Memorias de un coleccionista compulsivo

Navajas y barajas (3)

José Manuel Vilabella continúa sus 'Memorias de un coleccionista compulsivo', en las que entreteje recuerdos de vivencias personales con un conjunto de disertaciones sobre el arte de coleccionar.

/ Memorias de un coleccionista compulsivo / José Manuel Vilabella /

Uno, además de preguntarse qué fue antes, el huevo o la gallina, sigue con sus cogitaciones y reflexiones de filósofo de campanario y se dice a sí mismo: «¿El nacimiento de la navaja qué fue, un descubrimiento o un invento?». Y colocado ante el espejo del cuarto de baño, al lado del inodoro y mirándose fijamente a los ojos, se contesta: qué más da, hombre de Dios. Lo único cierto es que la navaja vino al mundo y habitó entre nosotros. Pero, eso sí, ocurrió en un tiempo y un lugar indeterminado. Posiblemente los griegos, que además de la idea de la democracia y de las reflexiones filosóficas eran gentes prácticas, pudieron haber inventado la navaja porque conocían el puñal. Y la navaja no es otra cosa que un puñal plegable. Sin embargo, y como hay que ponerle puertas al campo, empezamos nuestra erudita perorata haciendo responsables a los romanos de la invención de la navaja, y no de una navaja cualquiera. No. Los romanos se sacaron del magín la navaja normal y, además, la más sofisticada, la multiusos, que tenía como elementos complementarios un punzón, un adminículo para limpiarse las uñas, un aparatito para la limpieza de oídos y una navaja propiamente dicha. La navaja romana no cayó en el olvido cuando la invasión bárbara y siguió existiendo en los oscuros años de la Edad Media y su uso se extendió por todo el mundo. A partir de entonces estuvo en el neceser del viajero y en la caja de herramientas del hombre libre e, incluso, en las manos del esclavo de confianza. Pero su uso tuvo más predicamento en algunos países que en otros. La Península Ibérica es un entorno navajero y España concretamente es el país más navajero del mundo. Actualmente, entre las gentes del bronce, cuando se muere y se mata en nuestro país es por medio de la navaja. Cuando salen a relucir las armas de fuego se considera en el mundo violento como un acto poco español. Hay una distancia que impersonaliza el crimen. Cualquier mequetrefe puede matar con un revólver, pero la navaja como arma de defensa y ataque convierte al arma y al homicidio en un hecho más racial, más íntimo, más de mesa camilla; es como un conflicto de primos, como una desavenencia entre hermanos. Matar con la navaja implica cercanía, ver la sangre derramada y la muerte cercana. El odio o el desdén se reflejan en esa danza de dos habilidades contrapuestas que tiene algo de ballet trágico. En la soledad de la víctima y del victimario y en ese odio que se profesan cuando se miran a los ojos se esconde lo más telúrico de nuestra mismidad como pueblo. No se sabe, hasta el final de esa danza, cuál de los dos contendientes va a ser el asesino y a quién le corresponde ser el asesinado; eso depende de muchos factores, de la habilidad, de la suerte, del valor. La muerte a navajazos es una muerte limpia y forma parte del arrebato español. No tiene agravantes. No hay premeditación. El azar los condujo hasta ese lugar de encuentro. ¿Por qué se matan? A veces ni se sabe, puede ser porque uno mentó a la madre del otro, por un encontronazo casual, por un quítame allá esas pajas o, claro está, por el amor de una mujer. Matar con un revólver es como asesinar con un misil o con una bomba. El soldado que arroja las bombas en las guerras actuales cuando regresa a la base se va a la cantina y desayuna un par de huevos con beicon y un café con un bollo y zumo de naranja. No tiene conciencia de que es un asesino múltiple, ni se le pasa por la imaginación que es un criminal. La tecnología y la distancia quitan al asesinato el horror que la violencia lleva implícita y convierten la muerte en un acto administrativo. El piloto que conduce el bombardeo y las personas altamente cualificadas que le acompañan fotografían lo que llevan a cabo, dejan constancia de sus crímenes, de las fábricas que destruyen, de los puentes que inutilizan, de los hospitales que arrasan, de las escuelas que hacen desaparecer. Lo suyo es un acto criminal, con los agravantes, entre otros, de nocturnidad y premeditación y para no tener mala conciencia llaman a lo que hacen, sin ningún reparo moral ni ético, el arte de la guerra. No te jode.

La existencia de la navaja siempre ha sido un grave problema para las autoridades de nuestro país. Lo han hecho todo para erradicar su uso y su abuso. Carlos I llegó a castigar con la pena de muerte su fabricación. Durante muchos años la clásica navaja bandolera se fabricaba en Francia. En 1721 Felipe V, un monarca que tenía una aversión obsesiva por este utensilio tan castizo, llegó a penalizar su simple posesión con seis años de prisión para los nobles y doce en galeras para los plebeyos. Todavía en la actualidad la normativa es muy estricta sobre su posesión y uso. Se permite llevar en el bolsillo las navajitas tipo cortaplumas. El resto si no está prohibido está muy mal visto por la ciudadanía. España, no obstante, fue durante algunos periodos de su historia un fabricante de navajas de toda clase y, sobre todo, las de Albacete llegaron a tener, y lo tienen, un enorme prestigio.

Los coleccionistas de navajas somos muy numerosos y heterogéneos. Si los filatélicos y numismáticos forman legión, los navajeros somos una brigadilla pero cada uno con sus manías a cuestas. Si usted, por ejemplo, le pregunta a un coleguilla: «Caballero, ¿qué opina usted de las navajas chinas?», puede recibir un bufonazo con mirada de desprecio incluida y, si insiste, una respuesta dicha por encima del hombro: «Yo solo colecciono navajas artesanas». Hay gentes que solo forman su tesoro particular a base de navajas usadas, navajas antiguas, navajas pequeñitas, navajas francesas, alemanas, españolas, portuguesas y los generalistas que coleccionan navajas a secas. Yo soy de estos últimos. Debo de tener alrededor de seiscientas navajas. Unas son joyas que podrían estar en cualquier museo de armas blancas y otras se trata de piezas que inspiran poca confianza y que posiblemente hayan estado en manos de delincuentes o hayan participado en contiendas y guerras recientes. Mi colección de navajas pequeñas pasa del centenar y caben todas ellas en una caja de puros. Hay artesanos que dominan el arte de lo diminuto y que, imagino, para hacer sus piezas tienen que valerse de lupas y herramientas especiales.

El coleccionismo es un camino hacia la felicidad, un derecho inalienable al que todo ser humano debe aspirar. Pero todos sabemos que eso es una entelequia; la felicidad no existe, pero sí los momentos felices y el coleccionismo proporciona esos momentos. El Barón Thyssen es el prototipo del caballero mundano y rico que no vivió exclusivamente para su colección de pintura, porque la administración de su enorme patrimonio le ocupó mucho de su tiempo, pero su pinacoteca es lo único que le hizo feliz. Se casó cinco veces y tuvo cinco hijos y con su última esposa, la encantadora señora Cervera —«llámame Tita»— se hizo español dentro de lo que cabe. En el 2021 el privilegiado caballero habría cumplido cien años de edad y su museo español organizó un evento con aportaciones de piezas de sus otros herederos en donde figuran muchos objetos de sus lujosas mansiones. Sus cinco matrimonios nos hacen sospechar que el amor, por lo menos el amor marital, no le hicieron muy feliz. Cada divorcio tuvo que ser una fuente de sufrimiento. Para él, el «siempre nos quedará París», fue su valiosa colección.

Lo primero que tiene que hacer un comprador de navaja es saber para qué la quiere, excepto, claro está, si no es un coleccionista. Un coleccionista la quiere porque la quiere, la quiere tener, y si no la compra se pone enfermo, se agobia, se mesa los cabellos. Si está en un mercadillo y es una pieza usada, la mira y la remira, la abre y la cierra. «Está impecable», piensa y vuelve a preguntar el precio. «Son cincuenta euros, señor», le dice el vendedor. «Coño, cincuenta euros, se sale del presupuesto; cómo se lo explico a Margarita», piensa el desdichado. Y es que la principal enemiga de la colección de navajas de don Froilán Peraleda y Gómez-Navelgas es su esposa doña Margarita Pérez y Pérez, de las mejores familias de Mondoñedo. A doña Margarita le encanta el marisco y como buena gallega, aunque sea de la Galicia sin mar, le apasionan las ostras de la ría de Vigo. Cuando se conocieron don Froilán y doña Margarita ella le preguntó curiosilla: «¿Y qué es lo que más te gusta del mundo?». El honesto y ejemplar joven no dudó un instante: «¡Las navajas!». Y ella palmoteó y exclamó llena de gozo: «¡Pues a mí las ostras, pues a mí las ostras!». Y cuando don Froilán le dijo qué tipo de navajas le gustaban se quedó un poco chafada y comentó: «¡Qué curioso!». Don Froilán y doña Margarita se enamoraron, se casaron y tuvieron un precioso niño, don Froilancito, caballerete que se pasaba el día sentado en el orinal, oyendo cómo sus papás, que se querían, sí, que se querían mucho, discutían «sobre esas navajas de mierda que te tienen abducido». Don Froilán tiene esa pasión desde que era un rapazuelo, afición que se incrementó cuando era un joven universitario y se agudizó cuando ganó las oposiciones al Catastro. «Ahora a vivir, ya tengo un puesto seguro para toda la vida», se dijo y pensó en su colección de navajas con delectación y para celebrarlo se fue a la cuchillería de don Guillermo y se gastó un pastón en una novedad recién llegada. Don Froilán vuelve a preguntar el precio en el mercadillo y el vendedor se lo vuelve a decir y él inquiere con un hilillo de voz: «¿No podría hacerme un descuento?». «Bueno, por ser para usted que es un buen cliente, se la dejo en cuarenta». Y don Froilán la compra. Y se va a su casa con la pieza camuflada convenientemente para que su esposa no la descubra. Cuando don Froilancito deje el orinal y ya no se haga caca en los pantalones y acuda al colegio de la esquina, doña Margarita, harta, desesperada, en pleno ataque de nervios, preguntará un buen día: «Froilán, hijoputa, escoge, ¿las navajas o yo?». Y don Froilán la mirará a los ojos y responderá sin dudarlo: «¡Las navajas!».

