Laberinto con vistas

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Antonio Monterrubio escribe sobre la misoginia en la historia de la ciencia y la catarata de olvidos deliberados en que se ha sumido a lo largo de las décadas a muchas mujeres brillantes.

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Fotografía de portada: Rosalind Franklin

Los prejuicios de género han impedido el acceso de la mujer a la ciencia a lo largo de la historia, y lo dificultan aún hoy. El ninguneo al que ha sido sometida la actividad de las que, pese a todas las trabas, han llevado a cabo labores científicas es una muestra de libro de cómo los logros femeninos son sepultados en la indiferencia y el desprecio.

En las crónicas de historia de la ciencia, hasta hace pocos años la única que aparecía era Madame Curie. A veces los autores se permitían algún excurso acerca de Hipatia de Alejandría, pero más en calidad de mártir de la razón frente al fanatismo religioso, a la sazón cristiano, que en atención a sus trabajos intelectuales. La imagen que de ella se mostraba tenía poco que ver con su faceta de pensadora. En cuanto a la descubridora de la radioactividad, da una pista que se la conozca como si Madame fuera su nombre de pila. Raramente es llamada Marie Curie, y prácticamente nunca Maria Sklodowska.

Es clamorosa la ausencia de científicas anteriores al siglo XX. No hablamos de figuras casi legendarias de las que apenas se sabe nada cierto, como la griega Agnodice, la primera ginecóloga, o la medieval Trótula, la médica de Salerno. Nos referimos a mujeres cuyos hallazgos están atestiguados, pero languidecen en rincones oscuros, fuera de la luz de la difusión. Pocos conocen la importancia de Ada Lovelace, la hija de lord Byron, en la historia de la computación. Otro tanto sucede con los cometas detectados por Carolina Herschel, cuyo hermano William se encuentra en cualquier enciclopedia, aunque no ella. La mayoría de los que estudian la curva de Agnesi ignoran que la creó Maria Gaetana.

Las cosas no mejoran mucho al llegar al siglo pasado. Ejemplo ilustrativo es Hedy Lamarr (en realidad Hedwig Eva Maria Kiesler), cuyos inventos en el ámbito de los sistemas de telecomunicaciones siguen vigentes en balística, wifi y telefonía móvil. Sin embargo es recordada por su etapa como actriz, en especial por la película Éxtasis, mientras su actividad investigadora pasa desapercibida. Es revelador el destino de científicas emparejadas con científicos. Los trabajos pioneros de Tatiana Ehrenfest-Afanasieva en física estadística se convirtieron en bienes gananciales. Al mencionar hoy a Ehrenfest, se piensa exclusivamente en Paul, y quienes lo hacen no saben que su mujer exploraba el mismo campo. Isabella Karle, de soltera Lugoski, desarrolló técnicas esenciales en la determinación de la estructura tridimensional de moléculas mediante cristalografía de rayos X. En 1985, su marido Jerome y su colaborador Hauptman recibieron el Nobel por sus investigaciones sobre estos temas. A ella tal vez le dieron las gracias, pero eso fue todo.

El matrimonio formado por Carl y Gerty Cori obtuvo el Nobel de Medicina en 1947 a la vez que el bioquímico argentino Bernardo Houssay. Cuando los ganadores son tres, el importe se divide en tres cantidades iguales. Aquí, el comité organizador decidió hacerlo en dos, una para Houssay y otra para los Cori, llevando a rajatabla lo de «y seréis una sola carne». Añadiendo el insulto a la injuria, una vez más, los logros de la mujer son un apéndice de los del marido. En la Enciclopedia Salvat, Carl Cori tiene el privilegio de una entrada, pero Gerty no. A ella se la recuerda de pasada diciendo que él «recibió el Nobel junto con su esposa y colaboradora». En ciencia, el título de colaborador no es precisamente sinónimo de grandeza. Las citas en libros o artículos se reducen a la expresión «Mengano y cols.», donde nadie acierta a colegir quién es «cols.». No hace falta que medie lazo alguno a la hora de adjudicar méritos. Frieda Robscheit-Robbins trabajó más de treinta años con George Whipple, realizando considerables aportes al saber médico. Descubrieron un tratamiento para la anemia perniciosa, enfermedad hasta entonces mortal. «El premio Nobel de Medicina de 1934 se lo dieron solo a él, algo que le avergonzó tanto que repartió el dinero del premio con ella y otras dos colaboradoras» (García Dauder, Pérez Sedeño: Las «mentiras» científicas sobre las mujeres).

