artista con la música nos asalta a la entrada. Un piano intervenido por el verbo de Erik Satie encarna el patrón repetitivo que caracteriza al paso del tiempo. Las teclas idénticas y su multiplicación en las octavas sugieren que, aunque aparentemente todo se repite de forma cíclica, cuando prestamos atención al detalle, podemos apreciar distintos tonos y sonoridades. Esa era la intención de Satie con Vexations y sus 18 notas repetidas 840 veces (además, por supuesto, de sumirnos en un vórtice obsesivo-compulsivo que lleva finalmente al delirio). Si es cierto que nihil novum sub sole, no se nos debe olvidar que el sol va envejeciendo y lentamente cambiando de tonalidad.

El envejecimiento de Esther Ferrer se nos muestra a través de sus fotografías, que cumpliendo estas con el Dasein arrojan la existencia hacia la muerte. La identidad de la autora se diluye en una búsqueda que asume la objetualización del sujeto en sus autorretratos, transitando en una gradación en la que el blanco y el negro acaban por invadirlo todo, conduciéndola así a la nada. Autorretrato en el espacio propone un movimiento inverso que en realidad es el mismo: la existencia como un breve lapso entre el vacío cósmico.

¿Es la luz lo que trae la vida y la presencia, frente a la desaparición en la negrura? En absoluto: algunos de los episodios más espeluznantes del siglo XX iluminaron el cielo y resonaron con estruendo justo antes de arrasar con todo y traer con ellos la oscuridad y el silencio. La clásica dicotomía entre la luz y las tinieblas, representando respectivamente lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, simplemente ya no funciona. La presencia no puede ligarse a la claridad y a lo deseado; Sófocles dijo en Edipo en Colono que no haber nacido nunca podía constituir el mayor de los regalos.

Las manos de la artista, que quizá en el pasado hicieron sonar un piano con su grupo Zaj, aparecen radiografiadas como en un vano intento de ser inmortalizadas, adoptando en realidad la forma de un esqueleto. En otra pieza las manos abrazan el cuello de su propia artífice, queriendo arrastrarla hasta la oscuridad o la claridad (no sabemos) de su sepulcro. La música es sin duda la disciplina artística que se relaciona de una forma más directa con el tiempo. Los Pianos alados de Esther Ferrer aceleran la progresión temporal, cumpliendo con nuestro proverbio al sugerir que la existencia si no corre es porque vuela.

Uno sale de la exposición pensando que quizá debamos reflexionar y preguntarnos lo siguiente: ¿no caemos a veces en el inane esfuerzo de traer a un presente que se nos escapa un pasado que ya no existe?


Miguel Antón Moreno (Madrid, 1995) es estudiante del doble grado en filosofía e historia, ciencias de la música y tecnología musical en la Universidad Autónoma de Madrid, escritor y músico.

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