Si el lector es una persona normal y colecciona sellos como todo el mundo, deberá saber que los tipos de navajas son muy variados y su forma, color, materiales de que están hechas tienden al infinito. Las hay para toda clase de actividad por rara que esta sea. Es un arma ideal para matar. Si es usted por casualidad, amigo lector, un asesino profesional, no lo dude y utilice la navaja. Es un poco sangriento, ya lo sé, y menos seguro que el revólver o el rifle con mira telescópica, pero la belleza, el cromatismo, ¿no es algo que en su especialidad habría que tener en cuenta? Pero lo anterior solo es una boutade del que escribe. La navaja es, sobre todo, una herramienta que sirve tanto al agricultor como al navegante. En todos los países se fabricaban navajas antes de que apareciesen los chinos, pero en ningún país la navaja fue un problema tan agudo como en España. En este sentido sí que podemos decir que Spain is different. Y se da, además, la extraña paradoja de que, en las librerías de los grandes fabricantes de navajas como Francia, Alemania o Inglaterra, el interesado puede encontrar una amplia bibliografía sobre el tema que nos ocupa, salvo, claro está, en España. El firmante se pregunta, entre la indignación y la desesperanza, a qué se debe la incuria, la dejadez, el abandono de los españoles; por qué nos confundimos siempre cerrilmente y tropezamos una y otra vez en la misma piedra; por qué somos tan extremistas y radicales y nos extraviamos como país lo mismo en épocas de esplendor que cuando estamos en plena decadencia. Tanto da lo que seamos, nuestro destino es el error. Cuando fuimos un imperio nos gastamos los dineros en una causa tan equivocada como la Contrarreforma y cuando nos convertimos en pobres gritamos «¡Vivan las cadenas!», para traer al rey felón. ¿Hay algo más ridículo que las guerras carlistas? En los enfrentamientos entre liberales y carlistas nos matamos entre nosotros en tres ocasiones y, actualmente, ahora mismo, en el siglo veintiuno, hay españoles que siguen siendo carlistas y si te ríes en su cara pueden agredirte de forma salvaje. Pero, ojo, no quiero dar la sensación de ser un mal español. Soy, para mi desdicha, un español que habla mal de España como casi todos nuestros compatriotas. Cuando viví fuera –estuve varios años en el extranjero– me di cuenta de que este es el mejor país del mundo y regresé en cuanto me fue posible para poder flagelarme con mis críticas feroces. En España, repito, no puede usted entrar en una librería y pedir un libro sobre navajas. El motivo es muy sencillo: no existen. Solo Rafael Martínez del Peral y Fortón, marqués de Valdeguerrero, escribió largo y tendido sobre este tema. Bueno, seamos justos y no exageremos, no solo don Rafael investigó este instrumento tan nuestro; le acompañan en su pasión una decena de escritores que han dedicado tiempo y afanes a su estudio y divulgación. Me imagino que don Rafael, que fue, entre otras cosas, el primer coleccionista de navajas antiguas más importante de España, tiene que gozar de una espléndida posición económica que le ha permitido no solo coleccionar sino investigar sobre este tema y llegar en sus investigaciones hasta extremos que a los navajólogos nos pone la carne de gallina. Desde aquí grito agradecido: ¡Viva don Rafael y la madre que lo parió! Nuestro admirado desconocido –no tengo el gusto de haber estrechado su mano– no solo es de buena familia y el primer investigador español de la navaja y su entorno. De ninguna manera. Es más, mucho más. Don Rafael es un currante de noble semblante que luce un bigote entrecano. Estudió Derecho en Zaragoza y Periodismo en Madrid. Hincó los codos y se doctoró cum laude en Ciencias de la Información, es Diplomado en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria por el Instituto Salazar y Castro. A don Rafael le ha cundido el tiempo pues además de dedicarse varios años al comercio internacional, al márketing y a la dirección comercial, trabajó 26 años en Radio Televisión Española como secretario general técnico y en otros cargos de relevancia. A sus 93 años don Rafael sigue en este mundo y uno se lo imagina en su casa, feliz y acordándose con algo de melancolía de sus navajas preferidas y mirándolas en el catálogo del museo de cuchillería de Albacete ya que su colección de navajas antiguas fue el embrión de esta institución ejemplar. Don Rafael, parece que lo estoy viendo, suspirará con algo de añoranza y les dirá a las piezas que le queden, a su harem particular: «Gracias, queridas mías; gracias por haberme hecho tan feliz».

Pero que no se encuentren con facilidad libros sobre navajas no quiere decir que no haya gente interesada, investigadores que pongan a funcionar sus mejores meninges para estudiar los objetos de nuestros amores. Una de esas personas es Mariana de Pascual López que, en unión de José Sánchez Ferrer, firman los textos de introducción de una de las obras más lujosas y bellas editadas en nuestro país sobre este tema. Me refiero a Navajas, arte y patrimonio de Castilla La Mancha, el catálogo del Museo de Navajas de Albacete. Una obra publicada en 2002 y reimpresa en 2003 y 2004 y que, como hemos escrito anteriormente, es la colección del ilustre navajólogo. Para los interesados en este tema me permito recomendarles una visita y, en su librería, el aficionado puede encontrar a la venta interesantes estudios, todos ellos editados de una forma lujosa y a precios asequibles. Más allá de este yacimiento no hay donde nutrirse. Es un desierto, la nada.

La navaja se comienza a utilizar en España a principios del siglo XVII. Es, desde su nacimiento, un instrumento que fue recibido entre los carpetovetónicos de la época con auténtico entusiasmo. «Esto es lo que yo necesito para matar a mi concuñado», pues ya en aquellos tiempos remotos existían parientes odiosos con los que había que pasar obligatoriamente las fiestas navideñas. La forma y el tamaño de la navaja española se produce en el siglo XVIII, pero, ay, el XIX fue un desastre para nuestra cuchillería en general y la navajera en particular. Hay una crisis de acero, la prohibición de su uso por parte de las autoridades se hace más rígida y sobre todo la competencia extranjera, que emplea técnicas preindustriales para su fabricación, hace imposible competir en precios con Inglaterra, Francia y Alemania. En el Siglo XX, la navaja pierde su condición de arma, reduce su tamaño, pero en nuestro país no alcanzará su esplendor hasta mediados de dicho siglo. Esplendor que durará hasta el nacimiento e implantación de la navaja china que, por su baratura, revolucionará la industria navajera en todo el mundo.

La industria de la cuchillería, desde su nacimiento, no se ocupó solamente de las navajas. Ni mucho menos. Todos los navajeros se hicieron cargo, además, de los puñales, los cuchillos y las tijeras. Si la navaja, por la forma de su hoja de un solo filo, puede ser además de herramienta arma de ataque y defensa, la utilidad del puñal con su hoja de doble filo no deja lugar a dudas. «Para qué quieres ese puñal Andrés», preguntaba el señor marqués algo angustiado cuando veía avanzar a su empleado con cara feroche y empuñando un puñal de cachas de tosca madera. «Para asesinarle a usted, don Fidel». Y es que al siervo de la gleba le molestaba que don Fidel hiciese uso del derecho de pernada. El puñal es un arma blanca de corto tamaño, hijo menor de la espada, que los herreros fabricaban desde que el ser humano en lugar de cargarse al prójimo con un hacha de piedra utilizó métodos más refinados y sutiles. En la edad del bronce ya salían de manos de los armeros preciosos puñales que hacían las guerras entre clanes mucho más entretenidas. El puñal fue el adminículo más utilizado para comer, y del que se valían en banquetes los miembros de la nobleza en la Edad Media, además de los dedos, naturalmente. Hay un agudo chiste gastronómico de Mingote, ambientado en esa época, en que una dama le dice al caballero que está sentado a su izquierda del que ocupa la derecha: «Es un palurdo. Está comiendo la carne con los dedos del pescado». Y es que la evolución de las armas y de las cuberterías fueron sufriendo modificaciones de forma paralela. Lo primero que surgió para auxiliar al comensal fue la cuchara, después el cuchillo y por último el tenedor. El tenedor estuvo prohibido durante decenios después de su invención porque el clero, retrógrado por naturaleza, opinaba que tenía un parecido demasiado evidente con los tridentes con que el diablo les pinchaba el culo a los condenados. Otro de los objetos que forman parte de la cuchillería antigua fueron las tijeras, de las que se fabricaron verdaderas joyas de una belleza sorprendente y que en una buena exposición de cuchillería antigua no pueden faltar. Las tijeras eran utilizadas como arma de ataque en caso de necesidad y con ellas las damas mataban a sus maridos infieles si el caso lo requería. Si la navaja tanto en la primera como en la segunda guerra mundial fue un instrumento que se entregaba a los combatientes para abrir latas de conservas y ayudarles a cortar la dura carne del rancho, el puñal fue sustituido por dos armas letales, el machete y la bayoneta. En las guerras napoleónicas y en las carlistas las bayonetas, además de armas de ataque, tuvieron un uso doméstico para asar todo tipo de animales, ratas incluidas, que caían en manos de la soldadesca. La bayoneta fue un arma decisiva en la primera contienda mundial, guerra de trincheras con frecuentes enfrentamientos cuerpo a cuerpo. En la segunda guerra fue mucho menos importante y en los útiles de guerra actuales se siguen conservando, pero de menor tamaño. La navaja militar de Suiza, país neutral por naturaleza, fue ampliando las funciones y son cada día más orondas y útiles. Es una caja de herramientas en una sola pieza.

