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¿Qué será de Italia?

Escribe Jónatham F. Moriche sobre la incierta situación política en Italia, tras la caída del gobierno de Mario Draghi y la convocatoria de elecciones anticipadas para el próximo 25 de septiembre.

/ por Jónatham F. Moriche /

La República Italiana irá a elecciones generales anticipadas el próximo 25 de septiembre. Treinta años casi exactos separan la crisis política que pone punto y final al gobierno multipartito de Mario Draghi y uno de los acontecimientos más dramáticos de la moderna historia italiana: el asesinato en Palermo, el 19 de julio de 1992, del magistrado antimafia Paolo Borsellino, apenas dos meses después del asesinato, también en Sicilia, de su compañero Giovanni Falcone. Muertes violentísimas, de enorme impacto emocional y político, coincidentes en el tiempo con los primeros pasos del vasto proceso judicial que, bajo las denominaciones Mani Pulite o Tangentopoli, dejaron al descubierto la corrupción estructural y arrasaron hasta los cimientos el sistema político italiano de la Guerra Fría e inauguraron uno nuevo, no menos complejo y extraño que aquel, del que si este 25 de septiembre se consuman los más penosos presagios ―una mayoría absoluta conjunta de los partidos posfascistas Hermanos de Italia de Giorgia Meloni y Liga de Matteo Salvini― esta legislatura turbulenta y truncada que ahora concluye habría sido el epílogo, para dar paso a una nueva fase histórica para el país y, en su condición de cuarta potencia demográfica, económica y política de Europa ―y tercera de la Unión Europea, tras la tormentosa salida del Reino Unido―, para todo el continente.

Podría argumentarse, y sería rigurosamente cierto, que un adelanto electoral de apenas seis meses sobre los cinco años de mandato del cuerpo legislativo y tres gobiernos sucesivos sobre distintas y procaces combinaciones del mismo ―dos presididos por Giuseppe Conte y un tercero por Draghi, ninguno de los dos candidato a la presidencia del gobierno en aquellas elecciones de 2018, como no lo fue ninguno de los ocupantes del cargo desde 2013― no difieren significativamente de los promedios estadísticos del sistema político italiano de las últimas siete décadas y media. Pero una mirada histórica y cualitativa al contexto italiano, europeo y planetario sí revela otras singularidades decisivas e inquietantes.

Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de la Guerra Fría, la hegemónica Democracia Cristiana y su adversario y a la vez socio Partido Socialista fueron las dos piezas centrales y más visibles de un compacto e implacable mecanismo de poderes públicos y privados, reglados y también salvajes (entre estos últimos, la mafia en sus distintas expresiones territoriales, los servicios secretos y otras cloacas del Estado italiano y la OTAN y el terrorismo de extrema derecha, a menudo actuando en repulsiva colusión), entramados en la misión histórica común de mantener a raya al partido comunista más grande y mejor organizado del mundo capitalista. Asentado sobre un vasto y siniestro cenagal de corrupción y violencia, este sistema que se desploma con Tangentopoli da paso al ventenio paradójico hegemonizado, bien desde el gobierno, bien desde el liderazgo de la oposición, por el magnate Silvio Berlusconi y su siempre estrambótica combinación de tecnocracia gerencialista y populismo desaforado. Denunciado por el magistrado Borsellino, pocos días antes de su asesinato, como connivente de la mafia, documentada su participación en la logia Propaganda Due ―organización clandestina seudomásónica, ultraderechista y golpista que proliferó en las cloacas del Estado italiano durante los años setenta y ochenta―, Berlusconi es a la vez el resultado del desfondamiento del tiempo político que le precede y su reedición bajo una nueva forma, ya no orientada a contener al enemigo comunista, sino a autoperpetuarse en su ausencia, frente a unos cada vez más débiles y fragmentados restos del naufragio de las izquierdas tras la caída del Muro de Berlín, con la mutación del histórico Partido Comunista en un Partido Democrático en eterno viaje al centro, primero hacia la socialdemocracia, luego hacia el socioliberalismo y finalmente hacia el más descarnado neoliberalismo.