Emmy Noether, una de las mayores mentes matemáticas de su tiempo, empezó a estudiar en la universidad sin derecho a examinarse. Se vio obligada a trabajar sin salario, en el mejor estilo becario, en el Instituto Matemático de Erlingen. Sus investigaciones sobre la generación de invariantes y la relación entre invariancias y leyes de conservación corrieron el riesgo de perderse. Ni siquiera el apoyo entusiasta de un Einstein ya famoso le allanó el camino para alcanzar una posición académica en Gotinga. Solamente cumplidos los treinta y siete pudo acceder a un modesto puesto acompañado de un pequeño salario. Sus trabajos teóricos aportaban un extraordinario empujón a las Matemáticas, mientras su estatus académico seguía bajo mínimos. Pero la ley de Murphy es implacable, y las cosas empeoraron aún más. En 1933, con la llegada de los nazis al poder, Emmy Noether, mujer y judía, fue expulsada de su cargo universitario. Marchó, como tantos otros, a los Estados Unidos, donde murió apenas año y medio después.

Henrietta Leavitt es la más destacada de las innumerables contadoras de estrellas que trabajaron en los observatorios astronómicos. Descubrió más de 2000, pero su logro fundamental fue determinar que las estrellas variables tienen periodos tanto más largos de variación de la luminosidad cuanto más brillantes son. Esto resultó decisivo a la hora de establecer distancias astronómicas con precisión. Sirvió a Edwin Hubble para demostrar que nuestra galaxia era solo una de las muchas que constituían el cosmos, y que estas se alejaban unas de otras, deduciendo que el universo se expande. Pickering, director del Harvard College Observatory, prohibió a Henrietta Leavitt especular sobre lo que aquello significaba. Consideraba que las computadoras de estrellas debían limitarse a recoger datos, absteniéndose de cualquier trabajo teórico. Es posible que además, por falta de formación, no hubiera podido sacar las conclusiones adecuadas de sus propias averiguaciones. Como señala Sánchez Ron, «el problema real es, por un lado, que por entonces prácticamente todas las mujeres que trabajaban en astrofísica ocupaban puestos similares (en general inferiores) al de Leavitt, y, por otro, que éxitos profesionales como éste no servían para ascender en la escala profesional, lo que tal vez habría permitido a Leavitt, o a otras colegas suyas, realizar aportaciones más importantes en el futuro» (El poder de la ciencia). Su condición femenina impidió que la autora de un hallazgo clave pudiera extraer las consecuencias derivadas de él.

Situación inversa es la de Lise Meitner. En 1938, Hahn y Strassmann lanzaron neutrones lentos sobre núcleos de uranio. Comprobaron que se generaban productos capaces de emisión ß, y se quedaron perplejos al encontrarse con isótopos de bario, elemento mucho más ligero que el uranio. Presentaron su trabajo con todo género de precauciones, incluso inclinándose a pensar que, por extrañas circunstancias o errores, el experimento proporcionaba resultados falsos. Fue Lise Meitner, antigua colaboradora de Hahn abocada al exilio por ser judía, quien alcanzó a ver lo que aquellos datos indicaban. El núcleo de uranio se había escindido, y lo observado era algo nuevo y de formidable trascendencia: la fisión nuclear. Ella creó el término que denomina el fenómeno que fue la primera en interpretar. Excusamos decir que no fue Meitner, sino Hahn quien recibió el Nobel de Química, y que en la mayoría de libros se asocia a su sobrino Otto Frisch al descubrimiento, a pesar de que él insistió toda su vida en que era cuestión exclusiva de su tía.

Uno de los episodios más sangrantes, y por ello más ejemplares de los desplantes, minusvaloraciones y manipulaciones a las que se ven sometidas las conquistas de las científicas, es el de Rosalind Franklin. Desaparecida cuando solo contaba treinta y siete años, fue objeto de uno de los robos científicos más infames de todos los tiempos. Tras graduarse en Cambridge y pasar una temporada en París, llegando a ser una experta cristalógrafa, consiguió un puesto en el King’s College de Londres en 1951. Apenas iniciado su trabajo, tuvo ocasión de constatar que le estaba vedado el acceso al comedor donde almorzaban sus colegas varones. Por aquella época, los laboratorios hervían de actividad intentando desentrañar la estructura del ADN. En Gran Bretaña, se decidió que sería el equipo del King’s College el referente nacional.

«La pega […] era que [ese] equipo […], dirigido por Maurice Wilkins, no parecía tener mucha prisa por terminar el trabajo, y además tenía la desventaja de que Rosalind Franklin, una joven investigadora que realizaba unas excelentes fotografías del ADN mediante la difracción de rayos X, y tenía que haber sido colaboradora de Wilkins, se vio ampliamente marginada del trabajo por el propio Wilkins a causa de una discrepancia de caracteres que, según parece, pudo haber estado causada, al menos en parte, en prejuicios contra ella por ser mujer» (Gribbin: Historia de la ciencia, 1543-2001). Pese a las cautelas del historiador, se trasluce la misoginia reinante.