Hasta ahora hemos escrito generalidades de las navajas pero, de qué partes consta una navaja antigua, esa que llevaba en la faja el menestral, en la liga la hembra de tronío y debidamente camuflada el señorito pinturero. La parte más importante es la hoja que, como es obvio, es la que se utiliza para pinchar y cortar. Las navajas lujosas como las que se pueden admirar en el museo de Albacete son de una gran diversidad, siempre de acuerdo con el gusto y preferencia del maestro navajero. Normalmente estas obras de arte se fabricaban por encargo por lo cual el artesano debería tener una especie de muestrario para poder complacer a la clientela. Cada artesano tiene su marca para poder ser identificado. Esta marca distintiva se denomina punzón y es costumbre que ha llegado hasta nuestros días. En mi colección de navajas las tengo de todo tipo pero cuando no tienen grabado en la hoja el nombre del fabricante o en las de tipo artesanal las iniciales del autor, me dan la sensación de que las pobrecitas son huérfanas y, aunque sea una falta de caridad, las tengo en menor estima. El anonimato no les sienta bien a las armas blancas. La hoja en la navaja albaceteña era muy barroca y adornada con todo tipo de calados, muescas y florituras; cuando se abría lo hacía con estruendo y la carraca amedrentaba al contrincante y algunos salían corriendo y escogían ser cobardes en lugar de difuntos. Hubo una época en que los fabricantes, para pasar desapercibidos, se camuflaban bajo el nombre genérico de fabricantes de hierro y carruajes. El Barón de Bourgoing en su libro Nouveau voyage en Espagne, publicado en 1789, cuando se refiere a Albacete habla con bastante desdén de las navajas españolas. Concretamente dice lo siguiente: «Su industria se ejerce sobre el hierro y el acero que le traen de Alicante. Por mucho tiempo, las fábricas de Albacete no perjudicarán a los mercados ferreteros de Francia y de Inglaterra en España; pero bastarán al menos para alejar de este lugar la desocupación y la miseria». Si en los países que menciona el señor Barón se fabricaban con técnicas más avanzadas, los fabricantes de Albacete eran pequeños talleres donde trabajaba el maestro, algún oficial y los aprendices que durante ocho años tenían que trabajar sin cobrar para después poder acceder a una vida miserable. Aquí todo el mundo tiraba de navaja para lavar las ofensas con sangre, pero los instrumentos eran muy distintos. Por las navajas los conoceréis. Las hojas del arma del caballero podían ser lisas o con calados, incrustaciones o inscripciones alusivas. Las inscripciones eran casi una exclusiva de la navaja española y muy poco frecuente en las extranjeras. Estas inscripciones aparecían tanto en las navajas como en los puñales, tijeras y cuchillos. Trasmitían todo tipo de mensajes y son o deberían de ser para los sociólogos, una herramienta muy útil para conocer el carácter de los españoles de la época. Es posible que la tradición navajeril fuese una herencia de los árabes, pues no en vano estuvieron en la península ibérica durante setecientos años. Guerreamos con ellos ferozmente, siempre por cuestiones religiosas, pero nos mezclamos y su sangre se convirtió en la nuestra. En el sur más que en el norte. Basta observar la belleza de las mujeres andaluzas y extremeñas para colegir que continuamos siendo íntimos enemigos, lo que confiere a nuestra relación una especie de parentesco, algo así como ser primos segundos y que se refleja en esa frase que repitieron siempre los políticos, Franco incluido y por supuesto Juan Carlos I, de la tradicional amistad con los pueblos árabes. Nos dejaron palabras, expresiones, topónimos, el amor a la poesía y al sonido del agua y también el orgullo y la navaja. Se fueron llorando y dicen, con violencia y desesperación, que algún día volverán porque perdieron una batalla pero no dan aquella guerra por finiquitada.

La inscripción en la hoja de la navaja es herencia del árabe ausente, arma blanca emparentada con la gumía y el alfanje. Las frases podían ser corteses, amenazadoras, requiebros de enamorado o grito patriótico. Podía ser una ocurrencia del artesano que la fabricaba o una exigencia del cliente. En una tijera fabricada en Albacete, dice: «Para doña Ana. Anno de 1573», y en otra más tardía: «Son del señor Don Eleuterio Moreno 1850/ Por Lozano en Taniñe». Una muy frecuente era: «Soy de mi dueño». En una aparece una doble inscripción, en un lado de la de la hoja dice: «Soi de mi dueño», y en el otro: «Joseph Porras». Hay inscripciones de todo tipo. En las navajas toledanas se solían poner frases completas de Calderón de la Barca, aunque las más frecuentes decían sencillamente: «biba el amor», o «No me dejes de las manos que hay muchos enamorados». Otra inscripción frecuente era: «No me saques sin honor ni me envaines sin razón». «Donde el acero ha de hablar. Calle la lengua». «Con mi acero y tu valor nunca temas la ocasión». «Si esta víbora te pica no hay remedio en la botica». A lo largo de los siglos el acendrado patriotismo aparece en las hojas de navajas y puñales: «Viva España», «Viva la libertad», «Viva la República», «Muero por mi Rey», «Dios y Patria». Y la más explícita que se conoce es una navaja de Albacete que dice: «Soy solo para cortar tocino magro y gordo y dispuesta para servir a su propietario en toda necesidad. José Portero, 1876». Más claro, agua.

El firmante, que presume en las tertulias a las que acude en su lugar de residencia de ser un erudito navajólogo, es solo un farsante, un impostor que no ha investigado nada por su cuenta y todo lo ha aprendido en los libros de don Manuel Martínez del Peral y Fortón, José Sánchez Ferrer y media docena más de profesores que, a lo largo de los años, han revuelto archivos, examinado padrones y desempolvando viejos legajos para encontrar la fecha, el dato, el diseño. Su cultura navajera no es de investigador, solo es libresca. Pero comparto con ellos mi amor al objeto, mi pasión de coleccionista muy activo que busca en mercadillos y anticuarios piezas nuevas invirtiendo tiempo y dinero.

Pero no nos perdamos por los hermosos cerros de Úbeda y volvamos al tema que nos ocupa. Los tipos de hoja de las navajas de Albacete, las más representativas de España, las reinas de la navaja española, son la pastora, albaceteña, tipo machete, la punta cortada, la de punta de espada, la lengua de vaca, la tranchete, la jerezana, el estilete y la sevillana. La segunda parte de la navaja más importante es el cabo o mango. Ahí es donde el artesano de la navaja antigua se lucía especialmente para epatar a la competencia y ganar clientela. El mango consta de tres partes: las cachas, la virola y el rebajo. Las cachas de las navajas de antes y ahora, las lujosas, suelen ser de asta, generalmente de toro, corzo, ciervo o de exóticos animales africanos y también de marfil, carey, nácar, maderas de varios tipos, colores y vetas, acero latón, alpaca, plata, oro y un largo etcétera. En el Catálogo del Museo de Arte de Albacete, libro indispensable para todo buen aficionado a las armas blancas que nos sirve de inspiración, dicen textualmente en la página 42: «Muy variados son los recursos utilizados para ornamentar el cabo: taraceas y calados; dibujos de diversa temática grabados a buril, punzonados, coloreados o elaborados a base de pequeños clavos sin cabeza; incrustaciones de figuras, pletinas y cintillos metálicos, rosetones, pequeños espejos, círculos de cobre, hueso o asta y largas láminas de metal con recortes decorativos a modo de columna». La segunda parte del cabo es la virola que «adoma el extremo del cabo en el que se clava el fiel que permite el giro de la hoja para quedar alojada entre las cachas». El rebajo, es característico de la navaja albaceteña, parte esencial de su morfología. El rebajo puede ser de muchas clases y denota la habilidad del artesano y su ingenio creador y pueden ser cortos o largos, puntiagudos o romos o terminados en una especie de borla. O sea, variadísimos.