La caída de Berlusconi en 2013 ―provocada por la fatal conjunción de su ya insoportable acumulación de escándalos políticos, financieros o sexuales y su resistencia oportunista a la gestión austeritaria de la Unión Europea de la crisis económica y social de 2008― abrió paso a un tiempo de aparentes vaivenes políticos bajo los que subyacía un firme consenso en torno a esas políticas de austeridad emanadas de Berlín y Bruselas, cuyos perniciosos efectos sociales provocaron un enorme embalsamiento subterráneo de malestar que terminó por desbordarse en las elecciones legislativas de 2018, con un doble y espectacular corrimiento en la tectónica política del país: por un lado, el Movimiento Cinco Estrellas, creado en 2009 por el cómico Beppe Grillo y el emprendedor tecnológico Gianroberto Casaleggio como expresión tan escénicamente altisonante como ideológicamente ambigua de ese malestar, se convirtió en el partido más votado del país (227 de los 630 escaños de la Cámara de Diputados y 112 de los 315 del Senado), con especial asiento en su mitad meridional y provocando una monumental sangría de votos al Partido Democrático, resultado espectacular pero aún insuficiente para gobernar el país en solitario; por otro, la vieja Liga Norte, ahora simplemente Liga, tradicional socia minoritaria del berlusconismo, reformulaba bajo el hiperactivo liderazgo de Salvini su añejo ultraderechismo regionalista en sintonía con el neofascismo populista triunfador del referendo de salida de la UE en el Reino Unido y las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y, por primera vez, sobrepasaba a la Forza Italia de Berlusconi como socio mayoritario de la escuadra conservadora (125 y 58 del total de 262 diputados y 137 senadores de la coalición, formada por ambos y los por entonces aún muy minoritarios Hermanos de Italia). La izquierda quedaba relegada a una humillante tercera posición, con los 116 diputados y 58 senadores de la coalición articulada en torno al Partido Democrático liderado por el exprimer ministro Matteo Renzi ―el peor resultado de su historia―, los 14 diputados y 4 senadores de la pequeña agrupación de sus críticos socialdemócratas Libres e Iguales y todas las expresiones de la izquierda radical reducidas al extraparlamentarismo.

El primer gobierno de la legislatura logró, tras una ardua negociación y notables resistencias por parte del aparato del Estado italiano y las instituciones europeas, conciliar bajo la figura del jurista Conte al Movimiento Cinco Estrellas y la Liga, con sendas vicepresidencias para sus líderes Luigi di Maio y Salvini ―con las respectivas carteras asociadas de Trabajo e Interior―, sin que este último, pese a la exclusión del Gobierno impuesta por los pentaestrellados a su histórica némesis berlusconista, debiera romper la coalición de derechas, lo que de hecho le invistió, por su peso en el legislativo, en primus inter pares de la dupla vicepresidencial. Su estridente personalidad y su radicalismo ideológico en clave xenófoba y punitivista ―con la población migrante residente en Italia o en tránsito hacia ella como principal víctima propiciatoria― hicieron el resto, convirtiendo a Salvini en protagonista absoluto de los quince meses de aquel primer gobierno Conte. En verano de 2019, tan pronto se topa con las primeras muestras serias de resistencia por parte de Conte a sus afanes expansivos y alentado por su alza meteórica en las encuestas, Salvini amaga con romper la coalición y arrastrar al país a nuevas elecciones, pero Conte, de acuerdo con el presidente de la República Sergio Mattarella, en una inesperadamente rápida y enérgica maniobra que desarbola la ofensiva de Salvini, expulsa a la Liga del gobierno y conforma una nueva mayoría legislativa y consejo de ministros con el Partido Democrático, Libres e Iguales, independientes y más tarde Italia Viva, partido fundado por Renzi solo unos días después de la segunda investidura de Conte, al que se unen una treintena de diputados y una quincena de senadores, casi todos provenientes del Partido Democrático. El propio Renzi, que profesa una indisimulada aversión por los pentaestrellados y hace bandera de que aquella alianza sea un empeño coyuntural para desalojar a Salvini del Gobierno pero no el germen de un bloque político perdurable, no ingresa al gabinete. Quedan en la oposición los tres partidos de la coalición conservadora y algunos electos independientes. Era tal el nivel de degradación moral y política a la que Salvini había arrastrado al país en los quince meses precedentes que Bruselas y Berlín, siempre hostiles al más leve escoramiento a la izquierda de cualquier gobierno del club europeo, parecieron recibir con benevolente alivio la nueva fórmula de gobierno, que cortaba en seco la extensión hacia el sur de la peste ultraderechista de Visegrado ―como poco después hará también en España ante la conformación del gobierno de PSOE y Unidas Podemos, frente a la amenazadora cabalgada electoral de Vox y la posible instauración de un segundo salvinato en el flanco mediterráneo de la Unión. Puede afirmarse que la presencia de ministros a la izquierda del socioliberalismo en el gobierno español es, en cierto modo, un paradójico mérito del vociferante neofascista milanés.

