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«Multipolaridad», ese mantra del autoritarismo

Kavita Krishnan, feminista y marxista india, escribe sobre cómo la defensa de la «multipolaridad» por la izquierda, en contra de un orden unipolar liderado por Estados Unidos, fortalece, de hecho, el autoritarismo en todo el mundo; y pide una reflexión sobre cómo el lenguaje izquierdista puede amparar tales regímenes.

/ por Kavita Krishnan /

Artículo originalmente publicado en The India Forum el 20 de diciembre de 2022, traducido del inglés por Pablo Batalla Cueto.

La multipolaridad es hoy la brújula que orienta la visión de la izquierda de las relaciones internacionales. Todas las corrientes de la izquierda, en la India y todo el mundo, abogan desde hace tiempo por un mundo multipolar, en lugar del unipolar dominado por el imperialismo estadounidense. Al mismo tiempo, la multipolaridad se ha convertido en piedra angular del lenguaje compartido de los fascismos y autoritarismos globales. Es un grito de guerra de los déspotas, que sirve para disfrazar de guerra contra el imperialismo su ofensiva contra la democracia.

El enmascaramiento y la legitimación del despotismo a través de la multipolaridad se ven reforzados por el respaldo rotundo que la izquierda global le presta, celebrándola como una democratización antiimperialista de las relaciones internacionales. Al enmarcar las confrontaciones políticas dentro de, o entre, los Estados-nación en un juego de suma cero entre respaldar la multipolaridad o la unipolaridad, la izquierda perpetúa una ficción que incluso en su momento menos innoble era engañosa e inexacta. Ahora es manifiestamente peligrosa, y sirve únicamente como instrumento narrativo y dramático a favor del prestigio de autoritarios y fascistas.

Las consecuencias desafortunadas del compromiso de la izquierda con una multipolaridad despojada de valores se ven muy crudamente ilustradas en su respuesta a la invasión rusa de Ucrania. La izquierda global y la india han legitimado y amplificado en diversos grados el discurso fascista ruso, amparando la invasión como un desafío multipolar al imperialismo unipolar liderado por Estados Unidos.


La libertad de ser fascista

El 30 de septiembre de 2022, mientras anunciaba la anexión ilegal de cuatro provincias ucranianas, el presidente ruso Vladímir Putin explicó lo que significaban la multipolaridad y la democracia en su marco ideológico. Definía Putin la multipolaridad como liberación de la pretensión de las élites occidentales de asentar como universales sus propios valores «degenerados» de democracia y derechos humanos; valores «ajenos» a la inmensa mayoría de la gente en Occidente y otros lugares. Su estratagema retórica consistía en aseverar que la noción de un orden basado en reglas, democracia y justicia no es más que una imposición ideológica e imperialista de Occidente, que en ella encuentra un pretexto para violentar la soberanía de otras naciones.

Viendo a Putin jugar con la indignación legítima por la larga lista de crímenes de los países occidentales (el colonialismo, el imperialismo, las invasiones, las ocupaciones, los genocidios, los golpes de Estado), era fácil olvidar que el suyo no era un discurso que exigiera justicia, reparaciones o el fin de tales crímenes. De hecho, su afirmación del hecho evidente de que los gobiernos occidentales no tenían «ningún derecho moral a opinar, siquiera a pronunciar una palabra sobre la democracia» eliminaba mañosamente a la gente de la ecuación. La gente de las naciones colonizadas ha luchado, y continúa luchando, por la libertad. Los pueblos de las naciones imperialistas salen a las calles a demandar democracia y justicia y combatir el racismo, las guerras, las invasiones, las ocupaciones cometidas por sus propios gobiernos. Pero Putin no mostraba su apoyo a esta gente. Antes bien, animaba a las fuerzas de «ideas afines» en todo el mundo (movimientos políticos de extrema derecha, supremacistas blancos, racistas, antifeministas, homófobos, tránsfobos) a apoyar la invasión como parte de un proyecto ventajoso para ellos: derrocar la «hegemonía unipolar» de los valores universales de la democracia y los derechos humanos y «obtener la verdadera libertad: una perspectiva histórica».