Como hemos venido aseverando hay coleccionistas de muchos tipos. Los coleccionistas son como los maridos. Los hay monógamos, que se casan con el objeto de sus amores para toda la vida y solo la muerte puede separarlos. El mejor ejemplo son los filatélicos que serían capaces de matar por ese sello de Isabel II que les falta. Lo que estoy diciendo no es una exageración del autor. No. En 1956 –consúltese la revista El Caso, del mes de noviembre– Ceferino Moñino Pérez, natural de Mondoñedo, mató salvajemente a Marino Quiñones Salsipuedes, residente en La Coruña, para robarle la colección de monedas romanas antiguas que la víctima poseía. No lo mató simplemente de una puñalada trapera como dicta la tradición navajera. Moñino troceó a Quiñones y, como detalla El Caso con pelos y señales, le cortó la cabeza, las piernas, los brazos y el tronco en tres porciones, lo metió todo en un baúl y lo facturó a Venta de Baños. Horroroso. Los coleccionistas monógamos son mucho más peligrosos que los polígamos. Los que coleccionamos varias cosas, los coleccionistas de colecciones, somos como esos maridos vivalavirgen, infieles, mujeriegos y picaflores. Realmente nuestra mentalidad es musulmana, aunque estemos casados por la iglesia católica y hayamos hecho la primera comunión vestidos de almirantes. Tenemos un harem con nuestras esposas favoritas y una buena cantidad de concubinas con las que pasamos tardes deliciosas. Mis colecciones importantes, con las que estoy casado, son solo diez o doce, pero hasta cuarenta y tres hay una serie de colecciones menores que me producen honestas satisfacciones. Voy a mencionar dos: las diferentes versiones de los cuadros de Velázquez y de Picasso, Las Meninas y El Guernica. En cincuenta años de ver, cortar, fotografiar y guardar tengo cientos de versiones de ambos cuadros. De Las Meninas se ocuparon de versionarla miles de artistas de variadas categorías y nacionalidades. Es, posiblemente, el cuadro que ha recibido más interés por ser repintado a pesar de que Velázquez no fue reconocido mundialmente como un gran artista hasta el siglo XIX, por haber sido el pintor de cámara de Felipe IV. Velázquez entró al servicio del monarca muy joven e incluso perdió el acento andaluz y el gracejo sevillano. Su jefe, el Rey Felipe IV, fue un gran amador —por pudor no nos atrevemos a decir un gran follador— pues tuvo cerca de sesenta hijos bastardos con damas de tronío, artistas, monjas y putas. Era el soberano absorbente con su pintor de cámara y aunque este le rogaba que lo mandase a estudiar a Italia, que era su sueño desde niño, solo consintió que fuese dos veces y en cortos periodos. Las Meninas es un cuadro que por su composición casi fotográfica rompe todos los moldes conocidos hasta ese momento. Picasso realizó 48 estudios sobre él y cientos de artistas de todo el mundo hicieron otro tanto. Miles de personas viajan a Madrid para visitar el Museo del Prado igual que miles de turistas se van a La Haya para ver de cerca La joven de la perla de Johannes Vermeer. Son obras que merecen un largo desplazamiento. Para los humoristas gráficos ha sido fuente de inspiración desde que Antonio Mingote publicó, hace más de cincuenta años a toda página y en color, a todos los personajes de Las Meninas, entrando por una puerta y a Velázquez ante un gran lienzo en blanco diciéndose a sí mismo: «Hay días en que a uno no se le ocurre nada». Fui comisario de dos de las más importantes exposiciones del humorista —la celebrada en Oviedo en el Centro de Arte Ciudad de Oviedo en el año 1999 y en el Centro Cultural La Villa de Madrid, en el año 2003— y puedo asegurar que ese dibujo, que Mingote regaló a Luca de Tena con una expresiva dedicatoria, fue uno de los más admirados de ambas exposiciones. El dibujante, a lo largo de su dilatada vida profesional, hizo una veintena de versiones del cuadro de Velázquez. Mingote tuvo dos temas recurrentes que llegaron a convertirse en obsesión. Las Meninas y el Quijote. Del Quijote realizó una versión ilustrada que se publicó en diversos tamaños y precios y de la que incluso se hizo una colección de 24 sellos que recogen diversas aventuras de los personajes cervantinos. A Mingote le siguieron los chistógrafos españoles y extranjeros como un solo hombre. En mi colección tengo versiones, entre otros, de Mariscal, Gallego y Rey, Chumy Chúmez, Ortuño, Abelenda, Serafín, Herreros, Máximo, Ibáñez y un largo etcétera. Con el cuadro El Guernica de Picasso ocurre algo parecido, pero en menor cuantía. Es repintado una y otra vez por cientos de admiradores del artista malagueño. Guernica, el Guernica, es algo más que un cuadro; es el símbolo del horror y de la guerra, de la sinrazón de la violencia. Lo esgrimen –lo esgrimimos– todos los pacifistas del mundo. Picasso rompió una docena de veces la pintura durante toda su larga vida artística y si Guernica no es su mejor cuadro sí que es el más simbólico. El firmante siente por Picasso una devoción sin límites y, junto a Goya, son sus ídolos y a los que rinde pleitesía. Los listillos del mundo del arte profetizaban que como Picasso pintó tanto en su larga vida artística a precios cada vez más elevados, a su muerte se produciría el fenómeno inverso a lo que ocurre con otros artistas que la parca les revaloriza. Los listillos se equivocaron y los precios de la obra del genio siguen ascendiendo en subastas de forma exponencial.

Volvamos al mundo de la navaja y su entorno. Los eruditos del tema no cuentan para su estudio con los documentos precisos para seguir su evolución. En España no hay papeles, hemos perdido los papeles. Una vez más el admirado maestro Martínez del Peral nos ilumina con su sapiencia en el prólogo del libro: ‘Cuchillos de Albacete. Tesoros de tres siglos’ que nos permitimos reproducir y en el que refleja su indignación ante esa carencia sistémica y pertinaz.

«Con respecto al documento, en general y en el caso concreto de la cuchillería, la situación es un tanto ardua por la casi inexistencia de documentos que la tradicional incuria española se ha encargado de destruir, aparte del efecto devastador producido por las algaradas revolucionarias, los incendios, las guerras napoleónicas, las carlistas, la desamortización de Mendizábal, la guerra civil 1936-1939. Existe constancia de que muchos manuscritos fueron utilizados como papel de envolver, para cocer bizcochos, asar chorizos, hacer cohetes, calentar estufas, allegar fondos que se consideraban de mayor urgencia y necesidad, para fabricar pasta de papel y hasta para utilizar los legajos como parapetos contra las balas del enemigo».

El señor Martínez del Peral escribe con desesperación de la ausencia del documento. Un servidor, que también colecciona documentos y manuscritos, siente igual orfandad. En los países de nuestro entorno, que también han sufrido incendios, guerras y algaradas, el documento de cualquier época se conserva y se archiva o se pone a la venta. Hay papelería para dar y tomar. En una tiendecita de La Haya pude comprar documentos ingleses, franceses y escrituras vaticanas a precios asequibles y los escasos documentos que tengo españoles sobre nobleza de sangre los he tenido que adquirir a precios elevadísimos. Qué duro es ser español; qué difícil resulta ser patriota en este país en el que tan bien se vive, en esta nación de naciones que ha perdido todas las guerras; la cultural entre ellas.

Pero sigamos escribiendo en torno al Cid de las navajas, ese hombre que nos fascina con la claridad de sus textos y la pasión que demuestra en sus investigaciones. En su libro Los cuchilleros de Albacete en los siglos XVII y XVIII, que prologa Antonio López de Zuazo, profesor de las Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, llega a la cumbre de la erudición navajóloga. No hay nada que pueda con nuestro héroe, ni la falta de papeles ni otras zarandajas y múltiples dificultades le arredran. Bucea archivos, investiga padrones, mira catastros, viaja, se gasta el dinero y nos cuenta a los pasmados aficionados a este tema la vida y milagros de espaderos y artesanos que en cuchitriles se ganan el pan haciendo navajas, puñales, cuchillos y tijeras. Nos habla de patrones, oficiales y aprendices. Muestra los contratos que aprendices y patrones tenían que firmar para recibir el conocimiento y las obligaciones de cada cual. Es una obra árida, teóricamente solo para un puñado de lectores, pero es tal la falta de bibliografía sobre este tema que ese libro difícil alcanza la segunda edición. Si don Rafael es bueno, don Antonio, el prologuista, tampoco es manco. Ambos sabios son tal para cual. Nos ilustra don Antonio con frases como: «Pedro mató a Juan con un guadixeño o con un Albacete o con un buido. Se llama guadixeño y Albacete por ser mejores los que se fabrican en Albacete y Guadix…», dice un texto de 1745. Y nos cuenta también los poco recomendables. Tenían fama de malos los de Pamplona: «Cuchillo pamplonés, zapato de baldrés y amigo burgalés…, guárdeme Dios de los tres». Pero si planteamos: ¿dónde se fabrican las navajas?, la respuesta es segura: «En Albacete». El saber popular asocia la funcional navaja con la capital albaceteña. Don Antonio, dignísimo prologuista del libro es extenso y se luce pero, eso sí, no abusa de la confianza, alaba a su prologado y nos dice datos en que demuestra su conocimiento. Hay prólogos que son mucho más interesantes que los libros que prologan. Un caso paradigmático es el libro de Savarin, Críticas gastronómicas, seudónimo de Francisco Moreno de Herrera, Conde de los Andes. Este señor, franquista, pero sobre todo monárquico, fue uno de los primeros gastrónomos que publicaron críticas de restaurantes. El caballero estaba casado con una hija del Duque del Infantado, que tenía como cocinero al fabuloso chef Teodoro Bardají, y tenía vocación culinaria; le gustaba comer bien y junto a otro aristócrata, cuyo nombre no recuerdo en este momento, escribían en el diario ABC comentarios para gentes bien nacidas, en los que introducían frases en francés, porque entendían que sus posibles lectores tenían el don de lenguas. Savarín le pidió un prólogo a uno de los personajes más enigmáticos, inteligentes y conspiradores de este país, a Pedro Sainz Rodríguez, que coincidió con Franco en Oviedo cuando el ‘caudillo’ era un simple comandante –el comandantín, le llamaban en la capital asturiana– y Sainz Rodríguez, catedrático en la Universidad de Oviedo. Cuando Franco y sus generales ganaron la guerra le nombraron ministro de Educación. Don Pedro, un sabio de una cultura enciclopédica era, además, un exquisito cliente de las casas de lenocinio. Don Pedro fue cesado por Franco por visitar las casas de putas en su coche oficial y con su numerosa escolta. «Niñas al salón, que ha llegado su excelencia», decía la madame de turno. Se marchó Sainz Rodríguez, con su biblioteca de 25.000 volúmenes, a Estoril, a ser uno de los hombres de confianza del Conde de Barcelona. Cuando regresó a España, después de una prolongada ausencia –antes llegaron sus libros en varios camiones– lo más granado de la vida alegre lusitana le fue a despedir a la estación con lágrimas en los ojos. «Adiós, adiós, querido benefactor», le decían las coimas lusitanas con las que había folgado en innumerables ocasiones el conspirador por antonomasia. Falleció a las 17:45 del 14 de diciembre de 1986, a consecuencia de un paro cardiaco, en su domicilio del número 58 de la madrileña Avenida de América. Pues bien, a este hombre fabuloso le pidió el Conde de los Andes un prólogo y don Pedro se lo hizo, un trabajo extensísimo en el que apenas se ocupa del libro de Savarín e, incluso, habla solapadamente mal del prologado y relata con pelos y señales la gestación del libro gastronómico más brillante que se ha publicado en este país, La casa de Lúculo de Julio Camba. Yo he hecho prólogos a lo largo de mi vida de escritor, incluso he prologado libros malos, pero he sido fiel al amigo. Hay que asegurarse siempre de que los prólogos sean breves y laudatorios. El de Sainz Rodríguez es largo, muy largo y, siguiendo la costumbre de algunos escritores del siglo XIX, aprovechó la ocasión para publicar a costa de otro sus ideas. Si los prólogos no son breves y laudatorios hay que tirarlos a la papelera sin ningún remordimiento.

