Poéticas

Las abejas de lo invisible

Álvaro Valverde reseña 'Todo esto será tuyo', de Jordi Doce, agrupación de textos ensayísticos, aforísticos y narrativos de tono poético y genuina individualidad, donde nada es lo que a priori parece.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Al azar o a la casualidad solemos atribuir que un escritor de ritmos lentos (como casi todos los que de verdad lo son) nos ofrezca en poco tiempo varias publicaciones. Es el caso del gijonés afincado en Madrid Jordi Doce. Después de La vida en suspenso: diario del confinamiento (marzo-mayo 2020), que apareció en el selecto catálogo de Fórcola a principios del verano de 2020, y además de diversos prólogos y epílogos, ha dado a la imprenta estos últimos meses Inminente y ajeno (El Lotófago. Galería Luis Burgos), con poemas suyos que dialogan con excelentes fotografías de José R. Cuervo-Arango; Monte bajo: poemas 2021-1990 (Solazul Ediciones), breve antología inversa editada en la uruguaya colección Postal de Poesía con prólogo de Diego Techeira; Esta mano, con sus versos y las imágenes de Mela Ferrer (Del Centro Editores, Colección Tríptico, tirada artesanal de 100 ejemplares numerados y firmados por ambos autores); y Dos tiempos, carpeta de Ediciones Denis Long con un grabado y un par de poemas del autor de No estábamos allí.

Ya que lo menciono, Pre-Textos, que publicó su último libro de poemas, es precisamente el sello de esta nueva entrega que reseñamos, Todo esto será tuyo, con una sugerente imagen de Segimón Vilarasau en la cubierta; un libro que lleva como humilde subtítulo: (Cuaderno de notas 2014-2019).

Los lectores de Doce recuerdan que este corredor de fondo ya ensayó esta distancia, digamos, en Hormigas blancas: notas, 1992-2003 (Bartleby, 2005) y Perros en la playa (La Oficina, 2011, con dibujos de Javier Pagola). Diez años después, selecciona y reúne nuevas anotaciones y apuntes de sus cuadernos y archivos de Word. Todos los textos son anteriores a la maldita pandemia, aunque incluye tres fragmentos de 2020 (a modo de posdata) que miran al futuro (más indescifrable que nunca), como el mismo título del volumen.

El libro, por decirlo de forma didáctica, agrupa tres clases de textos que no dejan de ser variantes (ensayística, aforística y narrativa) de un mismo tono. Pero como si algo distingue en el panorama literario patrio la obra de Jordi Doce es su genuina individualidad, esto es, el carácter único y personal que aplica a su escritura con independencia del género con el que experimente, al final nada es lo que a priori parece. Un libro de diarios más, quiero decir.

Sheffield, ciudad donde pasó unos años juveniles decisivos en su vida, Praga y el Poema de la duración de Handke dan forma a la primera anotación, que marca ese tono inimitable al que me refería. Un tono donde la anécdota personal se une con admirable naturalidad a lo reflexivo mediante un ejercicio, ante todo, de inteligencia. O de lucidez, si se prefiere. Y esa mirada lúcida, tamizada siempre por su condición de lector, que se abre paso en medio del caos y de la dispersión, dota al conjunto de una intensidad y un misterio que se acerca irremediablemente a la poesía, siempre al fondo de cuanto sale de las manos de Doce, aunque en esta entrega, a diferencia de lo que ocurría en Perros en la playa, haya dejado fuera los poemas. Lo dice él mismo: «La poesía como una segunda naturaleza que asoma cuando menos se la espera; o más bien, porque no se la espera».

Sorprende esa capacidad para saltar de la literatura a la vida, porque «ese hacer de la vida es, en realidad, un hacerse a uno mismo, un ir al mundo para que el mundo entre en nosotros». De ahí su gusto por «la mezcla, la impureza».

A lo largo del libro, que es más bien breve, con voluntad de concisión, se van dosificando los fragmentos en torno, ya explicaba, a asuntos relacionados con su vida diaria, así como con lecturas y asuntos literarios.

Cada poco, eso sí, nos ofrece una serie de aforismos que distan de ser los que pasan por tales en no pocos libros que se publican al amor de esa moda. «Jamás he tenido la impresión de escribir aforismos, ni mucho menos de ser eso que ahora se llama aforista», leemos en la página 127. Es «el imán de una brevedad que parecía condensar o concentrar recorridos más amplios» lo que atrajo de siempre y por lo que necesita plasmar en palabras esos «párrafos sueltos y arropados por grandes espacios en blanco». Una atracción, precisa, «más visual que conceptual».

¿Un botón?: «Cuando el aforismo es un alfiler que inventa su mariposa».

(A veces, se cuela entre ellos la cita de algún autor que ha hecho suya.)