Putin utiliza una «perspectiva histórica» de su propia elección para apoyar una versión supremacista de un «país-civilización» ruso en el que las leyes deshumanizan a las personas LGTB y donde las referencias a acontecimientos históricos se criminalizan en nombre del «fortalecimiento de la soberanía [de Rusia]». Proclama la libertad de Rusia para negar y oponerse a las normas democráticas y las leyes internacionales definidas «universalmente» por organismos como las Naciones Unidas. El proyecto de «integración eurasiática» que Putin maneja como un desafío multipolar a la Unión Europea «imperialista» y a la unipolaridad occidental solo puede entenderse correctamente como parte de un plan ideológico y político explícitamente antidemocrático. (Otra cosa es que la apariencia de la competición entre Estados Unidos y Rusia como grandes potencias se complique aquí por el proyecto político compartido representado por Trump en Estados Unidos y Putin en Rusia).


Un lenguaje compartido

El lenguaje de la multipolaridad y el antiimperialismo también halla resonancia en el totalitarismo hipernacionalista chino. Una declaración conjunta de Putin y Xi Jinping en febrero, poco antes de que Rusia invadiera Ucrania, expresaba su rechazo compartido a los estándares universalmente aceptados de democracia y derechos humanos, a favor de definiciones de estos términos acogidas al relativismo cultural: «Una nación puede elegir las formas y métodos de implementación de la democracia que mejor se adapten a sus […] tradiciones y características culturales singulares […] Solo corresponde al pueblo del país decidir si su Estado debe ser democrático». A partir de esta idea, se elogiaban «los esfuerzos realizados por la parte rusa en pos de establecer un sistema multipolar justo de relaciones internacionales».

Para Xi, los «valores universales de libertad, democracia y derechos humanos» fueron fulcros de «la desintegración de la Unión Soviética, los cambios drásticos en Europa del Este, las revoluciones de colores y las primaveras árabes, todo ello causado por la intervención de Estados Unidos y Occidente». Cualquier movimiento popular que exija derechos humanos y democracia es tratado como una imperialista revolución de color, inherentemente ilegítima.

La demanda de una democracia acogida a los criterios universales planteada por el movimiento panchino contra la represión en nombre del cero-covid resalta a la luz del relativismo cultural que el Gobierno chino promueve. Un Libro Blanco de 2021 sobre La concepción china de la democracia, la libertad y los derechos humanos definía estos últimos como «felicidad» resultante del bienestar y los beneficios, no como protección contra el poder gubernamental desenfrenado. En él se omite clamorosamente el derecho a cuestionar al Gobierno, disentir u organizarse libremente. Definir la «democracia con características chinas» como «buen gobierno» y los derechos humanos como «felicidad» permite a Xi justificar la represión de los musulmanes uigures. Sostiene que los campos de concentración para «reeducar» a estas minorías y remodelar su práctica del islam para hacerlo «de orientación china» ha proporcionado «buen gobierno» y una mayor «felicidad».

Incluso entre los líderes del supermacismo hindú en la India se advierten poderosas reverberaciones del discurso fascista y autoritario de un «mundo multipolar», en el que las potencias civilizadoras se alzarán nuevamente para reafirmar su antigua gloria imperialista, y la hegemonía de la democracia liberal dará paso al nacionalismo de derecha. Mohan Bhagwat, jefe del Rashtriya Swayamsevak Singh —una organización paramilitar​ india de extrema derecha​—, dice con admiración que «en un mundo multipolar» que desafía a Estados Unidos, «China se ha levantado. No le preocupa lo que el mundo piense al respecto. Persigue su objetivo [… recuperando] el expansionismo de sus emperadores antiguos». Del mismo modo, «en el mundo multipolar, Rusia también juega su juego y trata de progresar reprimiendo a Occidente». El primer ministro Narendra Modi también ataca repetidamente a los defensores de los derechos humanos como antiindios, incluso cuando declara que la India es «la madre de la democracia». Esto se hace posible si se contempla la democracia india, no a través de un prisma occidental, sino como parte de su «ethos civilizatorio». Una nota distribuida por el Gobierno vincula la democracia de la India con la «cultura y civilización hindúes», la «teoría política hindú», el «Estado hindú» y los (a menudo reaccionarios) consejos de castas tradicionales, que imponen jerarquías de casta y género. Tales ideas reflejan asimismo los intentos de incorporar a los supremacistas hindúes a una red global de fuerzas autoritarias y de extrema derecha. El ideólogo fascista ruso Aleksandr Duguin —al igual que Putin— proclama que «la multipolaridad […] aboga por el retorno a los fundamentos civilizatorios de cada civilización no occidental [y el rechazo de] la democracia liberal y la ideología de los derechos humanos».