Los coleccionistas de colecciones, como un servidor, tenemos en nuestro harem a las favoritas que son para mí: la biblioteca, la videoteca, la colección de navajas, la de documentos antiguos, la de relojes de bolsillo de carga manual, la de dibujos de humor, la de grabados, la de correspondencia, recortes, bibliografía de/y sobre Camilo José Cela, la de originales, correspondencia, bibliografía de Antonio Mingote, la de correspondencia, originales y bibliografía de Lorenzo Goñi y alguna más. Estas son mis esposas, estoy casado con ellas a lo musulmán. Las concubinas son la colección de marfiles, la de bronces, la de máscaras, la de chirimbolos maravillosos, la de fotografías, la de postales, la de cartas de restaurantes, la de vinos. El resto hasta 43 son las concubinillas o amantes esporádicas. Como, por ejemplo, sellos, monedas, plumas, insignias, objetos chinos, elefantes, pequeñas artesanías africanas, cucharillas, cerámicas, barajas…

—Señor Vilabella, por favor, permítame una preguntita —me dice el curioso lector.

—Yo a usted se lo permito todo. ¿Y sabe usted por qué? Por ser tan amable de entrar en una librería, adquirir mi libro y no llevarse, como hace la mayoría, una novela de Vargas Llosa, un ejemplar del Quijote o un libro de poemas de García Lorca. Yo a mi clientela la cuido porque es escasa, la felicito en Navidad y la llevo siempre en el corazón. Pregunte, pregunte, no se corte.

—Cita usted algunas de sus concubinillas o amantes esporádicas, pero no las menciona a todas. ¿Podría decirme alguna de sus colecciones más raras y los motivos que le llevan a juntar esos objetos?

—Muchas gracias por su pregunta. Una de mis colecciones menores pero, eso sí, muy querida, es la de señoras gordas. Las colecciono prácticamente desde que era un niño, tengo cientos de fotografías de señoritas orondas, gorditas, gordísimas y las tengo vestidas, desnudas, en paños menores y en bañador. Y además poseo cerámicas de Mesa, botijos de gordas muy atractivas y hasta alguna gorda de cartón. Uno de mis pintores favoritos, después de los citados, es Fernando Botero. Mi familia y mis amigos cuando se van al extranjero y ven alguna postal de una gordita me la traen y me alegran el día. Yo siempre me he enamorado de mujeres delgadas y solo en la vejez me atraen las colombianas de poderoso trasero y pecho generoso. Una de mis sex symbols preferida es Jennifer López, actriz, cantante y bailarina. Me gustaría conocerla para, como decían los antiguos, requerirla de amores, pero, a mi edad y con este reuma, no creo que tenga ocasión.

—Señor Vilabella, ¿es usted un pervertido sexual?

—Sí, es muy posible; pero un pervertido como dios manda; un pervertido que nunca le ha hecho mal a nadie. Por ejemplo, jamás me han gustado las lolitas como al personaje de Nabokov. Un escritor tiene la obligación de ser un mirón, un voyeur que observa su entorno con ojos de búho. ¿Sabe por qué empecé a coleccionar fotos de gordas? Por lástima, por compasión. El ser gorda o gordo es motivo de burla, de acoso y de múltiples complejos; el estar gordo es una de las principales causas de infelicidad en el mundo actual: «Me caes gordo» es una forma de injuriar, de mandar a alguien a la mierda. «¡Adiós, gorda!», es el antipiropo más canalla que se puede pronunciar. Todos los piropos volanderos son una agresión, pero ese tiene el añadido de la crueldad inútil. Solo una persona perversa puede gritar eso a una mujer. El bullying ha existido siempre en los colegios porque el mundo infantil no es nada plácido y al gordo se le persigue por sistema y el gordo, en ocasiones cuando crece, se convierte a su vez en un abusón, en un acosador. Le voy a contar por qué colecciono gordas. Hace más de 75 años en una feria en las fiestas de San Froilán, en Lugo, entré en una caseta en la que se exhibían a bombo y platillo dos mujeres obesas. El presentador decía que una de ellas era la mujer más gorda del mundo y la otra, más bajita y joven, aseguraba el feriante que era hija de su compañera. Estaban ambas en ropas menores y el presentador las hacía moverse para justificar el real que costaba la entrada. Decía que ambas comían como limas y en un cartelón detallaba los kilos de filetes que devoraban ambas y las docenas de huevos que ingerían diariamente. Era una trola, el presentador era un mentiroso redomado porque, entre otras circunstancias, estábamos en la posguerra, en los años del hambre.

Hay todo tipo de coleccionistas. Entre los monógamos de una sola pasión, don Rafael, en el prólogo del estupendo libro: «Navajas antiguas. Las mejores piezas de colección», menciona a personas que juntan e investigan sobre objetos tan singulares como: pisapapeles Bacarrat, abanicos de tema taurino de diferentes países, botones de casaca de los siglos XVII y XVIII, colodras salmantinas, tijeras de Albacete, escafandras de buzos, cuchillos de monte con puño de marfil, instrumentos de cirugía antigua, lujosas puntillas italianas de rematar reses, pájaros disecados de América del Sur, cuadernos de baile de marfil y nácar, apisonadoras, relojes de arena del siglo XV, hostiarios góticos, espadines españoles de ceremonial, bastones de estoque, espontones ingleses, relojes de sol y hórreos. Hay todo tipo de coleccionistas. Les voy a contar un caso verídico que me ocurrió con un compañero de trabajo, en la época que laboraba en una multinacional americana. Juro por mi honor y poniendo la mano sobre la Biblia que el caso de Silvestre Díaz ocurrió tal y como lo voy a describir seguidamente: Don Silvestre era un comercial serio, cumplidor, de cuarenta y tantos años de edad, estupendo marido y padre de dos preciosos mozalbetes. Jamás había sido infiel en las convenciones que celebrábamos en el extranjero y fue el único que, en Tailandia, no cayó en la tentación de visitar una casa de masajes y vivir la experiencia del llamado masaje body to body. Con eso lo digo todo. Pues bien, cuando nos llevaron a Múnich y visitamos la cervecería en que se reunían los primeros nazis, miró con atención una jarra de cerveza de un litro y se enamoró de ella. El efecto fue más catastrófico que si se le hubiese cruzado una rubia. Había nacido, él todavía no lo sabía, un coleccionista monógamo y de vocación tardía. Estos dos efectos unidos pueden arruinar cualquier vida. Don Silvestre estaba casado con doña Eulalia, su primera novia, una señora poco agraciada pero una santa, eso que los no ilustrados definen en lenguaje coloquial como ‘un callo malayo’. Don Silvestre nunca había coleccionado nada, ni siquiera cromos, cuando era niño. El efecto, además de demoledor, puede ser muy rápido. Empezó a llenar su domicilio de jarras de cerveza a una velocidad sorprendente; se gastó todos sus ahorros -que eran cuantiosos, pues el hombre era una hormiguita- comenzó a adquirir todo tipo de piezas, grandes, pequeñas, de metal, de cerámica. Su trabajo se resintió, no aparecía por la oficina y si lo hacía era tarde y sin afeitar. Un día me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja: «Vilabella, tú que eres un coleccionista, tienes que venir a casa para ver la mía». Le miré sorprendido. «Sí, me dijo; al fin soy feliz». Fui a su domicilio y aquello era el desiderátum. Había vendido su biblioteca y las librerías estaban repletas con jarras de todo tipo. Su mujer me hizo un gesto, sus hijos balbuceaban: «Papá, papá, tienes que hacer caso a mamá e ir al médico». Salí de su casa cariacontecido. Aquello era un drama. No lo volví a ver. El final, lo inevitable, el divorcio, la soledad, el paro…

Mi gran amigo Lorenzo Goñi, el fabuloso pintor y dibujante con el que me unió una íntima amistad y que tenía un piso en Laredo, me contaba, a través de su esposa Conchita porque él era un sordo absoluto —su lema era: «Tan solo oigo mis rumores»— que en una ocasión encontraron a un conocido suyo sentado en un banco llorando a moco tendido, sollozando con enorme desconsuelo. Se acercaron para ver lo que le ocurría a su amigo, que era un hombre muy mayor y todo un caballero y cuando se calmó, se enjugó las lágrimas y les dijo: «El alcalde de Laredo es un cabrón y el concejal de cultura un hijo de la gran puta». Aquel exabrupto en boca de don Melchor era algo sorprendente. Le interrogaron y el hombre les contó su historia: «Yo soy soltero y, como no tengo ni sobrinos ni herederos, me gasté todo mi patrimonio en mi colección que he querido donar, porque soy un hombre generoso, al Ayuntamiento de esta mierda de pueblo. Y no la han querido, me han mandado al carajo. ¿Que qué pedía yo? Nada, nada, que se hiciese un museo que llevase mi nombre. Solo eso. Pero vengan, acompáñenme y les enseñaré mi tesoro. Algo que vale millones y que esos mentecatos han despreciado». Don Melchor le había puesto un piso a su colección y mientras iban hacia allí el hombre murmuraba entre dientes: «Qué cabrones, si lo hubiese imaginado me gastaba el dinero en putas». Llegaron, una puerta blindada protegía un enorme piso y al entrar se quedaron estupefactos y con la boca abierta por el asombro recorrieron una estancia detrás de otra. Toda la casa estaba llena de anaqueles en los que lucía en todo su esplendor la colección de don Melchor: miles y miles de diminutos botellines de anís, coñac, armañac…