Este drástico reposicionamiento del segundo gobierno Conte relaja de inmediato la tensión que el radicalismo salvinista había provocado durante el primero, pero apenas dispone de unos meses para desplegar su programa antes de que Italia se convierta a comienzos de 2020 en uno de los paises del continente más temprana y duramente golpeados por la pandemia del SARS-CoV-2. En esta situación crítica, y en estrecha alianza con el español Pedro Sánchez y el portugués António Costa, Conte cobra un fuerte protagonismo en la escena europea, forzando a la Unión a torcer su antaño imperturbable imperativo austeritario y habilitar cuantiosos fondos extraordinarios para sostener las malheridas economías de los países del sur, logro premiado por los italianos con porcentajes de aprobación superiores al 65%, toda una hazaña en la siempre fragmentada y beligerante política italiana. En sentido contrario, como en otros países, las medidas sanitarias de contención de la enfermedad reciben una fuerte contestación, animada por fuerzas patronales, de extrema derecha y, con mayor incidencia que en otros lugares, de extrema izquierda, especialmente visibles gracias a la adhesión de algunos de sus más notorios referentes intelectuales, como el filósofo Giorgio Agamben. Pero no serán las grotescas frondas callejeras y digitales de conspiranoicos sino una inesperada operación palaciega ―en cuyo epicentro, maniobrando con su pequeño pero decisivo contingente parlamentario, está Matteo Renzi, y cuyo principal caballo de batalla es la gestión de los cuantiosos fondos europeos de recuperación concedidos a Italia― la que en febrero de 2021 descabalgue abruptamente, tras dieciocho meses de mandato, al segundo gobierno Conte, y entregue las llaves del Palacio Chigi a Mario Draghi, exgobernador del Banco de Italia y expresidente del Banco Central Europeo. Visto en perspectiva, aquel segundo gobierno Conte sustentado por el Movimiento Cinco Estrellas y el Partido Democrático, obligados a entenderse a partir de la mejor parte de sus respectivos programas políticos ―y aún más importante, mutuamente excluyentes de la peor―, era el gobierno más nítidamente progresista que política y sociológicamente pudiera dar de sí la Italia contemporánea, y cobra todo su relieve histórico la operación liderada por Renzi para su deposición: un conticidio, como lo denomina el periodista Marco Travaglio, tras el que tan discreta como eficazmente se conjuraron las voluntades de aparatos de Estado y poderes económicos italianos, de Bruselas, Berlín e incluso Washington, al parecer ya repuestos del trauma del salvinismo y comúnmente adversos a Conte por su orientación moderadamente redistributiva en asuntos socioeconómicos y su relativa autonomía respecto a la Unión y la OTAN y buena relación con Pekín y Moscú en política exterior.

El nuevo gobierno Draghi consigue el abrumador respaldo parlamentario de 559 de los 630 diputados y 271 de los 321 senadores. A pesar de la turbia y humillante emboscada urdida contra ellos por Renzi, Movimiento Cinco Estrellas, Partido Democrático y Libres e Iguales permanecen en el consejo de ministros ―del que sale Conte, para hacerse cargo de la conducción política pentaestrellada―, repartiendo ahora sus asientos con la Liga, Forza Italia e Italia Viva. Entre los grandes partidos, solo los Hermanos de Italia ―cuyas expectativas electorales vienen creciendo sostenidamente a costa de las de Salvini desde la expulsión de este último de la vicepresidencia― se ausenta de este gobierno de concentración, que en el plano interno rebaja drásticamente las aspiraciones sociales y ecológicas del segundo Conte en el diseño de los programas de recuperación financiados por la Unión, en favor de un apenas disimulado retorno al paradigma austeritario, y en el plano europeo reduce igual de drásticamente el margen de maniobra del bloque meridional progresista, reducido ahora a los dos gobiernos ibéricos. Frente a la casi unanimidad política y mediática del respaldo a Draghi, su rechazo encuentra dos vías de expresión: el ensanchamiento del movimiento conspiranoico, ahora mutado en antivacunas y que encuentra en Italia algunas de sus expresiones más multitudinarias y violentas del continente ―con su cenit en el asalto a la sede central del sindicato CGIL en Roma en octubre de 2021― y el vertiginoso ascenso de los Hermanos de Italia en las encuestas, primero dejando atrás a sus socios de la coalición conservadora y luego consolidándose como potencial primera fuerza política del país. Frente a este auge de Meloni, se empequeñecen un Partido Democrático que no consigue reordenar en torno suyo el fragmentado espacio del centro-izquierda ni devolver el interés por la institucionalidad a la izquierda radical ―atrincherada en centros sociales, editoriales, oenegés y otros reservorios y desacreditada por sus colusiones con el antivacunismo y la conspiranoia― y también un Movimiento Cinco Estrellas tensionado en extremo por sus sucesivas y contradictorias apuestas de gobierno junto a la extrema derecha de la Liga primero, el centro-izquierda del Partido Democrático después y finalmente el tecnocratismo neoliberal draghista, bajo el que, quebrantando su último tabú fundacional, comparte por primera vez gabinete con Forza Italia. Tras la caída de Draghi, el pentaestrellismo sufrirá su primera escisión de relevancia con la creación de Juntos por el Futuro, partido liderado por Luigi di Maio al que se adhieren el medio centenar de diputados y la decena de senadores del Movimiento más firmemente comprometidos con el draghismo.