La influencia es bidireccional. Duguin aprueba la jerarquía de castas como un modelo social.1 Incorporando directamente los valores brahmánicos de las Leyes de Manu al fascismo internacional, ve el «orden actual de las cosas», representado por «derechos humanos, antijerarquía y corrección política», como «Kaliyuga»: una calamidad que trae consigo la mezcla de castas —mestizaje provocado a su vez por la libertad de las mujeres, también un aspecto calamitoso del Kaliyuga, la «era de riña e hipocresía» que aparece en las escrituras hindúes— y el desmantelamiento de la jerarquía. El intelectual ruso ha descrito el éxito electoral de Modi como una victoria de la «multipolaridad», feliz proclamación de «valores indios» y derrota de la hegemonía de la «ideología de la democracia liberal y los derechos humanos». Sin embargo, la izquierda continúa usando la «multipolaridad» sin delatar la más mínima conciencia de cómo los fascistas y los autoritarios expresan en el mismo lenguaje sus propios objetivos.


Cuando la izquierda se encuentra con la derecha

El discurso de Putin sobre la «multipolaridad» está pensado para resonar en la izquierda global. Su reconfortante familiaridad parece impedir que la izquierda, que siempre ha hecho un excelente trabajo poniendo al descubierto las mentiras que sustentaban las pretensiones de «salvar la democracia» de los belicistas imperialistas estadounidenses, aplique la misma lente crítica a la retórica anticolonial y antiimperialista de Putin.

Es extraño que la izquierda haya hecho suyo el lenguaje de la polaridad, discurso que pertenece a la escuela realista en las relaciones internacionales. El realismo político ve el orden global en términos de competencia entre los objetivos de política exterior —que se supone que reflejan «intereses nacionales» objetivos— de un puñado de polos. Y es fundamentalmente incompatible con la visión marxista que se basa en comprender que el «interés nacional», lejos de ser un hecho objetivo y neutral en cuanto a valores, se define subjetivamente por el «carácter político (y por lo tanto moral) de los estratos de liderazgo que dan forma a decisiones de política exterior, y las toman».2 Así, por ejemplo, Vijay Prashad, uno de los entusiastas y defensores de la multipolaridad más prominentes de la izquierda global, observa con aprobación que «Rusia y China buscan soberanía, no poder global». No menciona Prashad cómo estos poderes interpretan la soberanía como desentendimiento de la rendición de cuentas ante los estándares universales de democracia, derechos humanos e igualdad.

Un ensayo reciente del secretario general del Partido Comunista de la India (marxista-leninista), Dipankar Bhattacharya, presenta problemas similares: explica la decisión del partido de equilibrar la solidaridad con Ucrania con su preferencia por la multipolaridad y su prioridad nacional de resistir al fascismo en la India. (Disclosure: yo he sido activista del PCI [m-l] durante tres décadas y miembro de su Politburó, pero abandoné el partido a principios del año pasado, debido a diferencias, que alcanzaron un punto crítico, referentes a la tibia solidaridad de la formación con Ucrania). La formulación de Bhattacharya es que, «independientemente de la configuración interna de las potencias globales competidoras, un mundo multipolar es ciertamente más ventajoso para las fuerzas y movimientos progresistas de todo el mundo en su búsqueda de revertir las políticas neoliberales; de la transformación social y el avance político». En otras palabras, el PCI (m-l) da la bienvenida al alzamiento de las grandes potencias no occidentales incluso si son internamente fascistas o autoritarias, porque cree que ofrecerán un desafío multipolar a la unipolaridad estadounidense. Semejante formulación no ofrece resistencia alguna a los proyectos fascistas y autoritarios que se describen a sí mismos como campeones de la multipolaridad imperialista. De hecho, los arropa con una capa de legitimación.