La navaja, desde Roma, fue utilizada como herramienta y su punta roma así lo atestigua. ¿Cuándo se asemejó al puñal y apareció la punta que hiere y mata? Fue a finales del siglo XVI o a principios del XVII y los eruditos las denominan a este tipo de piezas como navajas de ataque/defensa. Como históricamente han sido muy importantes las navajas de Albacete, los estudiosos de la ciudad manchega son muy numerosos y con una curiosidad por sus raíces y por el conocimiento de ese producto que ha colocado la ciudad en el en el mapa mundial de la buena artesanía.  Uno de los hombres cultos e importante investigador es José Sánchez Ferrer, que en su libro Las navajas de ataque/defensa de Albacete en el siglo XIX, hace revelaciones sorprendentes sobre el arte que los truhanes, bandidos y delincuentes de la peor calaña exhibían para zanjar sus conflictos. Nos ilustra don José sobre la publicación de un libro, Manual del baratero o arte de manejar la navaja, el cuchillo y la tijera de los gitanos, en 1849, en la imprenta de don Alberto Goya, del que se imprimieron 150 ejemplares y que constaba de 54 páginas. La España del siglo XIX era muy violenta y según algunos tratadistas franceses los que se aventuraban a venir a nuestro país se les recomendaba que hiciesen testamento. A Alejandro Dumas cuando vino a cubrir la boda de Isabel II le ocurrieron todo tipo de aventuras. Y solo estuvo un mes entre nosotros. El manual del baratero no tiene desperdicio y, con permiso de don José, transcribo algunas frases de su libro:

Quizá habrá alguno que al ver el presente Manual lo reciba malamente, suponiendo perjudicial su aparición, por ser la navaja el arma de los barateros, de los tahúres y de otras ciertas gentes de viada airada, las cuales deberían más bien ignorar que aprender unos preceptos que redundarían en daño suyo, y por consiguiente en el de la sociedad. A los que tal dijeren, podremos contestar manifestándoles que, cuando en esta sociedad hay ciertos males irremediables para los cuales no bastan los preceptos de la religión, ni los trabajos de la moral más sublime, ni sirven las leyes, ni alcanzan nada las medidas más eficaces; conviene adoptar un medio á fin de hacer que dichos males sean menos crueles, y es aleccionar á aquellos hombres honrados y pacíficos que puedan verse acometidos inicuamente por los que hacen alarde de destreza en el manejo de las armas, y escudados con la ventaja acuden al insulto y a la ofensa por la cosa o palabra más insignificante o por puro placer de hacer daño. Leyes represivas contra el duelo tiene la legislación española, tratando de estirpar esta bárbara costumbre que nos legaron los tiempos caballerescos, y en verdad que nada ha podido conseguirse; pues estamos viendo diariamente apelar á ese combate que llaman de honor a los hombres encargados precisamente de vigilar el cumplimiento de las repetidas pragmáticas, órdenes y códigos que lo prohíben.

[…] Luego, si aun conociéndose que es un mal atroz el desafío hay que tolerarlo, y conviene que se enseñe el modo de batirse; si nadie se escandaliza ni se levanta contra un tratado de esgrima, ni contra sus preceptos, antes por el contrario estos forman parte de la buena educación de las altas clases, y no es un cumplido caballero si no se sabe empuñar un florete o dar sablazos; si todo esto sucede, no hallamos razón para que alguno mirase con repugnancia la enseñanza de la navaja, y mucho más cuando nos proponemos dar preceptos á los hombres honrados para que sepan usarla como arma defensiva.

[…] Si se nos dice que es el arma con que los barateros imponen la ley en los garitos y sacan la contribución forzosa a los jugadores, diremos también que lo es del hombre honrado y pacífico que se encuentra acometido por un ratero, por un truhan y que no tiene otro medio de defensa que ella y su corazón. La navaja, en fin, es arma propia, como ya hemos dicho, de la clase trabajadora, del arriero, del trajinero, del artesano, del marinero, y un instrumento tan indispensable que muchos no pueden estar sin él.

[…] escribimos para los hombres del pueblo, porque estos tienen también sus desafíos, casi siempre más repentinos, más bruscos, sin padrinos ni testigos, ni otras zarandajas ni pamemas usadas en los duelos aristocráticos y de gente llamada decente.

El autor de este tratado describe una España violenta donde, en las clases bajas, la navaja estaba en los bolsillos de todos; para unos era una herramienta y para los canallas tabernarios un medio de sobrevivir infundiendo pavor. Mi abuelo Dositeo Vilabella, que era un caballero del siglo XIX y que llegó a conocer en su juventud a un señor que sirvió a las órdenes de Napoleón, me decía cuando yo le expresaba mi sueño de llegar a ser escritor o periodista que el mundo de las letras, si se ejerce con independencia, honorabilidad y valor, puede llegar a ser peligroso y que me sería muy útil ser un experto espadachín. Lo decía muy serio y convencido. Yo quise mucho a mi abuelo y él me correspondió y, sin pronunciar palabra alguna, me demostró que era su nieto preferido. No recuerdo si he contado en este libro que aquel ser prodigioso me daba de beber vino caliente con azúcar en pequeñas cucharadas. Creo que aquellas primeras borracheras a una edad temprana me sentaron muy bien y estimularon la imaginación y la fantasía. Después llegaron otras pítimas, vino el mujerío, la noche, el tabaco y los churros de la amanecida de la juventud descontrolada. Y ahora, de viejo, muy sordo y casi ciego por unas cataratas miro a mi nieto Santiaguiño, un hombre del siglo XXI, y lo veo, acaso por efecto de mis ojos enfermos, como envuelto en una nube y le devuelvo el amor que su tatarabuelo sembró en mí para que el pasado se entroncase con el porvenir. Hay entre abuelos y nietos un vínculo misterioso de complicidades que en nada se parece al de padres e hijos. Las dos vías forman el mundo entrañable y a veces complicado y difícil de la familia. En todas las casas cuecen habas y en ese microcosmos se producen ventoleras y todo tipo de pasiones, encuentros y desencuentros, rupturas y reconciliaciones. Es una lotería, la primera y acaso más importante que tienes que jugar en la vida y es la única que te viene dada. El resto depende de ti y de las decisiones que vayas tomando a lo largo de la vida para conseguir ser feliz. La vida, como el fútbol, es injusta.       

El Museo de la cuchillería de Albacete, MCA, fue inaugurado el 6 de septiembre de 2004. Los primeros fondos se formaron con la colección de don Rafael Martínez del Peral, que fueron adquiridos por la Caja de Castilla la Mancha y, desde entonces, no ha dejado de crecer con donaciones, préstamos, exposiciones temporales.  Es una institución ejemplar y el primer recurso turístico de la ciudad manchega que recibe al año más de 250.000 visitantes. Sus catálogos y publicaciones son un yacimiento para los aficionados. Antes de la inauguración del museo la colección de don Rafael emprendió un periplo por la provincia para que los vecinos de villas y pueblos conocieran la riqueza de lo que habían hecho los artesanos del siglo XIX, sus tatarabuelos, en talleres modestos, algunos auténticos cuchitriles. Mientras tanto se acondicionó un palacete, Casa Hortelano, de principios del siglo XX, que es donde tiene su sede el museo. El MCA, se une a otros museos de cuchillería europea, los ubicados en Solinger (Alemania) y Thiers (Francía), unidos bajo el lema, algo interesado, de Albacete de «tres museos, tres ciudades, tres países». Las autoridades albaceteñas se volcaron con esta institución que en muy pocos años ha alcanzado una dimensión muy estimable y que no deja de crecer. Forma parte de la manera de ser de los españoles el llegar tarde, el retrasarnos, el hacer las cosas a última hora y cuando está a punto de cogernos el toro. Y los albaceteños pusieron en marcha su museo cuando las navajas empezaron su decadencia; una decadencia lenta, que solo algunos observadores bien informados empezaron a otear en el horizonte. Los vigías del futuro vienen diciendo desde hace décadas frases como: «Cuando el pueblo chino despierte aquí se va a armar la de Dios» y claro que se armó. Estados Unidos, el líder mundial hasta hace unas décadas perdió la guerra con China sin haberse percatado; fue invadido, bombardeado con bombas fétidas, pero fue incapaz de percibir el mal olor. Y eso que la mierda económica apesta una cosa mala. Una dictadura comunista con una estructura capitalista es invencible y USA ha perdido la guerra y lo sabe. Los chinos lo compran todo porque fabrican casi todo. Compran deuda, edificios, tierra en África y se ciscan en los derechos humanos y nadie dice nada, ningún país protesta. Ese país inmenso y disciplinado no deja de crecer mientras los estadounidenses se miran el ombligo.  En China los miles de ejecutados que mueren de un tiro en la nuca por delitos reales o inventados tienen que pagar de su bolsillo la bala que los manda al más allá. Lo hacen con total impunidad. Si España, sin ir más lejos, protestase en nombre de la humanidad, el gobierno chino, que ha comprado deuda española de forma silenciosa, la pondría en el mercado y España, que la pandemia ha sumido en una pobreza extrema con largas colas del hambre, sufriría un varapalo de graves consecuencias y entra dentro de lo posible que nos convirtiéramos en insolventes y, acaso, engrosaríamos el club poco distinguido de los países del tercer mundo. Todo lo que digo viene a colación porque el museo de la cuchillería es una institución sentimental, nostálgica y arqueológica. Es modélico, sí. Tiene futuro, pero le falta la pátina del pasado. Tendría que tener cien años y todavía está en plena adolescencia. Las escasas fábricas de navajas que sobreviven en Albacete lo hacen con grandes dificultades. Tienen la información y la formación, pero el gigante asiático es inclemente y reina de forma despótica en el mundo de las armas blancas. Cada año se celebra en la capital manchega un concurso en el que los artesanos del sector presentan una obra maestra y la pieza ganadora engrosa los fondos del MCA. Pura nostalgia, nostalgia mezclada de romanticismo en unos tiempos tristes en que la nostalgia es un error, porque, entre otras cosas, la nostalgia ya no es lo que era.