Entre la rutinaria pobreza neoliberal de sus propios objetivos, la acumulación torrencial de circunstancias adversas ―de las sucesivas oleadas pandémicas a la embestida imperialista rusa en Ucrania pasando por la feroz sequía mediterránea― y la cada vez más ardua y abstrusa conciliación de intereses de su variopinta base parlamentaria, el gobierno Draghi deja un muy pobre balance de gestión que por el camino parece haber extenuado a cuantos lo han sustentado. El mismo Draghi, que en enero de 2022 aspiró fallidamente a transitar de la presidencia del Gobierno a la de la República (al final, ante la falta de consenso partidario sobre la operación, Mattarella aceptaría un segundo mandato, que difícilmente podrá concluir dada su edad), parece haber quedado tocado en su valoración pública y quizás desahuciado para nuevas aventuras políticas. En resumen, un paradójico gobierno de unidad nacional que, como describe el historiador Marco Revelli, deja a sus participantes «más deslegitimados que antes, más fragmentados que antes y más desorientados que antes» (Volerelaluna, 31/01/2022), y al entero sistema político italiano «en un estado de desintegración sin precedentes» (Volerelaluna, 24/07/2022).

A menos de dos meses de urnas, no resulta nada fácil dibujar un mapa mínimamente preciso del abigarrado y cambiante campo de batalla electoral italiano, sus actores principales y secundarios, los clivajes que los reúnen o enfrentan y las condicionantes locales y globales destinadas a ejercer una influencia decisiva en su evolución. Del centro a la derecha, parece claro que el mejor resultado será cosechado por la neofascista Meloni y sus Hermanos de Italia, con expectativas de voto cercanas o incluso superiores al 25% y que, de finalmente reeditarse la coalición conservadora junto a Liga y Forza Italia, detentaría su liderazgo y aspiraría desde él a una mayoría absoluta en escaños ―favorecida por la última reforma electoral de 2018 o Rosatellum bis, que premia a las coaliciones respecto a los partidos que concurren en solitario en los numerosos distritos uninominales del país, y por la drástica reducción del numero de parlamentarios (de 630 a 400 diputados y de 315 a 200 senadores) aprobada en 2020 y que entrará en vigor esta próxima legislatura― e incluso también en voto popular, que algunas encuestas llegan a aproximar al 60%. En sentido contrario a esta aspiración operaría su difícil relación con Salvini, que en el último momento podría preferir sumarse a un nuevo gobierno ómnibus que someterse a la dirección de Meloni, y la última sangría de deserciones de Forza Italia hacia espacios más centrados, que podría hacerla fallar como tercera pata del taburete derechista, si es que entre ambos partidos neofascistas no sumasen la mayoría absoluta.