Bhattacharya percibe el apoyo incondicional a la resistencia ucraniana como difícil de conciliar con la «prioridad nacional» de «luchar contra el fascismo en la India». La idea de que los deberes de solidaridad internacional de la izquierda deban posponerse en favor de lo que se percibe como prioridad nacional es un caso de marxismo internacionalista enturbiado por el concepto realista de interés nacional, aplicado esta vez no solo a los Estados-nación, sino a los propios partidos nacionales de izquierda. Pero ¿cómo puede estar reñida la solidaridad incondicional con Ucrania contra una invasión fascista con la lucha contra el fascismo en la India?

El razonamiento de Bhattacharya es forzado, sesgado y retorcido. Toma un desvío desconcertante hacia la necesidad de que los movimientos comunistas tengan cuidado con el peligro de «priorizar lo internacional a expensas de la situación nacional». Bhattacharya atribuye incorrectamente el error del Partido Comunista de la India en 1942 de mantenerse al margen del movimiento Quit India a que priorizó su compromiso internacional con la derrota del fascismo en la segunda guerra mundial sobre el nacional de derrocar al colonialismo británico, entonces un aliado en la guerra contra el fascismo. El único propósito plausible de este desvío parece ser hacer una analogía con la situación actual de la izquierda india frente a la invasión de Ucrania. Dado que la principal alianza exterior del régimen de Narendra Modi es con el Occidente liderado por Estados Unidos, se sugiere que la lucha contra el fascismo de Modi se debilitaría si Rusia, un rival multipolar de Estados Unidos, fuera derrotado por la resistencia ucraniana. Este cálculo retorcido oscurece el simple hecho de que una derrota de la invasión fascista de Putin en Ucrania envalentonaría a quienes combaten por la derrota del fascismo de Modi en la India. Del mismo modo, una victoria de las personas que resisten la tiranía mayoritarista de Xi inspiraría a quienes resisten la tiranía mayoritarista de Modi en la India.

En palabras de Martin Luther King, «la injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes». Debilitamos nuestras propias luchas democráticas cuando elegimos ver las luchas de los demás a través de una lente campista distorsionadora. La nuestra no es una elección de suma cero entre unipolaridad y multipolaridad. En cada situación, nuestras opciones son claras: podemos apoyar la resistencia y la supervivencia de los oprimidos o preocuparnos por la supervivencia del opresor. Cuando la izquierda asume el deber de apoyar la supervivencia de los regímenes multipolares (Rusia, China y, para cierta izquierda, incluso Irán), incumple su deber real de apoyar a aquellas personas que luchan por sobrevivir al genocidio de estos regímenes. Cualquier beneficio que Estados Unidos pueda obtener de su apoyo material o militar a tales luchas es menos importante que el beneficio de la supervivencia de personas que de otro modo se abocarían al genocidio. Haríamos bien el recordar que el apoyo material y militar de Estados Unidos a la Unión Soviética en la segunda guerra mundial contribuyó a la derrota de la Alemania nazi.

Los regímenes tiránicos interpretan el apoyo a quienes se resisten a ellos como una «interferencia» extranjera o imperialista en su «soberanía». Si nosotros, en la izquierda, hacemos lo mismo, serviremos como facilitadores y apologetas de tales tiranías. Quienes están inmersos en combates a vida o muerte necesitan que respetemos su autonomía y soberanía para decidir qué tipo de apoyo moral, material, militar, exigen, aceptan o rechazan. La brújula moral de la izquierda global e india necesita un reinicio urgente que corrija el curso catastrófico que le ha hecho hablar el mismo idioma que los tiranos.