La investigación de Franklin fue de un rigor absoluto que deshace las reticencias de algunos comentaristas —hombres— sobre su capacidad de descifrar lo que sus placas fotográficas desvelaban. No se le concedió la menor oportunidad. En cuanto al ADN, «lo primero que descubrió […] fue la existencia de dos formas cristalinas tan parecidas que hasta entonces se había pensado que no había más que una […]. La segunda cosa importante que hizo […] fue aislar ambas formas cristalinas puras; la tercera obtener excelentes fotos, analizarlas e interpretarlas» (Muñoz Páez: Sabias: la cara oculta de la ciencia). Resulta obvio que su trabajo iba mucho más allá de la microfotografía. A partir de esos datos, Franklin pudo deducir que la estructura básica del ADN constaba de cadenas de fosfatos y azúcares, intuyendo además que eran dos, y no tres, como se creía. Lo que no había establecido aún era cómo se unían las cadenas. Dada la incompatibilidad de caracteres, Randall, máximo responsable del proyecto, debió elegir entre Wilkins y Franklin. Ella era más competente, pero el director no tuvo dudas: lo eligió a él. La investigadora se vio obligada a ceder todos los datos, fotografías, estudios, análisis y conclusiones, entre ellos la pieza clave para la interpretación de la estructura del ADN: la legendaria foto 51. La imagen no dice gran cosa a los no iniciados, si bien a quien sabe desencriptarla revela, junto con los informes adicionales, que las dos cadenas de aminoácidos se unen mediante enlaces por puentes de hidrógeno.

Watson y Crick, de Cambridge, eran conscientes de que los trabajos de Franklin aproximaban el desciframiento definitivo. Se acercaron a Wilkins de modo que poco necesitarían ya para terminar el modelo. En 1962, los tres recibieron el Nobel de Medicina por tan sensacional hallazgo. A Rosalind Franklin, que había muerto cuatro años antes de un cáncer de ovario, ni siquiera se la citó en los discursos y brindis. La forma en que Watson, prototipo del científico pagado de sí, trata a la científica británica en su libro La doble hélice es sencillamente detestable. En esa autohagiografía «presenta a Franklin casi como una «becaria», a pesar de que tenía el mismo nivel profesional que los otros «codescubridores» […] y de que fue ella la autora de la famosa foto 51 que Wilkins «tomó prestada» de Rosalind Franklin —sin que ella lo supiera— y que les dio la pista de cómo podía ser la estructura del ADN» (García Dauder, Pérez Sedeño: o. cit.). Solo ahora, tras seis decenios, se reconoce su decisiva participación en uno de los hitos del siglo XX.

Nadie ha ofrecido excusas a la magnífica investigadora objeto de un robo que debería ser más célebre que el asalto al tren de Glasgow. Al menos la Agencia Espacial Europea le ha puesto su nombre al rover que planea enviar a Marte. Todavía se pueden leer explicaciones de los problemas que afrontó a lo largo de su carrera en base a su difícil carácter. Pero lo que realmente resultó difícil, y trágico, fue su destino. En cuanto a Watson, en 2007 organizó un gran revuelo con sus declaraciones sobre la inferioridad genética de los negros, basura supremacista que repitió, ya nonagenario, en un documental de 2018.

No podemos cerrar este apartado sin citar el caso de Cecilia Payne. Tuvo que emigrar a los Estados Unidos, dado que en su época era imposible para una mujer acceder a un puesto universitario en Gran Bretaña. Pero en Harvard —el de Massachusetts, no el de Aravaca— tampoco lo tuvo fácil. Sufrió discriminación social, laboral y económica por su condición femenina, que no fue ajena a la displicencia con la que fue acogido en 1925 su trabajo Atmósferas estelares: una contribución al estudio de las altas temperaturas en las capas inversoras de estrellas. Tiempo después, sería considerada la tesis doctoral más valiosa jamás escrita en astronomía. Planteaba en primicia la afirmación, ahora básica, de que los ingredientes principales de las estrellas son hidrógeno y helio. Durante años, la maternidad [sic] de tan brillante idea —nunca mejor dicho— permaneció en el limbo. Al menos vio su talento reconocido al ser nombrada catedrática en Harvard, siendo la primera mujer en lograrlo. Hoy por fin se le atribuye el mérito de un descubrimiento fundamental que, hasta hace poco, parecía caído del cielo.


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Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.

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