Como aficionado a las armas blancas y coleccionista de navajas he ido adquiriendo piezas fabricadas en China desde hace más de veinte años. Cuando empezaron a inundar el mercado con chapuceras baratijas que se rompían en cuanto intentabas usarlas. Fueron mejorando poco a poco y, sin ningún pudor, empezaron a hacer imitaciones de las mejores navajas del mundo. Llegaron a lanzar incluso una versión china de las navajas artesanas de Taramundi. Tengo en mi colección falsificaciones perfectas de prestigiosas navajas alemanas. De pronto y ya pisando fuerte, lanzaron sus propios diseños; unas piezas sólidas a precios sin competencia. Arruinaron el sector navajero y actualmente se fabrican en China la mayor parte de las piezas con diseño español, francés, alemán, americano. Quedan, por supuesto, una serie de marcas conocidas que siguen fabricando en sus respectivos países, pero ese es un mercado residual que sobrevive con ayudas estatales y por cuestiones de prestigio. Actualmente el primer fabricante de navajas no chinas es Suiza. País neutral y sumamente pragmático hizo de sus navajas militares, las famosas multiusos Victorinox, una importante fuente de divisas. No me consta que las cada vez más orondas piezas militares, que son por sí solas una caja de herramientas, se fabriquen en ningún sitio que no sea Suiza. Se venden en todo el mundo y con un ejemplar sentido calvinista se adaptan al mercado y a sus requerimientos de manera envidiable. En Oviedo, en la Casa del Fumador, su propietario lanza cada año navajas Victorinox personalizadas, de tiradas de un centenar de ejemplares que tienen mucha aceptación entre los aficionados. He podido adquirir versiones de Victorinox en Holanda, Bélgica y otros países. Trabajan las grandes tiradas para la mayor parte de los países del primer mundo pero no desatienden ese goteo del cliente entregado. Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero.        

Entre los países latinoamericanos el más paradójico y singular es, a mi juicio, Argentina. Qué país. Me voy a morir sin conocer Buenos Aires y eso que además de desearlo vivamente estuve a punto de irme a pasar allí una larga temporada. Me acababa de poner en la calle la empresa americana en la que trabajaba y le propuse a mi mujer marcharnos y vivir allí cinco o seis meses. Argentina era por aquel entonces un país muy asequible y por medio millón de pesetas podías permanecer en el país varios meses sin privarte de nada. Al principio dijo que sí y me busqué cuatro o cinco amigos bien relacionados en la sociedad bonaerense que me facilitaron cartas de presentación. Mi propósito aparente era escribir un libro sobre el tango, pero en realidad lo que pretendía era conocer al argentino en su hábitat. Cuando ya estábamos a punto de irnos mi mujer se arrepintió. Una de nuestras hijas era menor de edad y le pareció poco apropiado dejarla al cuidado de sus hermanos mayores. Le rogué, le supliqué, me postré de hinojos. Todo fue inútil. El instinto maternal de una española del sur le decía que eso no se podía hacer y no pude convencerla. Y, claro, no fuimos. Por lo tanto, todo lo que sé de la República Argentina y del argentino es conocimiento libresco, intuición, lugar común, tópico. Circula un dicho canalla sobre ellos que dice que hay que comprarlos por lo que valen y venderlos por lo que dicen que valen.   Mi ignorancia es tan grande que no he tratado a ningún argentino nunca; jamás he tenido la suerte de tener un vecino de esa nacionalidad, ni a un amigo que a su vez tenga a un conocido argentino. Y no es porque un servidor sea hombre de pocos amigos. Tengo un conocido lapón, un vecino japonés, una nieta china y un amigo que desertó de Corea del Norte y me cuenta compungido lo mal que lo pasó con la dictadura juche y con los caprichos surrealistas de su íntimo enemigo. Cuando yo le hablo de las desdichas del franquismo mi amigo me responde: «Flanco era una mielda de dictador si lo compalas con Kim Il-sung». Y a pesar de ser hombre tranquilo y sumamente respetuoso se cabrea como un latino y se defeca sin ningún miramiento en la madre que parió al supremo líder.  

El argentino y sus contradicciones, con sus pros y contras, lo convierten en uno de los seres más apasionantes del mundo. Vuelven locos a los funcionarios del Banco Mundial cuando solicitan fondos para su economía al borde de la quiebra porque los estatutos de esa entidad crediticia dicen expresamente que ha sido creada para ayudar al desarrollo de los países pobres o incultos y la Argentina es culta y rica y el corralito, a pesar de eso, es una amenaza permanente. Son capaces de todo lo bueno y de todo lo malo. Inventan la tortura moderna y son unos prodigiosos publicistas, se equivocan cerrilmente a la hora de elegir a sus líderes y lideresas políticos y descubrieron el teatro de Lorca. El argentino busca inútilmente su identidad; no quiere ser español, aunque por sus venas circule nuestra sangre de forma torrencial, tiene algo de italiano en su discurso y en sus apellidos más corrientes y también son frecuentes los antepasados alemanes. Argentina es Borges, Maradona, las abuelas de la Plaza de Mayo, el tango arrabalero, la pasión por el fútbol, la afición a visitar al psiquiatra, la forma de degustar la carne de vacuno. Tienen, desde antes de independizarse de España, un poderoso humor gráfico, mucho más conocido y valorado por el mundo adelante que el singular humor gráfico español que nunca, jamás, ha conseguido sacar la nariz y colocar un solo nombre entre los grandes del mundo, excepto Fernando Puig Rosado, natural de Don Benito, que tuvo que emigrar a Francia para hacerse un nombre. Y mi Argentina, la mía particular, la que se me aparece en sueños, es, sobre todo, la Pampa, el gaucho y la relación que esta subyugante figura tiene con la tierra, el caballo y el cuchillo. El cine made in USA nos ha contado, desde el principio del fabuloso invento, la conquista de su propio territorio, de su Oeste, con miles de filmes que han originado un género que otros países como Italia o España han secundado de forma más o menos afortunada. La conquista del Oeste y su fiebre del oro fue una masacre indiscriminada de búfalos e indios. Unos indios feroces pero medio tontos, que en todas las películas cercaban al hombre blanco y se ponían a correr con sus lentos caballos alrededor de los protagonistas para que los fuesen matando uno a uno. Búfalo Bill con alguno de sus encarnizados enemigos terminaron sus días trabajando en un circo y convirtieron en espectáculo lo que fue una tragedia para la población autóctona, que estuvo a punto de desaparecer y que en la actualidad malviven en sus reservas vendiendo recuerdos a los turistas. Mucho más compleja, misteriosa y sorprendente es la historia del gaucho. Qué lástima que el séptimo arte no se haya ocupado de este personaje que surgió, como vaquero fijo y como solitario personaje del casi infinito territorio de la Pampa.

La magnífica colección de Samuel Setian, anticuario y coleccionista argentino, fallecido recientemente y buen amigo del Museo de la cuchillería de Albacete al que prestó hace unos años su colección para una exposición antológica, nos permite acercarnos, aunque sea brevemente, al universo gauchesco. El magnífico catálogo, estructurado de una forma didáctica y muy bien documentado, se convierte en una obra imprescindible para el estudioso y el aficionado a las armas blancas. La independencia de Argentina de España ocurrida en 1816 propició que los miles de reses que habían llevado los conquistadores vagasen en libertad por la Pampa, ese territorio compuesto mayoritariamente por tierras argentinas, pero también llanuras de Brasil y de Uruguay. Y cada gaucho de esos tres países tiene sus señas de identidad específicas. El ganado cimarrón que se criaba en las llanuras pamperas, tanto caballos como vacas, los utilizaba el gaucho y con su juego de cuchillos se servía de ellos para comerciar con su cuero y llenar la panza con su carne. De aquellos tiempos viene la afición del argentino al asado vacuno y a sus distintas versiones. El gaucho con sus ropajes característicos, sus bombachas, su poncho, su sombrero, las voleadoras y aire estrafalario, rinde culto al cuchillo que es herramienta y arma que sirve para batirse en duelo en caso de necesidad. El duelo entre gauchos no es a muerte, aunque también se producen asesinatos y ejecuciones del gaucho caído y a merced de su oponente. Es a primera sangre; la trifulca se acaba y la ofensa se perdona cuando alguno de los contendientes resulta herido. La forma de vida del gaucho tuvo su mejor cronista en José Hernández, que publica en 1872 el libro en verso, El gaucho Martín Fierro y seis años después un folleto bajo el título La vuelta de Martín Fierro. Con ambas obras se inicia la literatura gauchesca. Durante el periodo de ocupación española los jesuitas, siempre prácticos e inteligentes, crearon una red de monasterios donde se criaban miles de reses. Iban a evangelizar, pero lo hacían a Dios rogando y con el mazo dando. Cuando fueron expulsados de España tuvieron que abandonar nuestras colonias y las reses terminaron vagando por los vastos territorios. El gaucho es ética y estética. El amor por su herramienta de trabajo solo era comparable al afecto que sentían los samuráis por la catana. Ambos personajes coinciden en el tiempo. Nada sabe el uno del otro; sus lealtades son distintas pero comparten, sin conocerse, un aire extravagante y un respeto que roza lo sagrado por el arma que constituye su herramienta. El gaucho es la versión latina del samurái y viceversa. Nunca, nadie y en ningún periodo histórico ha querido tanto su juego de cuchillos y sus enormes facones aspiraron a ser armas lujosas revestidas de plata y oro. Los aceros de las hojas del gaucho se importaban de Europa y eran las alemanas, las de Solingen, las más apreciadas. El gaucho de toda condición apartaba de su salario todo lo que podía para revestir sus cuchillos de plata y oro, lo que originó una floreciente orfebrería. Formaba parte de su orgullo ese lujo desmesurado que no ha tenido parangón en ningún otro tipo de trabajador manual. No se era gaucho del todo hasta que no se cabalgaba por las llanuras pamperas con todos los aditamentos de ese jinete que tenía mucho de truhan y también de caballero, que podía ser sedentario y que se iba, cuando le venía en gana, sin despedirse. Después de la plata de Potosí en los cuchillos, se conseguían las espuelas del mismo metal. Fue una estética que contradijo la norma sociológica de que las costumbres se originan en las clases dominantes y por osmosis pasan a las clases más bajas. En esta ocasión fue el humilde con sus desvaríos de grandeza el que contagió a las clases poderosas, que se dejaron seducir por el estilo del trabajador manual, del obreraje. Naturalmente las clases dominantes les superaron en ostentación y en lujo. Este fenómeno, que no se repitió jamás en ninguna época de la historia, complica un poco más el enigma del argentino y es posible que desde el punto de vista sociológico no le favorezca en absoluto. El gaucho actualmente, hoy mismo, sigue cabalgando e intuyo que el amor por su juego de cuchillos es similar al de sus antepasados, aunque el tiempo, a su pesar, le haya convertido en una figura folclórica y tenga algo de caricatura. El turismo todo lo prostituye. Los gauchos, en la actualidad, son como esos patéticos gladiadores que merodean en torno al circo romano o como están a punto de convertirse los toreros cuando el movimiento animalista acabe de vaciar las plazas que ahora languidecen por falta de espectadores.