1 Aleksandr Dugin: La cuarta teoría política, Tarragona: Fides, 2013.

2 Achin Vanaik: «National interest: a flawed notion», Economic and Political Weekly, 41 (49), 9 de diciembre de 2006.


Kavita Krishnan (Coonoor [India], 1973) es una militante feminista india, exmilitante y exmiembro del Politburó del Partido Comunista de la India (marxista-leninista), de cuyo Comité Central formó parte durante más de dos décadas. Fue asimismo editoria de la publicación mensual del partido, Liberation, y secretaria de la All India Progressive Women’s Association, organización feminista asociada a la formación.

4 comments on “«Multipolaridad», ese mantra del autoritarismo

  1. Juan Messerschmidt

    La frase de Martin Luther King («la injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes») citada en el artículo contiene la clave de todo el texto, una clave ciertamente muy problemática. En la crítica de la autora a la multipolaridad hay argumentos muy dignos de ser tenidos en cuenta. Ahora bien, el problema radica en que su razonamiento está condicionado por el apego a determinadas categorías del pensamiento político de los dos o tres últimos siglos, a las que se ha pretendido otorgar un valor absoluto, universal y eterno. Esta absolutización de conceptos como democracia y derechos humanos es en realidad una transferencia a ellos de rasgos propias de la religión. Las religiones se fundamentan en revelaciones de origen sobrenatural, lo que les otorga un valor absoluto justificado por la perfección de la instancia divina de la que emanan. El planteamiento religioso puede ser aceptado como verdad supranatural o rechazado como patraña. Pero lo que no puede negarse es su consecuencia y coherencia interna: de una fuente absoluta y perfecta surge una revelación de la misma naturaleza y con los mismos atributos. Conceptos como democracia y derechos humanos son fruto de la experiencia y la reflexión humana en un contexto histórico y cultural determinado. Otorgarles un valor absoluto, universal y eterno es una contradicción per se y también porque históricamente se establecen como emancipadores de un sistema de conceptos absolutos inspirado por la religión. Podríamos decir que la absolutización de los principios del liberalismo desemboca un totalitarismo de la relatividad. Ello conduce inevitablemente a un trágico malentender la historia, a un no poder aceptar que tales conceptos tienen unos límites culturales y temporales, que están predestinados a entrar en crisis y, tarde o temprano, a ser substituídos por otros. Aunque marxista, la autora se identifica con principios liberales. No es extraño, pues el marxismo es hijo o nieto de la Revolución Francesa igual que todas las ideologías de los siglos XIX y XX. La tendencia totalitaria que se oculta tras el democratismo y el iushumanismo proclamados en el artículo se manifiesta en torno a la frase de Luther King. El problema no está en el concepto de justicia en sí, sino en el modo o los modos en que ésta se manifiesta y concreta. El democratismo y el iushumanismo prescriben una única forma de concreción, la suya propia, olvidando que ésta es el resultado de ciertas condiciones históricas y de la voluntad y el relativo acuerdo de unos individuos (¡o de unas élites!) más o menos organizados en una comunidad cultural, política, ideológica concretísima, cuyas experiencias y aspiraciones no son generalizables. La pretensión de que libertad y justicia sólo puedan realizarse según un determinado modelo liberal es utópica y profundamente contradictoria. También el marxismo ha caído en esta trampa. Históricamente esta contradicción ha dado lugar a situaciones trágicamente grotescas. Recordemos, por ejemplo, la muerte de Che Guevara, intentando emancipar a unos campesinos bolivianos que nada querían saber de su revolución y que terminaron por denunciarlo y hacerlo matar. Y en otros casos peores ha llevado a la comisión de toda clase de atrocidades y abusos. En las últimas décadas la instauración de la democracia, la lucha contra las dictaduras y la defensa de los derechos humanos han servido de pretexto para desencadenar guerras de inmensa crueldad y cuyo fin no era otro que la esclavización de países enteros. Ciertamente el multipolarismo tampoco está libre de sombras, de hipocresías, de amenazas. Pero igualmente es cierto que ha sabido reconocer una verdad: existen divesos caminos para acercarse a la realización de ideales como libertad y justicia; y ha puesto en evidencia una falacia: la de que el democratismo y el iushumanismo son universales. No lo son ni pueden serlo, pues cuando lo pretenden se covierten en instrumentos de esclavización. El médico y militar alemán Reinhard Erös, que desde hace décadas realiza una valiosísima labor de auxilio sanitario, educativo, de lucha contra el hambre, de apoyo a las mujeres y de pacificación en el Afganistán, país del que un excelente conocedor, ha explicado más de una vez lo absurdo y profundamente injusto que es el propósito de imponer en un país como aquel un sistema de partidos políticos y de valores sociales importados de Occidente. En última instancia, es ese intento de imposición el que ha facilitado la involución y el triunfo de los talibanes. Estamos en un momento histórico, peligrosísimo, complejísimo y de máxima desorientación. La única certeza es que el mundo forjado a partir del Renacimiento y la Ilustración tiene los días contados.