Por su naturaleza, de lo más grave y hondo a lo más irónico y hasta humorístico, siempre certeros y sucintos, ayudan al lector a franquear entradas de mayor densidad. Sucede lo mismo con esos apuntes sobre las tareas domésticas o los paseos con la perra Layla en los que la casa (más que cuatro paredes: Marta, Paula) y la calle (con gente o vacía) cobran protagonismo.

Doce es un flâneur que pasea por su barrio de Madrid (mucho menos por su Muro natal), la Casa de Campo o el Parque del Oeste y que de esas caminatas («caminar, escribir») es capaz de extraer una original teoría sobre «el tipo de escritura que más me atrae ahora» (léanse las páginas 101 y 102). No es casualidad que antes haya comparado al paseante baudeleriano con el ensayista.

En sus cavilaciones paseísticas da importancia a lo meteorológico y, en concreto, a un fenómeno que por fuerza ha de echar de menos alguien que se ha criado a orillas del Cantábrico: la lluvia.

Si nos centramos en lo que este cuaderno de notas tiene de diario, señalaría, por ejemplo, las piezas que dedica a la infancia, a la figura paterna o los largos trayectos en coche en Navidad hasta Le Havre, en la costa francesa de Normandía, y a Barcelona en verano que le dio para inventar el juego privado «de las matrículas», «una prefiguración de la poesía, el germen de esa necesidad compulsiva de acotar —palabra mediante— espacios de sentido, celdas verbales capaces de mitigar y esclarecer el barullo de fuera».

Por su mordiente, inusual en un hombre educado y tolerante como Doce que mantiene sus emociones negativas (la rabia, el odio, el desdén, etcétera) «en la banda, en la grada», «vigilando el acceso» desde fuera de la escritura; por su mordiente, decía, llaman la atención las líneas referidas a amigos y colegas (bajo una X, lo que complica la identificación pero salva la enseñanza pretendida) y a las consiguientes decepciones y sinsabores que, en un inevitable «umbral crítico», suelen acarrear las relaciones sociales en el artificial mundillo literario, por poco que se le frecuente.

En este sentido, muy significativo me parece el retrato que hace de uno de nuestros críticos más conocidos (El crítico, lo titula), al que resulta sencillo identificar.

La imaginación (esa gran olvidada a la que nadie mienta), «lo real» (página 38), la creación (y su envés: esa actividad «paradójicamente agotadora» que consiste en «no escribir», en la que el escritor gasta «la mayor parte de sus fuerzas») y los sueños son también materia de análisis. Como la música («No soy músico, por desgracia»). La de Casandra Wilson, Brian Eno o Paddy McAloon, pongo por caso.

El «Paréntesis de Miami», fruto de un viaje a esa ciudad norteamericana invitado por el poeta cubano Orlando González Esteva y Mara, su mujer, es uno de los pasajes más deliciosos del libro. Un libro en sí mismo. Una pequeña novela, siquiera sea por el relato de los orígenes de la casa narrado por una descendiente de sus primeros constructores.

Me han interesado especialmente las páginas que dedica a la meditación sobre la poesía, ya sea propia o ajena. Sobre poética, sí (lo que le hace muy útil de cara a quienes frecuentan sus poesía), y sobre el trabajo literario en general: la edición, la traducción («Ahora sé que traduzco poemas ajenos para expiar la presunción de escribir —y publicar— los míos propios. Que traduzco, en resumen, para hacerme perdonar que escribo»), las clases… Ocupaciones, ya se sabe, que cultiva profesionalmente. Y sobre el libro y la lectura: «Un poner los oídos a trabajar, un envolver con nuestra atención el libro y frotarlo con los tentáculos de la expectativa, de la curiosidad».

«No sé si me estoy explicando» es, nos cuenta, una de las frases que más repite delante de sus alumnos en los talleres. La duda, prueba de salud intelectual, es una inseparable compañera de viaje de Doce, algo que le impide al lector asistir con pasividad al acto de la lectura y que le convierte en partícipe de aquello que lee. No en vano la entiende como diálogo: «La lectura nos permite identificarnos con lo que leemos sin dejar de ser quienes somos; es un desdoblamiento, un diálogo con ese reflejo de nosotros mismos que aparece al leer».

En un momento dado escribe: «Me gusta mucho la idea del ensayo como una escritura que nace, en primera instancia, de la impotencia, de la debilidad». Cree que, «como género», «nos obliga a recomenzar una y otra vez, todo el tiempo, pues sabe muy bien que sólo por tanteo, por aproximación, podemos aspirar a explicarnos». Y ensayos son en rigor el texto acerca de los insectos o sobre del El tapiz de Malacia de Aldiss. Este incluye un poema que a Doce le llegó al alma en su adolescencia y que un tal Figueroa más que traducir se inventó pues, como ha sabido aquel aprendiz de poeta después, sólo contenía un verso verdadero.