Mucho menos halagüeño es el panorama a la izquierda de las derechas, espacio que el Partido Democrático lidera cómodamente con en torno al 20% de expectativa de voto y en apretado cara a cara con la Liga por la segunda posición, pero cuya fragmentación tendrá extraordinariamente difícil articular en una coalición electoral, con el Movimiento Cinco Estrellas en caída libre, ya por debajo del 15% de expectativa de voto y tras la escisión de Di Maio en aparente abjuración de su etapa gobernista y retorno a viejas posiciones de rechazo al estamento político tradicional, con la escisión Italia Viva de Renzi haciéndole la competencia por su derecha y con una izquierda no socioliberal muy fragmentada, en general hostil a acuerdos tanto hacia su derecha como entre sus mismos protagonistas y cuya base social se muestra cada vez más refractaria a la intervención política institucional, lo que podría arrastrar a la abstención o el voto testimonial a un contingente probablemente no muy grande pero sí crucial de electores. La apuesta clara del líder del Partido Democrático, el exprimer ministro Enrico Letta, por desplazarse aún más hacia el centro, reivindicar acríticamente la gestión de Draghi, reagrupar fuerzas con la escisión de Renzi, recoger cuadros y votantes de Forza Italia y fundamentar su campaña en las denuncias de colusión entre la Liga y el sanguinario déspota ruso Vladímir Putin ―denuncias bien fundamentadas, pero que no parecen constituir un estímulo movilizador demasiado eficaz para sectores sociales más preocupados por su difícil día a día socioeconómico que por los vaivenes de la alta política internacional― aliena aún más sus posibilidades de llegar a entendimientos por su izquierda. Por añadidura, los efectos mayoritaristas de la Rosatellum bis, superpuestos a una previsiblemente baja o muy baja movilización electoral ―sobre todo entre votantes juveniles, clases populares y población meridional, los sectores que más apoyaron al Movimiento Cinco Estrellas en 2018 y ahora castigarían con su desestimiento electoral la errática trayectoria pentaestrellista― pueden terminar de sentenciar las ya sombrías expectativas de todo el campo político a la izquierda de las derechas. Son ya la misma idea de izquierda y el cuerpo social, cultural y moral que la sustenta los que se encuentran en crisis profundísima en Italia, cada vez más cerca de convertirse, como algunos países del este de Europa, en un paese senza sinistra. Como describe el sociólogo Lorenzo Zamponi (Jacobin Italia, 23/07/2022),

«hay segmentos de la población tan desacostumbrados a la idea de que la política puede traerles alguna mejora a sus vidas, tan entrenados para pensar en la política solo como un ruidoso tumulto de poder en torno a temas simbólicos en el mejor de los casos y completamente incomprensibles en el peor, tan hastiados de todo lo que han visto en la última década, que no desean nada más que ser dejados en paz por la política. Una administración autorizada, competente y silenciosa, de la que no haya que preocuparse, es el deseo generalizado. El problema son las consecuencias políticas de esta fórmula: un paso más hacia la transformación del sistema político italiano al estilo de los países del eje de Visegrado, dividido entre el centro liberal y la derecha reaccionaria, sin la menor componente siquiera vagamente progresista».

Efectivamente, mayoría legislativa y gobierno de la ultraderecha con o sin necesidad de apoyo berlusconista o una nueva, laberíntica, contradictoria e inestabilísima operación de concentración neoliberal, amadrinada por los aparatos de Estado italianos y la Unión Europea y encomendada de nuevo a Draghi u otra figura tecnocrática o empresarial de parecido perfil son, a día de hoy, las únicas salidas visibles a esta ecuación endemoniada. Impulsar este segundo gobierno draghista parece ser el único plan consistente de los Letta, Renzi y Di Maio, es de suponer que confiando en que la rivalidad entre Meloni y Salvini y la presión de los poderes políticos y económicos italianos y extranjeros ―y quizás del sector más institucionalista, europeísta y atlantista de la propia Liga― impulsen al segundo a abandonar a la primera, y que Berlusconi le acompañe en su traición, pero ese plan se hará más y más arriesgado e improbable conforme mejores sean los números y mayores los incentivos de la coalición conservadora: Salvini, consciente de la difícil posición en la que hoy le colocan sus antiguos furores putinistas, puede ver en acurrucarse a la sombra de Meloni un pasaporte hacia tiempos mejores, y Berlusconi, de ser sus votos decisivos, puede intentar hacerlos valer para relanzar su sueño de concluir su carrera política en la presidencia de la República. Si los resultados de la tripleta conservadora fueran excepcionalmente buenos y alcanzasen los dos tercios del cuerpo legislativo, cosa difícil pero no imposible, Meloni, Salvini y Berlusconi tendrían incluso la posibilidad de operar reformas constitucionales sin necesidad de refrendo popular directo, un escenario de pesadilla del que algunas voces alertan ya, pero que no parece suscitar todavía una respuesta a la altura entre quienes deberían constituir su oposición y alternativa. Si aquel primer gobierno Conte con el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga fue una primera versión, todavía descafeinada y reversible, de la catástrofe, un ejecutivo de Hermanos de Italia, la Liga y los restos cadavéricos de Forza Italia, con una presidencia de la República afín y la posibilidad de modificar la Constitución, sería su encarnación definitivamente cataclísmica. De lo que semejante abominación pudiera deparar a Italia, a Europa y al espacio mediterráneo, en este momento de confrontación geopolítica generalizada, gravísima crisis energética y alimentaria, inflación incontenible, constantes rebotes pandémicos y galopante emergencia climática, solo podemos todavía especular. Quizá este otoño tengamos la estremecedora oportunidad de determinarlo con certeza.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño. Ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy

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