    • Amilka Lucerna

      Es una discusión compleja y apremiante.

      Sin duda, estoy de acuerdo con el artículo en muchos aspectos.

      También puedo estar de acuerdo con la crítica de Juan Messerschmitt, pero me gustaría matizar.

      Es cierto que se ha caído en el error de universalizar los derechos humanos y la democracia liberal, que son ideologías —lo son— que tienen un contexto particular en la historia.

      Él hace un balance correcto de la situación. Afuera de Occidente, es más fácil ver con claridad y distancia que la democracia y los derechos humanos no son “tan naturales”.

      El problema aquí, es que los países más poderosos que apelan ahora mismo a la multiporalidad tienen formas de gobierno que difícilmente pueden distinguirse del neofascismo.

      Países que son muy críticos con la democracia y los derechos humanos PERO que omiten que su crítica es convenientemente selectiva en torno a las ideologías occidentales que han asimilado —felices—: como el capitalismo y EL NACIONALISMO.

      Sobre el capitalismo no me voy a detener, pues se habla mucho sobre esto y es una discusión más o menos “visible”.

      En Nacionalismo banal, Billig hace una rotundo análisis sobre la ideología del nacionalismo, de su genealogía y de su avance exitoso desde la Revolución francesa y la Revolución industrial.

      Una ideología que ha sido tan exitosa que incluso puede sobrevivir a cualquier abrupto cambio de formas de gobierno (democracia, fascismo, etc.) y de modos de producción (capitalismo, comunismo, etc.).

      Una ideología —occidental— que permite a EEUU invadir a otro pais lejano bajo el argumento de que defiende a una nación pequeña de la opresión de algún vecino violento —como en 1991 y la guerra del golfo y muchas guerras más.

      Una ideología que desde 1945 funciona como una ideología transnacional y de la que se sirven las hegemonías de facto y también las hegemonías emergentes. Putin simplemente apela a su retórica nacionalista y reclama su derecho a intervenir en una nación vecina, a la que cuestionan incluso su existencia.

      No veremos a China, ni a Rusia, ni a la India —al menos, no lo veremos en vida, o con vida— impugnar la ideología occidental que es el principal pilar del que sostienen sus estados modernos: la nación-Estado, con fronteras celosamente marcadas y defendidas a muerte como si fuesen “naturales”, con el monopolio del control de los instrumentos de violencia, hacia el interior y el exterior del Estado, y con una ideologización constante de la defensa de este orden que gira en torno a una supuestamente “natural” unidad lingüística y cultural, que actúan como “ligamentos” aparentemente universales y justifican su orden jerárquicamente imaginado.

      Visto así, parece difícil escoger entre la hipocresía de Occidente —y su nacionalismo banal— y la hipocresía de la multiporalidad —con sus nacionalismos fascistas, diversos, descentrados, “plurales” y mentirosamente “decoloniales”.

      En mi opinión, es claro que el peor de los males en este escenario es la democracia liberal. Pero eso sí, si sobreviven estas democracias, los liberales tendrán que hacer control de daños y deberán sentarse a negociar muchas cosas.

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