Mención aparte merece el concebido sobre los poemas «top-down» y «bottom-up», que no dudo en calificar, por su agudeza, de antológico.

No son desdeñables, sino todo lo contrario, los que se levantan sobre personajes tan diversos como Obama (que es capaz de comentar con solvencia a Eliot; vamos, como cualquier presidente o político de los nuestros), sus admirados Elias Canetti o Anne Carson, y sobre Peter Redgrove, Ted Hughes, Octavio Paz o Seamus Heaney.

Se sintetiza bien el propósito de este libro (y acaso de cualquiera) en la lírica nota editorial de la sobrecubierta:

«»Somos las abejas de lo invisible», escribió Rilke al final de su vida. Y a este libar «desesperadamente la miel de lo visible» para alimentar la gran colmena de la imaginación se dedica el poeta en cuerpo y espíritu, en un ejercicio de diálogo con el mundo que va revelando sus formas, colores y relieves, abriendo con los sentidos un espacio para la conciencia».

Termino. A pesar de que «Nunca seremos un libro abierto para nadie, y menos para nosotros mismos», después de leer Todo esto será tuyo está uno cerca de pensar lo contrario. Por lo que tiene, visto desde fuera, de benéfica labor introspectiva para su autor y por lo mucho que aporta al lector que se interna con el debido fervor entre sus enjundiosas páginas.


Fragmentos de Todo esto será tuyo

Me cuenta un amigo que ayer al mediodía —así puede ser una jornada de mediados de septiembre en un valle asturiano— el cielo se aborrascó hasta el extremo de provocar el encendido automático de los faros del coche… Algo como un eclipse de nubes que borró la luz del sol casi por completo y que no remitió hasta media tarde. No recordaba que los coches estuvieran equipados con este tipo de sensores, aunque parece lógico. Algo como los filamentos que la sangre enciende por instinto para iluminar los días oscuros, llenos de malos presentimientos. Y también en este caso hay que hacer como el conductor del coche: mirar con terquedad hacia adelante, no entretenerse sino lo indispensable, concentrarse en el acto mismo de conducir hasta que poco a poco se sale del túnel y se comienza a respirar más anchamente. A la salvación por la rutina. O del remolque salvador de los automatismos. No es mucho consuelo, tal vez, pero no se me ocurre nada mejor cuando los días se estrechan y se vuelven irrespirables, como este comienzo de semana en el que ciertos asuntos –domésticos, laborales– que debieron resolverse hace tiempo comienzan a emponzoñar el aire. Supongo que mi vieja manía de enterrar la cabeza en la arena, esperando que la tormenta amaine o siga su curso, sigue siendo tan improductiva y malsana como siempre. Con lo que me temo, además, que estoy gastando los filamentos de la sangre con oscuridades de mi propia hechura. Imposible quejarse, pues. A lo más que puedo aspirar es al semblante de dolorida sorpresa de mi amigo al contarme el eclipse de ayer. No me lo puedo creer, venía a decirme. Yo tampoco; me he visto en este hoyo tantas veces que mi insistencia en visitarlo me parece francamente digna de asombro.


Una de las materias con las que Victor Hugo enriquecía la tinta antes de realizar sus dibujos visionarios era café molido, granos diminutos como el hollín que daban consistencia a la mezcla y se pegaban literalmente al papel, como si el poeta hubiera querido trasladar a sus líneas el carácter divinatorio o sibilino de los posos del café; como si la impaciencia lo hubiera llevado a apropiarse de las intuiciones de futuro de los granos antes de pasar por el agua y revelarse ambiguamente en el fondo de la taza.

Pienso en estas cosas mientras sorbo el primer café de la mañana, y pienso también en esos versos de Tomas Tranströmer (de su poema «Puesto de guardia») que podrían muy bien servir de divisa para arrancar el día:

Misión: estar donde uno está.
También el ridículo papel solemne:
yo soy precisamente ese lugar
donde la creación trabaja sobre sí misma.

Sí, esto de hacer un papel en la vida es un poco ridículo y solemne a la vez, pero el poeta sueco nos recuerda que ese hacer de la vida es, en realidad, un hacerse a uno mismo, un ir al mundo para que el mundo entre en nosotros. O de otro modo: el lugar donde nuestras máscaras se superponen hasta resolverse en un rostro. Un pensamiento optimista, pues. También biunívoco: los días están por hacer y en hacerlos se nos va cada día, pero ellos también, a su vez, nos van haciendo lentamente, labrándonos por fuera con los mismos sedimentos que luego se enredan y acumulan en nuestro interior.