Cuando se coleccionan más de cuarenta cosas hay un orden jerárquico en la estimación que sientes por cada una de ellas. Ese orden se rompe cuando el azar, la suerte, te permite adquirir de golpe una colección que, sumada a la tuya, se convierte en significativa. Eso me ocurrió con mi modesta colección de barajas. Tenía una treintena de piezas originales y muy buscadas por los coleccionistas. Era selecta pero poco numerosa. Una buena colección se tarda tiempo en hacer. Algunas más de sesenta años. Pero puede ocurrir que alguno de tus proveedores tenga una colección y te la ofrezca a un precio razonable. El coleccionista se cansa, se aburre, siente que ese conjunto de cosas que antes le producían placer contemplar le son indiferentes. Se rompe ese vínculo mágico que es el componente básico que une las cosas con los seres humanos. Mi amigo y proveedor Victorín me ofreció venderme la suya a 5 euros la pieza y algunas, las más importantes, un poco más caras. Me las trajo y llegamos a un acuerdo en el precio. Eran unas setenta piezas y tres libros de anillas que eran una especie de catálogo muy interesante sobre el Museo del Naipe de Heraclio Fournier. A los pocos días surgió la oportunidad de comprar otra colección interesante en la tienda de José Luis Prado y otros proveedores me surtieron de barajas interesantes y antiguas. Mi colección, de la noche a la mañana y por puro azar, se convirtió en importante. Dejé de comprar naipes de propaganda y me centré en las barajas infantiles y raras. Mi nieta me trajo una de Italia y a partir de entonces las barajas me atrajeron y ocuparon mi tiempo. Cuando una colección se hace importante lleva aparejado el ansia de saber y se hace objeto de estudio, se busca bibliografía. Adquirí los catálogos disponibles en el mercado de segunda mano. Se buscan piezas raras, antiguas. El coleccionismo tiene sus propios laberintos. En España la fábrica de Heraclio Fournier, con sede en Vitoria, es la que monopoliza el mercado, aunque hay otras que también imprimen barajas y con otros diseños que son valiosas. El nieto de Heraclio Fournier, que sustituyó a su abuelo en la dirección de la empresa, además de sustituirle con éxito comenzó una colección de barajas que llegó a ser la más importante del mundo. Visité el museo de Vitoria hace muchos años y me pareció fascinante. Ahora sé mucho más y estoy pensando en volver, pasar un par de días en la capital alavesa, gozar de su espléndida gastronomía y visitar el museo durante un par de días. Mi delicado estado de salud y el tener que pasarme cinco horas en un autobús y otras cinco para volver a Oviedo es un factor disuasorio. No sé si me animaré. Ya les contaré. La fábrica de Heraclio Fournier que siempre estuvo en manos de la familia ha sido adquirida a principios de 2021 por una empresa belga. La colección que formó con paciencia el nieto de Heraclio Fournier fue donada/vendida a la capital alavesa. Es triste pero la vida es así. El capitalismo tiene sus reglas y algo tan español como el naipe carpetovetónico de pronto, sin avisar, pierde sus señas de identidad y nos dice adiós. Don Heraclio ya no es uno de los nuestros. Ahora, si habla, lo hace con otro acento, en otra lengua, es un extranjero, un extraño. Adiós don Heraclio, adiós.

Ha llegado el momento de escribir sobre mi colección de navajas que empecé cuando era un adolescente. Tengo una que me regaló mi primera novia hace más de 65 años. Eran tiempos caballerescos los de mi juventud. Cuando se rompía una relación el novio devolvía las cartas de amor que había recibido y los regalos que le había hecho su amada. La novia no devolvía nada. Mi primer amor me rompió el corazón hasta tal punto que, para olvidarla, me fui a Fernando Poo, que por aquel entonces era una provincia española y en Santa Isabel estuve cerca de un año. Lo único que no le devolví a Rus fue una navaja fabricada en Toledo que todavía conservo. Actualmente tengo más de 600 piezas. Navajas de todo tipo. Nuevas, usadas, artesanales, modernas, antiguas, de nacionalidades distintas. Me atraen de forma especial las navajas usadas. Me permite fantasear con su enigmático pasado. Hace unos años encontré una navaja negra, militar, procedente de la armada inglesa. Con la ayuda inestimable de Google pude acceder a la evolución de este complemento que entregaban a todos los marinos de baja graduación y que les permitía abrir las latas de conserva y auxiliarse a la hora de comer el rancho. Nunca he comprado ninguna pieza a través de Internet. Necesito ver el objeto. En los últimos quince años pude conseguir una navaja de la primera guerra mundial y media docena de la segunda guerra. Incluso tengo una pieza que apareció en una playa, propiedad, sin duda, de un soldado muerto en acto de servicio. Las navajas militares inglesas me llevaron en un proceso inevitable a interesarme por las armas de guerra, por las bayonetas y machetes. Como se han fabricado muchas su precio es muy asequible. Tengo ejemplares de las guerras napoleónicas, de las tres guerras carlistas, de ambos bandos de la guerra civil española, de la primera y la segunda guerra mundial. La bayoneta fue un arma decisiva en la primera guerra mundial, conflicto de trincheras con frecuentes enfrentamientos cuerpo a cuerpo. En la segunda se utilizó mucho menos y actualmente sigue formando parte del armamento de los combatientes, pero su tamaño se ha reducido. Las colecciones se encadenan. Empiezas con un cortaplumas que te regala tu primera novia hace sesenta años y terminas adquiriendo cuatro machetes de los legendarios gurkhas. Para ser un coleccionista compulsivo no es imprescindible estar loco, pero es una inestimable ayuda. Es una demencia entreverada con la curiosidad histórica y el ansia de saber, de conocer. Antes de Internet los coleccionistas lo tenían mucho más difícil. Había que buscar bibliografía en librerías y bibliotecas. Esta era abundante si eras un coleccionista clásico como los filatélicos o los numismáticos. Hay colecciones que no precisan conocer, basta con amontonar. Son muchos los coleccionistas de postales y los más latosos con diferencia son los que solo quieren las postales a su nombre. Tener un amigo con esa afición es cansino si tienes con él una relación estrecha y tú eres aficionado a viajar. Te pedirá que le mandes una postal de cada ciudad que visites. Es cualidad/defecto del coleccionista ser latoso, insistente, no aceptar un no como respuesta. Los hay que se aficionan a viajar para mandarse postales a sí mismos. Los grandes viajeros, los que disfrutan de cada momento de cada desplazamiento que hacen, son los que viajan ligeros de equipaje, sin cámaras de fotos, los que no comprar recuerdos, los que atesoran en la memoria lo que ven, comen, beben y visitan. Los que caen en la tentación de comprar souvenirs están condenados a tener hogares barrocos, recargados, incómodos y de un notable mal gusto. Es el precio que tienen que pagar por ser coleccionistas y es muy posible que todos los coleccionistas tengamos fama, entre los que no lo son, de ser cortitos, poco inteligentes, latosos, reiterativos y, como mínimo, un poco tontos, pero eso sí, tontos del culo.


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de Asturias, La Nueva España, El Comercio, El Progreso, Dunia, El Extramundi, Gastronómika, Abc, La Voz de Galicia, Heraldo de Aragón, El Periódico, Lar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesos, Delirios gastronómicos, Gastromanía, Cocinadeasturias, Los humoristas, El crimen de don Benito, Cuerda de santos, infames y profetas, Teoría del insulto en Asturias y El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Recientemente ha publicado Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Navajas y barajas (3)

  1. Agustín Villalba

    Hace muchos años, en un viaje a la muy bella (y poco conocida en el extranjero) región francesa de Auvernia (que tiene unos paisajes y unas iglesias románicas impresionantes) visité la muy bonita pequeña ciudad o pueblo grande de Thiers, en el que no hay más que tiendas de navajas. Y un «Musée de la coutellerie»:

    https://ville-thiers.fr/musee-de-la-coutellerie/

    Pero la navaja que yo tengo no viene de allí, porque es un opinel (un clásico en la materia):

    https://fr.wikipedia.org/wiki/Opinel?tableofcontents=0

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