No sé si esta proyección, este movimiento de apertura al futuro, tiene algo que ver con los posos invisibles que nadan en mi café, esa espiral de cafeína que comienza a girar en la sangre como una hélice borracha. No es tinta, desde luego, lo que hace surgir estas palabras, sino el golpeteo rítmico de mis dedos sobre el teclado. Estoy bastante lejos de los dibujos de Hugo, por decirlo suavemente, pero me gustaría tomar de ellos el gusto por la mezcla, la impureza, también su deseo de ofrecerse como lugar donde sucedan las previsiones. Leer el futuro en uno mismo, en los demás, y luego echar a andar como si no importara, como si no hubiera lastres; recibir lo que va llegando como si siempre hubiera estado ahí o fuera un eslabón más de nuestro destino. Lo dice Tranströmer, con una mezcla de admiración e intriga, al final de su poema: «¡Sucesos del porvenir, ya están aquí! / […] Vienen / de uno en uno. Yo soy el torniquete».


Los veo desde hace días en distintos puntos de la ciudad. Son dos, también distintos cada vez; instalan una mesa desplegable junto a una tapa de alcantarilla y se sientan, en mitad de la calle o en un cruce, ante una masa confusa de cables del subsuelo a los que auscultan con un pequeño aparato con aspecto de consola de juegos o de mesa de mezclas. Por la tranquilidad con que trabajan, enfundados en sus monos, indiferentes a los peatones o los coches que pasan a medio metro de sus rodillas, se diría que están jugando al dominó. No sé bien si son cables de telefonía o del tendido eléctrico, pero los escrutan y desovillan como si fueran serpientes dormidas, un nido de reptiles que ha sido exhumado para estudiar sus costumbres.

Dan ganas de frenar el paso y quedarse mirando desde la barrera. Pocas veces el trabajo manual, y más al aire libre, tiene un aire tan sofisticado. El tablero es como una pizarra donde espera una ecuación y los dos operarios, que no dejan de hablar en voz baja mientras arriman los ojos al instrumental, parecen matemáticos embebidos en un debate sutil que solo ellos comprenden. Y mucho de eso hay, sin duda. De hecho, a nadie se le ocurre detenerse o comentar la jugada con su vecino, que es lo habitual cuando se trata de una zanja o de un solar en obras. El dominio de la electricidad supuso en teoría el fin de muchas supersticiones, pero ella misma se convirtió en un saber supersticioso, mirado con respeto por los profanos –que, cruzado cierto umbral, somos casi todos. Yo, desde luego, paso de largo con el pasmo intrigado de quien no entiende nada, pero contento de tropezarme con esta imagen insospechada de la civilidad: una mesa en mitad de la calle; dos hombres haciendo su trabajo sin alardes; la sensación de que una tarea importante y quizá molesta se resuelve como una partida de naipes entre parroquianos; liviandad y destreza.


A fuerza de tomar un desvío tras otro, fue encontrando su camino.


La cabeza en la piedra, los pies en el umbral.


Con cada frase va dibujando una boca en el rostro de las cosas.


Pone palabras entre él y la meta para no terminar de llegar nunca.


Respira en el espacio abierto por sus exageraciones.


A veces me tropiezo con palabras que han desertado y andan por los caminos, buscando el modo de volver a casa.


Cuando el aforismo es un alfiler que se inventa su mariposa.


En el puente se esconde una flecha.


Eso mismo, dicho por otro, ya es otra cosa.


Mientras salimos de casa, Paula me cuenta su último sueño, del que se acuerda con detalle porque la he despertado en pleno metraje. Había una casa nueva, dice, pero en aquel espacio recién estrenado su habitación seguía siendo la misma, aunque «sin los posters». Era igual, sí, pero también más neutra, más oscura. De pronto se encontró en un ascensor con dos chiquillas. Mientras subían se dio cuenta de que se llamaban como ella; en realidad —me aclara— «eran yo, pero cuando era pequeña, cuando tenía siete y tres años, como en las fotos».


And then the lighting of the lamps… Ese momento, en la tarde de mediados de diciembre, en que vemos encenderse las farolas de la calle. Previsible, tal vez, pero inesperado. Los ojos se han ido habituando a la penumbra y al amarillo seco y sin vida de las hojas, y todo es del color indistinto del cielo, de las fachadas, de la piedra mordida por el frío. (Parece que esta noche lloverá). Vamos hablando de cualquier cosa y de pronto, ante nosotros, se enciende una farola, un parpadeo, luego la calle entera hasta donde llega la vista. La sorpresa. Luego el alivio tranquilo de la iluminación, como si nada. Y la noche va llegando, imantada por las luces como una polilla. Y lo que no esperábamos ilumina lo que nos espera, el camino que falta. Todavía es pronto para volver.


Todo esto será tuyo
Jordi Doce
Pre-Textos, 2021
164 páginas
20 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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